jueves, 15 de diciembre de 2016

El gulu celeste

Víctor Saparin


Loo cayó a gatas, de miedo.
Sabía muy bien que si lo hubiesen visto, lo expulsarían del rebaño por esto. Pero al aparecer en el cielo aquel rayo cegador, venido desde las nubes, para posarse en la cima de la colina, Loo olvidó las prohibiciones, sintió que las piernas no lo aguantaban y cayó sobre las manos.
Resonó un bramido, más fuerte que todos los truenos que había oído. Luchando contra un tremendo pánico, Loo levantó la cabeza y vio la luz llameante que se detenía sobre la árida cumbre de la colina.
No vio nada más. Se arrastró hacia atrás hasta que los matorrales le ocultaron el terrible espectáculo. Se arrastró olvidando que sabía caminar, que, erguido, podía moverse con mayor facilidad y rapidez.
Sólo volvió en sí al resbalar por la pendiente húmeda de lluvia y caer al agua.
Resoplando, empezó a nadar en dirección a un lejano promontorio. Como todos los suyos, Loo nadaba con la misma facilidad con que caminaba; de otro modo hubiese resultado difícil para ellos moverse en el ambiente nativo, donde el agua que caía de lo alto y la que brotaba entre los pies formaban un solo elemento. La espesa vegetación hundida en el fango era un obstáculo tan insuperable, que cuando se precisaba desplazarse rápidamente y recorrer largas distancias, Loo y todos los suyos escogían el agua. Atravesando el lago, trepó a la orilla y sacudió el cuerpo, desprendiendo de su vello lanoso una lluvia de gotas. Hasta llegar a las Grandes Cavernas quedaba mucho camino por recorrer, un camino enorme. Mientras se abría paso entre los matorrales, Loo se calmó un poco. Es difícil saber qué aspecto del espectáculo visto poco antes lo había asombrado más. Era incomprensible y, por lo tanto, terrible. El trueno da miedo, los relámpagos también dan miedo, pero son algo que se explica. Son los kou celestes que discuten y se pelean para no repartirse la presa. Lo importante es no caer en manos de un kou encolerizado. El más viejo suele intervenir y luego pone orden; los otros, tras haber refunfuñado un poco, se calman. Pero los kou celestes son invisibles, decía el viejo Chtz. Viven en las alturas, por encima de las nubes, y nunca descienden.
Sólo en ocasiones arrojan desde el cielo los restos de su comida. El pueblo de Loo los recoge y los conserva con cuidado en la Caverna Sagrada. Son trozos pesados, duros; lo que los dientes de los kou celestes no mastican es más duro que la piedra. Sólo una piedra, la talacha, puede resistir la comparación. Con ella, los mejores cazadores fabrican las puntas de los “aguijones volantes”.
Pero nunca los kou celestes habían abandonado las nubes para descender entre los bípedos.
El viejo Chtz decía que eso no había sucedido nunca.
¿Y si realmente eran los kou? Sería de aquel modo como se hubiesen presentado. Loo pegó un salto, tanto lo impresionó la idea. No sin motivo, estaba considerado como uno de los más inteligentes de la tribu.
Empezó a correr, impaciente de comunicar su descubrimiento.

Ngarroba corría con amplias zancadas a fin de no caer en el fango, pero la distancia que lo separaba del tautolón disminuía.
El torpe animal, que se movía como un pato sobre las patas posteriores, hubiera parecido ridículo en otra situación.
Por sus dimensiones y figura recordaba lejanamente a una grúa para el montaje de un edificio de tres o cuatro pisos, admitiendo que a la grúa se le hubiese ocurrido brincar de improviso. El pesado cuerpo se apoyaba sobre fuertes patas y una cola gruesa como el tronco de un robusto árbol. En la parte superior se hacía cada vez más delgado, terminando casi sin hombros en un cuello largo y estrecho, coronado por una cabeza ridícula, semejante a la de una serpiente. Del extremo del tronco colgaban dos débiles patas anteriores que, a cada salto, se bamboleaban impotentes.
Karbysev sacó nerviosamente la válvula neumática del bolsillo. Había sido una ligereza imperdonable llevar una sola pistola para los cuatro. Pero la anterior expedición a Venus no había llevado ningún arma. Karbysev, preocupado, pensaba si tendría tiempo de utilizar la pistola antes de que el tautolón hubiese alcanzado al vicepresidente de la Academia Africana de Ciencias, y en lo que sucedería en caso contrario.
Ngarroba cayó en el mismo instante en que Karbysev apretó el gatillo. Un rayo azul alcanzó el cuerpo leonado, bruñido, semejante a goma, del animal. El tautolón cayó; mejor dicho, la parte posterior se aflojó sobre sus patas y la cola, mientras el pecho, el cuello y la cabeza se derrumbaron.
En aquel momento intervinieron Gargi y Sung Ling. Gargi, esbelto y elegante hasta con su escafandra amarilla, corrió hacia Ngarroba. Sung Ling le ayudó a levantar la cabeza del africano. A través del casco transparente, el rostro de Ngarroba estaba gris; el africano movía los labios, pero no se oía ningún sonido. Por fin a alguien se le ocurrió desplegar la antena del casco.
El fogoso africano volvió a adquirir el don de la palabra.
–¿Qué le pasó a ese animal? –exclamó, mirando a su alrededor–. ¡Se volvió furioso!
–Sí, ¿qué pasó? –Preguntó Sung Ling–. Salió usted repentinamente del matorral y luego vimos a ese monstruo que lo seguía. ¿Le hizo usted algo?
–¿Quién le ha hecho nada a esa estúpida carroña? –refunfuñó Ngarroba. Con la mano enguantada giró una llavecita colocada en la parte inferior del casco y después de haber agarrado con los labios un tubo que se levantó en el interior, tragó un sorbo de coñac–. ¿Sabe que estos mastodontes tienen un cerebro de gallina? Pero no atacan al hombre; es un hecho reconocido, y consta en todos los informes de las siete expediciones a Venus.
–Quizá el tautolón no ha leído los informes científicos de nuestras expediciones –observó Gargi, con sorna–. No habrá tenido ocasión.
–Entonces, ¿qué pasó? –insistió Sung Ling.
Ngarroba se levantó e hizo con el brazo un gesto mecánico como para quitarse el sudor de la frente. Lanzó una mirada sobre el cuerpo inmóvil del leonado monstruo.
–Me acerqué al lago –empezó–, un lago vulgarísimo. Vi el acostumbrado espectáculo venusino, por lo menos en lo que hasta ahora sabemos. Del agua surgían a diversas distancias los capullos del famoso lirio gigante y dos o tres carroñas de éstas –evidentemente el africano no estaba en condiciones de espíritu tales como para llamar al tautolón con su nombre biológico–. Ya saben que esas excavadoras con patas se mueven libremente en el agua y les gusta sentarse en el fondo del lago y asomar su estúpida cabeza. Son animalotes gigantescos, pero se alimentan de pequeñeces: ranas, escarabajos y otras porquerías por el estilo.
–Dé gracias que no coman turistas –observó Karbysev–. Menos mal que aquí no hay cocodrilos gigantescos, tigres ni otros carnívoros.
