viernes, 30 de diciembre de 2016

El Café de Nadie

Arqueles Vela


a Conchita Urquiza amiga intransferible
a Manuel Maples Arce cómplice en este Café

1
La puerta del Café se abre hacia la avenida más tumultuosa de sol. Sin embargo, trasponiendo sus umbrales que están como en el último peldaño de la realidad, parece que se entra al “subway” de los ensueños, de las ideaciones.
Cualquier emoción, cualquier sentimiento, se estatiza y se parapeta en su ambiente de ciudad derruida y abandonada, de ciudad asolada por prehistóricas catástrofes de parroquianos incidentales y juerguistas.
Todo se esconde y se patina, en su atmósfera alquimista, de una irrealidad retrospectiva. Las mesas, las sillas, los clientes, están como bajo la neblina del tiempo, encapotados de silencio.
La luz que dilucida la actitud y la indolencia de las cosas surge de los sótanos, del subsuelo de las obscuridades y va levantando las perspectivas, lentamente, con una pesadez de pupilas al amanecer.
En sus gabinetes hay un consuetudinario ruido de crepúsculo o de alba…
Todo está en un perezoso desperezamiento. Las sillas vuelven a su posición ingenua, tal si no hubiese pasado nada, reconstruyendo su impasibilidad y renovando su gran abrazo embaucador.
Los visillos de las ventanas se desprenden de las ensoñaciones que les ha hecho vivir el hipnotismo de la noche, y los pensamientos que no se exteriorizarán nunca, caen de los voltaicos.
Sus dos parroquianos entran siempre juntos. No se sabe quién entra primero. Van vestidos igualmente de diferente elegancia. Caminan con un gesto de olvido, con la seguridad de que no saldrán jamás de ese laberinto de miradas femeninas, en las que se reflejan como en una galería de espejos.
En su gabinete, se guarecen, el uno en el otro, de la lluvia de las remembranzas…
Sin moverse de su rincón van recorriendo los diversos planos psicológicos del Café, ascendidos por el vaho de los recuerdos, enervados de no haber podido fumarse antes sus emociones.
Han llamado, 5, 6, 7, 8 veces al mesero. Un mesero hipotético, innombrable, que cada día es más extraño. Que cada día viene de más lejos, disfrazado del verdadero mesero, políglota, acaso, para no servir sino a estos dos únicos parroquianos que sostienen el establecimiento con no pedir nada. Los demás no se adaptan a su ambiente eterizado de sugerencias arácnidas, desechadoras de cualquier frase importuna de los que franquean su misterio, desconfiados y se alejan temerosos de haber transpuesto la puerta secreta de la vida.
En las encrucijadas cuelgan de las telarañas de silencio, palabras y risas que no ha sacudido todavía el plumero de las nuevas charlas. De cuando en cuando llega, desde el otro piso ideológico, una ahogada carcajada femenina que, como el JAZZ-BAND, quiebra en los parroquianos las copas y los vasos de su restaurant sentimental.
Las insinuaciones de los anuncios tapizan su ensimismamiento, interrumpiendo su conversación a intervalos colgados, con esa impertinencia de las personas que intervienen en las pláticas de sobremesa, sin saber por qué, impulsados por un instinto de conviviali-dad que los hace desmenuzarlo todo, disparatarlo todo:
Ellos sonríen. Sacan de su bolsillo una tabaquera de ideas y encienden simultáneamente, sincrónicamente, sus acostumbrados cigarrillos engargolados de sentimentalidad o rebeldía y se aletargan sobre la “chaise-longue” de sus remembranzas.
Los relojes estacionados comentan las vidas del Café y de los parroquianos enfermos, casi muertos de vivir esa hora inmóvil que retrasa todas las emociones. La hora que despierta de ansiedad el espíritu y lo va regularizando hasta instantear la sensibilidad de las mujeres…
Los parroquianos, subterfugiados de sí mismos, permanecen ocultos bajo la media tinta de sus sensaciones, sospechando la voluptuosidad de la hora estancada, prolongadora de sus lasitudes.
Los gabinetes se abren intermitentemente, desalojando parejas envueltas en la última vaguedad del abrazo que las ha hecho imprescindibles.
Los meseros recogen, con los cepillos de mesa, las migas pulverizadas de impaciencia, las servilletas manchadas de flirt y las frases incongruentes, interseccionadas de sonrisas.

