martes, 13 de diciembre de 2016

El pogromo

Máximo Gorki


Esto sucedió hace muchos años en uno de los pueblecillos a lo largo del Volga. Desde muy temprano en la mañana de un cálido día de junio, yo había estado embadurnando de chapopote una balsa, a la orilla del río, y ya era hora de irse a comer. Luego, de repente, desde las afueras del pueblo, me di cuenta de que salía un ruido sordo y airado, como ganado mugiendo con coraje.
Al principio, ocupado como estaba, no puse atención al distante murmullo, pese a que aumentaba en volumen e intensidad, como el humo al iniciarse un incendio. Sobre el pueblo colgaba una densa nube, suspendida en el aire tórrido.
Así que yo me retiraba de la margen del río, me pareció ver ruidos ásperos, terrosos, alzarse del suelo y saturar el aire. El polvo rodaba en espirales grises, los ruidos se hacían más y más estridentes, más y más variados, mientras que el aire se estremecía. Temblé por dentro, presa de un lúgubre presentimiento.
Abandonando mi trabajo, trepé por la margen arenosa. Desde arriba pude ver mucha gente corriendo desorientada en todas direcciones. En masa excitada, se vaciaban como lava por la calle que iba hacia el pueblo. Perros y niños seguían sus talones. Pichones asustados volaban sobre sus cabezas. Gallinas cacaraqueantes huían de entre sus pies. Yo, también contagiado de la locura general, comencé a correr, ignorante de la causa de tanto revuelo.
–¡Se están peleando en la Elizabethinska! –me gritó uno del montón. Un carretonero corría, cuesta arriba del camino pedregoso, azotando furiosamente a su caballo y gritando con toda la fuerza de sus pulmones poderosos:
–¡Nos están combatiendo! ¡Adelante, trabajadores!
Yo me escurrí por un estrecho callejón, y me detuve. La masa de gente apretaba la calle como el grano llena un costal.
Nuevamente oí gritos y llantos de violencia, aún lejanos. Ventanas rompiéndose retintineaban quejumbrosas; resonaban golpes pesados; algo se rompió, cayó y rodó. Los ruido se hacían confusos, cada uno envolviendo al anterior como las nubes en el otoño. Pesadas olas de ruido navegaban en el aire, repentinamente irrespirable.
–¡Los judíos están recibiendo su merecido! –dijo la voz complacida de un hombre pequeñito, bien vestido y de apariencia distinguida. Se frotó las manos, pequeñas y secas, añadiendo:
–¡Esto está muy bien! ¡Muy bien!
A codazos me abrí paso, obedeciendo a un extraño impulso excitante e irresistible. El tremendo tumulto me arrastraba, a mí y a todos los que iban conmigo, chupándonos como la arena movediza. Los rostros humanos, distorsionados con intensa y baja maldad, los ojos brillantes de ansiedad, pasaban ante mí como en un sueño. La turba fluía hacia adelante en pesada y compacta masa, dispuesta a derribar muros o barricadas, si éstas obstruyeran el camino, cada hombre dispuesto a trepar sobre el que iba adelante, pisotearlo, aplastarlo bajo el pie.
Yo me lancé dentro del patio de una casa, luego brinqué la cerca al patio de la siguiente, repitiendo el proceso una y otra vez hasta que nuevamente me hallé en medio de una densa masa de humanidad.

