sábado, 17 de diciembre de 2016

Alma en pena

José María López Baldizón


–¿Quién se llama Baudilio Bautista?
El paisano que hizo esta pregunta apareció sin que le viésemos llegar. Vestía luto riguroso, por lo cual era de suponerle seminarista o viudo, muerto o recién llegado de provincia. Aunque, a decir verdad, nadie hubiera atinado el acertijo a primera vista. Mas no puede negarse que su semblante enigmático nos pareció raro al extremo de sobrecogernos tremebunda la duda de que fuera un alma en pena. Amarillento, barbilampiño, de nariz afilada y brillantes ojos, daba idea de cargar consigo alguna terrible preocupación funeral.
–¿Ninguno de ustedes es Baudilio? –esgrimió esta vez resuelto a obtener nuestra contestación.
–Nadie. Ninguno. No hay quien se llame así… –respondimos.
–Pues, señores –aclaró sentencioso el desconocido–, para que lo sepan, yo soy quien lleva ese nombre: soy Baudilio Bautista, para servirlos… He llegado de ahí por Zacapa. Discúlpenme, pregunto por mí para saber si me conocen aquí…
Nos miramos ciertamente extrañados. Y, por lo mismo, seguro de la chifladura del señor Baudilio, alguien le hizo este injusto reproche:
–¿Qué se trae con ese juego? ¿Pregunta por usted mismo tan tranquilamente…?
–Pues… verán: tengo un hermano gemelo, mejor dicho, tenía… No hace mucho que él estiró la pata. Mi hermano se llamaba Reginaldo Bautista… ¡Un momento! ¡Ni hagan ojo pache! Juro que éramos iguales…
–Resulta –continuó–, que por cuestión de faldas acabo de tener dificultades. Me enamoré de una doña llamada Susana Domínguez, mujer de un tal Teodoro Teos, viejo camionero y dueño de trapiche en Estanzuela… ¡Claro que en los pueblos luego se saben las cosas! ¿Quién le diría a Teodoro que su mujer era mi mujer? Es lo que no sé. Pero, matrero como él solo, Teodoro Teos me aguardó a la salida de Choyoyó, junto al Motagua, camino a Chimecate, donde existe un improvisado funicular de canastita… Y una noche me salió de las sombras un corvo traicionero que sembró aquí, en mi pecho. Se vengó el maldito, mas, ¿a quién daría muerte? ¿Será que vengó mi acción dándole muerte a Reginaldo, mi hermano gemelo, o, de veras, en vez de matar a Reginaldo, me mató a mí? Es lo que no sé. Por eso pregunto mi nombre. ¡Ah! ¡Maldita mi desgracia! ¡No sabré quién fue el muerto hasta no dar con un conocido!
Diciendo esto, se disculpó, y, quitándose el sombrero de fieltro para saludarnos, el espectro de Baudilio Bautista se fue desvaneciendo poco a poco.

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