2
Cuando se acercan los dos parroquianos, la puerta se abre sigilosamente, como atendida por el mejor de los camareros. El camarero invisible, silencioso, sin impertinencias, sin atenciones exageradas. Que no arguye ningún argumento orillando a los clientes a ocupar un gabinete determinado o a decidirse por cualquier Menú, precisamente por aquel que jamás hubieran escogido.
Al afrontar el postigo, uno de los parroquianos –no se sabe cuál de los dos– adelanta el pie izquierdo, retrocediéndolo inmediatamente con el sentido mecánico de una equivocación subconsciente, cerciorándose de que no es con ese pie con el que debe entrar.
Se le ve ensayar 2, 3 veces, la intención de abordar la puerta del Café, tal si se aferrara a la creencia de que se tropezará, se quedará prendido, atrapado de las argucias de esas portezuelas de golpe, que son los peores cancerberos.
En todo él hay cierta incongruencia de la locomoción, cierta aberración física a ejecutar determinados movimientos que lo enredan y lo amarran, secuestrándolo de todas las distancias.
En la más insignificante de sus actitudes se observa la misma rectificante simultaneidad, la misma insistencia de combinar un movimiento con otro, como si estuviesen ligados entre sí y no hallara la manera de discernirlos. Parece que siempre está resolviendo las claves de su mecanismo.
Antes de instalarse en un ángulo emotivo, se tropieza consigo mismo y con las miradas de los circunstantes, como si todo contribuyera a desequilibrarle, a impedirle la desenvoltura de sus actitudes.
Al hablar se acomoda en un sitio imaginal, estricto, imprescindible, atornillándose al momento expresivo, con la seguridad de que si se colocara en un lugar equivocado, no podría articular una sola sílaba. Se asegura en las redecillas de la atención que lo circunscribe, previendo que alguna de sus frases lo hará ausentarse de la comprensividad, alejándolo, haciéndolo inencontrable.
Antes de pronunciar la primera palabra se ajusta el traje, se sujeta los botones en los ojales, convencido de que sin esos requisitos se le evadirán las ideas, no podrá encauzar sus pensamientos, ni controlar su dinamismo que lo mantiene propulsor, como si lo estuviesen agitando continuamente.
El otro parroquiano está siempre como acabado de caer, con la vaguedad de la línea perpendicular que no ha podido todavía estabilizarse en el punto final de su trayectoria, ladeado sobre sí mismo, como si el destino no lo hubiera balanceado bien.
Tiene el aspecto del traje olvidado en los percheros. La misma flacidez, la misma arrugada indolencia, las mismas características de los trajes colgados, lo animan y lo cuelgan en el perchero de la vida.
Camina con un aire de no haber tocado nunca el suelo y con la ansiedad de querer tocarlo, sentirlo, palparlo y como si de tanto estar suspendido en los tendederos sentimentales, se le hubiese encogido la indumentaria ideológica, lo mismo que a esos trajes que se les deja secar sin colocarles un contrapeso que los mantenga de tamaño natural.
Se sienta en el rincón del Café como en la butaca de favor. La butaca que puede ser reclamada, despojada por cualquiera.
Cuando entra un nuevo parroquiano teme que quiera ocupar, precisamente, ese rincón que le ha deparado la vida.
Está siempre impasible, inquieto, con la preocupación de no esperar a nadie, con la despreocupación de que de un momento a otro, surja el espectador retrasado y reclame ese lugar anónimo, innumerable.

3
En el rincón de su gabinete, los dos parroquianos arrumbados sobre sí mismos, dejan pasar las horas.
La puerta de golpe se abre de vez en cuando, empujada por la resaca de transeúntes.
Es la primera vez que Mabelina entra a este Café.
Sus vivaces, sus perversátiles ojos, llenos de los holgorios de las tardes de verano, revolotean sobre los números de los gabinetes, buscando la cifra exacta, valuadora de sus ecuaciones sentimentales
17 25 9 6 10 7 13
Ocuparemos aquel que debe ser el más acogedor, el más íntimo, el más íntimo, el más escondido –dice él– señalando el 18.
–No. Es un número insípido ése.
–Entonces el 15.
–Tampoco.
–¿El 13 que es el predilecto de los supersticiosos…?
–Está demasiado escogido y, sobre todo, muy lleno de predicciones. Aquel que tiene un poco borroso el número. Así no lo sabremos nunca…
–Aquél –dice ella– como queriéndose refugiar anticipadamente en su confidencialidad.
–Está ocupado.
–¿A esta hora? –pregunta Mabelina, sorprendida de que alguien haya tenido el mismo capricho.
–Precisamente, a esta hora en que no viene nada, es cuando lo apartan esos dos parroquianos.
–Entonces volveremos más tarde.
–¿Por qué hemos de ocupar ése?
Mabelina se queda un momento mirando hacia el gabinete. Después, toma del brazo a su acompañante.
El mesero, absorto, desconcertado, los ve alejarse.
Al salir y trasponer los umbrales de la noche que va cayendo sobre la vagabundez de los transeúntes, con esa lentitud de los globos desinflados, se vuelven a ver, huraños, descompuestos, extrañados de caminar juntos, apoyando la reciprocidad de sus emociones y sus deseos frustrados, a lo largo de la avenida encrucijada de luces.
Las palabras se les quedan en los labios, inhumadas, como si sus pensamientos se hubiesen interceptado de guiones, haciéndolos ininteligibles.
Ante su mirada entrecerrada, las calles se van extendiendo indefinidamente, como si sus pensamientos las fueran alargando.
Sus sombras confundidas y enlazadas se enredan en los ramajes de los árboles, esquemados sobre las aceras untadas de paisaje. , Indiferentes, desconfiados, inexplicables, recostados sobre la incongruencia y abstracción en que se han sumido, dejan caer en el agua de la fuente, sus palabras impronunciables que van dejando círculos de silencio.
Mabelina se yergue, súbitamente.
Él la sigue incomprensible, como se sigue a todas las mujeres…
Al entrar, Mabelina que ha franqueado primero los umbrales de su decisión, se adelanta por entre los pasillos intrincados que han dejado los últimos parroquianos.
Se queda un momento suspensa, contrariada, anhelante, equívoca, con los ojos fijos en la difusidad del gabinete que hubiera querido ocupar, perdida en la oscuridad del Café que ha doblado sus perspectivas sobre un recogimiento incomprensible.
Llama 5, 6, 7, 8 veces sin percibir, ni siquiera el eco de su voz que se va quedando en los resquicios de silencio en que se han ido escudando los gabinetes, llenos de sospechas y retrecherismos, apáticos, indiferentes, ensimismados, tal si estuviesen rumiando las conversaciones de los clientes.
Contempla el agua de los espejos, encharcada de sombras, putrefacta de lavar tantas veces la coquetería de las mujeres que se asoman a sus confidencias con actitudes desparpajantes.
Sus mejillas se ruborizan levemente, se encienden, avergonzadas de sentirse reflejadas en aquel ambiente sórdido de gritos, de humaredas, de discusiones, de flirteos que ella esperaba se acrecentaran con el desgarbo de la noche que iba adentrándose tumultuosamente en su espíritu.
Asustada de verse entre el desamparo de los gabinetes desocupados, sola, desechada, engañada, levanta las pieles de su abrigo hasta confundirlas con sus cabellos, apretándose, ajustándose toda ella, cerciorándose de que”, en realidad se recupera, después de haber disuelto sus pensamientos, sus miradas, después de haber anquilosado sus coqueterías en la frialdad de aquel Café que le descubría la noche impenetrable, en la que se cuajaban todas las pesadumbres.
Se siente separada de todo, refundida entre esa incidencia, próxima a extinguirse en el rescoldo de incendio apagado en que se queda el Café. Presintiendo que la vida se había acabado, que vivía el paréntesis, el descanso de la vida, salió apresuradamente sin tropezarse con aquella mirada que la seguía a través de su incomprensión.