***

¡Gritaban como demonios, sus caras echadas atrás, los rostros rojos, los dientes brillando en las bocas abiertas. Mecían los brazos, se empujaban los unos a los otros, trepaban a los techos de los edificios, se deslizaban al suelo y luego, sin un momento de descanso, trepaban y trepaban de nuevo! Pese a la confusión en el vaivén, había algo extrañamente homogéneo en esa turba invasora. Cada hombre parecía haberse convertido en el brazo de un solo cuerpo gigantesco, dirigido por la poderosa masa contra la cual no había posible resistencia.
Muy alto por encima de este hatajo salvaje y bestial, un judío alto y flaco se apretaba contra el techo de una casa. Con sus dedos huesudos despedazaba ladrillos de una chimenea, tirándolos sobre la revuelta humanidad debajo, y gritando todo el tiempo con una especie de graznido agudo, como de gaviota. Su larga barba blanca temblaba sobre su pecho, y sus pantalones blancos estaban manchados de sangre. Gritos violentos le eran lanzados desde abajo:
–¡Tírenle!
–¡Un rifle, a ver, un rifle! ¡Piedras!
–¡Súbanse y bájenlo!
Las ventanas de su casa estaban llenas de gente. Rompían los vidrios con fría furia y tiraban a la calle cualquier objeto que encontraran a la mano. Los vidrios de las ventanas vibraban y estallaban. Un joven gigantesco, de hombros poderosos y pelo rizado, apareció en una de las ventanas con un gran espejo entre las manos.
–¡Cuidado allá abajo! –gritó, al lanzarlo al vacío. Captando por un cegador instante los rayos del sol, el espejo dio una voltereta en el aire y cayó al suelo con estruendo. El joven se inclinó sobre la ventana para verlo. En su rostro de pómulos salientes había una expresión seria, casi pensativa, totalmente carente de venganza o ira.
En otra ventana apareció un robusto, barbinegro mujik, con una almohada en las manos. Con hábil movimiento la abrió, dejando flotar al aire una espesa nube de plumas blancas.
–¡Está nevando! ¡Cuidado con sus naricitas, niños! –gritó al ver las plumas descendiendo en espirales hacia el mar de rostros allá abajo. Mientras, en el patio, alguien estaba gritando con todas sus fuerzas:
–¡Vengan! ¡Acabamos de encontrar unos niños judíos escondidos en un barril!
–¡Péguenles! ¡Mátenlos! ¡Maten a esas bestezuelas!
–¡Estréllenles las cabezas contra la pared!
–¡Oye, judío! ¡Baja pronto, que encontramos a tus hijos!
–¡Baja de allí o los matamos!
El aullido horrorizado de un niño rasgó el aire como un rayo brillante contra el opaco rugir de la masa. El escándalo bajó de tono un poco durante un instante, sólo para aumentar de nuevo.
–¡No los toquen! –alguien gritó.
–¡No toquen a esos niños!
–¡Sólo a los grandes, sólo a los grandes!
Y luego otro aullido espantoso del niño. Filoso como un granizo, cortó hasta el corazón, ahogando cualquier otro ruido.
–¡Maldito! –se oyó una voz.
–¡Pégale en la cabeza!
–¡Cochino judío!
–¡Me aplastó el pie con un ladrillo!
–¡Antipe, vamos por el judío!
Dos campesinos, saliendo del edificio, se abrieron paso con los codos y, mirando hacia arriba, comenzaron a trepar hacia el techo. Nuevamente apareció en una ventana el joven pensativo de las mejillas sonrosadas. Forcejeando, empujaba un ropero por la ventana, hacia la calle.
–¡Aprovechen los trastes! –gritó a la gente que lo había saludado con extraordinario júbilo. Sin embargo, el ropero no cabía por la ventana, y el joven lo volvió a jalar hacia atrás. Su cabeza desapareció un momento, pero en un instante volvió a asomarse por la ventana. Lentamente, como un lobo aullando, gritó:
–¡Cui… da… do… …a… ba… jo…!
Un montón de trastos se desplegó en el aire como un listón multicolor, cayendo al suelo, seguido por un samovar destelleante al sol. Abajo, la gente corrió en todas direcciones cubriéndose la cabeza con las manos y riendo a carcajadas. Un muchacho de pelo rojo recogió el samovar, azotándolo nuevamente contra el suelo y pisoteando los pedazos.
