domingo, 25 de diciembre de 2016

La casa

Ricardo Otero Córdoba


En esta casa casi siempre hay sol. Los días lluviosos son pocos, esparcidos entre los meses de tal forma que es posible no recordar ni uno solo. Yo sí recuerdo algunos. La mayoría no.
La casa es grande. De hecho, es inmensa. Y tiene esta capacidad para hacerse sentir interminable. No conozco todos los cuartos, aunque la he recorrido un sinfín de veces. Antes me preocupaba, pero ya no. Prefiero sólo ir donde quiero y olvidar lo demás. De hecho, nos pasa que buscamos un cuarto que jurábamos haber estado ahí el día anterior y por más que recorremos los pasillos y abrimos puertas, el cuarto ya no está.
O también ha pasado que nos dormimos en un cuarto (nadie tiene su propio cuarto, uno duerme en el que encuentra cuando uno cree ser presa absoluta del sueño) y despertamos en otro.
La casa, a pesar de estar constantemente bañada en sol, produce mucha depresión. La gente prefiere las esquinas oscuras, el silencio, evitar miradas y comer de los banquetes a solas.
Casi nadie convive con nadie y prácticamente nos comunicamos con miradas y decimos cosas con los ojos como “¿vamos a explorar la casa?”, “¿vamos al jardín?”, “¿habrá nuevos cuchillos en la cocina?” si encontramos una mirada cómplice.
La gente sigue llegando. Eso es una de las tantas constantes aquí. Otra constante es que nadie se va. Se podría decir que el tiempo pasa porque vemos Sol y Luna, pero también se podría decir que no, porque nadie envejece. Si llegas anciano, te quedas anciano. Si llegas joven, te quedas joven.
Otra notable constante es que nadie se enferma. Y los accidentes, que han pasado, no tienen consecuencia. Ayer, una mujer se cayó de un balcón y aunque gritó y se escuchó todo el peso muerto azotarse sin piedad sobre el jardín, no le pasó nada. Los nuevos creían que era un milagro, los residentes de más tiempo ni se inmutaron.
En la mañana vi a una niña de unos trece años llorar y por más que traté de consolarla lo único que logré fue que corriera a esconderse en la casa. Y ahí sí que no puedo hacer nada. No hay forma de encontrarla entre los cuartos que se mueven ni los pasillos que respiran. Como les dije, la casa cambia, la casa vive. Y en sus entrañas nosotros desesperamos.
Ahora mismo veo cómo un señor se trata de desgarrar con las manos la tráquea. No se está ahogando, ni está loco. Sólo está cansado de ser. De estar. Su cara, roja a reventar, sus dedos, determinados, como garras tratando de abrir la piel, parecen de juguete. No hay consecuencia. Es lo que uno piensa cuando ve este tipo de cosas. A mí a veces me dan risa. Una vez una jovencita trató de sacarse con una cuchara un ojo, y mirándola parecía que uno veía a un mimo y eso me pareció gracioso.
Generalmente son los nuevos los que hacen este tipo de cosas. Alguno que otro residente viejo, a veces, intenta con una llama esperanzadora en los ojos, algo que no se le había ocurrido. Yo lo he hecho. Una vez, hace tiempo, escalé la barda del jardín pensando en que podría escapar de aquí. Pero les juro que mientras escalaba, la pared crecía y se estrenaba interminable y aunque no me canso, y puedo estar ahí día y noche, al darme cuenta que era inútil preferí bajarme y hacer otra cosa. Que la verdad aquí hacer cualquier cosa es como no hacer nada.
Algunos han intentado tener relaciones sexuales. Es como estrechar la mano, o caminar descalzo, pues sin duda se siente algo, pero no es ni la sombra diluida de lo que recordamos. La gente se aburre y desiste, algunos terminan por deambular desnudos. Una vez llegaron varios hombres y mujeres de diversas edades. Tomaron una de las salas, se desnudaron y empezaron a fornicar sin importarles nada. Era como ver perros copular. Sus expresiones, una mezcla de asombro y frustración, no tardaron en convertirse en resignación, y, después de un tiempo, se dispersaron con la mirada perdida adentrándose en la casa, explorando escaleras, el jardín y otras zonas.
Es muy fácil perder interés aquí. Y cuando uno se da cuenta de que su existencia ha sido reducida a solamente estar, porque uno no es, uno sólo está, no queda nada más que andar por andar, dormir sin realmente necesitarlo, porque aquí dormimos primero por costumbre y luego por nostalgia. Los que sabemos que no hay necesidad de dormir, rara vez lo hacemos.
Hoy mismo llegaron dos amigas. Entraron de la mano y estaban atónitas. Preguntaron unas cosas pero nadie contestó. Lo primero que hicieron fue llorar abrazadas. Luego, tomadas aún de la mano, se subieron a los pisos que nunca terminan y empezaron a gritar de desesperación.
Yo me acerqué con ellas y les di una pistola que me encontré en un sofá dentro de un cuarto rojo lleno de cuadros que representaban varias formas de morir. Tomé el revólver y lo estuve prestando. Varios trataron de volarse los sesos, pero la bala a pesar de atravesarlos no estallaba con sangre ni los mataba.
Las amigas, o la pareja, no lo sé bien, tomaron de inmediato la pistola y se dispararon hasta el cansancio. Pero nada. Seguían paradas, poseídas por una desesperación y sobre todo, incrédulas. Una empezó a desesperar de manera terrible. Ya estoy acostumbrado, pero a veces, de repente, uno siente como si fuera la primera vez. La muchachita se tiraba con todas sus fuerzas del cabello, se azotaba contra la pared, ponía la mano sobre la mesa y con un martillo que estaba ahí al lado trataba de destrozarse los dedos. Nada. Su amiga la veía sin pronunciar una palabra y la resignación llenaba poco a poco sus ojos.
Hice el esfuerzo de explicarles que era inútil, que en esta casa no pasaba nada de trascendencia y que al habernos quitado nuestra propia vida, perdimos el derecho a morir y nos habíamos convertido en inmortales. No me quisieron escuchar, o no me creyeron. La amiga hasta ese momento pasiva, se me aventó como bestia y trató de pisarme la cara una y otra vez. Ni metí las manos. Yo sabía que no me iba a pasar nada.


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