4
A esa hora en que se encienden las luces de todos los gabinetes, los dos parroquianos abandonan el Café.
La puerta se abre, irregularmente. Manos bruscas, desconocedoras de su penuria ruidosa, empujan, atropellan su inmovilidad.
Los meseros, que de día parecen como muertos, se electrizan de pronto, agitando sus somnolencias.
Mabelina entra en el gabinete más cercano, más lejano a su vida.
Como en ninguno puede ser la que es, se indiferentiza, instalándose en cualquiera:
Balbucea lo que él la dijera aquella noche que se conocieron y sonríe, parentizando sus pensamientos con ese murmullo interior que se emulsiona después de la risa, enumerando los subterfugios en que se escudaba disimulando su timidez, disfrazándola en una serie de frases y de situaciones que casi siempre lo hacían aparecer como un hombre despreocupado, insolente, intrépido y hasta cínico.
En realidad, lo que a Mabelina le había interesado, era esa manera con que él se excluía de la vida y se olvidaba de todos y de sí mismo, en las calles, en las conversaciones, en los bailes y en las antesalas, con un gesto de no querer inmiscuirse en ningún incidente, en ninguna labor tan complicada y tan molesta como la de hacer el amor a una mujer; en la que hay siempre una expectación y una ansiedad de que se realicen por ella, todos los heroísmos y todas las inverosimilitudes.
Mabelina, comprendiendo esa pereza de amar que se advertía en sus actitudes despectivas; se había acercado a su timidez, despojada de todos los obstáculos, desprendida de todas las vestiduras espirituales, como queriendo facilitar un pronto acercamiento, como queriendo tonificar esa especie de convalecencia en que vivía y de la que ninguna mujer lograra exhumarlo.
Lo había mirado con la última mirada, le sonreía con la última sonrisa, lo acariciaba con la última caricia. Le daba en el inicia-miento del continuo trato que llevaban, todo eso que las mujeres no dan, sino al final de una aventura. Sin embargo, él no desistía de su actitud arrinconada.
–Yo quiero estar contigo –le decía– detrás de los visillos de su sentimentalismo, como en los sueños.
Mabelina lo miraba sorprendida, incrédula, al principio. Después, escondiéndose en sus abstracciones; bajaba los ojos bajo el sopor del idealismo, entrecerrándolos, alejándolos de los pensamientos inversos y contradictorios que le humedecían las pupilas.
Te encuentro en todas las encrucijadas sentimentales, situadas más allá de la irrealidad, todavía más lejos.
Ella sonreía, ocultando sus senos, amortajándolos, haciéndolos más pequeños, insignificantes, queriéndose adaptar al irrealismo de la mujer que evocaba.
–Quiero amar en ti eso que no tienes, eso que te falta, eso que te sobra, lo superfluo, para estar enamorado siempre.
Mabelina mientras escuchaba sus frases, sentía impulsos frenéticos de besarlo, de abrazarlo, de exaltarlo. Pero esa actitud indefensa en que él se colocaba en todos los instantes, la obligaba a permanecer quieta, miedosa, como en la silla eléctrica del amor, como en una clínica en la que le estuviesen probando los efectos y las variaciones de una especie de rayos ultravioleta que iban descomponiendo su espíritu y sujetando su cuerpo, transmigrándolo a todas las sombras, en las que se contemplaba y se abstraía, reconociendo sus movimientos desmesurados que iban tapizando el gabinete con las decoraciones de los sueños.
Se palpaba en los muros transparentada, distendida, desrealizada por la claridad de sus cerebraciones que la desbarajustaban, la ahogaban de luz, tal si la trasladaran inusitadamente a uno de esos aparadores de artefactos eléctricos en los que todas las cosas se hinchaban de luminosidad.
Se alejaban y se encontraban mutuamente en todas las dimensiones, como si a esa luz que los mantenía quietos la hubiese agitado, de pronto, algún viento extraño o la balanceara una idea intermitente. Se abrazaban con esos inconmensurables abrazos que hace la sombra de los abrazos proyectados, de los abrazos que no se dan, quebrados en todas las esquinas de la idealidad, electrocutados por todos los intersticios del gabinete apagado y encendido simultáneamente.

