domingo, 25 de diciembre de 2016

El anillo

Italo Calvino


El emperador Carlomagno en avanzada edad se enamoró de una joven alemana. Los nobles de la corte estaban muy preocupados al ver que el soberano, poseído completamente por su deseo amoroso, y olvidado de su dignidad real, descuidaba los asuntos del Imperio. Cuando, de improviso, se murió la joven, los dignatarios dieron un respiro, pero por poco tiempo: porque el amor de Carlomagno no murió con él. El emperador, habiendo hecho llevar el cadáver embalsamado a su habitación, no quería separarse de él. El arzobispo Turpín, aterrado por esta macabra pasión, malició un hechizo y quiso examinar el cadáver. Escondido debajo de la lengua muerta, encontró un anillo con una piedra preciosa. Desde el instante en que el anillo estuvo en manos de Turpín, Carlomagno se apresuró a hacer sepultar el cadáver, y volcó su amor en la persona del arzobispo. Turpín, para escapar de aquella embarazosa situación lanzó el anillo al lago de Constanza. Carlomagno se enamoró del lago y nunca más quiso alejarse de sus orillas.


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