lunes, 19 de diciembre de 2016

La cadena

Héctor Morales Saviñón


Sé que a la hermosísima Rosalía son dos los hombres que la interesan: Antonio Mendoza, simpático, fuerte como un gladiador romano, jovial, práctico y moderno, y yo, reservado, retraído y taciturno.
Cuando sale con Antonio, Rosalía ríe mucho; la he oído por el parque, antes de trasponer la reja que rodea a este viejo castillo, y después, al internarme en el bosque, por el sendero rojizo, las hojas en las arboledas han aleteado y su rumor me ha parecido la risa de Rosalía.
Conmigo ella no ríe; me pregunta sobre las cosas que no entiende y se turba cuando clavo la mirada en sus ojos. ¿Adivinará que puedo leer en ellos los pensamientos más recónditos?
El viejo castillo tiene extensos jardines, y su dueño, el marqués nuestro tío, posee, además, varios kilómetros a la redonda. A la derecha de la reja empieza el bosque; por la izquierda, un camino mal trazado llega al pueblo. En el pueblo, a medianoche, hace parada de cinco minutos el expreso que une al puerto con la gran ciudad.
Los medios de transporte son muy veloces y eficaces en esta época, pero aun así, estoy lejos de las urbes. Muy lejos, verdaderamente. En la urbe no tengo ninguna importancia; aquí sí: somos unos cuantos y hasta Dogo, mi perro danés, desempeña un papel preponderante en nuestra vida.
Cuando el marqués me abrazó y los criados recogieron mis maletas, la marquesa se apresuró a decirme que, a pesar de los muchos invitados que tenía, había respetado el cuarto negro, al que soy tan aficionado. Le di muy atentamente las gracias; siempre ha dicho la marquesa que soy muy atento.
Este cuarto negro me agrada extraordinariamente. Al entrar, el visitante queda envuelto en una semioscuridad, en la que poco se distingue de lo que hay dentro. Por la ventana, entre las tupidas cortinillas, pasa una luz muy débil y, habituada la vista a ella, se destaca, en primer término, en la cabecera del lecho, un Cristo agonizante chorreando sangre y con una mirada de una tristeza aterradora. Los cortinajes fúnebres, los cuadros en sombras con ángeles sombríos, las alfombras que apagan los pasos y lo retirado del aposento, me ambientan en un mundo que yo conozco. Divago en lo negro que me cerca y veo fantasmas, otras épocas, países, cosas, hombres. A la luz de la lámpara que dilata mi figura, en las noches leo a los filósofos, teósofos y poetas. Temprano, me levanto el primero y medito.
Todos los días, a las seis de la mañana voy al bosque. Bajo por la escalera del servicio para no despertar a los moradores del castillo, que duermen como troncos la habitual desvelada, en la que se juega a las cartas, se flirtea y se dicen tonterías, y liberto a Dogo de sus cadenas. En cuanto se ve libre, mi perro parece volverse loco: sale disparado, muy lejos, y torna moviendo el rabo, dando brincos de contento, mientras me encamino hacia la reja.
Dos horas dura mi excursión, y, al regreso, ya el castillo es una jaula de pájaros. Las mujeres llenan el comedor con sus gritos, sus risas y sus chanzas, y los hombres conversan con voz recia, adulan a las muchachas y se hacen los graciosos. Yo subo a mi cuarto, me visto convenientemente para el desayuno, y cuando el comedor ha sido abandonado completamente, bajo y pregunto por los marqueses. Natalia contesta que todavía no se han levantado y, muy solícita, acerca la fruta, el pan, la miel y la leche.
Como, sin pronunciar palabra, y Natalia está pendiente de que no me falte nada. Si serenamente veo a Natalia y le doy las gracias con brevedad y añado que es una muchacha muy cumplida, enrojece visiblemente y, emocionada, me da las gracias con voz suave. Es una alegría para ella que yo le diga una cosa tan simple. Y todas las mañanas se esmera por tenerme satisfecho para que le dirija una palabra sin gran importancia.
En mi cuarto permanezco recluído el resto de la mañana y durante ese tiempo, que dedico al estudio y al trabajo, los veraneantes del castillo se van al campo en son de fiesta o nadan en el cercano estanque. Claro es que, a la hora de comer, cansados todos, comentan las peripecias ocurridas, manifiestan su cansancio, hasta la saciedad, y hacen el panegírico de la vida campestre. El marqués, que sabe soy el único inteligente del grupo, me sienta a su derecha y me interroga sobre política, arte, ciencia. Le contesto, nos enfrascamos en la interesante conversación y termina la comida, sin que yo cambie palabra con los demás comensales.
A las cuatro de la tarde empiezan a despertar de la siesta, y el que no se aburre en el jardín, se aburre en su habitación. Al atardecer bailan. En la noche, después de la cena, viene el juego, las discusiones frívolas y el gasto de cigarrillos. No sé qué hablen, no sé qué hagan hasta las dos o tres de la mañana; a las nueve de la noche, duermo tranquilo, y sólo turba mi sueño alguna pesadilla terrible y rara que al otro día me apresuro a pasar sobre el papel.