5
Saliendo del baile, habían tomado un coche. Como él conservara su equilibrio, Mabelina procuraba, también, conservarlo. No sabían si era el vino o las circunvalaciones del vals, pero ellos sentían que las sinuosidades del camino se les iban enredando en los ojos, a medida que el auto aceleraba su marcha.
No hablaban, sino con los residuos de las charlas interferentes que se tienen en los bailes.
–…como baila Ud. tan bien…
–No. Pero me gusta mucho el baile…
–…eran la mejor pareja, Ud. y aquel muchacho a quien se le quedaba viendo tan ostensiblemente…
Ella sonrió, dudando y creyendo.
–Es Ud. la compañera ideal en el baile. No se deja llevar de su compañero, sino de los compases de la música.
Volvió a sonreír, confusa, satisfecha.
–Se mueve Ud. como si cada compás la asiera de un ritmo a otro, como si los hilos imperceptibles de la música distribuyeran sus movimientos y los manejaran.
–Bueno. Pero ya nos tratábamos de tú…
–Eso es. Te mueves imantada por la música, atraída por la música. Parece que presientes los huecos del vals, las evasivas del fox, las languidecencias de los “blues”. Te introduces por sus recodos y sales de ellos, al mismo tiempo que las notas. En el “charleston”, juegas a la comba de la música.
Cuando se baila contigo se tiene la sensación de que se es el juguete automático del trombón, del saxofón, del violín, etcétera. Los sonidos del violín te adelgazan y te hacen flexible, los del saxofón insuflan y prolongan tu cuerpo infinitesimal, los del trombón te alejan y te acercan, alternativamente, de los brazos de tu compañero.
Mabelina seguía sonriendo, sin saber qué decir, confundida y absorta en las apreciaciones, sin poderse adaptar a los modales del acompañante inesperado que se encontrara en el baile.
–Ya es muy tarde ¿o muy temprano?
–Es muy tarde o muy temprano, según…
– ¿A dónde vamos? Acuérdate que no puedo llegar tarde.
–A un hotel. En los hoteles siempre es temprano.
–Entonces, mejor al Café de Nadie. ¿Lo conoces?
–No.
–Es encantador. Nunca hay nadie. Nadie lo espía a uno, ni lo molesta.
–Al Café de Nadie, ¿eh?
–¿A dónde?
–¡Ah! Es verdad… Yo le digo. A la derecha.
El coche cambió de dirección. Los árboles, despertados violentamente por la carrera del auto, se iban tropezando a lo largo de la rápida perspectiva.
Comprendiendo que él no se atrevía a iniciar la conversación, Mabelina acercándose, le dijo, casi en la boca:
–Seremos dos buenos amigos.
–A la izquierda, luego a la derecha.
–¿Verdad?
–Indudablemente. No sé a qué viene esa aclaración.
–Por esa manera con que me miras…
–A la derecha, luego a la derecha. Se para frente a esa puerta del letrero luminoso.
A esas horas, el Café como que se escondía, como que se hacía más inencontrable, más confuso, perdiéndose en la insondable Avenida desorbitada de incandescencia.
–El que Ud. quiera –dijo él al camarero–, siendo confortable.
–¿Un reservado para los dos?
–¿Por qué no…?
–No. Imposible.
–Somos dos buenos amigos.
–Sin embargo, tomaremos uno para cada uno. Es lo correcto.
–El 25.
–Bueno. Uno para los dos. Pero acuérdate que soy una señorita.

