viernes, 6 de enero de 2017

El increíble Sr. Murphy

Howard Wandrei


Nadie sabe de dónde vino ni a dónde ni cómo se fue. Por cierto que él es un hombre hábil para moverse sin que nadie lo perciba y sumamente peligroso, a pesar de su inocente aspecto. Igual que el Judío Errante, puede ser un hombre que pasa por la calle en cualquier momento, sin llamar la atención. Y aunque no se le mencione en las noticias diarias de los periódicos, su espantoso talento va implícito en cada nota trágica. Y hablando en tiempo pasado, he aquí por qué debía hacerse algo en relación con este señor Murphy:
Timoteo Murphy no pesaba arriba de sesenta kilos. Y con todo y tener una estatura proporcionada a su peso, daba la impresión de ser aún más bajo, sin duda por vivir oprimido sufriendo el prodigio que llevaba dentro de sí: un genio diabólico, involuntario. Su cabeza, sostenida por un cuello casi femenino, era demasiado grande para su cuerpo. Su frente era comba, y sus ojos, asustados, como si repentinamente se hubiera dado cuenta de padecer la lepra o alguna enfermedad así de terrible. Su pelo negro, lacio, siempre estaba revuelto. Su traje azul era a su medida, mas ya hacía tiempo que no visitaba la sastrería.
Según los datos que hemos podido recabar, Murphy hizo su primera aparición entre la edad de veinticinco o veintiséis años, en la esquina de las calles Sexta y Wisconsin de la ciudad de Groveland. Era un mediodía cálido de agosto y Murphy se divertía en el inocente pasatiempo de parar los relojes de todo mundo. Su procedimiento era curioso. Helo aquí:
Acercándose a la sudorosa y corpulenta figura de un banquero de nombre Beresford, Murphy le preguntó, con aire de preocupación:
–Perdón, ¿me podría usted dar su hora?
Beresford se detuvo el tiempo suficiente para extraer del chaleco su reloj de platino, y dar a Murphy la hora exacta, con diferencia de unos dos segundos. El reloj, del grueso de una moneda, era extraordinariamente puntual, uno de los mejores relojes del mundo.
–Gracias, dijo Murphy, pero me parece que su reloj se acaba de parar.
Automáticamente, Beresford lanzó un vistazo al reloj municipal, en la torre de la esquina.
–Lo siento –añadió Murphy con una voz melancólica–, pero el reloj municipal también se paró.
Beresford creyó que Murphy estaba tratando de jugarle alguna broma, porque no hacía sino cinco minutos que el gran reloj del municipio acababa de dar las doce. Pero al regresar al banco, rojo de vergüenza por haber llegado tarde la primera vez en quince años, recordó la extraña figura de Murphy. Ese reloj principesco suyo se había parado, y nunca más volvió a andar, hasta que el fabricante le hubo cambiado la máquina, toda, hasta las manecillas. Y el gigantesco reloj belga de la torre también se había parado por una causa inexplicable. Ingenieros relojeros intentaron en vano echar a andar nuevamente las gigantescas ruedas, trabajando días y noches inútilmente, asombrados del misterio. Y desde entonces, la única hora que el reloj marcó, fue la hora de la extraordinaria aparición de Timoteo Murphy.
Murphy no estaba bromeando.
No lejos del reloj municipal, descendió de la banqueta acercándose a un camión de bomberos que volvía lentamente de una falsa alarma, y que se había detenido atrás de dos automóviles, esperando la luz verde del semáforo.
–Se ha parado su motor –dijo Murphy con aire casual al chofer–, y ya no va a volver a funcionar.
El chofer lo miró con curiosidad, notando que tenía la cara verde, como un bilioso, y comenzó a apretar la marcha, porque su motor se había parado.
–Y se va a hacer un lío tremendo el tránsito –añadió Murphy alejándose.
Cuando cambió la luz, el camión de bomberos detuvo en tal forma el tránsito, que hubo un lío tremendo en manzanas y más manzanas, y toda la fuerza de policía tardó horas en deshacerlo.
Más tarde, Murphy detuvo otros dos motores, pero casi se dedicó exclusivamente a parar relojes. Más o menos todos los del distrito bursátil se detuvieron, incluyendo los eléctricos y los cronómetros en los aparadores de las joyerías. No era necesario que él hiciera saber el momento en que un reloj se iba a parar. Sólo, cuando había oportunidad, avisaba, por mera cortesía.
