sábado, 17 de diciembre de 2016

Los infinitos

Philip K. Dick


–No me gusta –dijo el mayor Crispin Eller. Miró por la tronera y frunció el ceño–. Un asteroide rico en agua, de temperatura moderada, atmósfera similar a la de la Tierra, mezcla de oxígeno y nitrógeno…
–Y sin vida –concluyó Harrison Blake, el segundo de a bordo. Se inclinó a mirar junto a Eller–. Sin vida, pero con condiciones ideales. Aire, agua, buena temperatura. ¿Por qué?
Se miraron. La llana y estéril superficie del asteroide se extendía bajo el casco del crucero, el X-43y. La nave se hallaba muy lejos de su punto de origen, en mitad de la galaxia. La rivalidad con el triunvirato Marte-Júpiter-Venus había obligado a la Tierra a explorar y analizar cada pedazo de roca de la galaxia, con la idea de reclamar posteriormente concesiones mineras.
El X-43y había plantado la bandera azul y blanca durante casi un año. Los tres miembros de la tripulación se habían hecho acreedores a un descanso, unas vacaciones en la Tierra, y la oportunidad de dilapidar la paga acumulada. Las minúsculas naves de prospección llevaban una existencia azarosa; se abrían camino en la accidentada periferia del sistema, manteniéndose al margen de enjambres de meteoros, nubes de bacterias que roían el metal de los cascos, piratas del espacio, imperios diminutos edificados sobre lejanos planetoides artificiales…
–¡Mira! –dijo Eller, golpeando con furia el vidrio de la tronera–. Condiciones perfectas para la vida. Sin embargo, no se ve nada, sólo piedras.
–Quizá sea un mero accidente –aventuró Blake, encogiéndose de hombros.
–Ya sabes que no existe un lugar en el que las bacterias no se multipliquen. Debe existir alguna razón que impida la fertilidad del asteroide. Tengo la impresión de que algo falla.
–¿Y bien? ¿Qué vamos a hacer? –Blake sonrió sin ganas–. Tú eres el capitán. Según nuestras instrucciones, hemos de aterrizar y trazar un mapa de todos los asteroides que encontremos con un diámetro superior a la clase D. Éste es de clase C. ¿Procedemos así?
Eller vaciló.
–No me gusta. Desconocemos si ahí afuera existe algún peligro. Tal vez…
–¿Prefieres volver a la Tierra? –preguntó Blake–. Piensa que nadie se enteraría de que hemos despreciado este último pedazo de roca. Yo, al menos, no se lo diría, Eller.
–¡No es eso! Soy responsable de nuestra seguridad, y basta. Eres tú el que intenta hacernos regresar a la Tierra –Eller miró por la tronera–. Si consiguiéramos averiguar algo…
–Suelta a los hámsters y veamos qué ocurre. Al cabo de un rato sabremos a qué atenernos.
–Me arrepiento incluso de haber aterrizado.
Blake hizo una mueca de desdén.
–A medida que se acerca el momento de volver a casa adoptas más precauciones.
Eller contempló de mala gana la grisácea extensión rocosa y el movimiento pausado de las aguas. Agua y rocas, algunas nubes, buena temperatura. Un lugar ideal para vivir, pero carente de vida. La roca era pulida, absolutamente estéril, sin ningún tipo de vegetación. El espectroscopio no mostraba nada, ni siquiera seres acuáticos unicelulares, ni el típico liquen de color pardo que crecía en las rocas de casi toda la galaxia.
–Muy bien –se decidió Eller–. Abre una esclusa. Le diré a Silv que suelte a los hámsters.

Marcó el número del laboratorio en el intercomunicador. Silvia Simmons estaba trabajando en el interior de la nave, rodeada de retomas y aparatos de análisis.
–¿Silv? –dijo Eller.
Los rasgos de Silvia se formaron en la pantalla.
–¿Sí?
–Deja que los hámsters salgan un rato de la nave, alrededor de media hora. Con correa y collares, por supuesto. Me preocupa este asteroide. Quizá encontremos sustancias venenosas o fosos radiactivos. Cuando los hámsters regresen, somételos a un riguroso examen. No dejes nada al azar.
–De acuerdo, Cris –sonrió Silvia–. Ojalá pudiéramos salir a estirar las piernas.
–Dame los resultados de las pruebas lo más pronto posible –Eller cortó la comunicación y se giró hacia Blake–. Imagino que estarás satisfecho. Los hámsters saldrán dentro de un momento.
–Estaré satisfecho cuando estemos de regreso en la Tierra. Un viaje contigo como capitán es más de lo que puedo soportar.
Eller meneó la cabeza.
–Me extraña que trece años en el Servicio no te hayan enseñado a controlarte mejor. Sospecho que nunca les perdonarás que no te concedieran los galones.
–Escucha, Eller, tengo diez años más que tú. Me alisté cuando eras un chiquillo. Para mí no eres más que un petimetre insignificante. La próxima vez…
–¡Cris!
Eller se volvió al instante. La pantalla estaba iluminada de nuevo. El rostro de Silvia aparecía contraído por el pánico.
–¿Qué ocurre?
–Cris, cuando fui a las jaulas encontré a los hámsters… catalépticos, estirados, absolutamente rígidos. Todos estaban inmóviles. Temo que algo…
–Blake, despeguemos –dijo Eller.
–¿Qué? –murmuró Blake, confuso–. ¿Vamos a…?
–¡Despega! ¡Rápido! –Eller se precipitó al tablero de control–. ¡Hay que salir de aquí!
Blake se le acercó.
–Algo… –empezó, pero se interrumpió de súbito, como si le faltara el aire.
Dejó caer la mandíbula y sus ojos se pusieron vidriosos. Se desplomó como un saco, lentamente, sobre el bruñido suelo metálico. Eller abrió los ojos de par en par, aturdido. Por fin, se recobró de la sorpresa y corrió hacia los controles. Al instante, una hoguera se encendió en el interior de su cabeza. Miles de chispas brotaron ante sus ojos y le cegaron. Se tambaleó y tanteó en busca de los controles. Cuando la oscuridad se cerraba sobre él, sus dedos aferraron el elevador automático.
