jueves, 5 de enero de 2017

El sacrificio de la muela

Sándor Hunyady


Decididamente ella tenía sex-appeal. Su andar era ligero, su piel rosada. Era esbelta y me hacía recordar el murmullo de un fresco arroyuelo de la montaña. Yo estaba enamorado incluso de sus defectos. Amaba sus ojos ligeramente bizcos. Daban un aroma picante a sus miradas violeta. ¡Qué me importaba si sus dedos estaban frecuentemente manchados de tinta! ¡Esa tinta era santa para mí! ¡Yo hubiera besado con devoción todas las manchas de tinta en sus cuadernos, si ella me lo hubiese pedido! La amaba, la adoraba, tal como era ella, desde los tacones de sus pequeños zapatos, hasta el pelo rizado de su cabeza. Yo me volvía loco, completamente loco, con sólo ver sus piernas, cubiertas de fino vello de durazno, por encima de sus calcetines.
Creo que no ha de haber tenido más de trece años de edad. Pero yo tampoco tenía más de trece años. En esa época cursaba yo el tercer año en el gimnasio de la calle Lonyai.
Vivíamos en el último piso de un edificio, en el bulevar Lipot, enfrente uno del otro. Como Romeo y Julieta, tuvimos nuestras escenas románticas de balcón, que se efectuaron en el rellano de la gran casa de Budapest, entre las puertas de nuestros respectivos apartamentos. Eran esos unos minutos de breve intoxicación. Apenas podíamos cruzar unas cuantas frases, cuando ya nos llamaba alguna voz superior, reclamándonos algún deber escolar o familiar.
Se abría la puerta y la criada asomaba:
–Finny, entra por favor. ¡Mademoiselle ya llegó!
Desaparecía la niña. Quedaba solo el rellano, y yo también me retiraba a mi cuarto y abría el texto de mineralogía, contemplándolo con ojos llorosos.
Me dolía que nuestras familias respectivas no se conociesen. Pero yo me daba cuenta, a pesar de mi entendimiento infantil, de que la amistad entre los dos apartamentos era más difícil que la reconciliación entre Montescos y Capuletos. Mi madre era una actriz. En esa época estaba estudiando el italiano, porque quería leer a Dante en el original. El padre de Finny era oficial en una fábrica. Un burgués ecuánime, a quien no le importaba un comino el “Purgatorio”. Había todo un mundo de diferencia entre mi madre y él y su mujer. Una atmósfera fría, una distancia estratosférica. Creo que mi madre ni siquiera sabía quiénes eran nuestros vecinos. Y mi abuela era una mujer altiva, que estaba acostumbrada a la villa, al castillo. Odiaba a Budapest y a sus habitantes. Me veía secamente a través de sus lentes de carey.
–¿Quién es ese diablillo con faldas, con el que te vives charlando en el rellano?
La sangre se me agolpaba en el rostro.
–¡Pero, abuelita, si es nuestra vecina! Su papá es director de la fábrica. Ella se llama Finny Goller.
–¡Goller! –repetía mi abuela con altivez indescriptible–, y añadía: –¡No me gustan esas amistades!
Aparte esto, había podido observar algunos síntomas que me permitían deducir que los padres de ella también tenían objeciones que hacer a mi familia. Por lo menos, podía adivinar en la conducta de la muchacha cierto nerviosismo cuando nos deteníamos en la escalera o en el rellano a charlar un instante. Con sus ojos violeta, ligeramente bizcos, lanzaba continuamente miradas furtivas en todas direcciones, como si tuviera miedo de ser sorprendida. Una puerta que se cerrara con estrépito era bastante para que emprendiera el vuelo sin despedirse. Yo veía solamente las olas de su falda agitada al meterse rápidamente en su recámara por la puerta que, con toda previsión, ella misma había dejado entreabierta. Quizá fue una buena cosa que tantos obstáculos se opusieran a nuestro amor.
Porque es posible que si yo hubiera seguido amando a Finny, habría sufrido cosas incontables. Entre más viejo me hago, más convencido estoy de que Finny no me amaba. Solamente flirteaba conmigo. Yo era un sujeto excelente para que ella se afilara las uñas de gatita. Estaba yo allí, ofreciéndome entero. No tenía más que echar un vistazo entre las cortinas para verme a mí, celando su puerta con ojos sedientos. Posiblemente sonreía al sentarse junto a su maestra de piano, hinchada de secreta vanidad.