Del techo llegó un aullido inhumano de angustia. Todos alzaron los rostros. Un pedazo de hierro cayó al suelo con un ruido de trueno. En la orilla del tejado, por un momento se detuvo un hombre que rodaba, y luego, aullante, se desprendió en el aire… se oyó un ruido seco, blando, asqueroso.
A toda prisa abandoné el patio, perseguido por sus salvajes gritos de triunfo.
–¡Ah…!
–¡Eso es bueno!
–¡Ya lo cogimos!
En la calle, la gente rompía sillas, mesas, cajas, gozosamente desgarrando la ropa. Plumas flotaban en el aire. De unas ventanas que daban a los patios, caían avalanchas de almohadas, canastas, muebles, trapos.
La gente, presa de la locura de la destrucción, cogía las cosas en el aire, las destrozaba, las desgarraba en mil pedazos. Dos mujeres despeinadas, sus caras rojas, sus frentes sudorosas, peleaban sobre una petaca, cada una jalando en dirección distinta. Se gritaban la una a la otra, mientras flotaban sobre sus cabezas pequeños remolinos de plumas y de paja. Y pese a que sus bocas estaban completamente abiertas por el esfuerzo, sus voces se ahogaban en el estrépito de la madera rajándose, en los gritos y rugidos vandálicos, en los aullidos de terror que llegaban de todas partes.
Un mujik de increíble estatura pasó ante mí, cabeza descubierta y camisa rota. De su pelo revuelto fluía la sangre, espesa, casi negra, y rodaba por sus mejillas. Mecía los brazos, sonriendo la mueca malsana de un animal harto.
Repentinamente estrechó sus brazos alrededor de un poste, y oprimiendo el tubo de hierro contra su pecho, comenzó a mecerlo de uno a otro lado. El foco arriba tembló un momento, luego, desprendiéndose, cayó al suelo.
–¡Abajo! –gritó otro mujik, acudiendo al mismo poste y ayudando a removerlo de su sitio, abrazándolo con todas sus fuerzas.
De algún lado, como una paloma en un vendaval humeante, una joven muchacha irrumpió en la turba, su vestido roto de arriba a abajo, su cabello bañando sus hombros desnudos. Corría, su cabeza hacia atrás, y en su rostro, pálido de angustia, sus ojos parecían inconmensurablemente grandes.
–¡Péguenle a la judía! –gritó una voz, y en un parpadeo la muchacha desapareció bajo una densa masa de seres, así como un terroncito de azúcar desaparece bajo una nube de moscas.
El torrente negro de gente se cernió sobre ella, los puños meciéndose, murmullos voluptuosos, cachetadas, chistes cínicos, maldiciones, como el silbar de una víbora, todo soldado en un solo ruido de gozo maldito.
–¡Abran paso! ¡Aquí viene Zelmann! ¡Atrás!
Se oían gritos de un grupo que arrastraba algo por el pavimento. Era un hombre o, mejor dicho, un cadáver, medio desnudo, seco, despeinado, acuchillado, cubierto de sangre y lodo. El pobre Zelmann, atado con una cuerda, de un pie, fue arrastrado por toda la calle. Un pequeño hilo de sangre fluía de su cuerpo mutilado, dejando una huella zigzagueante en el pavimento. Sus brazos eran una masa sanguinolenta y, encajada entre ellos, donde se unían con los hombros, estaba su cabeza horrible, una bola sangrienta, rebotando contra las piedras de la calle.
Uno corrió y, brincando, hundió sus pies en el estómago de la víctima, como si fuera de pasta. Todos rieron. Luego, con una mirada de satisfacción, el joven fanático saludó con las manos, y se sentó en el cadáver, dejándose arrastrar con él.
Zelmann había sido un rico contratista de obras públicas. Frecuentemente lo había visto, en vida, pero ahora no había nada de aquel hombre rico en el andrajo que tenía ante mí. Ni siquiera parecía el cuerpo de un ser humano.
Asombrado por todo lo que sucedía a mi alrededor, ahogándome con el polvo, seguí a la multitud, empujando aquí y allá como un pequeño trozo de madera en el torrente. Era como un sueño horrible.
Por allá está una camisa blanca atorada en el desagüe del techo.
Flota bien alto del suelo, mientras una mujer, de flaco brazo cobrizo, trata de alcanzarla, parada en las puntas de los pies. Junto a ella, un campesino, tocado con una gorra azul de terciopelo, ríe de buena gana. Muchachos callejeros se escurren entre las piernas de la gente grande, recogiendo trozos de espejo. Uno de ellos brinca varias veces, tratando de alcanzar una pluma que flota caprichosamente en el aire.