–Es verdad, pero parece que los devoradores de ranas también pueden ser peligrosos. Como un tractor enloquecido, por ejemplo.
–Adelante– indicó, pacientemente, Sung Ling.
–Observaba tranquilamente el espectáculo. De improviso vi levantarse justamente por encima de mí la cabeza de este animalito, mientras los matorrales se removían bajo el empuje de su cuerpo. He leído los informes de todas las expediciones a Venus, las siete, y sé perfectamente que los tautolones –el científico pronunció este nombre por primera vez– son los seres más inofensivos del universo. Por eso, sin alarmarme, me alejé unos veinte pasos para continuar mis observaciones. En aquel momento, sin embargo, ese bicho –Ngarroba ya se había calmado– se dignó mirar hacia abajo desde su cuarto piso y se me echó encima como si yo fuese un gusano o un caracol.
Karbysev sacudió la cabeza.
–Esa boca no es capaz de asir a un hombre como usted, aun admitiendo que el tautolón lo haya tomado por un bocado apetitoso.
–¿Quién sabe qué le pasó por la cabeza? Hubiera podido aplastarme sin darse cuenta siquiera. ¿Ha oído alguna vez que los tautolones corran con tanta rapidez? Ya saben que estoy considerado buen velocista en distancias medias. Hoy, desde luego, he batido un récord, y aunque la gravedad sea aquí inferior a la de la Tierra, me lo homologarían. Pero este pánfilo –dio una patada en el costado del animal–, por lo visto corre más.
–Sólo él sabrá qué pasó –comentó Gargi, pensativo–. ¿Cuándo despertará?
Karbysev miró el reloj fijado sobre la manga de la escafandra amarilla.
–Se lo descargué todo. Suficiente para tres animales como éste. Pero creo que dentro de diez minutos pasará el shock y podrán saberlo.
–¿No sería mejor alejarnos un poco? –Propuso Gargi–. Una aventura como la de hoy es ya suficiente. Nuestra expedición acaba de empezar… Pero el espectáculo ha sido divertido –añadió, de repente–. Este animal, con su caminar bamboleante como un pato asustado, y el amigo Ngarroba delante de él…
–¿Asustado? –Repitió Sung Ling–. Es una idea. Quizá de hecho no pretendía agredir a nadie.
–¡Pero si se lanzó sobre mí! –Exclamó, con vehemencia, el africano–. Y yo no estaba en su camino.
–Probablemente, el tautolón deseaba huir de algo escondido en la vegetación… ¡Ah! ¡Ya vuelve en sí!
El cuerpo del animal tendido en el fango fue sacudido por un temblor. Luego la pequeña cabeza se levantó. El cuello sufrió dos o tres convulsiones y se enderezó de golpe, como si alguien lo hubiese llenado de aire. El cuerpo, parecido a un balón desinflado, recobró vida y la perdida elasticidad.
Los cuatro hombres, protegidos por las escafandras, siguieron atentamente los movimientos del monstruo.
–¿Quién lo habrá asustado? –murmuró, pensativo, Karbysev–. En Venus no hay carnívoros, lo afirman todas las precedentes expediciones. ¿Quién puede causar miedo a una mole semejante?
Gargi se encogió de hombros.
–Nos encontramos en un continente completamente desconocido. ¿Pero qué hace? ¡Ngarroba!
Porque el africano ya se había lanzado a toda velocidad hacia el tautolón.
El animal se bamboleaba sobre sus patas posteriores, fuertes y elásticas como las suspensiones de un vagón de cien toneladas. Parecía como si se dispusiera a saltar de un momento a otro.
–¡Es una locura! –Gargi palideció.
Karbysev metió rápidamente la mano en el bolsillo para coger el cartucho de reserva. Charlando, se había olvidado de que la pistola estaba completamente descargada.
Pero nadie consiguió detenerlo.
La escafandra azul saltó sobre la cola de la mole que había vuelto a caminar, justamente en la base, tan gruesa como un tonel. Una mano de Ngarroba se tendió hacia lo alto, como si quisiese golpear o pegar al animal en el lomo. Un instante después, el tautolón sacudió su grupa con tal violencia, que Ngarroba salió despedido a quince pasos de distancia y cayó de espaldas en un profundo estanque.
Contoneándose sobre sus costados, el gigante se puso a trotar hacia el agua, que, no muy lejos, enviaba pálidos reflejos bajo la espesa cortina de nubes.
–Ahora comprendo el motivo de que el tautolón se haya lanzado sobre él –afirmó el indio, entrando en el agua hasta la rodilla, para tender una mano al africano–. ¡Agredió usted al pobrecillo! Sí, apóyese en ese bastón. ¿Dónde lo ha cogido? Ahora, ¡así!
–Límpiele el casco –indicó Karbysev.
Cuando le quitaron el fango grasiento que se había depositado sobre la esfera transparente del casco, aparecieron primero los dientes blancos y luego la cara del vicepresidente de la Academia Africana de Ciencias. Ngarroba mostraba una sonrisa tan grande y triunfante, como nunca le habían visto sus amigos.
Embarrado de la cabeza a los pies, seguía sujetando en la mano el bastón, una vara delgada de metro y medio de largo, parecida a un junco o una caña.
–Si no logro coger este utensilio justo en el último momento, ese bicho se lo hubiera llevado consigo. Esto es lo que le ha empujado a huir del matorral.
–Parece una aguja –murmuró Gargi–. ¿Han visto alguna vez púas de estas dimensiones?
–No –contestó Sung Ling–, no figura nada semejante en ninguna descripción de la flora de Venus.
–Entonces, ¿es un nuevo descubrimiento?
–¡Y qué descubrimiento! –Exclamó Karbysev, que parecía muy emocionado–, ¡Mírenlo bien!
–No comprendo. –Gargi se encogió de hombros.
–Cójalo.
Gargi tomó el bastón que Ngarroba le tendía e hizo deslizar sus dedos de un extremo a otro. En uno de ellos, los dedos palparon un saliente pequeño. Luego, el bastón se adelgazaba hasta terminar en una punta muy dura.
–Pero esto… es… –murmuró, emocionado.
–Un venablo –concluyó Sung Ling. Sus ojos brillaban bajo el casco transparente.
–¡Qué descubrimiento! –Gritó Ngarroba, que por poco no se puso a saltar–. He terminado en el barro dos veces, pero al menos sirvió para algo… ¡Qué suerte haberme cruzado con ese animalote!
–Sí, amigos –declaró solemnemente Karbysev–. Nuestra expedición ha encontrado, probablemente, la primera prueba de la existencia en Venus de seres racionales.
–Y con un nivel de desarrollo que los hace capaces de construir un arma, aunque sea sencilla –terminó Gargi.
–Esperemos que sólo se utilice para la caza. –Sung Ling tomó la azagaya de las manos de Gargi y examinó atentamente su punta.
Los expedicionarios se miraron.
–Venga, cargue la pistola –dijo Gargi.
–Sabe perfectamente que la electropistola es un medio de defensa personal y sólo es eficaz en distancias cortas –observó Karbysev.
A pesar de todo, tomó un pequeño cilindro y lo introdujo en el arma.