Porque, ¿qué podría ella haber amado en mí? Los muchachos de trece años no son sino niños; en cambio, las muchachas de trece años son ya casi mujeres. Además, yo carecía de interés. De acuerdo con el conservadurismo de mi abuela, mi cabeza estaba rapada. Usaba camisas de marinero. Finny hubiera estado en su derecho si tratara de hacerse de un novio mejor, como indudablemente lo hacía, al observarla yo celosamente flirtear con alumnos de cuarto, quinto y hasta sexto años, que tomaban nuestro tranvía.
Porque Finny y yo tomábamos el mismo tranvía en las mañanas, al ir a la escuela. Mi abuela era una protestante rigurosa e insistió en que yo fuera inscrito en el gimnasio calvinista de la calle Lonyai. Y como usaba diariamente el tranvía, tenía abono. Durante el año escolar, me iba temprano a la escuela, para ver dónde se bajaba ella. Finny se bajaba en la Basílica. Yo ya no recuerdo qué escuela de niñas pueda haber habido por ese rumbo.
Así, casi siempre viajábamos juntos desde el bulevar Lipot hasta la Basílica. Era muy natural que yo siempre la esperase. Debe haber sido muy floja y tarda para levantarse, porque muchas veces llegué tarde a mi escuela por culpa de ella. Esto, a pesar de que acompañarla me significaba más dolor que placer, porque no nos sentábamos juntos. Finny era de un grupo: muchachas. Sus compañeras, de la misma clase. Y yo nunca me atrevía a acercarme al bullicio femenino. Me bastaba verla de lejos, saludarla. Me paraba a distancia en la plataforma, con los libros bajo el brazo. Fue entonces cuando comencé a fumar. Odiaba yo los cigarrillos, y además, no tenía dinero para comprarlos. Pero –ya no recuerdo cómo–, el caso es que siempre lograba yo encender uno para demostrarle mi hombría, a ella, que con tanta liberalidad repartía sus coquetas miradas violetas entre los muchachos del tranvía.
Pero no es que yo quiera acusar a Finny de nada. La recuerdo con un corazón agradecido. Fue la primera mujer en mi vida. Y la felicidad breve de aquellos minutos en el rellano me llega ahora, a través de treinta años, como el suave destello de una luciérnaga en la noche.
Si me esfuerzo, puedo recordar el tema de cada una de nuestras conversaciones. Cosa curiosa, parece que Finny era la más inclinada a introducir la sentimentalidad en nuestra charla infantil. Pero era yo tan cobarde, que nunca me atrevía a desviarme de los temas más aburridos y usuales, relacionados con la escuela. Tartamudeaba y mentía. Le contaba qué gran atleta era. Le mostraba mis bíceps. ¡Dios mío, qué poca cosa nos basta cuando somos niños! ¡Nunca olvidaré ese estremecimiento que me recorrió todo el cuerpo hasta penetrar en el tuétano, el día en que sentí sus dedos femeninos tocándome el brazo por encima del saco!
Sucede que una vez tuvimos un pleito pueril, nada más por la cuestión de dónde se encontraba el río Tajo. ¿En España o en Brasil? Finny decía que en España; yo insistía que en el Brasil. Fue un error terrible el mío. No estaba yo seguro de lo que decía, y a pesar de ello, fui quien propuso que se apostara una caja de chocolates Kugler.
–¡Bueno! –dijo Finny–. Puedo apostar, porque yo sé que estoy en lo cierto. Y tú puedes apostar, porque al fin yo sé que no vas a pagar la apuesta si pierdes. ¡Es apuesta!
Me miró con desprecio. En su mirada sentí el aguijón venenoso de su orgullo.
Yo respondí lastimado en mi vanidad:
–¡No me conoces, Finny! ¡Sí pago la apuesta!
Finny se rio. Luego, como una lagartija, se escurrió en su puerta. Desapareció en su mundo, extraño para mí, dejándome solo en la oscuridad de la escalera.