Blandiendo un sable, un policía corre de aquí para allá, como perdido. Se ríen de él. Gritan:
–¡Párenlo! ¡Deténganlo!
–¡Cojan al “jefecito”!
Alguien le tira una caja rota a los pies. El policía se tropieza, da una voltereta y cae al suelo cuan largo es. Una risotada general sacude la calle. Mirando a mis pies, veo un trozo de piel sanguinolenta untada ahí, con un pequeño mechón aún adherido. Me estremezco.
–¡Vengan, vengan!
El grito viene de un patio vecino, y la multitud obedece ciegamente. Gritan, aúllan, rugen como bestias.
–¡Péguenle, háganlo pedazos! ¡Vamos…! –el grito se mece y rebota en las paredes.
En el segundo piso del edificio, alguien está tirando una pared intermedia entre dos cuartos, armado de zapapico y pala. Caen ladrillos y cal. Una bandeja cae desde una ventana. Como dudando un instante, flota, y luego, repentinamente, cae sobre la cabeza de una mujer. Con un grito agudo, ésta se sienta de repente, llorando. Luego se alza otro grito:
–¡Los cosacos!
–¡Cuidado!
–¡Vienen los cosacos!
A la entrada del patio aparecen, inesperadamente, las narices de los caballos; los kepís azules de los cosacos se mecen de un lado a otro; sus fuetes cortos estallan al azotar ligeramente las grupas de sus bestias. Una voz de acento fuerte comanda:
–¡Tres en fondo! ¡Formación compacta! ¡Trote! ¡Marchen!
En ese instante, una pared de ladrillo se derrumba, y tras ella, se balancea un enorme ropero a punto de caer. Se agita, parece dudar, se desliza, y, finalmente, volteándose, golpea contra un barandal y cae estrepitosamente al empedrado. Un rumor continuo y gigantesco llena el aire, como si hubiera un invisible y tempestuoso río fluyendo, destrozando, arrastrando todo, espumeante de ira bajo el ímpetu de una locura irresistible y salvaje.
La turba inicia la retirada bajo la presión de los fuetes y de los caballos. Corre como un rebaño de ovejas, ciega, torpemente. Es fácil esconderse en el patio o brincar la cerca, pero todos huyen por el callejón, exponiendo sus cabezas, sus espaldas, al quemante latigazo de los fuetes. Un hercúleo mujik se vuelve repentinamente a golpear con el puño la nariz de un caballo, luego se escurre entre la gente, y huye. Pero por donde se ha ido, los fuetes zumban durante mucho tiempo. Espuela contra espuela los cosacos avanzan contra el muro viviente de seres humanos, que ahora huyen en estampida, peleándose los unos con los otros, presas del pánico.
–¡Tírenles a los cosacos con ladrillos! –grita alguien desde arriba.
Una mujer semidesnuda y cubierta de sangre, se arroja a las patas de los caballos. Apareciendo de repente, de ningún lado, como si la tierra la hubiera vomitado, se prende de la pierna del primer cosaco que encuentra, con la desesperación de la muerte.
–¡Váyanse! –implora desesperadamente.
–¡Alto!
–¡Muerte a los cosacos!
La multitud ruge y corre espantada, como un torrente en la montaña. Una estampida sorda estremece el aire, al acompañamiento acompasado del trote de los caballos. Los animales tienen dificultad en moverse entre las ruinas, entre los trozos de muebles y trastos que están regados en el suelo. De repente reculan, se detienen. La gente también se detiene, mirando a los cosacos.
–¡Desmontar! –es el mandato.
La turba grita y espera. Atrás, al otro lado de la calle, regimientos de policía y de infantería cortan la retirada. Luego, por fin, la gente comienza a brincar cercas y bardas, a huir por los patios, con los cosacos pisándoles los talones. Antes, la turba era un montón de brutos que sin razón ni piedad, torturaban a otros tan infelices como ellos, y ahora, ellos también son golpeados sin razón ni piedad. Ahora son ellos solamente unos cobardes tratando de salvarse del latigazo experto de los cosacos.

***

Esa misma tarde, cruzando por la plaza, me encontré un grupo de cosacos.
–Acuchillaron a catorce judíos –dijo uno a otro–. ¡Bueno, no fueron muchos!
El otro, aspirando su pipa, no contestó.


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