Ngarroba tendió una mano hacia el venablo.
–¡Démelo!
Lo sospesó como si se dispusiese a lanzarlo.
–Creo, amigos, que con este juguete ninguno de nosotros conseguiría agujerear una coraza gruesa como la piel del tautolón.
–Pero en nuestra escafandra… –susurró Sung Ling.
–Este ligero tejido nos defiende de la picadura de los insectos, del mismo modo que su piel protege al tautolón. Estamos a cubierto de nuestros enemigos principales, las bacterias, pero frente a una jabalina…
Ngarroba frunció el ceño.
Karbysev sintió el impulso de volverse. Detrás no había nadie. En los matorrales, a unos cincuenta pasos, se movieron dos o tres delgados troncos.
Gargi se acercó a un árbol parecido a un gigantesco hinojo. No tenía hojas y el tronco estaba cubierto por un espeso mantillo de pequeñas agujas.
–Nunca podré habituarme a esta flora –dijo el indio–, aunque comprendo que las plantas crecen tan rápidamente por el exceso de ácido carbónico de la atmósfera. Quisiera saber de qué están hechos estos venablos. Seguro que con este árbol no…
–Ya determinaremos a su tiempo de qué madera se trata –objetó Sung Ling–. Es más importante descubrir las piedras que usan para las puntas. Es de una clase que desconozco.
–Y aquí no hay montañas o rocas que afloren a la superficie. ¡Miren!
A su alrededor se extendía una lisa llanura salpicada de lagos. Por el oeste, el horizonte estaba limitado por un espeso bosque, semejante desde lejos a una barrera de alambre de espino. Sobre la verde extensión se levantaban gigantes aislados con las ramas tensas como dedos abiertos de una mano. Cada “dedo” terminaba en un nuevo racimo de ramitas.
Por el este se veían algunas colinas bajas de contornos suaves, alisados.
Los expedicionarios se pusieron en camino para volver al cohete, deteniéndose de cuando en cuando para tomar fotografías.
La conversación versaba sobre el venablo y sobre un posible encuentro con los venusinos. ¿Cómo terminaría?
–También nosotros disponemos de un arma –dijo Ngarroba, apretando el venablo– exactamente igual a la que tienen ellos.
–Una sola –objetó Gargi.
–Y que no se usará –remachó Sung Ling.
–Sí, es verdad –admitió el vicepresidente de la Academia Africana de Ciencias–. Quizá en un caso extremo…
Karbysev tomó la pistola cargada y desplazó una palanquita.
–¿Reducir la carga?
–No tengo intención de matarlos. –Karbysev enarcó las cejas–. ¿Bastará un doceavo?
–Es suficiente para tumbar a un toro.
–¿Y si el hombre de Venus fuera más resistente?
–¡Hay que explorar a toda prisa esta parte del planeta! Hasta ahora las expediciones han desembarcado en las zonas ecuatoriales y cerca de los polos. Sólo dos han tocado las regiones intermedias, y la sexta no tuvo éxito. Thompson se puso enfermo y todos tuvieron que regresar.
–Uno de nosotros –decidió Karbysev– deberá quedarse siempre en el cohete.
–Yo no –saltó Ngarroba.
–Al que le corresponda. Propongo que lo echemos a suertes.
–El cohete deberá estar dispuesto para el despegue, de modo que pueda ser guiado sólo por un tripulante –observó Karbysev.
–¡Es interesante la octava expedición! –La cara de Ngarroba estaba radiante–. Por poco no estuve en la séptima. Pero nuestro cohete de Marte se averió y cuando mandaron otro, la de Venus ya había partido. Todavía dependemos demasiado de los astrónomos, de sus cálculos.
–Sí, aún no hay comunicaciones regulares con los planetas.
–Para la Luna hay un puente-cohete.
–¡Bah, la Luna!
Caminaban, conversando, sobre un terreno viscoso, cenagoso, obligados a contornear lagos, estanques e infinitas y estrechas ensenaditas. Los espejos de agua hormigueaban de minúsculas criaturas de todo género, semejantes a alfileres, a trozos de madera flotantes, a copos verdes.
Cerca de seis horas después se encontraron a los pies de la colina, donde, sobre sus soportes retráctiles, reposaba el cohete.
–Descanso –ordenó Karbysev.
El interior del cohete era seco y cómodo. Los viajeros se quitaron con satisfacción las escafandras y se extendieron en cómodas butacas, fácilmente transformables en camas.
Por la “mañana”, según los relojes terrestres que medían el tiempo en el cohete, después del desayuno, llegó el momento de decidir quién se quedaría como centinela.
Ngarroba aparecía tan emocionado que daba lástima.
–Sus nervios parecen un fósil del pasado –observó Gargi.
–Pues yo pienso –replicó en seguida el científico africano– que incluso dentro de mil años los hombres se emocionarán. Si no, no vale la pena vivir. No creo en los hombres impasibles.
–También usted está nervioso, Gargi –observó Karbysev.
–Bueno, hasta la calma de Sung Ling es una pose –replicó el indio–. ¿Quién no está emocionado? ¿Usted?
–Es la primera vez que encuentro un ser racional en otro planeta –esquivó Karbysev–. Hasta la emoción es perdonable. Bien, el que haga menos puntos se quedará como centinela. Empiezo yo.
Tomó un cubilete amarillento, un dado de juego que databa de los tiempos de la antigua Roma, una pieza de museo que su hija le había regalado.
–Cuatro –declaró Sung Ling, mirando el dado que había rodado hacia él. Ngarroba sacudió largamente el cubilete en la palma de su mano y, por fin, lo lanzó sobre la mesa.
–¡Cinco! –gritó–. ¡Cinco!
Le tocó el turno al chino. Tres puntos.
–Bueno –dijo Gargi, extendiendo la mano–, me quedan dos probabilidades sobre tres. Por lo menos en teoría…
–Dos –contestó con calma Sung Ling. Y agregó–: La teoría de las probabilidades sólo actúa después de un gran número de tiradas.
–¿Instrucciones? –preguntó, obediente, Gargi.
–No se aleje del cohete más de diez pasos.
–¡No sea que lo roben!
–El cohete, no. Pero le pueden robar a usted. Al mínimo indicio sospechoso, enciérrese en el cohete y observe desde allí. El localizador no funciona; tendrá que usar el ojo de buey; para ser francos, nuestro aterrizaje no fue muy brillante. La patrulla estará ausente veinticuatro horas. Si no regresamos, no abandone el cohete. Espere otras diez horas, y esté muy alerta. Doce horas después vuelva a la Tierra.
Durante algunas horas, los tripulantes dispusieron el cohete para la partida. Ngarroba maniobró los martinetes que accionaban las “patas” hasta que el cohete quedó en posición inclinada. Gargi trabajó con la máquina calculadora. Sung Ling preparó el programa del piloto automático.
–Apriete el botón a estas horas –indicó–. Durante cinco minutos. La partida será automática. Es más seguro. No toque nada, mientras no oiga las señales desde la Tierra. Las oirá sólo después del tercer día. Entonces empiece a transmitir. Antes sería inútil; el Sol hace de obstáculo y…
–Ya lo sé…
–Mi deber es darle estas instrucciones. Apriete este botón, y todo lo que le he dicho le será repetido cuantas veces desee.
