martes, 24 de enero de 2017

Día de santo

Silvina Ocampo


Era el día de su santo y era un día como todos los demás. Un vals brotaba en ondas, de la casa de al lado; no era la radio, debía de ser alguien que estudiaba piano siguiendo las notas sobre una música salpicada de indecisiones. Y era cada día ese mismo vals nunca aprendido que se asomaba por las persianas y se filtraba por las paredes de la casa vecina. Esa música se extendía muy lejos desde el día de su nacimiento y se repetía cada año en un día de santo huérfano de regalos. El mes pasado Fulgencia la había invitado para su cumpleaños; había regalos tan abundantes que hubieran podido llenar la vidriera de una juguetería. Celinita estaba con botines nuevos; extrañaba sus pies desnudos de todos los días que corrían como palomas sobre las baldosas floreadas, dos palomas asustadas resbaladizas sobre el piso encerado de los cuartos.
Había muchas visitas, muchas primas, muchas señoras sentadas en las sillas viendo jugar las chicas como en un teatro, pero Fulgencia prefería jugar sola y sin juguetes con Celinita, porque ella sola llevaba en la frente un nimbo lacio de pobreza, porque sabía subirse sobre los árboles mejor que nadie, y porque vivía en una casa vieja y despintada, con plantas verdes en el techo. Las personas grandes habían conspirado ese día para hacer llorar a las chicas si no jugaban con bastante entusiasmo o si estaban avergonzadas.
Fulgencia hubiera imaginado una fiesta distinta, jugando como con nieve con el barro del Tigre, haciendo moldes de pescados o de magdalenas polvoreadas con tierra seca. Solamente en el Tigre podía realizarse ese sueño; allí en esa quinta llamada Las Glicinas porque llovían cascadas de glicinas en los embarcaderos. En esa quinta había nacido. La casa tenía cuartos de baño decorados con paisajes, enormes bañaderas tapizadas de madera, como confesionarios, donde se escondían de noche las arañas. Ventanitas con vidrios irisados, donde el agua color elefante del Tigre se tornaba del color del mar. Las mareas aprisionaban frecuentemente la casa.
Esos días no llegaban ni maestras ni visitas, eran días seguros y largos, llenos de figuras iluminadas con lápices de colores. Los dragones azules, con las bocas abiertas para jugar al sapo, nadaban en el jardín.
Habían ido juntas una sola vez a Las Glicinas. Por culpa de las mareas muchas veces, de la distancia otras veces, se volvían tan temibles y apreciados esos paseos al Tigre durante los meses de invierno.
Fulgencia era única hija, por eso sus padres la mataban de cuidados que transformados en penitencias involuntarias despertaban venganzas aviesas. Un día se había escondido detrás de un bote que navegaba la mayor parte del tiempo sobre el pasto contra una planta de bambú. Llevaba en los bolsillos una provisión de terrones de azúcar y galletitas Iris. La madre, la niñera y el jardinero la buscaban por el jardín y por la casa. La madre lloraba mirando las aguas marrones del Tigre: “¡Dónde está mi hija!” “¡Dónde está mi hija!”… Escondida detrás del bote, Fulgencia oía todo. Su madre se arrodillaba sobre el pasto llorando, veía muerta a su hija flotando entre las frutas de los canales, con el pelo enredado de yuyos; la veía robada por un lanchero excursionista de los domingos; la veía secuestrada en un recreo bebiendo agua de los canales, muriéndose de tifus sin la ayuda de los termómetros y de los médicos.
Fulgencia apretaba los remos del bote, cómplice de su risa que iba disminuyendo. Ya no se atrevía a resucitar ante los ojos asombrados de su madre. La noche sobrevenía con canto de lanchas sobre el agua, con canto de grillos y de remos sobre el agua. Crecía un olor triste a barro mezclado con plantas húmedas y pescados: era el olor de la obscuridad, sonora de bagres, quizás, o de sapos que florecen a la hora de los mosquiteros.
Ella sabía que su madre a esa hora soñaba con un paseo remoto en Venecia. Era la hora en que hablaba, con las visitas de San Giorgio, de la Ca’D’oro, de Santa María Dell’Orto. Pero Venecia se hundía en la noche, devorada por las aguas negras del Tigre. Fulgencia se creyó perdida y después muerta en sus lágrimas; hizo movimientos ahogados entre las ramas de bambú hasta que la descubrió el jardinero.
Celinita desde ese día había tratado en vano de reproducir la misma escena en su casa. Nadie la buscaba. Además la casa donde vivía era demasiado pequeña para permitirle esconderse y tenía demasiados hermanos para que se dieran cuenta de que ella faltaba.
Pero esta vez cumplía siete años, no se había querido esconder y sin embargo estaba perdida en su propia casa; nadie la veía, nadie la buscaba. Fulgencia se había olvidado de mandarla llamar para jugar con ella. Era el día de Santa Cecilia, y Santa Celina debía de ser una santa anónima que no figuraba en los libros de misa ni en el calendario. La madre remendaba un delantal a cuadros cuando corriendo por los corredores le llegó el nombre de su hija desde el zaguán. Suspiró de alivio; venían a buscarla para que jugara con Fulgencia.
Celinita salió corriendo. La otra casa quedaba a media cuadra.
Lo primero que dijo cuando llegó fue: “Hoy es mi cumpleaños”, y Fulgencia, subiendo los escalones que llevaban al cuarto de juguetes, contestó: “Bajemos al sótano, no hay nadie. ¿Es tu cumpleaños o tu santo? Si es tu santo, entonces no vale”. Celinita no sabía, y se resignó a perder su cumpleaños para quedarse con la soledad del santo.
Bajaron al sótano; las ventanas daban sobre paisajes misteriosos de cables de ascensor, enrejados, plumeros y botellas rotas, baúles llenos de grandes polleras, de cortinas gigantes. Crecía una vegetación obscura y sin cielo de candelabros viejos, alambres tejidos y bolsas de leña como en los invernáculos abandonados del Tigre. Entre los pliegues de una cortina encontraron una muñeca sin ojos, una muñeca definitivamente nueva a fuerza de ser vieja, tiznada de golpes y desteñiduras, que se llevaron repartiéndosela en los brazos.
Al apagar la luz, el sótano se cubrió de un firmamento de pizarrón negro. Dos pupilas brillaban: las pupilas sueltas de la muñeca ciega volaban en busca de sus ojos. Fulgencia reconoció su muñeca preferida, la que tenía el pelo arrancado a fuerza de rulos y de lavados, la sonámbula de las noches que bajaba en el ascensor hasta el sótano y paseaba sus ojos por las ventanas vacías…


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