6
Oiga –dice al mesero, el hombre que acompaña esta vez a Mabelina– haga desalojar a todos del Café. Aquí no hay más parroquiano que yo.
–Señor, cómo quiere Ud. Que…
–No me importa. ¡El dueño!
–¡El dueño!
–El dueño… El dueño.
–He dicho: ¡el dueño!
El mesero se retira medroso y presuroso, en busca de alguien que le informe quién es el dueño de este día del Café.
Al regresar al gabinete se asoma por entre las cortinas, tímidamente, balbuceando una lista de excusas.
–En este momento no está.
–Ha salido.
–Cuando regrese.
–Es imposible…
–No está ocupado más que el gabinete del fondo. Pero es como si no lo estuviera. Esos dos parroquianos no hablan, no discuten, no se mueven. Son inservibles. No piden nada. No conocen a nadie. Nadie los conoce.
El hombre irrupto vuelve los ojos hacia el gabinete. No distingue sino las siluetas de dos parroquianos, inmobles, impasibles, pirografiados sobre la media luz que los circunda y los deteriora.
Se queda mirándolos como si no los viera, como si no lograra delimitar sus actitudes inconclusas, como las de los frisos, próximos a abandonar, a entrar al Café, apenas agitados por los movimientos inusitados de las cortinas que alargan o encogen sus sombras.
Mabelina se frota los ojos suavemente, como para disolver sus miradas que se han quedado fijas también, fascinadas por la inmovilidad en que permanecen los dos parroquianos, cobijados de mutismo.
Despojando sus ojos de esa ceniza que le dejara el insomnio en los olvidos sentimentales, descontando sus miradas, sus pensamientos, sus sensaciones entornadas por la última mano que la acariciara con una displicente intención de dejarla hermetizada, clausurada, se va desprendiendo del embozo que cubre sus encantos.
–Mira mis piernas para que no te dejes engañar por las de las otras mujeres, pruébalas.
Él las besa. Las va palpando, apretando…
–Estúpido.
–Pero si eres una puta.
Las palabras se les quedan, las unas en las otras, trenzadas, confusas.

7
–¿Eres tú...?
–Casi.
–¿Cómo casi?
–En este momento estoy escribiendo un artículo en el que no hay sino una tercera parte de mis conceptos, de mis ideas. Un artículo que desvía esa trayectoria reincidente de mi manera de ser. Después de escribirlo no sé si, en realidad, sea el mismo de ayer.
Soy un individuo que se está renovando siempre. Un individuo al que no podrás estabilizar nunca. Un individuo al que engañarás diariamente conmigo mismo por esa mutabilidad en que vivo.
Cada día besas en mí a un hombre diferente. Un hombre que es uno por la noche y otro con el alba. Canjeas hoy, como canjeaste ayer, como canjearás mañana, a este hombre diverso que parezco hoy, por aquel único que seré después y así, simultáneamente.
En cada noche hay en mí un hombre destruido, un hombre arruinado, un hombre desfalcado, despilfarrado por la cotidianidad. Un hombre nuevo. Por eso, a pesar de tus promesas, no me serás fiel jamás.
–Tú siempre con tus cosas.
–No son cosas. Es la verdad.
–No hagas frases. ¿No quieres mejor besarme?
–Admirable.
Mabelina se convenció, recordando sus charlas con aquel periodista, de que era, en efecto, el único que podía acompañarla desde que se asomara por los subterfugios de la aventura.
Cuando salieron, ya en el coche, él la preguntó:
–¿Por qué has vuelto a pensar en mí?
–Sabes muy bien que eres, entre todos tus compañeros, el predilecto. Los demás son muy indiscretos, muy esculcadores y sobre todo, muy impertinentes. No se les puede decir una frase sin que le busquen, inmediatamente, un sentido transversal. Tú, en cambio, procuras evadirte de lo que se te dice y se te consulta, procuras aligerarlo todo, despistarlo todo, componerlo todo, aunque después lo embrolles y lo descompongas.
–¿Ya no eres amiga de Androsio?
–Me alejé de su amistad por incomprensivo, por equivocado. Una noche fuimos a cenar juntos, luego al teatro, al cabaret. Durante ese tiempo fue preparando sus confidencias, sus deseos y, cuando yo ya me lo esperaba, comenzó a elogiar mi manera de vestir. Con una actitud de modisto o de aparadorista que ha confeccionado la mejor pose de la moda, desató y ató de nuevo el listón que sujetara mis zapatillas, exaltando sucesivamente el color de mis medias, cerciorándose de su calidad. Acariciando mis piernas, me preguntó si usaba las ligas de última moda, con estuche de radio o con retrato de alguien.
Fue subiendo y aventurando sus caricias subrepticiamente, estremeciéndome, asfixiándome, como si de pronto me hubiesen soltado el duchazo de la voluptuosidad.
Sus caricias eran, en realidad, aquellas que he preferido siempre. Las que más emociones y sensaciones causan. Las que la hacen a una tenderse, arrebujarse, estrujarse toda, exhausta. Pero al final quería que fuéramos esos pasajeros hipotéticos de los hoteles que regresan de cualquier ciudad en un tren que no llega nunca, esos pasajeros que no son, sino los turistas del amor.
Tú siempre te quedas en las iniciaciones, en el prólogo, en lo que prefiero. Por eso me tendrás y te tendré en la perennidad de lo improbable.