Jaló con todas sus fuerzas. Después, la paralizante oscuridad lo rodeó por completo. Ni siquiera notó la caída contra el suelo.
Los mandos automáticos consiguieron que la nave despegara. Pero nadie se movió en el interior.

Eller abrió los ojos. Un profundo y doloroso latido laceraba su cabeza. Se incorporó a duras penas, agarrándose a la barandilla. Harrison Blake estaba recobrando el sentido. Gemía y trataba de levantarse, el rostro amarillento, los ojos inyectados en sangre y los labios salpicados de espuma. Contempló a Cris Eller y se frotó la frente vigorosamente.
–Ánimo –le dijo Eller, ayudándolo a pararse.
Blake se sentó en una butaca.
–Gracias –Agitó la cabeza–. ¿Qué… qué pasó?
–No lo sé. Voy al laboratorio para ver si Silv está bien.
–¿Quieres que te acompañe? –murmuró Blake.
–No, descansa. No fuerces el corazón, ¿entiendes? Muévete lo menos posible.
Blake asintió con un gesto. Eller atravesó con paso inseguro la sala de control en dirección al pasillo. Bajó en el ascensor. Un momento después entró al laboratorio.
Silvia se había derrumbado sobre una de las mesas, rígida e inmóvil.
–¡Silv! –Eller la cogió por los hombros y la agitó. Su piel estaba fría y dura–. ¡Silv!
La joven se movió un poco.
–¡Despierta!
Eller sacó un tubo estimulante del botiquín. Rompió el tubo y lo agitó ante el rostro de Silvia, que gimió.
–¿Cris? –musitó Silvia–. ¿Eres tú? ¿Qué… qué pasó? ¿Todo va bien? –Alzó la cabeza y parpadeó–. Estaba hablando contigo por el videófono. Me acerqué a la mesa, y de pronto…
–Todo va bien –Eller frunció el ceño, sumido en sus pensamientos, con la cabeza apoyada en el hombro de la muchacha–. ¿Qué habrá pasado? ¿Alguna emanación radiactiva del asteroide? –consultó su reloj–. ¡Santo Dios!
–¿Qué ocurre? –Silvia se incorporó y se echó el pelo hacia atrás–. ¿Qué pasa, Cris?
–Hemos estado inconscientes dos días –pronunció poco a poco Cris, con la vista clavada en el reloj. Se llevó la mano a la barbilla–. Bueno, esto explica el crecimiento de mi barba.
–Bueno, pero todo va bien ahora, ¿verdad? –Silvia señaló a los hámsters–. Mira… Ya se mueven.
–Vamos –Eller la cogió de la mano–, subamos y hablemos los tres. Vamos a examinar todos los mandos de la nave. Quiero saber lo que sucedió.

Blake frunció el ceño.
–De acuerdo, me equivoqué. Nunca debimos aterrizar.
–Aparentemente la radiación provino del centro del asteroide –Eller trazó una línea sobre el gráfico–. Aquí tenemos una brusca ondulación que muere enseguida: una especie de onda rítmica que asciende desde el corazón del asteroide.
–Si no hubiéramos salido al espacio, nos habría golpeado una segunda ola –indicó Silvia.
–Los instrumentos registraron una ola posterior catorce horas después. Parece que el asteroide tiene un depósito mineral que late con regularidad, arrojando radiaciones a intervalos fijos. Observa la brevedad de la onda, muy similar a la de los rayos cósmicos.
–Pero lo bastante diferente como para penetrar nuestra pantalla.
–Exacto. Nos alcanza de lleno –Eller se reclinó en su butaca–. Esto explica la ausencia de vida en el asteroide. Las bacterias serían barridas por la primera oleada. Nada podría sobrevivir.
–Cris –dijo Silvia.
–¿Sí?
–Cris, ¿crees que la radiación nos habrá afectado? ¿Estamos fuera de peligro? ¿O…?
–No estoy seguro. Mira –le pasó un gráfico trazado en rojo–. Observa que, a pesar de que nuestros sistemas vasculares se han recobrado del todo, nuestras respuestas nerviosas aún no son las mismas. Se ha producido una alteración.
–¿De qué tipo?
–No lo sé. No soy neurólogo. Distingo diferencias en los gráficos de las pruebas efectuadas hace uno o dos meses, pero ignoro lo que significan.
–¿Piensas que es grave?
–El tiempo lo dirá. Nuestro organismo padeció una intensa oleada de una radiación desconocida durante diez horas. No puedo pronosticar las posibles lesiones permanentes, aunque me siento estupendamente en este momento. ¿Y ustedes?
–Bien –dijo Silvia. Contempló por la tronera el vacío tenebroso del espacio, los infinitos fragmentos de luz que tachonaban la inmensa negrura–. Bien, en cualquier caso vamos de regreso a la Tierra. Me alegra volver a casa. Tendremos que someternos a un examen riguroso.
–Por lo menos, nuestros corazones han aguantado sin sufrir el menor daño, ni coágulos ni destrucción celular. Fue lo primero en lo que pensé. En la mayoría de los casos, una dosis semejante de radiación suele producir…
–¿Cuánto tardaremos en llegar al sistema? –preguntó Blake.
–Una semana.
Blake se mordió los labios.
–Demasiado tiempo. Confío en que lograremos sobrevivir.
–Procuraremos evitar el exceso de ejercicio –advirtió Blake–. Nos lo tomaremos con calma de aquí en adelante; si algo nos ha afectado, lo descubrirán en la Tierra.
–Creo que nos hemos recobrado con bastante facilidad –dijo Silvia. Bostezó–. Dios, qué sueño tengo. –Empujó la silla hacia atrás y se puso lentamente en pie–. Me voy a la cama. ¿Alguna objeción?
–Adelante –dijo Eller–. Blake, ¿jugamos cartas? Me gustaría relajarme. ¿Un blackjack?
–Estupendo, ¿por qué no? –sacó una baraja del bolsillo de su chaqueta–. Nos ayudará a pasar el rato. Corta para ver quién empieza.
–Bien.
Eller cortó y sacó el siete de tréboles. Blake ganó con el as de corazones.