Naturalmente su maligno influjo sobre los relojes y los motores de automóvil no perjudicaba seriamente a nadie. Pero entonces ocurrió una cosa tremenda.
Primero fue como un remoto rumor en sus oídos, del cual apenas se dio cuenta. Poco después el rumor aumentó, acaparando la atención de Murphy, quien alzó la cara al cielo. Era un gigantesco trimotor de pasajeros, que brillaba como un halcón plateado bajo la luz del sol.
Era el seis, para Salt Lake City. El tiempo era excelente, no había viento, no había nubes. El motor funcionaba a la perfección. Pero Murphy se quejó quedamente, exclamando:
–¡Oh Dios mío, se va a estrellar!
Estremeciéndose, se limpió de la frente un sudor frío. El ruido del motor cesó, y él continuó su camino, procurando no alzar la cabeza. No se había estrellado aún el avión, pero Murphy se daba cuenta de que ya no tardaría en deshacerse contra el suelo. Timoteo Murphy comprendió que él era el asesino de todos los que iban a bordo. Personas inocentes.
El anuncio del espantoso accidente, en el cual catorce pasajeros perecieron, hizo cesar un programa de música de baile que se oía por el radio de un taxi, frente al cual pasaba Murphy. Luego se reanudó la música.
–Ese radio se va a descomponer –pensó Murphy tristemente–, y el velocímetro de esa carcacha ya nunca va a funcionar.
En ese instante el radio calló. El chofer se dedicó a dar vuelta a los controles, hasta que dos pasajeros que lo solicitaban, lo interrumpieron en su tarea.
Murphy se sintió tan miserable, que se dirigió inmediatamente a la central de policía a entregarse. Si continuaba ambulando por las calles, ¡quién sabe cuántas cosas sucederían! Sin que él lo deseara. Ya había asesinado a catorce gentes con una mirada.
Le dijo al anunciador en la antesala:
–Quiero ver al inspector de policía.
De modo que fue escoltado ante el inspector de policía, Mr. August Steinbeck. Cuando se quedaron solos, Murphy le declaró que él acababa de asesinar a catorce personas. Steinbeck se puso las manos detrás de la nuca, se recargó en su sillón giratorio e invitó a Murphy a proseguir.
Con su delgada voz, Murphy contó su historia en pocas palabras, sin detalles superfluos. Steinbeck no lo interrumpió una sola vez, pero miraba fijamente con sus ojos grises los ojos negros, tímidos, de Murphy.
Cuando Murphy hubo terminado, Steinbeck le preguntó suavemente, casi con cariño:
–Pero Murphy, ¿de veras cree usted ser el autor del accidente del avión?
El sillón giratorio volvió a su nivel y Steinbeck apoyó cuidadosamente los codos sobre su escritorio. Añadió: “Es curiosa coincidencia… ¿sabe usted que hay una temperatura de cien grados a la sombra? A veces el calor me hace el mismo efecto que a usted… se me ocurren ideas raras”.
Murphy sacudió negativamente la cabeza:
–No, no me ha entendido usted. Yo no hago nada, solamente se me ocurre cuándo algo va a suceder.
–Es lo mismo, ¿no? –interrogó con calma el inspector. Usted no para un reloj, pero cuando lo ve, se le ocurre que se va a parar. La misma cosa, ¿verdad?
Murphy agitó las manos:
–Eso es lo malo –dijo.
Steinbeck alcanzó el teléfono, diciendo:
–Bueno, creo que no conviene dejarlo ir a que pare todos los relojes y motores de la ciudad. ¿De veras quiere que le planchemos esa arruga?
–¡Sí, sí! –exclamó fervientemente el señor Murphy.
–Hay un psiquiatra muy competente en el edificio de las Ciencias Médicas. Lo voy a llamar para concertar una cita con usted –ofreció Steinbeck.
–Gracias –respondió tímidamente Murphy en los instantes en que el inspector descolgaba el audífono–, pero, perdón, el teléfono se acaba de descomponer.
Steinbeck sonrió escépticamente y comenzó a discar el número. El teléfono se había descompuesto. Y continuó descompuesto por más sacudidas que le dio.
–¡Caramba, caramba! –exclamó pensativamente.