En ese instante me acordé. ¡Claro, ella tenía razón! Podía ver delante de mí, como si lo tuviera enfrente, mi viejo libro de geografía, describiendo la ruta del río Tajo por España. Podía verlo en el mapa seguir su curso vacilante en aquel trozo marcado “Península Ibérica”.
¡Conque había perdido yo! Tenía que pagar, eso era inevitable. En este caso, la santidad de la palabra ofrecida no podía ser violada. Aquí el amor estaba implícito en el trato, el amor y sus poderosos instintos.
¡Bueno, pagaría!
Al principio todo me pareció muy sencillo, pues no éramos pobres. Solamente minutos, horas después, me fui dando cuenta de la tarea sobrehumana que había echado sobre mis hombros. No estaría tan mal si yo tuviera tiempo de esperar a que la caja de chocolates Kugler naciera del vientre de la casualidad. Pero yo tenía un plazo, como el jugador de baraja que pierde. Era claro que no podía acercarme a Finny hasta que yo tuviera la caja de chocolates. Ella me miraría, entrecerrando sarcásticamente los ojos:
–¡Qué tal! ¿No te lo dije?
En esa época una caja de medio kilo costaba cuatro coronas. ¡Gran Dios! ¿Cómo iba yo a sacar esa fortuna del aire? Para mí no tenía importancia en ese momento el hecho de que Budapest estaba atravesando por una de las épocas más prósperas de su historia. Todo estaba en proceso febril de construcción: edificios, puentes, distritos nuevos. Pero los beneficios de este florecimiento económico me sacaban la vuelta. Yo estaba impotente. No tenía las cuatro coronas, ni siquiera idea de dónde poder conseguirlas. Naturalmente, mi timidez y mi galantería me hacían imposible el arrojo necesario para explicar mi cuita en mi hogar. Por otra parte, el camino a la perdición me era totalmente desconocido: el de vender mis libros a algún traficante en objetos de segunda mano.
Tenía que intentar lo imposible. Arrancarle algún dinero a la abuela. Esto era cosa muy difícil. Mi abuela era una mujer demasiado realista. Por otro lado, a mi madre, de alma más comprensiva, no podía yo acudir. Nunca tenía dinero. O no sabía su valor o no le gustaba o era despilfarrada; el caso es que todos sus ingresos se los daba a mi abuela, para que se los administrara.
Durante mucho rato di vueltas alrededor del sillón de mi abuela, en la sala. Al fin, reuní el suficiente valor para sostenerme frente a ella.
–Abuelita, necesito cuatro coronas…
Me miró. Los lentes redondos de sus anteojos brillaban ominosamente. Alargó su mano hasta su bolsillo y sacó su viejo portamonedas. Lo abrió, tomó cuatro coronas y las retuvo en su mano. Sin duda pensó que necesitaba las cuatro coronas para algún gasto escolar. Extendió la mano para dármelas y en el último instante se le ocurrió una cosa:
–¿Para qué?
Le di vueltas inútilmente. Al fin, dejé ir en borbotón desesperado mis palabras:
–¡No te puedo decir para qué! Pero, por mi palabra de honor, ¡es para una cosa muy importante! ¡De veras es importante, abuelita!
Los lentes brillaron de nuevo. Tronaron las bolitas de la cerradura de su portamonedas. Se inclinó nuevamente sobre el bordado. No me dio las cuatro coronas. Ni siquiera quiso humillar su dignidad de abuela para inquirir más a fondo en las tonterías de su nieto.
Desde entonces he pasado por peores cosas. Pero nunca, en treinta años, se me han podido olvidar aquellos terribles momentos que siguieron. Durante dos días tuve que esconderme de Finny. Me iba a la escuela desde el cuarto para las siete, para no encontrarla. Y por la tarde la espiaba a través de las cortinas. Estaba ella esperándome a mí y al chocolate, parada en el rellano, mientras el sol tostaba sus cabellos dorados.
Forjé muchos planes. Todos estaban mal. ¿Ahorrar cuatro coronas, sacándolas de los diez fillers que me daban para comer en la escuela? ¿Reunirlas con los quintos de domingo que me obsequiaban en casa? Todo eso era demasiado lento. Estúpido. Las vacaciones ya estaban por llegar, suspendiéndose así mi entrada por concepto de comidas. Y sabía que a fines de junio iríamos a Lovrana a veranear. ¿Qué podía yo hacer? En mi desesperación, llegué a pensar en el suicidio. Brincar desde el rellano hasta el pavimento del patio. Gritarle a Finny en el último instante, antes de estrellarme: “¡En lugar del chocolate!” No estaría tan malo eso. Ella bajaría corriendo al patio, y pondría mi cabeza sangrienta sobre sus rodillas, llorando.
