jueves, 26 de enero de 2017

Diorama

Silvina Ocampo


Anudaba la última vuelta de su corbata delante del espejo, con la ventana abierta. Las voces de los chicos subían de la calle sumergidas dentro del mar de una playa lejana. Había mañanas en las cuales el mar se esperaba en la vuelta de los caminos detrás de las casas modernas con olor a casilla de baño. El ascensor bajaba más lentamente que de costumbre y la puerta daba lugar a quejas porque los portazos la incitaban a abrirse de nuevo.
En la puerta de la calle, esa gran chapa lo llenaba de asombro; esa chapa que llevaba un nombre desconocido: Afranio Mármol, Médico. No se acostumbraba todavía a ver ese nombre, así expuesto, como un cartel insistente de alquiler. Hasta hacía dos meses había sido un médico anónimo sin consultorio; ahora su casa se había convertido en una sala de espera con olor a vendas, con estatuas de bronce, millares de revistas viejas, almohadones bordados con pastores y mariposas sobre un fondo negro atravesado de hilos de oro, floreros con penachos de flores monstruosas. Había soñado con un consultorio moderno y claro, pero la fatalidad había intervenido; todo lo que sobraba en casa de su madre habían ido mandándoselo como a un cajón de basura. Así habían ido apilándose los muebles inservibles y viejos en las salas donde esperaban los enfermos envueltos en tinieblas de impaciencia, elaborando enfermedades. Esa sala de espera lo hubiera asustado de chico como las salas de los dentistas. Los médicos lo habían perseguido durante su infancia, los médicos armados de termómetros, los médicos que tosen cuando firman las recetas, los médicos que golpean los dedos como tambores sobre las barrigas. Ahora eran los enfermos quienes lo perseguían; las hojas de los árboles movidas por el viento eran manos de pacientes atravesadas de venas; las mujeres que se cruzaban con él por la calle eran figuras descarnadas y luminosas, en donde había estudiado anatomía; mapas atravesados de pulmones azules y venas ramificadas, centros nerviosos rojos, recorridos de relámpagos delgados.
La mañana estaba translúcida como en el borde del mar; brotaba de las plazas olor a pasto recién cortado, pero no respiraba sino el aire con olor a cloroformo de los hospitales y de la morgue detrás de vidrios violetas y de frascos rojos, entre sonoridades de tapones y tenazas.
A veces evocaba el campo sembrado de anchos potreros de alfalfa: era en la estancia de unos parientes de su madre, donde había ido a descansar hacía diez años. A lo largo de su vida había cruzado por túneles obscuros de tristeza, con ideas fugitivas de suicidio que habían desembocado en ese campo con potreros de alfalfa. Recordaba mañanas felices como ninguna, sin otro motivo de ser feliz que la transparencia del cielo. Recordó durante mucho tiempo su soledad de entonces como una novia de quien se evoca el recuerdo, en el disco de un fonógrafo o en un perfume. Una novia con olor a pasto recién cortado, cubierta de horizonte y de cantos.
Se creyó curado, allí en esa estancia, gracias al zumbido de las abejas y de los insectos que tejían sobre la copa más alta de los árboles, enrejados azules y sedantes, junto con las palomas torcazas. Pero en cuanto volvió a la ciudad las ideas suicidas se instalaron de nuevo en su cuerpo. Fue entonces cuando se dedicó a la medicina y fueron los enfermos los que lo salvaron.
Volvía de las consultas de los hospitales como de un baño de sol.
Había caminado tres cuadras, llamó un taxímetro. Pensaba que su mujer le recomendaba caminar. Ese “No haces ejercicio”, “No haces ejercicio” con el cual lo despedía todas las mañanas, le había quedado en el oído como el fastidioso vuelo de una mosca que lo cansaba de antemano. Subió al taxímetro, tenía que estar a las doce en casa del paciente de la calle Tacuarí. Lo habían llamado por teléfono hacía cinco días, le habían pedido que fuese a casa del enfermo; un golpe en la rodilla le impedía moverse. Ese hombre lo había citado a las seis de la tarde hacía cinco días.