–Usted tiene una pistola ahí en su cajón, ¿verdad? –preguntó Murphy–. ¿Sabe usted que ya no está cargada?
Steinbeck se quedó mirando fijamente a Murphy y de repente sacó la pistola con violencia, un revólver treinta y ocho largo. Lo abrió. Él siempre tenía el revólver cargado, sabía que estaba cargado, y tardó diez o doce segundos en convencerse de que la recámara estaba vacía.
–Las balas las tiene usted en la bolsa izquierda de su saco –anunció tímidamente el señor Murphy.
Steinbeck metió la mano al bolsillo, puso cara de asombro, y sacó seis cartuchos y tres monedas. Si Murphy había realizado esta brujería, había hecho lo que ningún ser humano hubiera logrado hacer. Steinbeck tragó saliva, sopesando los cartuchos en la palma de su mano. Preguntó con calma:
–¿Cómo hizo eso, Murphy?
–No es que yo lo haga –protestó Murphy ansiosamente, con su voz aguda. Parecía histérico–. Es que… es que solamente sé cuándo va a pasar algo. Me ocurren cosas, ¿ve? Yo solamente sé… y no lo puedo evitar. ¿Me comprende?
Él mismo no lo comprendía. Simplemente se daba cuenta cuando un objeto iba a desaparecer de su sitio para reaparecer en otro distinto. Sabía cuándo un motor garantizado se iba a detener. Sabía cuándo la casualidad, una en mil millones de causas, iba a ocurrir. Lo terrible, a pesar de que las casualidades no suceden diariamente, era que Murphy no podía controlar esa fuerza misteriosa dentro de él. Hacía lo que podía, limitándose a cosas sin importancia, como cambiar el número de la placa en un automóvil o hacer que un hombre no proyectara sombra al caminar bajo la luz fuerte del sol. Como quien da cacahuates al tigre que lleva dentro.
–Entiendo –exclamó Steinbeck, con cara seria–. Vamos al cuarto Bertillón, abajo. ¿Podría hacerles usted una demostración a mis muchachos?
–¿Una demostración? –titubeó Murphy–. Puede que sí...
Salieron de la oficina hacia el elevador, preguntando ansiosamente Murphy:
–Pero me va a encerrar, ¿verdad?
–Ya veremos.
Steinbeck iba pensando al caminar. No podía arrestar a Murphy por ningún motivo. Pero en fin, a ver qué podía hacer este señor Murphy delante de los muchachos. Steinbeck sabía que corría el riesgo de hacer el ridículo frente a sus subordinados, pero ya no confiaba en sus propios cinco sentidos.
Apretó el botón rojo del elevador, frunciendo el ceño. Ambos vieron cómo el indicador daba lentamente la vuelta, mientras el elevador ascendía a recogerlos. De repente, el tigre dentro de Murphy saltó de nuevo, agresivo:
–¡No, no! ¡Se va a caer!
Y se cayó. El indicador brincó hacia atrás y lograron ver la cara lívida del elevadorista al descender vertiginosamente. Steinbeck se alargó, creyendo oír el estruendo de la catástrofe hacia el fondo. No sucedió nada. Un rechinido seco, sordo, se percibió cuando los frenos automáticos detuvieron al elevador en su vertiginosa caída, con tal violencia que el elevadorista casi se rompió las piernas. Lo oyeron gritando a los mecánicos por el teléfono, que vinieran a componer el aparato. Gritando para ocultar el hecho de que estaba loco del susto.
–¡Ve, ve! –exclamó Murphy aterrorizado, con una voz aguda, histérica.
Steinbeck, un hombre corpulento y sin gordura, a pesar de su habitual descanso en la cómoda silla giratoria, frente a su escritorio, no era un hombre que se dejara conmover por cualquier cosa. Pero ahora se encontraba un tanto emocionado. Él mismo tenía familia, y el veterano del elevador era casado y con tres hijos. Cuidadosamente escoltó a Murphy por las escaleras, hasta seis pisos más abajo, al cuarto Bertillón.
El cuarto estaba rodeado de altas ventanas, enrejadas con gruesos barrotes. Bajo la vigilancia personal de Steinbeck, una docena de hombres, sargentos, tenientes y dos expertos Bertillón, amén de varios redactores y fotógrafos de la prensa, pusieron a prueba el misterioso talento de Murphy.