–Lo sé.
–Muy bien, buena guardia.
–La patrulla saldrá dentro de media hora –advirtió Karbysev, tras echar una ojeada al reloj–. ¡Pónganse las escafandras!
Uno tras otro, los expedicionarios entraron en el tambor, vistieron las escafandras y por la escalerilla móvil descendieron al exterior.
–Controlemos los relojes –dijo Karbysev.
–¡En marcha!
Un breve apretón de manos y tres de las figuras con escafandra empezaron a caminar por el fango. La cuarta permaneció junto al cohete, que apuntaba hacia el cielo.

–¡Los kou celestes, los kou celestes! –gritó Loo, acercándose a toda carrera a las Grandes Cavernas– ¡Los kou celestes han descendido cerca de la Gran Agua!
Pero vio que todos callaban y miraban temerosos al viejo Chtz. La tribu estaba reunida. Sólo dos o tres volvieron la cabeza un instante hacia Loo. Chtz, agitando los brazos, decía:
–¡Eran bípedos! Con la cabeza redonda, la piel lisa, como el gulu. Gente pequeña, débil. Sólo uno tenía una buena estatura, pero era más pequeño que muchos de nuestra tribu.
Chtz indicó con gestos la estatura de los hombres de cabeza redonda. Recogió del suelo un verde fruto del tagu y explicó que así era la cabeza de los extraños seres. Quizá ni siquiera sabían nadar, porque sus pies eran pequeñísimos, rectos y gruesos como vigas.
Chtz dio a entender a los reunidos que los seres que él había visto pertenecían a un nivel de desarrollo muy bajo, más bajo que el de los bípedos de la casta Ho, que no sabían fabricar los “punzones volantes”, por lo cual no podían cazar al gulu y se alimentaban de lo que recogían en el bosque.
–Caminan mal –insistió Chtz.
Los había visto caer en un largo plano. Se habían puesto hasta a gatas (en la voz de Chtz resonaba un profundo desprecio) y se arrastraban como si no fuesen bípedos. Lo eran, desde luego, aunque en estado salvaje. Se habían apoderado de un “punzón volante”, que extrajeron del cuerpo del gulu. Movían las cabezas así (Chtz repitió los movimientos de los extranjeros); aunque Chtz no pudo comprenderles, se había dado cuenta de que estaban fuertemente maravillados. No sabían hacer los “punzones volantes”.
–¡Ah! –De la multitud se levantó una exclamación de desprecio.
–Sabemos que nuestro pueblo es el más fuerte –continuó Chtz–, el más valeroso, el más listo.
Gesticuló, se golpeó el pecho, asumió la actitud que indicaba la fuerza, el valor, la astucia.
–Nadie sabe de dónde vienen esos extranjeros de cabeza redonda.
En aquel momento, como empujado por una fuerza misteriosa, Loo se adelantó. Mientras el viejo Chtz hablaba de los extraños forasteros, Loo temblaba de impaciencia. ¡Cuántos acontecimientos de golpe! Cuando el jefe explicó, desdeñoso, que los cabezas redondas se arrastraban a cuatro patas, Loo quiso ocultarse: recordaba que él mismo había violado la ley. Pero lo que vino después le hizo olvidar todo. Y cuando el jefe dijo que desconocía la procedencia de los forasteros, se adelantó.
–Los kou celestes –murmuró–. Los kou celestes.
Él, Loo, había visto algo bajar desde las nubes. Loo no sabía hablar como el viejo Chtz, el cual sabía muchas palabras y era capaz de mostrar lo que resultaba difícil de expresar con palabras.
Loo tenía la cabeza llena de pensamientos. Nunca había pensado tanto. Quería decir… ¿Qué quería decir? Ni siquiera él lo sabía.
Agitó los brazos y murmuró:
–Los kou celestes.
Saltaba sobre su sitio, volviendo los ojos ardientes, suplicantes, hacia sus compañeros de tribu.
Al principio todos callaron, en espera de sus palabras, pero luego, el jefe levantó una mano y empezó a golpearse el pecho.
–Chtz sabe lo que hay que hacer –gritó–. ¡Chtz sabe! ¡Escuchen a Chtz!

Moverse en el cohete inclinado era incómodo, aunque los equipos y parte del pavimento hubiesen adoptado automáticamente una posición horizontal. Había que salvar los obstáculos que se habían formado en el interior.
En el horizonte, una línea de bajas colinas ligeramente ondulada, Gargi no notó nada. Era una grave limitación no poder comunicarse con la patrulla por radio. Las paredes del cohete no permitían el paso de las ondas de radio y la antena exterior estaba ya colocada para la recepción de las señales de la Tierra. Las instrucciones eran claras: no se podía tocar nada, nada debía modificarse en el cohete, preparado para la partida. Naturalmente, las instrucciones preveían que, en este caso, todo el equipo estuviese en el cohete y nadie saliera de él por ningún motivo. Evidentemente, había algo superado en las instrucciones o en la construcción del aparato.
Tras mirar unos diez minutos la conocida y monótona línea del horizonte, Gargi volvió a su puesto principal de observación. Sentado en una butaca vio, a través del ojo de buey, la pendiente gris de la colina, sobre la cual se hallaban esparcidos dos o tres docenas de venablos. Habría podido recoger una buena colección para el museo, de poder salir. El asedio duraba ya unas buenas dos horas.
Es probable que los seres ocultos en el bosque que limitaba el claro donde se había posado el cohete hubieran confundido éste con un tautolón de raza desconocida. Las dimensiones no asustaban a los venusinos, acostumbrados a los gigantes del reino vegetal y animal. Y sabían hacer frente a los tautolones, lanzándoles espesas nubes de venablos.
Como es natural, las puntas de piedra no habían logrado perforar el cohete. Las jabalinas rebotaban, probablemente, ante el pasmo de los cazadores. Pero… Gargi echó una ojeada al reloj. La patrulla ya debería haber regresado una hora antes. Gargi se acercó de nuevo al ojo de buey de la parte opuesta. Por muy importantes que fuesen las observaciones científicas, no podía olvidar que estaba allí de centinela.
Por aquella parte, la pendiente de la colina aparecía desnuda y el terreno descubierto hasta el horizonte. No, por aquella parte no era posible acercarse al cohete sin dejarse ver.
–¿Habrán encontrado los venusinos la patrulla y han venido aquí después? –pensó Gargi.
Pronunció estas palabras en voz alta. Hacía dos horas que hablaba en voz alta, comentando cada uno de sus pasos, expresando cada uno de sus pensamientos. La grabadora debía fijarlo todo en el diario.
Gargi se sobresaltó. En el horizonte había aparecido una figura oscura. Gargi amplió el ojo de buey. La figura se acercaba, pero era imposible distinguirla bien. Se delineó confusamente en lontananza durante sus buenos diez minutos y luego desapareció de improviso. ¿Qué había pasado? ¿Resbaló, quizá, por un escarpado? ¿O había caído a un barranco? Esperó, pero la figura no reapareció.