Cuando llegó a la casa el portero lo hizo pasar al vestíbulo y le dijo ceremoniosamente: “El señor no puede atenderlo, está con una señora y tenemos orden de no interrumpirlo”. Tuvo que insistir y hasta que extrajo su tarjeta como un revólver el portero se mantuvo inconmovible. De uno de los cuartos llegaba la voz altísima de un hombre, pero la otra voz quizás hablaba en secreto porque no se oía. El portero golpeó la puerta ladeando la cabeza atenta a escuchar. Las palabras se dispersaron.
La puerta se abrió, volvió a cerrarse, después de un instante volvió a abrirse para dejarlo pasar delante del brazo estirado del mucamo.
El dormitorio no tenía facciones, parecía un dormitorio de vidriera. El dueño de casa, delgado, alto, de ojos hundidos, le tendió la mano. Se quejaba de un dolor en el costado izquierdo. Se estiró sobre la cama, en mangas de camisa rayada y los dedos de Afranio Mármol empezaron a tocar el tambor sobre la barriga, el estómago y la espalda de aquel hombre pálido. Todavía no podía dar su diagnóstico; el hígado estaba inflamado, pero no era para alarmarse. Entonces, desviándose de las enfermedades cayeron en las confidencias. Esa mujer que estaba poco antes en el cuarto era su querida –lo venía a visitar todas las tardes desde hacía mucho tiempo–, no podía vivir con ella por razones sociales, pero venía a verlo todos los días, lo cuidaba maternalmente, le ponía cataplasmas; en ese momento seguramente los estaba espiando por la puerta de vidrio; levantaba despacito la cortina: “Doctor, mire, dése vuelta”. Afranio Mármol se daba vuelta y no veía nada. “Es ella que ha arreglado las flores en ese florero”, decía el hombre pálido levantándose de la cama y poniéndose el saco. Y así terminó la consulta aquel día.
El taxi llegaba a la calle Tacuarí, y el portero de tres días antes sonreía en la puerta un aire cómplice de visitas clandestinas. Esa vez lo hicieron pasar en seguida. Las persianas cerradas pesaban en torno de ese cuarto iluminado con luz eléctrica a las doce del día; no parecía el mismo cuarto de la vez anterior; el papel floreado que cubría las paredes se había oscurecido de manchas, los muebles de vidriera no estaban tan flamantes. Un olor fuertísimo a encerrado y a manchas de humedad le hacían insensiblemente mirar el techo en busca de goteras. El paciente estaba en segundo plano, había que sanar primero el cuarto para después cuidarlo a él: “Señor, ¿por qué no abre las ventanas?” se sintió fastidioso como cuando a él le decían: “Tenés que hacer ejercicio”. El enfermo le contestó: “Doctor, es que le molesta el sol”. “¿A quién le molesta el sol?” “A ella.”
El hígado estaba descongestionado, pero los dolores seguían; se habló de radiografías, de aplicaciones eléctricas, para luego caer en las inevitables confidencias. Se trataba de una mujer casada. Los domingos y los sábados eran días dedicados a pasear con el marido, eran días mortales. Pero hoy, ¿qué día era? “No sé en qué día vivo”, dijo Afranio Mármol. El enfermo frunció las cejas: eran malos precedentes para un médico. Pero la mujer cantaba maravillosamente: “¿No la oye, doctor? ¿No encuentra que tiene una voz privilegiada?” El silencio dobladillaba la casa, no pasaban coches por la calle. “No oigo nada”, dijo Afranio Mármol. “Ha estudiado en un conservatorio y ahora canta en las iglesias de campo, los domingos. Escuche las notas altas.” El silencio hacía crujir los muebles. Pasaron al escritorio, y esta vez el médico, recobrando su tos de médico, sentado frente a una mesa levantó la cabeza del águila del tintero, tomó la pluma y escribió lentamente la receta. En ese momento el dueño de casa dio un grito: “Venga, doctor, mi mujer no se siente bien”, y corriendo lo hizo entrar a otro cuarto tapizado de rojo. La cama era grande y labrada con una espesa colcha verde. El hombre se arrodilló mirando ávidamente la almohada vacía, y después incorporándose le dijo: “Doctor, esto no será nada, ¿verdad? Hágame el favor de auscultarla”. Afranio Mármol pasó las manos sobre la cama y contestó: “No, no es nada, no se aflija, no es nada”. Inclinó la cabeza sobre la almohada buscando el corazón de la mujer hasta que el hombre se quedara tranquilo.


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