8
Mabelina sentía en los labios el escozor de sus besos. Seguramente él la había visto entrar a este Café y por eso la invitaba.
Apenas si lo conociera. Sin embargo, se acercaba a sus presentimientos, arrinconándose en ese hueco íntimo que le deparaba su jovialidad y sus maneras desenvueltas de hombre acostumbrado a enredarse y desenredarse en las miradas femeninas.
Adivinando una insistencia de entreverla, de descubrirla, de desvestirla, levantaba los brazos con languidez, dejando que sus ojos se aventuraran por los resquicios de su traje.
Presentía sus caricias, las sentía, como una enredadera, ramificándose por todo su cuerpo.
–Nunca creí que te fijaras en mí.
–Yo me fijo en todas las mujeres…
–Como yo, en todos los hombres…
–Pero en todas las mujeres como tú…
Se habían ido acercando, poco a poco, encerrándose en el biombo de sus sonrisas, de sus miradas, hundiéndose en la barahúnda de sus emociones.
Mabelina entrecerraba los ojos como para iniciar esa oscuridad que necesitaban, doblegándose sobre la sorpresa de sus brazos.
Ya en el diván, se fueron llenando de confidencias.
–Te veía mucho, pero tú jamás escuchaste mis deferencias.
–Es que siempre ibas del brazo de cualquiera, al margen de todos.
–Parecías impasible.
–Por mi sensualismo que es puramente intelectual. Las mujeres no me interesan, sino a través de las que hojeo en los magazines. La ropa interior me inquieta más en un magazín que en una mujer.
–¿Entonces yo…?
–Me sorprendes, me entusiasmas, me interesas porque tus piernas son como tomadas de las de esas mujeres que anuncian las medias HOLEPROOF y tus senos tienen la misma luminosidad, la misma incandescencia de las lámparas que adornan las grandes salas y parecen hechos del “ice-cream” de la voluptuosidad. Y porque…
–Porque tienes en todos los instantes de tu vida –interrumpió Mabelina– un movimiento retardado para vivir las emociones…
Sus ojos iban apagando las últimas luces del gabinete. De cuando en cuando, se entreabrían pesadamente, despegándose del “Ko-hol” de sus miradas que la habían ensombrecido, renegrido.
De tarde en tarde, su cuerpo se vivificaba, recordándolo, sintiéndolo y seguía desperezándose con el eco de sus caricias.

9
Al entrar los dos parroquianos, la última frase idiota que se ha quedado flotando en la atmósfera enrarecida del Café, sale despavorida, cohibida, perseguida por los ventiladores intelectuales que lo van limpiando de los resabios de conversaciones.
Los meseros se dan cuenta de que en ese momento surge el alba del Café y empiezan a deshacer, a ordenar la catástrofe de la noche anterior.
Las sillas son desprendidas de sus actitudes pornográficas en que las han dejado los barrenderos, preciosamente, después de haberle puesto el gabán al más arraigado cliente, acaso para no dejar que se vaya acumulando en los gabinetes, el lastre inevitable con que anclan los visitantes esporádicos.
Entre todas las sillas hay siempre unas que no quieren desprenderse la una de la otra, que no quieren desistir de su posesión descarada, que se abrazan fuertemente, impidiendo que se les coloque en el lugar estricto, aquel que ocupará el parroquiano consuetudinario.
Los meseros luchan con ellas, como las madrotas con las pupilas que se resisten a abandonar los brazos de ese hombre que no toma nada, que no mira a ninguna de las otras mujeres, que no compra, en esa casa, ni siquiera los cigarrillos y que sin embargo, se le ve todas las noches, como un misionero.
Los meseros huyen de aquellas sillas y se dicen recíprocamente.
–Desacomódalas tú.
–Desacomódalas tú.
–Desacomódalas tú.
Hasta que el más reciente, el más encogido –el mesero de los meseros– se acerca buscando el momento estratégico en que estén desprevenidas, para separarlas de la insolencia con que se aferran a su actitud de mujeres viciosas, hiperestésicas, histéricas, atacadas de los peores males.
Las mesas se despistan con nuevos manteles.
Las ventanas se escudan de las curiosidades callejeras con la rigidez de unos visillos limpios.
A todas las cosas se les sacude, se les despoja de los residuos de las noches pasadas para que los parroquianos noveles se sientan satisfechos de haber inaugurado el Café.
En el menú de ayer se escribe:

MENÚ
de hoy
Sopa de Ostiones
Huevos al Gusto
Asado de Ternera
Chilacayotitos en Pipián
Ensalada
Frijoles al Gusto
Dulce
Té o Café

