miércoles, 4 de enero de 2017

Desplazados

Umberto Senegal


¿Ah?... Puesí, paqué le digo que no, sisí. Lo queríamos y nos acompañó desde que a su madre la mató Olegario. Siete. No... nueve, creo que nueve años estuvo con nosotros y puesqué, hay que reconocerlo, era como un familiar, pero entonces vinieron ellos y comenzaron las amenazas. Después fueron ellos mismos en persona y uno que ni parallá ni paracá, uno trabajando la tierra sin coger partido por nadie hasta que nos echaron. Tuvimos que salir y dejarlo todo. Salir a las carreras. Él parecía entender algo porque nos miraba con mucho silencio y se le aguaban los ojos. Sí, siempre que nos oía hablar de irnos, largarnos de ahí por el miedo y esas amenazas que cada día se volvían más amenazadoras. Usté lo sabe mejor, ¿o no?, que pa la ciudad no podíamos traerlo a sufrir. No podíamos aguantar también con su hambre, sobre todo porque nunca decía nada y se quedaba mirándonos sin pedir, calladito, ai sentado en el polvero. Una vez, ¿sí?, apareció con una gallina y lo regañamos pero al fin nos la comimos entre todos. ¿Dejarlo allí? ¡Qué tal! Ni regalarlo porque por esos lados nadie lo quería, ¿Sabe qué?... Pienso que no tenía ganas de ciudad. Pa qué le digo que no, sisí: nos lo comimos y alcanzó pa varios días mientras buscábamos dónde meternos. Sí señor, buen perro, pero no le habría gustado toda esta mierda de capital.


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