sábado, 17 de diciembre de 2016

¡Ah, París!

Ernest Szep


Esa es la exclamación que lanzan todos los turistas que tienen la dicha de cruzar los Alpes o el océano para visitar la capital del mundo.
Les voy a contar un cuento acerca de París. Lo oí ayer, y es toda una tragedia.
Este cuento tiene que ver con uno de esos pobres árabes que recorren las aceras de París, desde la mañana hasta bien entrada la noche, cargados con una buena cantidad de tapetes y telas sobre sus espaldas. Se estacionan frente a los cafés, le sacuden a uno las telas en la cara, acarician dulcemente los tapetes que cuelgan de sus hombros:
–Madam… Mousye… beaux tapis d’Orient…
Estas tres últimas palabras, como todo el mundo lo sabe, contienen una negra mentira. Esos tapetes y esas telas no vienen de los telares orientales. Son productos baratos de manufactura francesa.
Yo jamás he visto que alguien le compre algo a estos árabes ambulantes
Siempre he sentido una lástima profunda hacia estos ancianos vagabundos, solitarios, que se doblan bajo el peso de sus mercancías, brillantemente coloreadas, lejos del sol alegre de Turquía que abandonaron empujados por la miseria para vegetar en este cruel mundo de los hombres blancos.
¿Dónde vive este cansado nómada de las calles de París? ¿Cuándo juega con su hijito flacucho, de rizado pelo negro? ¿Cuándo es que intenta alegrarse un poco la vida? ¡Alá lo sabe!
Por otra parte, el turista a quien se refiere mi cuento, había llegado la noche anterior procedente de Estados Unidos, y se estaba divirtiendo a lo grande.
Había cenado en Montparnasse, en compañía de dos amables damiselas parisinas. En el camino del restaurante a la cantina, el trío feliz se sentó en la terraza del café a tomar un poco de fresco.
Un viejo vendedor árabe de tapetes se paró frente al café, agitando sus telas, acariciando sus tapetes:
–Madam… mousye… beoux tapis d’Orient… mousye…
Extendió ampliamente las telas, para echar el anzuelo al ojo del amable cliente en perspectiva, que sonreía con amplitud, teniendo un puro entre los dientes.
–Mister… mousye… tapis, biutiful tapis… tapis d’Orient…
El estadunidense arrebató dos telas de las manos del árabe. Quería obsequiárselas a sus dos acompañantes. Ellas sólo rieron de los brillantes colores.
El estadunidense era un tipo decente. Compró las dos telas sin regatear, y las arrojó entre los transeúntes, sobre la banqueta. Dos muchachas las recogieron.
El estadunidense pensó que eso era divertidísimo. Comenzó a arrancar tela tras tela y tapete tras tapete de los hombros del árabe, arrojando todo entre los pies de los que pasaban. Reía fuertemente al ver a los que se peleaban por los trapos. Las dos damiselas francesas se retorcían de alegría.
El estadunidense estaba repleto de dólares y repleto de vino. Sintió el deseo de darle la felicidad a Arabia.
–Te compro todo, todo… ¿cuánto quieres por todo?
–Mousye, mousye…
El árabe, perdida la cabeza, no sabía cuánto pedir al rico estadunidense. Por muy poco que se le hubiera ofrecido, él habría aún aceptado la mitad.
–Ten, ¿será esto bastante?
El joven entusiasta lo obligó a aceptar en su mano descarnada un billete nuevecito de quinientos dólares, y comenzó a arrancar de sus hombros el resto de la mercancía. Se paró sobre la silla, para lanzar mejor los tapetes a la calle, uno tras otro.
–¡Viva París!
El viejo árabe casi se cayó cuando toda la carga le fue quitada de la espalda. Se meció de un lado a otro, torcido, enclenque bajo su túnica gris de mugre, tropezándose por la fatiga, mareado de felicidad… y sus pies lo llevaron, como en sueños, hacia alguno de esos lugares remotos de los suburbios, donde hallan refugio los vendedores ambulantes.
Unos días después, los meseros en ese mismo café de Montparnasse, supieron el fin que había tenido ese milagroso toque de la suerte. Otro vendedor árabe, amigo del viejo, se los había contado.
Esa noche el viejo pescó un catarro formidable al regresar a su casa, feliz con los quinientos dólares. La falta de los tapetes y de las telas que antes habían calentado sus viejos huesos, al colgar por enfrente y por atrás, había sido fatal. Amaneció con pulmonía.
Tres días después murió el pobre diablo.


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