Después de despabilar el ambiente de todos los gabinetes, menos el de aquel que ocupan sistemáticamente los dos parroquianos, los meseros se retiran a los ángulos de la espera, resolviendo los problemas de las propinas.
–Somos los únicos habitantes del mundo. Todo desaparece, todo se muere en este rincón. Somos los supervivientes de la catástrofe diaria.
–Nuestro Café sería ideal si pudiésemos trasladar a esta perspectiva la Plaza Ajusco, en la que la primavera está siempre amarrada a sus postes telegráficos.
–En aquella mujer que se nos queda mirando he encontrado un 50% de la verdadera mujer que buscamos, que estamos haciendo en nuestras continuas charlas. Tan como ninguna.
–Un día, el día del año bisiesto del calendario sentimental nos sorprenderemos de verla, de oírla, transitando por los pasillos de la introspección, hablando con las palabras que desperdiciamos, que se nos caen, distraídamente, que se nos escabullen.
–En una está una parte de esa mujer y en otra la otra. Tenemos que presentarlas, ensamblarlas, aunarlas, confundirlas, acostumbrarlas a que vivan una sola vida, con las mismas emociones, con los mismos gustos. Después de la amistad preliminar se irán haciendo una, poco a poco. Esa que será la nuestra.
–Hemos inaugurado, hemos puesto de moda a todas las mujeres…
–Las mujeres no son más que unos aparatos sensuales, ideológicos, espirituales, sentimentales. Se les puede llenar como a los acumuladores, de cualquier fuerza, de cualquier tensión.
–Tocándoles esa especie de timbres que son sus senos, se despiertan en ellas una serie de personalidades que acuden con el desconcierto de los sirvientes de los hoteles, sin saber si el número encendido en el cuadro de llamadas es el suyo.
–En las mujeres que frecuentan este Café es imposible hallarla. Sus senos suenan como los timbres de los relojes despertadores, impertinentemente.
–Somos ya, casi los dueños del Café. De un momento a otro nos dirán: Bueno. Les parece que cerremos. Están de acuerdo en que se pinten y se decoren de nuevo los gabinetes. Este mes nos han recargado demasiado las contribuciones, etc., etc., etc.
Es que somos los únicos que comprendemos, que apreciamos su inmovilidad y su alejamiento.