Jugaron sin mucho interés. Blake se mostraba malhumorado y poco comunicativo, molesto por el triunfo de Eller. Éste, por su parte, se sentía cansado e inquieto. Tenía la cabeza turbia, pese a los calmantes que había tomado. Se quitó el casco para frotarse la frente.
–Juega –murmuró Blake.
Los motores retemblaban bajo sus pies, acercándolos cada minuto más a la Tierra. Dentro de una semana entrarían en el sistema. Hacía un año que no veían el planeta. ¿Cuál sería su aspecto? ¿Seguiría igual? El gran globo verde, con sus vastos océanos y sus islas diminutas. Luego aterrizarían en el espaciopuerto de Nueva York. Después volarían a San Francisco. Sería fantástico. Las multitudes de frívolos e insensatos terrestres que hormigueaban por las calles sin la menor preocupación. Eller sonrió a Blake. La sonrisa se trocó en una mueca.
Blake tenía la cabeza caída y los ojos firmemente cerrados. Estaba a punto de dormirse.
–Despierta –dijo Eller–. ¿Qué te pasa?
Blake tuvo que hacer un esfuerzo para reincorporarse. Con un gruñido, distribuyó las cartas. Su cabeza descendió poco a poco.
–Lo siento –murmuró.
Recogió sus ganancias. Eller rebuscó más créditos en su bolsillo. Iba a decir algo cuando, al levantar la vista, comprobó que Blake estaba dormido por completo.
–¡Carajo! –se levantó–. ¡Qué raro!
La respiración de Blake era tranquila y acompasada. Roncaba un poco, tenía el cuerpo echado hacia adelante. Eller apagó la luz y fue hacia la puerta. ¿Qué le pasaba a Blake? Nunca se dormía jugando cartas.
Eller se dirigió a su habitación por el pasillo. Estaba cansado, soñoliento. Entró en el cuarto de baño, se desabrochó el cuello de la camisa y se quitó la chaqueta. Abrió el grifo del agua caliente. Deseaba con todas sus fuerzas irse a la cama y olvidar lo sucedido, la repentina descarga de radiación, el penoso despertar, el miedo que los atenazaba. Se lavó la cara. Dios, qué dolor de cabeza. Se mojó los brazos casi sin pensar.
Se dio cuenta poco antes de terminar. Mantuvo la vista baja durante largo rato, con las manos mojadas, incapaz de hablar.
Ya no tenía uñas.
Se miró en el espejo. Su respiración se aceleró. Deslizó la mano sobre sus cabellos y estiró. Se desprendieron puñados de lacio pelo castaño. Cabello y uñas…
Se encogió de hombros y trató de calmarse. Cabello y uñas. Radiación. Claro: era consecuencia de la radiación; había matado sus cabellos y sus uñas. Examinó sus manos.
No había ni rastro de las uñas. Inspeccionó los dedos. Las yemas eran suaves y afiladas. Luchó contra el pánico creciente, y se apartó del espejo con movimientos torpes.
Un pensamiento le estremeció. ¿Era el único? ¿Y Silvia?
Volvió a colocarse la chaqueta. La falta de uñas hacía que sus dedos se deslizaran ágiles y rápidos. ¿Qué otra cosa podía ser? Debían estar preparados. Se miró en el espejo una vez más.
Y desfalleció.
Su cabeza… ¿qué estaba ocurriendo? Se apretó las sienes con las manos. Su cabeza. Algo iba mal, muy mal. Abrió los ojos de par en par. Había perdido por completo el pelo, que cubría sus hombros y la chaqueta. Su calva, redonda y extrañamente sonrosada, brillaba bajo la luz. Pero había algo más.
Su cabeza había aumentado de tamaño. Se estaba convirtiendo en un esfera perfecta. En cambio, las orejas y la nariz se contraían. Las venas de la nariz se hacían cada vez más finas y transparentes ante sus ojos. Se hallaban en pleno cambio, en plena alteración. Y sucedía con rapidez.
Se llevó una mano temblorosa a la boca. Sus dientes se desprendían de las encías. Estiró. Arrancó varios con suma facilidad. ¿Qué estaba pasando? ¿Se moría? ¿Era el único? ¿Y los otros?
Eller salió corriendo de la habitación. Respiraba con dificultad. Su pecho parecía encogerse, como si las costillas rechazaran el aire. Los latidos de su corazón eran irregulares. Y le flaqueaban las piernas. Se detuvo y se sujetó al marco de la puerta. Se metió en el ascensor. De repente, se produjo un estremecedor aullido: era la voz agónica y aterrorizada de Blake.
–Ya tengo la respuesta –murmuró para sí Eller mientras bajaba en el ascensor–. ¡No soy el único!
Harrison Blake le dirigió una mirada llena de horror. Eller se vio forzado a sonreír. Ya no podía impresionarlo la visión de Blake, calvo y fuera de control. Estaba de pie junto a una mesa, y miraba alternativamente a Eller y a su propio cuerpo. El uniforme era demasiado grande para su cuerpo menguante. Su cráneo se había ensanchado, y carecía de uñas.
–Seremos afortunados si salimos de ésta –dijo Eller–. Las radiaciones espaciales pueden afectar de forma muy extraña a los cuerpos humanos. En qué buen día se nos ocurrió aterrizar en ese…
–Eller –susurró Blake–, ¿qué vamos a hacer? ¡No podremos seguir viviendo así!
–Lo sé.
Eller apretó los labios. Le resultaba difícil hablar casi sin dientes. Se sintió como un bebé. Sin dientes, sin pelo, un cuerpo cada vez más indefenso a medida que pasaban los minutos. ¿Cómo iba a terminar?
–No podemos regresar así –siguió Blake–, no podemos volver a la Tierra con este aspecto. ¡Por todos los santos, Eller! Somos monstruos, mutantes. Nos… nos encerrarán en jaulas, como animales. La gente…
–Cierra el pico. Da gracias a que aún estemos vivos. Siéntate –le ofreció una silla–. Descansemos las piernas.
Ambos se sentaron. Blake respiró profunda y entrecortadamente. Se frotaba la frente sin cesar.