Esta vida feliz y metódica en el castillo es saludable, pero amenaza con seguir otro curso por causa de Rosalía. Rosalía, por mis observaciones, conoce a los hombres rápidamente y enamora al que le gusta. Sumamente femenina y astuta, es encantadora.
Todos los muchachos han dejado el campo libre a Antonio Mendoza, porque han visto que no hay medio de luchar contra él para ganarse a Rosalía: en la mesa ríe estruendosamente, enseñando una dentadura de tigre, relata un cuento jocoso, una anécdota interesante, o se burla, con algún ingenio, de los compañeros de mesa. En el estanque se luce tirándose de lo más alto, bucea, patalea sobre la superficie rodeándose de espuma y trepa por la escalerilla, soberbio, triunfante. Y lo primero que hace es ir con Rosalía. Ella admira su musculatura; logré sorprender una mirada rápida de la muchacha sobre el cuerpo de Antonio, una vez que me encontraba cerca, y de ahí proviene mi opinión. Antonio, por todo traje, porta unos calzones sumamente reducidos.
Antonio está enamorado de Rosalía; ella no lo ignora. Yo estoy enamorado, pero nadie lo sabe. Sé que ambos, Antonio y yo, interesamos a la muchacha. Por eso mi posición es ventajosa y el éxito depende de parecerme lo menos posible a Antonio, para hacer visible el contraste. La experiencia me ha enseñado que la mujer de estos tiempos es sumamente morbosa y tan curiosa como en todos los anteriores. Ese retraimiento, ese misterio que emana de mi persona y la, para ella, rareza de mis costumbres, podrán más que los recursos de Antonio.
Natalia sirve el desayuno.
Extiendo la servilleta sobre mis rodillas y
–¿Amaneciste bien, Natalia?
La mano de Natalia tiembla, haciendo chocar los platos.
–¡Oh, señor!
–Tiemblas, Natalia; ¿qué te pasa?
No sabe qué decir. Sonrío levemente y comprendo su pensamiento: no se atrevería a referirse a ella, preferiría hablar de mí. Y acierto.
–Es que… estoy nerviosa; hablaron mal de Ud., señor Dagoberto.
Para alentarla a que desate la lengua, sorbo el café con leche, sin mirarla.
–Sí, la señorita Rosalía dijo que Ud. le caía muy mal, que es un presumido, un tímido a quien le asustan las mujeres. Y todos rieron. ¡Se rieron de Ud., señor. Dagoberto!
–No te preocupes, Natalia; sirve más café.
Desde lo alto de la ventana he visto marchar a Rosalía y Antonio rumbo al bosque. Iban alegres, contentos de la vida, con paso ágil y cogidos de la mano. Llegaron al arroyo y Antonio la levantó en vilo, como a un niño chiquito, y la dejó en la otra orilla. Y corriendo, se perdieron entre los árboles.
Por primera vez he sentido una sensación desagradable y me he hecho la pregunta lógica: ¿Qué harán los dos en el bosque?
Dedicado al trabajo han pasado las horas y el curso del reloj de pared sale doce veces. Es hora de comer.
–¿Qué tal va ese trabajo, Dagoberto?
–Regular, marqués; no como yo quisiera. Buenas tardes, muchachos.
Tomo asiento. En el otro lado, Rosalía, como una manzana. Son las emociones del bosque.
–¿Has leído la prensa de hoy, Dagoberto? ¿Y no te parece abominable el discurso de ese diputado Zancadilla?
–No sólo me parece abominable, marqués, sino altamente bochornoso para la nación. Pero, ¿qué vamos a hacer? Este siglo Ud. lo conoce.
Conversaciones. Se generalizan. Éste le habla a aquél y ese se dirige al de más allá.
Atento, mirando respetuoso al marqués, con mi oído izquierdo le escucho y con el derecho atrapo distintas ondas.
–…ese es el problema del país… (…los fuertes y audaces…) … la situación financiera … (se hace el interesante y con su perro…)
Nos levantamos después de los postres. Me retiro presentando excusas y, al remontar la escalera, con el ruido de mis pies en los peldaños, escucho la voz de una muchacha que interroga al marqués: ¿Estudia para fraile ese joven, marqués?, y otra: ¡Yo me aburriría! ¡Esos misántropos!
Aparto las cortinillas de la ventana. Abajo, en el jardín, Antonio y Rosalía. Han aprovechado que los demás duermen la siesta. Me retiro del alféizar y me dedico al trabajo. Los papeles están desordenados; eso no me sucedía desde hace tiempo. Intento coordinar mis ideas, pero no puedo. Por fin, me oriento.
He trabajado a conciencia y el fárrago de papeles que hace algunos minutos albeaba, está poblado por una letra menuda y compacta que lo oscurece.