Por el contrario, vio otra en el horizonte. ¡Escafandra azul! ¿Ngarroba? ¿Entonces, el primero era Sung Ling? Porque su escafandra es negra. ¿Y Karbysev?
Ngarroba caminaba solo, lentamente, sobre un terreno accidentado. Gargi le vio rodear pequeños lagos. Hasta distinguió el venablo que el africano se había llevado consigo. De improviso, Ngarroba desapareció también.
¿Adónde habían ido a parar? Gargi examinó atentamente el punto donde las figuras desaparecieron. De repente reapareció la primera, saliendo del punto en donde se había ocultado poco antes. Parecía reemprender el camino en dirección al cohete.
La inquietud del científico indio aumentó cuando la escafandra negra de Sung Ling desapareció nuevamente, tan de improviso como la primera vez. El campo de visión del ojo de buey quedó vacío.
Pasó un minuto, dos, tres… Reapareció de nuevo una figura humana, pero no era Sung Ling…; era Ngarroba, salido del mismo sitio que su compañero. Ahora era él quien se dirigía al cohete.
Tras recorrer unos quinientos metros, Ngarroba desapareció de nuevo, pero Gargi ya no se maravilló. Esperó la reaparición de Sung Ling, que no tardó en producirse.
El indio había comprendido. La patrulla regresaba en formación dispersa para evitar una emboscada, era evidente.
¿Pero dónde estaba el tercero? ¿Dónde se había metido el jefe de la expedición?
¿Y qué debía hacer ahora?
¡La patrulla iba justamente al encuentro del peligro que quería evitar!
Pero no era preciso hacer nada. Los venusinos se encontraban al otro lado de la colina y no veían lo que Gargi divisaba desde el ojo de buey. Bastaba con que Sung Ling y los otros se reuniesen al pie de la colina, lo más cercano posible del cohete, para saltar con rapidez a la escotilla durante el breve instante en que ésta se podía abrir sin peligro. En aquel momento sería conveniente distraer la atención de los sitiadores.
Sin embargo, había que comunicar inmediatamente la situación a la patrulla. Tenía que abrir la escotilla. Sólo se podía hacer eso.
Gargi se acercó a la escotilla de salida, quitó el seguro y apretó un botón. El pesado postigo se deslizó lentamente sobre sus guías.
El mecanismo, ya viejo, no era muy rápido. Gargi esperó a que se hubiese abierto lo suficiente y se introdujo al punto en el tambor. Ahora debía esperar a que la puerta se cerrara de nuevo. Sólo entonces podría extraer su escafandra del armario hermético.
Al ponerse la escafandra, Gargi observó el tambor. Estaba calculado para una sola persona, pero en caso de apuro habría podido contener hasta dos. ¿Y tres? Pensó en la maciza corpulencia de Ngarroba y sacudió la cabeza. ¿Cabrían los tres? ¡Hasta entonces sólo había visto dos!
Ya tenía la escafandra puesta. Ahora, el portillo exterior. Este se abrió de golpe.
Gargi gritó rápidamente las frases que tenía preparadas, mirando más hacia el lado de donde llovían los venablos que hacia la pendiente desnuda. Aún consiguió ver cómo Sung Ling llegaba casi al pie de la colina. Sung Ling se tiró al suelo a su grito de atención y permaneció tendido, escuchando. Ngarroba también escucharía, desde luego. Quizá, incluso Karbysev, a pesar de que…
El portillo al que Gargi estaba agarrado tembló y un venablo con la punta rota cayó al suelo gris.
Involuntariamente, Gargi habló más de prisa, intentando hacerlo con claridad. La dicción que enseñan en todas las escuelas de la Tierra le resultaba ahora muy útil.
Un segundo venablo golpeó a Gargi en el hombro. El tejido de la escafandra se regenera de inmediato automáticamente, pero, ¿cómo saber si la punta de piedra había atravesado las dos capas o sólo la exterior? Gargi sabía que bastaba un simple instante para que penetrasen por el agujero millones de microbios, más peligrosos para los habitantes de la Tierra que los lanzadores de venablos. Escondió la cabeza tras el portillo, dejando asomar sólo la antena.
Un tercer venablo le pasó justo por debajo de las narices, y no supo si el lanzador había salido de los matorrales o se había mantenido allí a cubierto.
Era suficiente. Gargi se retiró. Sólo Sung Ling le había contestado. Una presión sobre la llave y el portillo se cerró de golpe. Los treinta y dos pernos automotrices se dispararon. Gargi enchufó el pulverizador. Durante diez minutos debía someterse a un sistema de corrientes desinfectantes. No hacía falta mirar el reloj; el proceso se efectuaba automáticamente. A pesar de todo, era imposible acelerar la operación. El proceso no terminaba hasta que los instrumentos de control hubiesen establecido que todo estaba en orden; sólo entonces se abría la puerta interior.
La desinfección terminó. Se quitó la escafandra y la dejó en el armario. La puerta del tambor se abrió lentamente y, por fin, Gargi entró en el salón.
¡Al trabajo! Debía encender la luz roja de señalización sobre el morro del cohete. Pero para ello era necesario descender la butaca, extenderse sobre ella y sujetarse las gruesas correas acolchadas; mientras, el botón de la luz de señal no funcionaba. Se trataba, en efecto de la señal de partida: significaba que el equipo estaba dispuesto para el vuelo. Por una parte, naturalmente, era conveniente que la expedición a Venus utilizase un modelo seguro, reconocido, pero por otra, aquel viejo sistema de señalización y de seguridad resultaba un poco ridículo. Gargi estaba extendido sobre la butaca, atado como un cajero atacado por unos bandidos, si hemos de creer las viejas películas que a veces pasan por la televisión. Bajo el índice de su mano derecha se hallaba el botón.
Lo apretó una vez, dos, tres. Los rayos rojos brillaban en la cima del cohete hasta en la luz clara del largo día de Venus. Atraería la atención de los venusinos. El rayo debía ser visto por todos desde los matorrales. Que levantasen la mirada hacia el cielo y que no viesen lo que sucedía abajo.
Gargi enchufó el mecanismo del portillo exterior. Para abrirlo bastaría ahora apretar el botón exterior.
Un riesgo, porque también podrían hacerlo los venusinos.
Tumbado como se hallaba no podía ver a través del ojo de buey. Veía sólo el gran reloj colgado ante él. En el cuadrante brillaban las cifras: rojas las horas, verdes los minutos, amarillos los segundos. Si todo marchaba según lo previsto, Ngarroba y Sung Ling, en aquel momento, debían correr hacia el portillo.
Gargi marcó las fracciones sobre el pulsador. Intentó no pensar cómo tres personas (esperaba que fuesen tres) podrían entrar en el tambor. El primero lograría subirse fácilmente. Tendería la mano al segundo. El tercero… ¿Quién sería el tercero? Por un momento, Gargi vio claramente los pies del tercero pender del portillo. Vio a los seres de espeso pelaje, desnudos, agarrar con sus manos fuertes, en un apretón de acero, los pies colgantes, tirar, izarse al portillo…
Sobre el gran cuadrante brillaban las cifras luminosas. Ahora incluso debería abandonar el pulsador, pero Gargi continuó haciendo señales. La luz intermitente de la señal quizá podía tener un efecto mágico sobre los habitantes de Venus.