–No estoy preocupado por nosotros –dijo Eller al cabo de un rato–, sino por Silvia. Es la que sufrirá más de los tres. Estoy pensando si vale la pena volver. Si no lo hacemos, ella…
El videófono se iluminó, enfocando el laboratorio de paredes pintadas de blanco, las retomas y otros aparatos alineados ordenadamente.
–¿Cris?
Oyeron la voz de Silvia, tenue y alterada por el horror. Se mantenía fuera del encuadre.
–¿Sí? ¿Cómo te encuentras?
–¿Que cómo me encuentro? –En la voz de la chica se advertía un punto de histeria–. Cris, ¿también te ha afectado a ti? Tengo miedo de mirar. –Hubo una pausa–. Sí, ¿verdad? Te veo… pero no quiero que tú lo hagas. No quiero que me veas nunca más. Es… es horrible. ¿Qué vamos a hacer?
–No lo sé. Blake no es partidario de volver a la Tierra en estas circunstancias.
–¡No! ¡No podemos volver! ¡Es imposible!
Se hizo el silencio.
–Lo decidiremos más tarde –dijo por fin Eller–. No es necesario hacerlo ahora. Estos cambios en nuestros organismos son debidos a la radiación, de modo que tal vez sean temporales. Hay que esperar. Quizá la cirugía los resuelva. En cualquier forma, será mejor no preocuparse en exceso.
–¿Que no nos preocupemos? No, claro que no me preocupo. ¿Cómo podría preocuparme algo tan insignificante? Cris, ¿es que no lo comprendes? Somos monstruos, no tenemos pelo, ni dientes, ni uñas. Nuestras cabezas…
–Sí que lo comprendo. De momento, quédate en el laboratorio. Blake y yo nos comunicaremos contigo por el videófono. No hace falta que te pongas frente a la pantalla.
Silvia contuvo el aliento.
–Como tú digas. Aún eres el capitán.
Eller se apartó de la pantalla.
–Bien, Blake, ¿te sientes con ánimos para hablar?
La figura refugiada en un ángulo de la pieza asintió con un gesto del inmenso cráneo pelado. El hasta hace poco gigantesco cuerpo de Blake se había encogido y hundido. Los brazos y el pecho parecían pertenecer a un anciano moribundo. Los dedos tableteaban sin cesar sobre la mesa. Eller lo examinó atentamente.
–¿Qué pasa? –preguntó Blake.
–Nada. Sólo te estaba mirando.
–Tú tampoco tienes un aspecto muy atractivo.
–Ya lo sé –Eller se sentó frente a él. Su corazón latía con violencia, y respiraba con dificultad–. ¡Pobre Silv! Aún es peor para ella que para nosotros.
–Pobre Silv –dijo Blake–. Y pobres de nosotros. Ella tiene razón, Eller: somos monstruos –torció sus frágiles labios–. Cuando lleguemos a la Tierra nos destruirán o nos encerrarán. Tal vez sea preferible una muerte rápida. Monstruos, engendros hidrocefálicos sin pelo.
–Hidrocefálicos no –afirmó Eller–. Tu cerebro no está dañado, algo muy de agradecer. Aún podemos pensar. Aún conservamos nuestras mentes.
–Bueno, ahora ya sabemos por qué no hay vida en el asteroide –ironizó Blake–. Como equipo de exploración hemos triunfado. Obtuvo la información: radiación, radiación letal que destruye los tejidos orgánicos. No nos engañemos: ya no somos hombres, ya no somos seres humanos. Somos…
–¿Qué?
–No lo sé. –Blake guardó silencio.
–Qué extraño.
Eller observó sus dedos. Los movió frente a los ojos. Largos, largos y esbeltos. Recorrió con ellos la superficie de la mesa. La piel era sensible. Detectaba cada muesca, cada raya, cada marca.
–¿Qué estás haciendo? –preguntó Blake.
–Soy curioso.
Eller examinó sus ojos de más cerca. Su visión disminuía. Todo se hacía vago e indistinto. Frente a él, Blake tenía la vista baja. Los ojos de Blake empezaban a hundirse lentamente en el gran cráneo sin pelo. Eller comprendió al instante que estaban perdiendo la vista. Se volvían ciegos poco a poco. El pánico se apoderó de él.
–¡Blake, nos estamos volviendo ciegos! Nuestros ojos, visión y músculos se deterioran progresivamente.
–Me di cuenta –dijo Blake.
–Pero ¿por qué? ¡Estamos perdiendo los ojos! ¡Se hunden, se secan! ¿Por qué?
–Atrofiados –murmuró Blake.
–Quizá.
Blake sacó un diario de vuelo de la nave. Escribió algunas notas en el papel. “La visión disminuye rápidamente, pero los dedos son mucho más sensibles. Respuesta epidérmica inusual. ¿Compensación?”
–¿Qué piensas de esto? –preguntó–. Perdemos algunas funciones, pero ganamos otras.
–¿Nuestras manos? –Blake examinó sus manos–. La pérdida de las uñas posibilita utilizar los dedos de otra manera. –Frotó los dedos contra la tela del uniforme–. Palpo fibras individuales; antes era imposible.
–Por tanto, ¡la pérdida de las uñas fue intencional!
–¿Y?
–Hasta ahora hemos asumido que todo esto no tenía sentido. Quemaduras accidentales, destrucción de células, alteraciones. Me pregunto…
Eller escribió de nuevo en el papel. “Dedos: nuevos órganos de la percepción. Mayor respuesta táctil. A cambio, disminución del alcance visual…”
–¡Cris! –La voz de Silvia irrumpió, aguda y asustada.
–¿Qué pasa?
–Pierdo la vista. Estoy ciega.
–No te preocupes, todo va bien.
–Estoy… estoy asustada.
Eller se acercó al videófono.
–Silv, creo que estamos perdiendo algunos sentidos y ganando otros. Examina tus dedos. ¿Notas algo? Toca cualquier cosa.
Hubo una pausa interminable.
–Creo que experimento sensaciones diferentes.
–Se debe a que has perdido las uñas.
–Pero ¿qué significa?
