martes, 20 de diciembre de 2016

El deseo

Umberto Senegal


Esa noche, hasta los tripulantes de un submarino que navegara cerca, habrían naufragado, fascinados por el canto de la sirena. Estaba sola en el islote de coral, difusa entre la neblina. Su lamento se extendió por un radio mayor al habitual, cuando se distanciaba del grupo para presenciar el amanecer encallada en el amenazante atolón. Sus canciones crecían en intensidad y tristeza desde cuando acechó la concurrida playa…
Hubiera sido mejor no transgredir normas. No permitir a su corazón adolescente anhelar aquello que jamás podría acompañarle en las profundidades de su hogar. Hasta sus oídos llegaban las risas, la algarabía de sensuales jóvenes. La primera vez que lo vio, jugaba por la playa, se tendía sobre la arena sin pudor alguno, se paseaba seguro de sí mismo por entre semidesnudas mujeres. Lo vio y quiso tenerlo a su lado, raptarlo si lo hubiera encontrado solo, cantar para él sus más hipnóticas canciones. Desconocía el tipo de sentimiento que le embargaba, convirtiéndole el océano en estrecho acuario. Ni su melindroso pulpo, ni su veloz caballito de mar, ni sus obedientes calamares gigantes, ninguno de los animales que sus padres le entrenaron, la seducía tanto como ese perrito negro que correteaba por la playa, revolcándose en la arena sin pudor alguno.


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