Pasó el tiempo. Las cifras verdes se alternaban despiadada, inevitablemente. Un minuto más, y otro, y otro…
Gargi sintió que la frente se le llenaba de sudor.
La puerta se abrió. Con sorprendente lucidez, el indio se imaginó que un brazo peludo aparecía por la rendija.
Empezó a quitarse febrilmente la correa que lo tenía sujeto a la butaca.
Por la puerta apareció una mano desnuda, oscura.
–¡Uf! –bufó alguien.
Gargi dio un salto.
Por el ojo de buey vio, aumentada por la lente, una cabeza hirsuta con los arcos superciliares prominentes, pelos lacios, con ojos pequeños casi sin párpados, que lo miraban.
–¡Cámara! –gritó el indio, casi maquinalmente. El tomavistas instalado frente al ojo de buey entró en seguida en funciones. Silencioso, como todos los aparatos modernos; sólo el disco giratorio con su flecha indicaba que estaba tomando la escena.
La puerta se había abierto ya casi en su tercera parte, pero no aparecía nadie. Sólo se oía llegar del tambor un desesperado jadeo.
Gargi dio dos pasos adelante, y los sonidos que oyó le parecieron música.
–¡Diablo! ¡Qué estrecho es esto!
¡Era Ngarroba!
Gargi se lanzó hacia adelante. Distinguió un lío de brazos y piernas. No se dio cuenta aún de que estaban todos. El primero en liberarse y entrar en la sala fue Ngarroba, que cayó justo en sus brazos.
–¡Uf! –bufó–. Un minuto más y estaría muerto. No sé cómo hemos conseguido quitarnos las escafandras.
–Y lo dice él, que ocupaba las tres cuartas partes del tambor –se quejó Sung Ling, aparecido en segundo lugar. Añadió, vuelto hacia Gargi–: Karbysev se ha visto obligado a usar la pistola. Nos ha cubierto la retirada. Pero disparando al aire… Pero, ¿qué sucede?
Al salir Ngarroba y Sung Ling, en el tambor quedaba aún una persona tumbada sobre el pavimento. Karbysev tenía un brazo tendido hacia delante, apretando en la mano un puñado de pelos lacios; el otro brazo estaba doblado bajo el cuerpo. La cara, palidísima, parecía la de un cadáver.
–¡Rápido! –gritó Sung Ling.
El científico chino había perdido por primera vez su habitual sangre fría.
Ngarroba levantó el cuerpo de Karbysev y lo depositó sobre la butaca extendida, ocupada poco antes por Gargi. Este, con manos temblorosas, tomó una jeringa.
Sung Ling, a su vez, desnudó rápidamente a Karbysev,
El cuerpo del jefe de la expedición estaba cubierto de grandes equimosis. En particular, las manos y los pies estaban salpicados de manchas rojizas. Sobre el bíceps izquierdo aparecían las huellas azules de cuatro dedos grandes. En el cuello se notaba una mancha negra.
–Ésta es la más peligrosa –silbó Sung Ling, entre dientes–. ¡Inyecte!
Gargi ya había apretado el botón de la jeringa.
–¡El electroanimador!
Ngarroba acercó un brillante reflector que había tomado, junto con el cable, de un armarito colgado en la pared. Tras colocar el casco en la cabeza de Karbysev, enchufó la corriente.
–¡Electrorrespiración!… ¡Electrocardio!… –se oyó en el profundo silencio.
Rodeado de hilos y de instrumentos, Karbysev yacía exánime.
–¡Esta no se la perdonaré! –murmuró Ngarroba, desolado y con ira, acercando la botella de oxígeno al aparato de respiración artificial.
Sólo al decimosexto minuto los párpados de Karbysev se movieron perceptiblemente.
–Salvado –suspiró Sung Ling, con alivio–. Sólo le debía quedar una gota de vida… Ahora, el máximo de precauciones.
Encendió el electroanimador. Gargi reguló el electrorrespirador y el electrocardio a un régimen más bajo.
Karbysev permaneció inmóvil todavía un cuarto de hora. Luego abrió los ojos.
–¿Todos sanos? –preguntó, volviendo la mirada al rostro de sus compañeros.
Sus mejillas recobraron el color. Levantó la cabeza.
–Lo atizaron bien –dijo Gargi, feliz.
–Fue Ngarroba –bromeó Karbysev, moviendo, con fatiga, los pálidos labios–. Me apretó tanto que me redujo a la mitad de mi volumen normal. Pero entré en el tambor. ¡Gracias, Ngarroba!
–No, no fui yo –replicó Ngarroba, extendiendo una pomada blanca sobre las equimosis del cuerpo de Karbysev.
Las manchas azules y rojas, al punto empezaron a desaparecer.
Karbysev tensó todo su cuerpo. Intentó sentarse.
–¡Los huesos están enteros, menos mal! Nunca he visto gente tan fuerte.
–¿Y tu pistola?
–Humm…
No se encontró ni en el tambor, ni en la escafandra.
–No recuerdo… ¡Ha sido como un sueño! Extraños seres me apretaban por todas partes, morros bestiales, de narices enormes, manos de cuatro dedos con membranas en la base, dedos largos… Me agarraban, me estiraban. Luego Ngarroba me subió . Creo que quitaron la escalerilla… No recuerdo más.
–Bien –Gargi sacudió la cabeza–. Se diría que armamos a nuestros adversarios.
–No deseaba considerarlos enemigos –dijo lentamente Karbysev, y se tendió de nuevo en la butaca.
–Intenta explicárselo –Ngarroba indicó el ojo de buey.
Aún estaba allí la cabeza hirsuta de ojos redondos. Más lejos se veían otros venusinos. Los cazadores de tautolones habían comprendido, evidentemente, que el cohete no podía pegar patadas, ni moverse, aunque tuviese muchas patas. Quizá la desaparición en el interior del cohete de los tres hombres perseguidos había suscitado en ellos ciertos pensamientos. En una palabra, se habían hecho más valientes.
–No lo asusten –aconsejó Sung Ling, pero algo alejó al venusino, que desapareció. El tomavistas emitió un leve silbido. Gargi se inclinó para cambiar el rollo.
–¡Qué pena haber perdido un ejemplar semejante!
El venusino se hallaba ahora a diez pasos del ojo de buey y podía ser observado de cuerpo entero. Alto, de una caja torácica muy saliente, pies enormes con largos dedos, recubierto de lanas lacias, daba la impresión de una poderosa fuerza primitiva.
–No es muy guapo –observó Gargi–. Según nuestros cánones, naturalmente. Pero, por supuesto está sano y fuerte.
–Observen el cráneo –dijo Sung Ling–. Parece el del hombre de Neandertal con…; palabra de honor, me parece haberlo visto ya en algún museo de la Tierra. Probablemente tiene el cerebro muy desarrollado, más de lo que parece. La caja torácica, sin duda, se ha hecho tan amplia por alguna necesidad. Los pulmones tienen que absorber mucho aire, dada la carencia de oxígeno. Miren, el volumen del tórax es casi la mitad del cuerpo.