Primero, no lograron tomarle las huellas digitales. Por más que le hacían, lo único que sus dedos dejaban en el papel eran dos juegos de manchas informes de tinta negra. Murphy no tenía huellas digitales. Sus dedos eran lisos como vidrio.
Luego, los reporteros y fotógrafos.
Para ilustrar a los representantes de la prensa, Steinbeck le preguntó:
–Usted, Murphy, ¿se somete a todo esto bajo su propia voluntad?
–Sí, claro –respondió Murphy–. Pero las placas no sirven. Las cámaras no funcionan.
El fotógrafo de la policía gruñó, haciendo funcionar el magnesio. Lo retrató de frente y de perfil, junto a una regla que marcaba la estatura.
–Revele los negativos y verá que no sirven –dijo Murphy.
–Si no, será la primera vez –respondió el fotógrafo, de modo que lo oyera el inspector.
Y mientras estaba revelando las placas, los fotógrafos de prensa gastaban sus películas en él, ante la expectante curiosidad de los reporteros a lo que prometía ser una historia divertida.
–Revelen sus rollos también. No voy a salir en ellos –dijo Murphy.
Los fotógrafos sonrieron amablemente. Tomaron fotografías de todos. Luego pidieron prestado el cuarto oscuro de la policía, al tiempo que el fotógrafo oficial salía con las placas en blanco, asombradísimo.
–Las placas salieron veladas. Y no hubo motivo alguno que las velara.
El teniente Hubbard se mostró interesado.
–A ver, Murphy, ¿qué otra cosa sabe hacer?
Hubbard tenía una voz ronca, agresiva, que había cultivado especialmente para ocultar un corazón blando como un jitomate maduro.
–Pues… –Murphy reflexionó–. Mire –dijo–, por ejemplo, en este instante su placa ha desaparecido.
Hubbard se llevó la mano al pecho. Los agujeros hechos por el alfiler de seguridad estaban ahí; pero la placa había desaparecido.
–Está allá, bajo la mesa –indicó Murphy.
Mientras Hubbard iba hacia la mesa a recobrar su placa, todo mundo reía con gusto de la broma, y Murphy agachaba el rostro, avergonzado.
–Bueno, prosiga usted con la demostración –urgió Steinbeck.
Murphy se dirigió al grupo; miró tímidamente a todos y escogió a Reissner. Pidió:
–Tíreme balazos.
Reissner no entendió y se limitó a mirar a Steinbeck, pidiendo una explicación.
–Mire –dijo Murphy–, suponga que acabo de robar el banco, y que corro por la calle con un saco lleno de billetes. Usted me tira balazos, y ninguno de ellos podrá tocarme… no me llegan.
Como Murphy había llegado bajo la protección de Steinbeck, todos los policías dominaron la risa lo mejor que pudieron. Steinbeck ordenó que trajeran una camisa a prueba de balas.
–No es necesario –protestó Murphy.
–¿Cree usted que voy a dejar que asesinen a un hombre ante mis propios ojos? –preguntó airado el inspector y añadió– Teniente Reissner, ¿su pistola está en orden?
Reissner se puso rojo y afirmó que sí. No hacía ni media hora que la había limpiado, después de haber logrado otro récord perfecto de tiro al blanco. Era el mejor tirador del Departamento, un hombre peligroso con una pistola en las manos.
La camisa a prueba de balas era de lámina de acero, enfundada en lona. Dos planchas, una delante y otra atrás, se ataban con cintas a los lados. Pusieron a Murphy dentro de una.
–Bueno, a disparar –ordenó Steinbeck con la cara seria.
A una distancia de doce pasos, Reissner apuntó cuidadosamente a Murphy.
–Póngase listo –le dijo–, esto lo va a tirar al suelo.
Muy adentro, en la conciencia de Murphy, el tigre ronroneó contento. Hubo un gran silencio expectante antes del atronador disparo del treinta y ocho largo. Esa bala golpeaba rudamente, de seguro Murphy se caería.
La bala, una aleación de cobre y níquel, con garantía de atravesar nueve pulgadas de pino, escurrió por el cañón del revólver, rodando por el suelo hasta llegar como a un metro de los pies de Murphy. Reissner se quedó maravillado; luego, rápidamente vació la carga entera sobre el pecho del señor Murphy. Pero todas las balas salían escurridas, rodando hasta los pies de la presunta víctima.