Eller acarició su cráneo abultado y exploró la suave piel pensativamente. De pronto, apretó los puños y jadeó.
–¡Silv! ¿Aún puedes manipular el aparato de rayos X? ¿Te sientes con fuerzas para atravesar el laboratorio?
–Sí, supongo que sí.
–Quiero una radiografía lo antes posible, ahora mismo. Avísame en cuanto la tengas.
–¿Una radiografía? ¿De qué?
–De tu propio cráneo. Quiero ver los cambios que se han producido. Creo que empiezo a entender. Me interesa especialmente el cerebro.
–¿Cuál es tu teoría?
–Te la diré cuando haya visto la radiografía –una débil sonrisa se dibujó en los finos labios de Eller–. Si tengo razón, significará que estábamos completamente equivocados.

Eller examinó durante largo rato la radiografía enfocada en la pantalla. Forzó su vista menguante para vislumbrar las líneas del cráneo. La placa temblaba en las manos de Silvia.
–¿Qué ves? –susurró ella.
–Tenía razón. Blake, échale una ojeada.
Blake se acercó, apoyándose en una de las sillas.
–¿A qué te refieres? No veo bien.
–El cerebro ha cambiado notablemente. Observa este ensanchamiento –Eller señaló el lóbulo frontal–. Aquí, y aquí. Un crecimiento asombroso. Una enorme circunvolución. Fíjate en este bulto del lóbulo frontal, como una proyección. ¿Tienes idea de lo que es?
–Ni idea. ¿No es la zona relacionada con los procesos superiores del pensamiento?
–Las facultades más desarrolladas del conocimiento se localizan ahí, precisamente el lugar que ha experimentado el mayor crecimiento.
Eller se apartó de la pantalla.
–¿Qué deduces? –preguntó Silvia.
–Les contaré mi teoría. Quizá me equivoque, pero encaja a la perfección. Fue lo primero que pensé cuando advertí que me habla quedado sin uñas.
–¿Cuál es tu teoría?
Eller se sentó a la mesa de control.
–Es mejor que te sientes, Blake. Nuestros corazones no están para bromas. Nuestros cuerpos disminuyen de masa, así que es posible…
–¡Tu teoría! ¿Cuál es? –Blake fue hacia él y le miró fijamente–. ¿Cuál es?
–Hemos evolucionado. La radiación del asteroide aceleró el crecimiento celular, como un cáncer. Sin embargo, estos cambios tienen un propósito, una intencionalidad. Estamos cambiando con gran rapidez, a razón de varios siglos por segundo.
El asombro se pintó en los ojos de Blake.
–Es cierto –siguió Eller–. Estoy, seguro. Mayor cerebro, menos vista, pérdida del cabello y de los dientes. Más destreza y sentido del tacto. Nuestros cuerpos pierden, pero nuestras mentes ganan. Estamos desarrollando mayores poderes cognitivos, mayor capacidad conceptual. Nuestras mentes evolucionan hacia el futuro.
–¡Evolucionan! –Blake se sentó con cautela–. ¿Es posible?
–No me cabe la menor duda. Haremos más radiografías, por supuesto. Estoy ansioso por ver los cambios de los órganos internos, los riñones, el estómago. Imagino que hemos perdido porciones de…
–¡Evolucionan! Sin embargo, la evolución no es el resultado de presiones accidentales externas. Competitividad y lucha. Selección natural, fortuita, sin meta definida. Esto implica que todo organismo contiene en su seno el hilo de la evolución. Por tanto, la evolución es teleológica, con un objetivo no determinado por el azar.
Eller asintió con un gesto.
–Nuestra evolución parece ser el resultado de un crecimiento interno y procede de otra manera. Desde luego, no por azar. Sería interesante averiguar la fuerza motriz.
–Esto arroja una nueva luz sobre los acontecimientos –murmuró Blake–. O sea, que no somos monstruos, después de todo. No somos monstruos. Somos… somos hombres del futuro.
Eller lo miró y habló con una extraña entonación.
–Imaginaba que dirías esto –admitió–. Pero, a pesar de todo, en la Tierra nos seguirán considerando fenómenos.
–Pero estarán en un error. Sí, nada más vernos dirán que somos unos fenómenos de feria, aunque no lo seamos. Dentro de un millón de años, el resto de la humanidad nos habrá alcanzado. Nos estamos adelantando a nuestra época, Eller.
Eller observó la gran cabeza protuberante de Blake. Le costaba discernir sus rasgos. La bien iluminada sala de control se sumía en las tinieblas. La ceguera era prácticamente total. Apenas veía sombras vagas, y nada más.
–Hombres del futuro –dijo Blake–. Monstruos no, hombres del mañana. Sí, claro que esto arroja una nueva luz sobre lo sucedido. –Una risa nerviosa escapó de sus labios–. ¡Hace sólo unos minutos me sentía avergonzado de nuestro aspecto! Pero ahora…
–Pero ¿ahora qué?
–Ahora ya no estoy tan seguro.
–¿Qué quieres decir?
Blake no contestó. Se había puesto en pie, sujetándose a la mesa.
–¿Adónde vas? –preguntó Eller.
Blake atravesó con penosos esfuerzos la sala de control, camino de la puerta.
–Debo reflexionar. Existen nuevos y sorprendentes elementos que conviene considerar. Estoy de acuerdo contigo, Eller; tienes toda la razón. Hemos evolucionado. Nuestras facultades cognitivas han aumentado, a cambio de un considerable deterioro de las funciones corporales. Era de esperar. En conjunto, podemos decir que salimos ganando –Blake se tocó la cabeza con prudencia–. Sí, pienso que a la larga salimos ganando. Recordaremos éste como un gran día, Eller. Un gran día de nuestras vidas. Estoy seguro de que tu teoría es correcta. A medida que el proceso avanza, percibo cambios en mis facultades conceptuales. La facultad de establecer relaciones complejas…
–¡Para! –dijo Eller–. ¿Adónde vas? Contéstame. Aún soy el capitán de esta nave.