–De todas formas, estos seres hace tiempo que olvidaron la época en que caminaban a cuatro patas – precisó Ngarroba–. Sus ademanes son torpes, a causa de la estructura del cuerpo, pero, en cambio, ¡qué seguridad!
De pronto, se rio.
–¿Qué pasa? –preguntó Gargi.
–Algo divertido. Durante cuatro horas hemos seguido a estos seres y no vimos ni uno. Y usted, Gargi, el desafortunado que tuvo que quedarse de guardia en el cohete, fue el primero en verlos.
–¿No encontraron ninguno?
–Vimos un tautolón cubierto de venablos. Después de esto se nos pasó el deseo de hablar sin intérprete con los propietarios de esos venablos.
–Era evidente que habían interrumpido la caza de improviso –añadió Sung Ling.
–Comprendimos que habían descubierto el cohete. ¿Qué otra cosa podría haberles maravillado o asustado tanto? Entonces, decidimos regresar. Y para no caer en sus manos hemos tomado algunas medidas de seguridad. Es por esta razón que tardamos tanto.
–¿Y su venablo? –preguntó Gargi.
–Lo tiré –declaró Ngarroba–. Me estorbaba al embarcar. Por otra parte, cerca del cohete había tantos, que creí que quizá usted había hecho una cosecha suficiente.
–No he podido –confesó Gargi, desolado–. Aparecieron de golpe y me refugié inmediatamente en el cohete. Los venablos los lanzaron luego. Es posible que ni me hayan visto; deben haber atacado al cohete.
–Creo que pretendían cogernos vivos –declaró Ngarroba–. Debemos ser para ellos un misterio más grande del que lo puedan constituir ellos para nosotros. ¡Quizá hayan decidido estudiarnos más a fondo!
–Parece que se preparan para marcharse –observó Gargi, que miraba por el ojo de buey.
–Es más probable que se escondan en la maleza –repuso Sung Ling.
–No creo que levanten el asedio.
Los venusinos abandonaban el claro que rodeaba al cohete. Algunos recogían los venablos.
–¡Se llevan las últimas pruebas materiales! –Exclamó Gargi– Sólo nos queda la película. Y no hemos descubierto siquiera con qué roca hacen las puntas.
–Allí queda alguien aún.
–Sí, pero de guardia.
Efectivamente, el venusino que había mirado a través del ojo de buey no parecía tener la menor intención de irse.
–No importa –declaró, de repente, Ngarroba, con decisión–. ¡No nos lo impedirá!
–¿Pretende usted salir por los venablos?
–¿Los venablos? –Ngarroba se levantó. Tendió sus brazos de atleta y tensó sus músculos–. Ese chico debe ser más fuerte que yo –Ngarroba señaló al ojo de buey–, pero dudo que conozca todas las llaves de lucha libre, mi deporte favorito cuando yo era joven.
–¿Un chico?
–Seguro. Entre nuestros asaltantes había uno lleno de arrugas, por supuesto, el jefe, que se mantenía aparte, y se limitaba a agitar sus largos brazos. Con respecto a él, ese de ahí fuera, es un lactante.
–Pero, ¿qué está pensando? Quiere…
–¿Por qué no?
–Un trofeo semejante… –murmuró pensativo Gargi.
Karbysev levantó una mano como si tuviese intención de decir algo, pero la expresión del rostro de Sung Ling lo detuvo.
–No lo conseguirá –observó con calma el científico chino.
–Cuenten conmigo –Ngarroba se irguió en toda su estatura.
–Es por lo menos tres veces más fuerte que usted –insistió Sung Ling–. Observe su musculatura.
Con la cabeza inclinada, el hombre peludo caminaba por la ladera cubierta de pisadas, lanzando de vez en cuando, por debajo de su mata de pelo, una ojeada al cohete. Sobre su amplia espalda se levantaban a cada movimiento de los músculos unas gruesas protuberancias.
–No intente convencerme –cortó el africano–. Después de todo, nosotros somos cuatro. Y tenemos ocho brazos, y también eso cuenta.
–Dejemos aparte las reglas deportivas, que aquí no sirven para nada; si nos echamos todos sobre él, lo reduciremos.
Sung Ling miró a Ngarroba con una sonrisa infantil.
–La idea es tentadora– admitió Gargi–. Pero, ¿qué hacemos con nuestra pistola…?
–¿Aún está cargada?
Karbysev no tuvo tiempo de contestar.
Un fugaz rayo azul salió del cañón. El hombre peludo cayó al suelo. Su enorme y prominente pecho se quedó inmóvil.
–Magnífica ocasión para probar la resistencia del organismo del hombre de Venus –dijo Sung Ling, plácidamente–. Será interesante observar en cuántos minutos recuperará el sentido.
–¡Ahora! –gritó Ngarroba, lanzándose hacia la puerta.
–¡Quietos! –se opuso resueltamente Karbysev, intentando sentarse. Estaba pálido de la emoción.
–Hay que traerlo aquí antes de que se despierte –replicó, impaciente, el africano.
–¿Y qué ocurrirá cuando despierte? –preguntó Karbysev.
–Lo pondrá todo patas arriba –reconoció Gargi.
–¡Lo dormiremos!
Ngarroba se calmó en el acto. Se sentó en una butaca y lanzó una mirada hacia el interior del cohete. Delicados instrumentos, producto de la técnica más avanzada, rodeaban a los viajeros. Agujas nerviosas, cuadrantes, lucecillas brillantes, plumas automáticas que escribían líneas infinitas sobre cintas de papel, analizadores de aire en continua actividad, aparatos de dirección… El cohete era un complejo organismo artificial que parecía vivir una vida propia.
Ngarroba lanzó un profundo suspiro y se acercó al ojo de buey. El joven venusino, el ser salvaje que no conocía ni siquiera el vestido, yacía sobre el blando suelo de su planeta natal.
–Es un ser humano –dijo Sung Ling, expresando lo que todos pensaban.
–Ngarroba, con su carácter, es capaz de arrastrar a cualquiera –suspiró Gargi.
–Un hombre valeroso, fuerte –añadió el científico chino–. Todo su comportamiento lo demuestra.
–Este hombre, aun tan semejante a un animal, no ha conocido las cadenas en su vida –dijo Karbysev, tras una pausa–. En esta zona, siempre caliente del planeta, donde casi no existen las estaciones, él seguirá viviendo quizá durante miles de años, desnudo, cubierto sólo por esas lanas que, probablemente, le sirven de colchón. Pero, queridos amigos, inventó el venablo, razona. Sí, es el amo de Venus. Aunque no lo entienda, aunque no conozca con precisión el mundo en que vive.
–Y he aquí que llegan hombres de otros planetas –terminó Sung Ling, con una ligera sonrisa–, hombres con un nivel de desarrollo incomparablemente más alto, y lo primero que hacen es capturar al hombre libre, a su manera, de Venus y llevarlo prisionero a la Tierra.
–Entonces, ¿qué propone? –preguntó Ngarroba. Estaba terriblemente herido en su ardor deportivo. La máquina tomavistas emitió un breve silbido.