Uno de los hombres traía una cuarenta y cinco. Reissner la pidió prestada, vaciándola en la dirección de Murphy tan aprisa como pudo. Pidió prestada otra. Y al fin, dieciocho balas quedaron quietas en el suelo, desperdigadas todas, a un metro de distancia del señor Murphy. Ni una lo había tocado. Reissner se limpió el sudor de la frente y le sonrió desconcertado a Steinbeck.
En eso salieron los fotógrafos de la prensa, anunciando que todas las fotos habían salido bien, menos aquellas donde figuraba Murphy.
No lo habían pesado aún. Lo pusieron sobre la romana, y por más que movían los pesos para todos lados, Murphy no pesaba nada. La escala mostraba cero. Steinbeck se subió, y sus cien kilos se marcaron perfectamente. La balanza no estaba descompuesta. El descompuesto era Murphy. Iba a ser curioso el registro: peso, 0.
–Después de todo, es inútil –decidió Murphy con voz melancólica–. No tiene caso haber venido aquí. ¿Para qué me encierran en una celda, si me puedo salir cuando yo lo desee?
–¡Se puede salir! ¿Quiere usted decir que se escaparía si lo meto a una celda de doble seguridad, y amarrado, además?
–Sí, fácilmente –declaró Murphy con voz lúgubre. Le dolía un poco la cabeza.
Los ojos de Steinbeck se fijaron en una pesada caja de pino, recién abierta para sacar un equipo que había llegado. Era pequeña, pero Murphy podría caber, encogido.
Lo metieron, sin protesta alguna de su parte, y clavaron fuertemente la tapa.
–Siempre he querido ver cómo hacen esta suerte –observó uno de los policías.
–Palabra que este tipo me pone nervioso –dijo otro.
–Sí, tiene un no sé qué.
–¡Silencio! –Steinbeck arrastró la caja hacia el centro del cuarto– Parece –añadió– que ya pesa de nuevo. A ver, Reissner.
Reissner alzó la caja por un extremo y comprobó el hecho.
–Sí, pesa como unos sesenta kilos.
Cuando la hubo dejado nuevamente en el suelo, Murphy tocó en la tapa, desde dentro. Todos se agruparon alrededor y Steinbeck acercó su oreja a la madera. Con una voz ahogada, tenue, Murphy declaró:
–Ya me fui.
–¿Qué dice? –preguntó Hubbard.
–Dice que ya se fue –contestó Steinbeck, con voz lenta.
Todos quedaron en suspenso, escuchando. Pero no sucedió nada. Algunos sonreían. Con el pie, Steinbeck empujó la caja, que se movió como si Murphy hubiera perdido el peso nuevamente. El silencio se hizo insoportable. Alguien observó con inquietud:
–Apuesto a que casi no puede respirar encerrado allí.
Steinbeck ordenó que abrieran la caja. Todos vieron que Murphy había dicho la verdad. Hacía como diez minutos que se había ido.
Todos quedaron esperando que apareciera Murphy por algún lado. Nada. Todos tosían, se movían nerviosamente, en expectante espera. Y nada. Se miraban los unos a los otros, como creyendo que de un momento a otro Murphy iba a asomar la cabeza por el bolsillo de alguno. Todos saltaron cuando Steinbeck, nervioso, le dio una patada violenta a la caja, gritando:
–¡Murphy!
El eco se tragó el grito. La caja permaneció vacía. Murphy no estaba en ella. No estaba en ningún lado: había desaparecido.
Aunque todos los hombres estaban de descanso, respondieron rápidamente a la orden de Steinbeck, de que se buscara al misterioso señor Murphy. No quedó rincón ignorado en el cuarto Bertillón y en el cuarto oscuro.
Pero Murphy no podía haberse ido lejos. La única puerta de salida estaba cerrada, y con guardias.
Mucho antes de que la búsqueda fracasara, Steinbeck estaba sudando a chorros. Por su mente preocupada se coló el pensamiento de que los trenes se estrellarían, los aeroplanos caerían destrozados, el infierno se soltaría sobre la tierra y, por una pura casualidad, todo sería culpa de August Steinbeck.
Porque, ¿acaso no tenía él ya encerrada esa pesadilla que era Murphy, prisionera en una fuerte caja de pino, y la había dejado escapar estúpidamente?


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