–¿Adónde voy? A mi habitación. Debo descansar. Este cuerpo es muy incómodo. Quizá tengamos que construir vehículos para desplazarnos, incluso órganos artificiales, como pulmones y corazones metálicos. No creo que los sistemas cardiovasculares resistan mucho tiempo más. Las expectativas de vida han disminuido sensiblemente. Nos veremos después, mayor Eller… aunque tal vez ya no debería utilizar el verbo “ver” –Sonrió–. Nunca nos volveremos a ver –levantó las manos–, pero éstas reemplazarán a los ojos –se tocó la cabeza– y ésta reemplazará a otras muchas cosas.
Desapareció, cerrando la puerta a sus espaldas. Eller lo oyó caminar despacio, pero con determinación, por el pasillo, paso a paso.
Eller fue hacia el videófono.
–¡Silv! ¿Me oyes? ¿Escuchaste nuestra conversación?
–Sí.
–Entonces ya sabes lo que nos ha ocurrido.
–Sí, lo sé, Cris. Estoy casi ciega. No puedo ver nada.
Eller hizo una mueca al recordar los hermosos y brillantes ojos de Silvia.
–Lo siento, Silv. Ojalá no hubiera sucedido. Ojalá hubiéramos vuelto sin detenernos. No valía la pena.
–Blake piensa que sí.
–Lo sé. Escucha, Silv: quiero que vengas a la sala de control, si, puedes. Me preocupa Blake, y quiero que estés conmigo.
–¿Por que te preocupa?
–Algo le ronda por cabeza. No ha ido a su cuarto sólo para descansar. Ven conmigo y decidiremos qué hacer. Hace unos minutos era yo el que quería volver a la Tierra, pero creo que estoy cambiando de opinión.
–¿Por qué? ¿A causa de Blake? No pensarás que Blake quiera…
–Lo discutiremos cuando estés aquí. Guíate con las manos Blake lo hizo, de modo que tú también podrás. Me parece que no volveremos a la Tierra, pero quiero explicarte mis motivos.
–Procuraré tardar lo menos posible, pero ten paciencia. Y, Cris… no me mires. No quiero que veas mi aspecto.
–No te miraré –dijo Eller con tristeza–. Cuando llegues aquí ya no podré ver muchas cosas.

Silvia se sentó en la mesa de control. Se había puesto uno de los trajes espaciales guardados en el laboratorio para ocultar el cuerpo tras el plástico y el metal. Eller esperó a que hubiera recuperado el aliento.
–Adelante –le animó Silvia.
–Lo primero que debemos hacer es recoger todas las armas de la nave. Cuando Blake vuelva, anunciaré que no regresaremos a la Tierra. Creo que montará en cólera, y que puede causar problemas. Si no me equivoco, desea seguir rumbo hacia la Tierra a toda costa, ahora que empieza a comprender las implicaciones de nuestra transformación.
–Y tú no quieres volver.
–No. –Eller meneó la cabeza–. No debemos volver. Existe un gran peligro. Y pienso que tú ya sabes cuál es.
–A Blake le fascinan las nuevas posibilidades. Vamos millones de años por delante de los demás hombres, y avanzamos a cada momento. Nuestros cerebros y nuestros poderes mentales superan con mucho a los de nuestra especie.
–Blake quiere volver a la Tierra, no como un hombre vulgar, sino como un hombre del futuro. Nuestra relación con los otros terrestres será similar a la de genios entre retrasados mentales. Si el proceso de cambio continúa, es posible que lleguemos a considerarlos meros primates, animales en comparación con nosotros.
Ambos guardaron silencio.
–Sí, animales –aprobó Eller–. En tales circunstancias, lo más lógico sería ayudarlos. Después de todo, les llevamos una ventaja de varios millones de años. Podríamos hacer grandes cosas si nos permitieran guiarlos, dirigirlos, planificar su futuro.
–Y si se resistieran, no tardaríamos en encontrar la manera de controlarlos –dijo Silvia–. Todo por su propio bien, por supuesto. Tienes razón, Cris. Si volvemos a la Tierra, despreciaremos a sus habitantes. Querremos guiarlos y enseñarles a vivir, tanto si están de acuerdo como si no. Sí, la tentación es muy fuerte.
Eller se levantó. Fue al depósito de armas y lo abrió. Con mucho cuidado sacó los pesados fusiles Boris y los dejó encima de la mesa.
–Lo primero es destruirlos. Después nos las tendremos que arreglar para mantener a Blake alejado de la sala de control, aunque nos veamos obligados a bloquear la entrada. Cambiaré el curso de la nave. Iremos lejos del sistema, hacia alguna zona remota. Es el único camino que nos queda.
Abrió los fusiles Boris y extrajo los controles de disparo. Los aplastó con el pie.
Se oyó un ruido. Ambos se volvieron, esforzándose por ver.
–¡Blake! –exclamó Eller–. Debes ser tú. No puedo verte, pero…
Estás en lo cierto –anunció la voz de Blake–. No, Eller, todos estamos ciegos, o casi ciegos. ¡Así que has destruido los fusiles Boris! Temo que eso no nos impedirá volver a la Tierra.
–Vuelve a tu habitación –dijo Eller–. Soy el capitán, y te ordeno…
–¿Me ordenas? –rió Blake–. Estás casi ciego, Eller, pero creo que aún podrás ver… ¡esto!
Algo se elevó en el aire alrededor de Blake, una nube de azul pálido. Eller jadeó mientras retrocedía, envuelto en la nube. Tuvo la impresión de que su cuerpo se disolvía, se rompía en miles de fragmentos y era arrastrado como polvo…
Blake reintegró la nube al diminuto disco que sostenía en una mano.
–Si no lo has olvidado –dijo con tranquilidad–, yo fui el primero en recibir el chorro radiactivo. Esto me proporciona una cierta ventaja sobre ustedes, al menos por un breve tiempo, aunque suficiente. En cualquier caso, los fusiles Boris habrían resultado obsoletos comparados con lo que sostengo en la mano. Recuerda que todo lo que hay en esta nave ha quedado anticuado un millón de años. Lo que tengo…
–¿De dónde has sacado ese disco?
–De ningún sitio. Lo construí en cuanto comprendí que tu intención sería desviarte de la Tierra. No fue difícil. No tardarán en asumir nuestros nuevos poderes. Pero, de momento, aún no lo han conseguido.