–¡Rollo!–gritó Ngarroba–. Se está despertando. En su voz resonaba aún una ligera nota de desacuerdo. Gargi cambió el rollo.
Todos se amontonaron sobre el ojo de buey. El pecho del hombre de Venus empezaba a palpitar con mayor fuerza.
–¿Qué propone? –gritó Ngarroba.
–Nosotros, hombres de la Tierra –declaró Karbysev–, nos hemos convertido en el dios de cuya voluntad dependerá, de ahora en adelante, la suerte de los habitantes de Venus. No sé si ellos poseerán una mitología, pero somos superiores a sus dioses. Somos más poderosos. Depende de nosotros el ejercer una influencia justa en su desarrollo y acelerarlo lo más posible. Después de amplios contactos, cuando hayamos conseguido dar a la población de Venus una idea de lo que es la Tierra, les invitaremos a visitar nuestro planeta.
–¿Y esto es humanidad?
–Sí.
–Debemos someter este proyecto a la población de la Tierra –dijo Sung Ling.
–E inmediatamente –añadió Karbysev–El cohete está dispuesto para partir a la hora fijada–recordó Gargi–. Dentro de poco se podrá pulsar el botón.
–Pero es una pena abandonar este planeta tan pronto–protestó Ngarroba–. Es la primera vez que me encuentro en Venus… y había deseado tanto participar en esta expedición… Miren, se levanta…
El cuerpo del joven aborigen fue sacudido por un estremecimiento. El venusino abrió los ojos redondos y penetrantes y por un instante se fijó en el cohete. ¿Vio a los terrestres? De improviso, se incorporó y echó a correr. Luego se detuvo y volvió a caminar sin prisa, bamboleando el cuerpo, mirando a su alrededor. Un instante después desapareció en la espesa vegetación.
–¡Simpático muchacho! –Sonrió Ngarroba– Y además parece un tipo de carácter…

Loo corrió hacia adelante, en dirección al extraño gulu posado sobre tantas patas, sin que él mismo supiese el motivo. Algo lo empujaba hacia el gran monstruo acurrucado en la colina. El miedo que tuvo cuando el cohete descendió de las nubes, había desaparecido. Loo no podía decir con seguridad si el objeto bajado de las nubes, que tanto lo había asustado, y aquella masa encogida, como si estuviese a punto de dar un salto, fuesen la misma cosa. Pero estaba emocionado, como cuando, delante de toda la tribu, quería hablar de los kou celestes.
Loo no hubiera debido salir de la maleza. Según el plan del jefe, tenía que permanecer al acecho con sus compañeros. Pero lo hizo, y echó a correr como si alguien lo empujara. Vio el enorme ojo del gulu, y en su interior vio brillar algo. Todas las criaturas que Loo había encontrado en su vida tenían los ojos saltones y faltos de expresión, en los que no aparecía nada que se pareciera remotamente a una sombra. Sólo los bípedos poseían ojos capaces de adoptar expresiones distintas.
Loo se acercó y se puso a mirar en el ojo del gulu, grande como la entrada a la Caverna del Fuego.
Y lo que vio le impresionó. Dentro del ojo había bípedos. Sí, sí, unos bípedos. Chtz siempre había proclamado que los seres que no caminan a cuatro patas y no saltan como los gulus irritados son kou, bípedos. Sólo los kou caminan erguidos. Los kou que Loo veía con los ojos abiertos de par en par no eran semejantes a los bípedos de su tribu o a los de la tribu de Ho. Pero caminaban sobre sus piernas y agitaban las manos, casi como hacían los kou de la tribu de Loo cuando hablaban. Tenían una piel con pliegues, sin lana, y sus piernas eran demasiado largas. En general eran feos, pero Loo sentía que aquellos seres eran kou.
Chtz, irritado, lo llamó. Tras el fracaso del ataque contra los cabezas redondas, todos habían regresado a la maleza. Sólo Loo había permanecido cerca del gran gulu. No podía alejarse de allí. ¿Dónde estarían los extranjeros? Habían desaparecido en la boca que el gulu tenía en el vientre. Y los kou que se hallaban en el interior del gulu no se parecían a los de cabeza lisa que habían entrado…
En aquel momento Loo vio a sus pies un hueso brillante, estuvo a punto de pisarlo. Lo cogió. Un golpe en la cabeza le hizo caer.
Cuando volvió a abrir los ojos, el gran gulu bailaba sobre él. Lo miró y el gulu se calmó. De pronto fue presa del miedo. Un miedo incontenible. Saltó sobre los pies y se puso a correr. Luego, el miedo se le pasó. Volvió a caminar despacio, mirando en torno suyo; el gulu lo miraba con su ojo, en el que de nuevo algo brillaba.
Chtz ordenó a todos que se escondieran tras las matas y que no asomasen ni la nariz. El jefe pensaba que los cabezas lisas saldrían otra vez. Entonces, los cazadores los atraparían. El jefe ignoraba quiénes eran; nunca había visto otros parecidos por las cercanías.
Un antiguo y vago instinto engendraba en él cierta preocupación. De haber podido expresar con palabras sus propios sentimientos, habría dicho que lo desconocido lleva en sí un cierto peligro. Alargando las narices, Chtz husmeó ávidamente el aire.
Desde su escondite, Loo observaba al gran gulu. ¿Estaría de pie o sentado? Era difícil de saber. Sólo los ojos brillaban a veces como los de algunos animales nocturnos.
Así pasó mucho tiempo. No sucedió nada.
De improviso, un rayo cegador se desprendió del cuerpo del gulu, lamiendo las pendientes de la colina.
Loo sintió que le fallaban las piernas.
El gulu rugía con tal fuerza que Loo comprendió claramente que era un ser celestial. Sólo los seres celestiales truenan sobre todo el mundo cuando charlan entre ellos. El gulu gritaba algo al cielo.
Luego empezó a levantar el morro y las patas desaparecieron. Las había retirado o doblado, como hacen los kici, que flotan entre los lagos.
El gulu rugía. Ahora estaba tieso como el tronco de un árbol y ya no tocaba el suelo. Se levantó. Alzaría el vuelo porque era un gulu celeste. Y los kou que él había visto en el ojo del gulu eran los kou celestes. El ruido era tal que no podía oír nada más.
El gulu empezó a levantarse lenta, muy lentamente. Luego, de pronto, saltó hacia arriba y desapareció entre las nubes, Sólo el rayo, como una cola transparente, quedó visible durante un cierto tiempo, hasta debilitarse, y desapareció.
Loo, en pie, con la cabeza inclinada, permaneció observando el cielo.
No sabía que allí, en el cielo de Venus, donde los kou celestes volaban hacia un lejano planeta invisible tras la espesa cortina de nubes, se decidiría su suerte y la de todos sus consanguíneos. Loo y las futuras generaciones venusinas nunca conocerían la esclavitud, la guerra, la opresión. Los kou celestes tenderían una mano a sus hermanos salvajes y les guiarían por el mundo de la razón y de la libertad, cubriendo de golpe todas las etapas que deberían haber recorrido.
Loo no sabía nada de todo esto. Miró al cielo hasta que se apagó la última luz del gulu celeste.


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