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Germán List Arzubide, Marco-Aurelio Galindo, Carlos Noriega Hope, Fernando Bolaños Cacho, Óscar Leblanc, Ortega, Fernando Sosa, Otilio Gutiérrez Muñoz, Ernesto García Cabral, Júbilo, José Moreno Ruffo, Humberto Ruiz Sandoval, Manuel Horta, Andrés Audiffred, Jorge S. Duart, Francisco Zamora, Fígaro, Salvador Gallardo, Germán List Arzubide, Rafael López, Jesús M. González, Santiago R. de la Vega, José Palacios, Samuel Ruiz Cabanas, José D. Frías, Gregorio López y Fuentes, Xavier Serondo, José Corral Rigan, Francisco Davales, Silvestre Paradox, Carlos Samayoa Aguilar, Miguel Ángel Asturias, David Vela, Francisco González Guerrero, Luis Tornel Olvera, Juan de Dios Bojórquez, Francisco Monterde García Icazbalceta, Lázaro y Carlos Lozano García; Rafael Muñoz, Ramón Gómez de la Serna, Luis Amendolla, Francisco Borja Bolado, Kyn-Taniya, Joaquín Carranza, Rafael Vera de Córdova, Luis Marín Loya, Miguel Aguillón Guzmán, Ramón Alba de la Canal, Leopoldo Méndez, Germán List Arzubide, etcétera, etcétera, etcétera.
Mabelina leía y releía esa gran lista y hasta hizo esa salvedad de los cronistas sociales: Y otros que no me fue posible anotarlos, por cómo se iban fugando de la suntuosa noche de fiesta que ha sido mi vida.
Recordando unos, olvidando otros, se esfumaban unos sobre otros, yuxtaponiéndose, formando un nombre impronunciable, indescifrable. El nombre de ese hombre que llegara a ser nadie, de tan ecléctico. El nombre ruso o alemán que fue prolongando el suyo hasta convertirlo en una cadena ecuatorial.
Deletreando las emociones que se quedaran en esa larga lista de comensales que habían asistido a la convivialidad de su vida, iba perdiendo la noción de ella misma.
Se miraba en el espejo, queriendo encontrar en el azogue de los recuerdos, los rasgos que perdiera asomándose a la galería de espejos de la vida.
En todos aquellos instantes dejaba algo de ella. Su sonrisa se había ido ennegreciendo, sus miradas perdidas en las demás miradas ya no eran las mismas que se colgaran de los flirteos, de un extremo a otro de las mesas de los cafés que frecuentara.
Con cada uno de ellos se había sentido una mujer diferente, según su psicología, sus maneras, sus gustos, sus pasiones y ahora apenas si era un “sketch” de sí misma. Le parecía que la habían falsificado, que la habían moldeado, simultáneamente, los brazos de sus aventuras.
La habían ido arrancando una mirada, un beso, una sonrisa, una caricia hasta dejarla exhausta, extinguida, lánguida, derrotada, destartalada, insomne.
De tanto sentir se encontraba insensible. Las voces se le confundían. De sufrir tantos sentimientos vulgares se volvía extraña, adusta.
Después de ser todas las mujeres ya no era nadie. Acaso por esa 1 inconsistencia se encontraba agradablemente en el rincón de este Café, sin nadie, con nadie, como nadie, expuesta a que la tomaran, la canjearan por cualquiera de las mujeres que nadie toma.
Se quedaba, como al principio de su vida, analfabeta de emociones y sensaciones.
Toda ella se había quedado colgada en los guardarropas de los cabarets, hasta con la actitud que le dejaran los “grooms” al colocarla en los intermedios de la noche.
Le era imposible recuperar esa serie de personalidades que hicieron su personalidad.
Los hombres la tomaban equivocadamente, como se toma un abrigo en la incongruencia de una noche de fiesta.
Quería reconstruirse con esas milésimas partes de mujer que dejara en todos los hombres, sin que ellos las canjearan por esa milésima parte de hombre que buscaba.
Se sentía la mujer vaciada, bebida a pequeños sorbos sentimentales.
Había momentos en que se trasplantaba a todos los gabinetes, enraizada en las conversaciones, riendo de las frases de los parroquianos, pensando con sus pensamientos.
Se ponía “rouge” para revivir en sus labios el matiz de las caricias prodigadas y “rimmel” en las pestañas para cobijarse en las sombras de sus ensueños.
Se maquillaba con el recuerdo de las caricias como para recobrar sus caracteres fisonómicos.
Apagaba y encendía sus pensamientos con la intención de sorprender en ella, ese momento de lucidez y de convalecencia del alba, en el que se pueden reconstruir todas las cosas. Pero no percibía ninguna transfusión luminosa.
Se iba apagando, perdiendo, envolviendo en la difusidad de una especie de insomnio en que vivía.
MABELINA Mabelina Mabelina
Mabelina Mabelina
Ella seguía escribiendo su nombre sobre la mesa del gabinete, alargando, arrastrando, inconscientemente los caracteres, hasta hacerlos ilegibles.
Las letras se iban extendiendo, horizontalizando, estiradas por el estilógrafo de su pensamiento.
De oírlo tantas veces, de repetirlo, le sonaba a otro nombre. Perdía el sentido de lo que podría significar y tergiversaba su pronunciación.
Lo escribía con la misma vaguedad con que se escribe el nombre de una persona ausente.
Los caracteres, apretados, ligados, se iban tendiendo más y más hasta confundirse con ese horizonte en que se tendían sus rememoraciones.
Relujando sus miradas, se asomaba a cada momento por entre las cortinas del gabinete en espera de su última aventura. La que iba a rehacer o a destruir su vida.
Hay que gastar, que despilfarrar la vida –se decía– para defraudar a la muerte. Para malversarle sus propósitos. Que nos encuentre exhaustos, muertos, inútiles, inservibles. Que no se lleve de nosotros, sino los residuos, lo que no pudimos utilizar, por inutilizable, por desechable.
Sin embargo, pensando esas cosas, sus ojos ensayaban sus mejores miradas, queriendo iluminar los instantes que le quedaran, queriendo comprobar las perspectivas inalcanzables.
No se podía convencer de que sus miradas ya no eran las mismas de entonces, de que habían perdido su acuosidad, de que estaban como desmercurializadas, disecadas, fllatelizadas, de tanto reflejar los pronósticos de sus sentimientos.
Reía, sonreía y su risa le sonaba a todas las risas. Al escuchar la alegría que se desbordara en los demás gabinetes, iba experimentando una serie de mutabilidades, se iba sintiendo un prolongamiento de cada una de ellas y reía con sus risas, imitando el tono y el efectismo de sus risas.
Recorriendo el gabinete de un extremo a otro de sus recuerdos, se desconcertaba de su manera de andar. Aquella cadencia que estatizara el asombro en las calles y en los bailes, no tenía el movimiento oscilante de los cortinajes agitados, substraídamente, por los compases de la música.
Sí. Ésta era su voz, pero parecía interceptada por la estática de todas las voces.
En su imaginación guardaba sus actitudes coleccionadas como los trajes de los museos, distinguiéndolos con la etiqueta correspondiente que le fueran colocando los ujieres espirituales de su “boudoir”.
Apoyó 5, 6, 7, 8 veces su ansiedad en el botón eléctrico, queriendo llamar a la realidad.
El timbre sonaba, cada vez más lejano, tal si las distancias huyeran y se intrincaran en los cuatro puntos cardinales de lo inalcanzable.
Cerrando cuidadosamente su bolsa de mano, como si quisiera olvidar en ella sus pensamientos, abandonó el gabinete.
Al atravesar los pasillos del Café laberinteados de silencio, volvió sus ojos hacia todas las remembranzas con un gesto de haber dejado arrinconado algo de sí misma en los rincones ensombrecidos, murientes y de ir a recuperarlo.
La única luz que seguía sosteniendo la vida del Café era la del reservado que ocuparan sistemáticamente los dos parroquianos. Al divisarla, Mabelina se queda un momento indecisa. Después, rectificándose, empuja la puerta del Café hacia el alba que va levantando el panorama de la ciudad.


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