Eller y Silvia luchaban por respirar. Eller se agarró a la barandilla del casco, exhausto; tenía el corazón fatigado. Contempló el disco de Blake.
–Seguiremos la ruta prevista hacia la Tierra –siguió Blake–. Ninguno de ustedes podrá impedirlo. Veran las cosas de manera diferente cuando lleguemos al espaciopuerto de Nueva York. En el momento en que se pongan a mi altura, su punto de vista coincidirá con el mío. Debemos regresar, Eller. Es nuestro deber con la humanidad.
–¿Nuestro deber?
Un tono de burla se insinuó en la voz de Blake.
–¡Claro que es nuestro deber! La humanidad nos necesita, nos necesita mucho. Podemos ayudar en tantas cosas a la Tierra… Como ves, leí en parte sus pensamientos; no todo, pero sí lo suficiente como para averiguar lo que planeaban. Descubrirán que de ahora en adelante nos comunicaremos cada vez menos mediante la palabra; muy pronto empezaremos a…
–Si lees mi pensamiento, comprenderás por qué no podemos volver a la Tierra –dijo Eller.
–Sé lo que piensas, pero estás equivocado. Debemos volver por su propio bien –Blake rio en voz baja–. Los podemos ayudar mucho. En nuestras manos, su ciencia cambiará, y ellos también, porque los transformaremos. Haremos que la Tierra sea más fuerte, más poderosa. El Triunvirato quedará indefenso ante la nueva Tierra, la Tierra que nosotros construiremos. Los tres transformaremos la raza, haremos que se expanda a lo largo y ancho de la galaxia. La humanidad será un simple material que nosotros moldearemos. El azul y el blanco ondearán en todas partes. En todos los planetas de la galaxia, y no en miserables pedazos de roca. Haremos una Tierra fuerte, Eller, una Tierra que gobernará el universo.
–Así que eso es lo que planeas… –dijo Eller–. ¿Qué pasará si la Tierra no se muestra de acuerdo? ¿Qué haremos?
–Es posible que no lo comprenda –admitió Blake–. Al fin y al cabo les llevamos una ventaja de varios millones de años. Como seres inferiores, muchas veces no comprenderán el objetivo de nuestras órdenes, pero, como ya sabes, las órdenes deben cumplirse aunque no se comprendan. Lo sabes por haber estado al mando de algunas naves. Por el propio bien de la Tierra y por…
Eller saltó hacia adelante, pero su frágil e inseguro cuerpo lo traicionó. Se desplomó antes de alcanzar a Blake, agitando los brazos ciega y frenéticamente. Blake maldijo y retrocedió un paso.
–¡Imbécil! ¿Es que no…?
El disco se iluminó. La nube azul se estrelló en el rostro de Eller. Se tambaleó a un lado, con las manos en alto. Luego cayó de nuevo, golpeándose contra el suelo metálico. Silvia avanzó a cuatro patas hacia Blake, dificultada por el pesado traje espacial. Blake apuntó el disco en su dirección. Una segunda nube brotó. Silvia chilló. La nube la devoró.
–¡Blake!
Eller se arrastró sobre las rodillas. La figura oscilante que había sido Silvia se derrumbó. Eller sujetó a Blake por los brazos. Ambos lucharon con torpeza. Blake intentaba soltarse de la presa. De repente, las fuerzas de Eller lo abandonaron. Cayó hacia atrás, y se golpeó la cabeza contra la plancha de metal. Silvia yacía muy cerca, silenciosa e inmóvil.
–Aléjate de mí –rugió Blake, moviendo el disco–. Puedo destruirte como a ella, ¿lo entiendes?
–Tú la mataste –gritó Eller.
–Fue culpa suya. ¿Ves lo que se gana por luchar?
–¡Mantente alejado de mí! Si te acercas, dispararé la nube. Será tu fin.
Eller no se movió. Contempló fijamente a la forma silenciosa.
–Está bien –la voz de Blake parecía llegar desde una gran distancia–. Escúchame: seguiremos en dirección a la Tierra. Guiarás la nave mientras trabajo en el laboratorio. Leo tus pensamientos, de modo que no trates de cambiar el curso. ¡Y olvídala! Aún quedamos dos; nos bastamos para cumplir nuestra misión. Entraremos en el sistema dentro de escasos días. Tenemos mucho que hacer –la voz de Blake era serena, terminante–. ¿Puedes levantarte?
Eller se reincorporó despacio, sujetándose a la barandilla del casco.
–Bien –dijo Blake –: debemos prepararlo todo con mucho cuidado. Tal vez los terrestres nos planteen algunas dificultades, en primera instancia. Debemos preverlo. Creo que podré construir el equipo que necesitamos en el tiempo que queda. Más tarde, cuando hayas evolucionado hasta ponerte a mi altura, trabajaremos juntos para atender nuestras necesidades.
–¿De verdad crees que volveré a colaborar contigo? –Eller desvió la mirada hacia la figura silenciosa e inmóvil extendida en el suelo–. ¿Crees que después de lo que ha ocurrido voy a…?
–Vamos, vamos, Eller –dijo Blake con impaciencia–, me sorprendes. Empieza a ver las cosas desde una nueva perspectiva. Hay tantos planteamientos nuevos a considerar…
–¡Así tratarás a la humanidad! ¡Con estos métodos la salvarás!
–Ya adoptarás una actitud más realista –dijo con calma Blake–. Verás que, como hombres del futuro…
–¿De veras crees que lo haré?
Los dos hombres se miraron fijamente.
Una sombra de duda pasó por el rostro de Blake.
–¡Debes hacerlo, Eller! Nuestro deber es considerar las cosas desde nuevos puntos de vista. Claro que lo harás. –Frunció el ceño y alzó un poco el disco–. ¿Acaso lo dudas?
Eller no contestó.
–Quizá me guardes algún rencor. Quizá este incidente te haya perturbado. Es posible… –movió el disco–. En este caso, tendré que autoconvencerme cuanto antes de que debo seguir solo. Si no quieres trabajar conmigo, tendré que hacerlo sin ti –sus dedos se cerraron en torno al disco–. Si no colaboras conmigo, Eller, lo haré solo. Quizá sea lo mejor. En cualquier caso, este momento tenía que llegar antes o después. Lo mejor será…
Blake chilló.