Suelto la pluma y cierro los ojos. Rosalía es bonita. Rosalía parece una flor de primavera. Es buena, es noble, sensitiva, instruida, delicada. Hace travesuras, monerías, chiquilladas; pero es por la edad. Coquetuela; pero es mujer. Lo que no me explico es el miedo que le provoco. ¿Sospecha con clara visión que he conocido el alma de muchas mujeres y que por eso la puedo conocer? Las mujeres temen siempre que se les conozca a fondo.
Por mi experiencia sé lo profundamente que la intereso, más aún que Antonio; pero por esa misma experiencia no puedo forjarme ilusiones.
Voy a la ventana: el jardín está desierto y silencioso.
Bajo la escalera sin hacer ruido. Ha llegado a mis oídos que algún burlón dijo que soy el fantasma del castillo. Pero… ¡Hola! Me paro en el descanso, viendo solamente.
Al pie de la escalera, Rosalía, jadeante, bisbisea:
–Déjame.
Antonio no la deja. La besa en la boca. Un beso sensual, largo, ardoroso. El pecho de Rosalía sube y baja, agitado, ondulante. Antonio la besa nuevamente; ella deja caer los brazos.
Pero, repentinamente, Rosalía rechaza bruscamente, con energía, a Antonio, y se desprende de su abrazo.
–¡Oh! –dice, poniéndose pálida, tapándose la boca con la mano y retrocediendo como ante un espectro.
Me ha visto.
Antonio se vuelve y, al verme, sonríe cínicamente. Sin embargo, sus actitudes son de embarazo.
Termino de bajar. Tres gentes silenciosas. Por fin, digo serenamente:
–Perdón.
Rosalía no se repone de la terrible sorpresa; Antonio, jactancioso, porque es fuerte tal vez, contesta:
–Lo estás –y prende un cigarrillo.
Les doy las espaldas y me dirijo a la biblioteca.
Libros. Grandes estantes cubren las paredes y son largas filas de volúmenes las que los llenan. El libro que abro está escrito en latín. Hojeo otros más. ¿Leer? He leído mucho; no necesito hacerlo. Me aparto de ellos. Qué asco: ¡Libros! ¿Puedo saber ya si los libros son buenos, si son amigos? ¿Podría asegurarlo?
Salgo de la biblioteca. Los salones están silenciosos. En el de recepción, como todas las tardes, báilase quizá. La gente frívola no sufre; yo sé de la tragedia de no ser superficial.
Subo otra vez a mi cuarto negro; el accidente imprevisto me hace retornar. Y siento como si un fantasma siguiera mis pasos, como si una sombra respirara trabajosamente tras mi cuello.
Cierro la puerta, quiero la soledad. Pero creo que no estoy solo. Aquí hay alguien. Tranquilamente aparto la cortina fúnebre, junto a la ventana que da al jardín: aquí está. Es Rosalía.
–Siéntate –digo imperativo y seco.
Nos sentamos en el diván. La pregunta es breve.
–¿Qué haces en mi habitación?
Rosalía calla.
–¡Deja ver tus ojos!
Rosalía los abre, aterrada, y los cubre con las manos. Echándome sobre ella, le sujeto las muñecas y aparto las manos de su cara.
–Mírame! –ordeno.
Rosalía deja que mis ojos fríos, inquisitivos, entren en los suyos. Profundizo la mirada. ¡Ah! Penetro en los abismos. Busco, encuentro. Llego al final. He visto todo, sé quién es ella.
Entonces la tomo por la cintura, la atraigo. Intenta una resistencia que no la es. La aprieto fuertemente. Pongo mis labios sobre los suyos rosados. Y cuando beso su garganta, murmura: ¡Déjame! Pero como Antonio, no la dejo. Rompo el cierre de su traje en la espalda. Rosalía hace un ademán, como para desprenderse; pero con ambos brazos me aferro de su talle y la beso con tal violencia, que se la abre el escote. Ella gime débilmente.
Ruge el huracán. El aire agita los árboles, silba en las ventanas, azota por los corredores. Dejo solo el cuarto negro. La noche es también negra. Me envuelvo en mi abrigo y escapo por la puerta del servicio. El Dogo jala su cadena, como queriendo escapar. Si quieres, Dogo, rompe tu cadena; yo rompí la mía.
Llego a la reja. Llego al camino. Un relámpago cruza por la noche y se enrosca en el castillo que se eleva con sólo una ventana encendida, como un ojo misterioso. El aire levanta las faldas de mi abrigo.
Un remordimiento por Antonio: es fuerte, simpático, jovial, sencillo.
Pasa por mi mente el Cristo chorreando sangre. Ese Cristo supo un día resistir a la tentación del diablo.
Medianoche. Huracán. Una luciérnaga entre la ventisca. Parada de cinco minutos para que yo suba. Expreso rápido hacia la gran urbe.


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