Una enorme sombra transparente atravesó la pared, lenta, casi perezosamente, y entró en la sala de control. Detrás vino otra, y después otra, hasta sumar al menos cinco. Las sombras latían débilmente, y desprendían un vago fulgor interno. Todas eran idénticas, sin rasgos distintivos.
Eller las contempló, atónito. Blake había bajado el disco y seguía de pie, pálido y tenso, jadeando de estupor. Eller advirtió de pronto algo que lo estremeció de pies a cabeza. No veía las figuras. Estaba casi por completo ciego. Las sentía de una nueva forma, mediante un nuevo método de percepción. Se esforzó por comprender, estrujándose la mente. Y por fin lo logró. Y supo por qué no poseían forma ni rasgos.
Eran energía pura.
Blake recobró poco a poco la serenidad.
–¿Qué…? –tartamudeó, blandiendo el disco–. ¿Quién…?
Un pensamiento cortó en seco las elucubraciones de Blake. El pensamiento rondaba la mente de Eller, un pensamiento frío, impersonal, aislado y remoto.
“La chica. Antes que nada.”
Dos formas oscilaron hacia la figura inmóvil de Silvia, tendida en silencio junto a Blake. Se detuvieron a escasa distancia de ella, latiendo y fulgurando. Después, parte del halo resplandeciente se desprendió, rodeó el cuerpo de la muchacha y lo bañó con una luz tenue.
“Con eso será suficiente –fue el segundo pensamiento, momentos después. El halo se contrajo–. Ahora, el que lleva un arma.”
Una forma se dirigió hacia Blake. Éste retrocedió hacia la puerta más próxima. Su cuerpo temblaba de horror.
–¿Qué eres? –preguntó, al tiempo que levantaba el disco–. ¿Quién eres? ¿De dónde viniste?
La forma siguió avanzando.
–¡Vete! –gritó Blake–. ¡Retrocede! Si no…
Abrió fuego. La nube azul penetró en la forma. Ésta tembló un instante, y absorbió la nube. Después prosiguió su camino. Blake, aturdido, corrió hacia el pasillo, tambaleándose y cayendo. La forma titubeó en el umbral de la puerta. Una segunda forma se le unió.
La primera forma lanzó una bola luminosa hacia Blake. Lo envolvió. La luz parpadeó y se apagó. No quedaba nada de Blake. Nada de nada.
–Muy desagradable, pero necesario. ¿Ya revive la joven?
–Sí.
–Bien.
–¿Quiénes son? –preguntó Eller–. ¿Qué son? ¿Silv se restablecerá? ¿Está viva?
–La chica se recobrará –las formas avanzaron hacia Eller y lo rodearon–. Quizá habría sido mejor intervenir antes de que la hirieran, pero preferimos esperar hasta estar seguros de que el hombre armado iba a tomar el control.
–¿Sabían lo que estaba pasando?
–Lo vimos todo.
–¿Quiénes son? ¿De dónde… de dónde vienen?
–Estábamos aquí.
–¿Aquí?
–En la nave. Estábamos desde el principio. Fuimos los primeros en recibir la radiación; Blake se equivocaba. Nuestra transformación empezó antes que la suya. Y, además, nuestras perspectivas eran mucho más amplias. Su raza no evolucionará demasiado; crecimiento de cráneo, caída del pelo, y poco más. La nuestra, en cambio, acaba de empezar.
–¿Su raza? ¿La primera que recibió la radiación? –Eller paseó la mirada a su alrededor, con un atisbo de comprensión–. Entonces son…
–Sí, tienes razón. Somos los hámsters del laboratorio, los animalitos que trajeron para sus experimentos. A pesar de todo, no les guardamos rencor, te lo aseguro. De hecho, tenemos muy poco interés en su raza. Estamos en deuda con ustedes por habernos ayudado a encontrar nuestro destino en pocos minutos, en lugar de tardar otros cincuenta millones de años.
“Se los agradecemos. Y creo que ya hemos pagado nuestra deuda. La chica se repondrá. Blake murió. Se te permitirá continuar el camino hacia tu planeta.
–¿Volver a la Tierra? –balbuceó Eller–. Pero…
–Aún nos queda algo por hacer antes de irnos. Hemos discutido el asunto y llegado a un acuerdo por unanimidad. Con el tiempo su raza alcanzará el lugar que le corresponde. No vale la pena apresurar ese momento. Por el bien de su raza, y por el bien de ustedes dos, haremos una última cosa antes de partir. Ya lo comprenderás.
Una bola de fuego surgió de la primera forma. Flotó sobre Eller, lo tocó e hizo lo propio con Silvia.
–No te quepa duda de que es lo mejor –transmitió la forma.
Ambos miraron en silencio por la tronera. La primera bola de luz se desprendió del costado de la nave y se zambulló en el vacío.
–¡Mira! –exclamó Silvia.
La bola de luz aumentó de velocidad. Una segunda bola atravesó el casco de la nave, en pos de la primera.
Después siguieron una tercera, una cuarta y, por fin, la quinta. Las bolas de fuego se perdieron, una por una, en la inmensidad del espacio.
Cuando desaparecieron, Silvia se volvió hacia Eller con los ojos brillantes.
–Ya está. ¿Adónde van?
–No hay manera de adivinarlo. Muy lejos, probablemente. Quizá a otra galaxia, algún lugar muy distante –Eller acarició el pelo oscuro de Silvia y sonrió–. Tienes un pelo muy bonito. El pelo más bonito de todo el universo.
–Cualquier pelo nos parecerá bonito ahora –rió Silvia–. Incluso el tuyo, Cris.
Eller la contempló en silencio durante largo rato.
–Tenían razón –dijo por fin.
–¿En qué?
–Es mejor –Eller asintió con la cabeza sin dejar de mirar a la chica que tenía al lado, su cabello y ojos oscuros, su talle esbelto y flexible–. Estoy de acuerdo… No hay la menor duda.


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