Ya me estaba acostumbrando a la idea del suicido. De repente, entre mis pensamientos torturantes, se me ocurrió la manera práctica de conseguir el dinero.
Yo tenía un tutor, un estudiante del octavo año, llamado Pahocsa. Fue Pahocsa quien me había contado, hacía tiempo, algo sobre su dolor de muelas. Había ido a Buda, a la Hermandad Caritativa de frailes, y se la habían sacado gratuitamente. No tuvo más que depositar una caridad de diez fillers en la alcancía a la puerta. Me había hasta enseñado su muela extraída; la llevaba consigo en un bolsillo del chaleco, envuelta en papel de China. Era una enorme muela negra, con tres grandes raíces torcidas.
¡Ahí estaba la cosa! La Hermandad Caritativa sacaba gratis las muelas. Por otra parte, los dentistas profesionales en la ciudad cobraban por su trabajo. Por ejemplo, el dentista que había enderezado el año anterior mi colmillo chueco había cobrado seis coronas. Yo vi a mi abuela colocar esa cantidad sobre el escritorio del consultorio cuando salimos.
Era muy fácil el asunto. No tenía más que hacer que la Hermandad Caritativa me sacara una muela. Yo dejaba diez fillers en la alcancía. Y en mi casa, pedirle a mi abuela las seis coronas que un dentista me hubiera cobrado por la extracción.
El resto era únicamente cuestión de detalles. En primer lugar, debía simular un agudo dolor de muelas. Y, además, tenía que arreglármelas para que me dejaran ir solo a consultar al dentista. Solo, o a lo más, acompañado de mi tutor, que era un bastardo voraz y chapucero. Otros diez fillers comprarían su parte en la conspiración.
El hecho de que mi muela no dolía no tenía importancia. Tampoco el que yo fuera a sacrificar una muela joven, sana y fuerte. Porque era claro que tenía que sacármela de veras, si me iba a quedar con el dinero. Tendría que mostrarle a mi abuela la herida sangrante, y quizás, la muela también.
Comencé al mediodía mi plan. Dejé a un lado el tenedor sobre la mesa. Tomé agua y enjuagué la boca. Hasta abandoné la mesa, sin tomar el dulce de cereza que había estado esperando con ansia toda la semana.
Mi madre se sentó junto a mí en el sofá y me besó.
–Enséñame la muela que te duele –insistió mi práctica abuela, tratando de abrirme la boca.
–¡Déjenme solo! –exclamé con la petulancia a la cual tiene derecho el afligido.
Inmediatamente se celebró un consejo allí mismo para decidir lo que debiera hacerse, si llamar al doctor Brück, médico de la familia, o llevarme inmediatamente con el dentista. Yo tenía bien abiertos los oídos. Finalmente, el cónclave familiar llegó a la decisión de no tomar las cosas con tanta urgencia. ¿Extraerla? Sí, pero solamente en caso de que fuera absolutamente necesario. Por lo pronto, me dieron un gramo de aspirina, que me hizo sudar como un puerco.
A las tres y media de la tarde, cuando mi madre dormía la siesta, fui a ver a mi abuela a la cocina. Allí estaba, de pie en el centro, capitaneando la delicada operación de la cocinera, que guardaba en una jarra jugo de jitomate.
En la estufa, gigantescas ollas estaban hirviendo. Julia, la recamarera, y Mari, la cocinera, trabajaban con las mangas arrolladas en los brazos. En el suelo había una hilera de frascos por llenar.
Yo jugaba mi papel con sencillez, con pequeños artificios, como un gran actor trágico.
–No puedo aguantar más, abuelita –dije suavemente–. Si no me sacan la muela, me voy a volver loco.
Mi abuela me miró con impaciente lástima, viendo de reojo las ollas hirvientes.
–¡Bien! –exclamó–. Ponte el abrigo, te llevaré al dentista en cuanto arregle esto.
–¡Pero abuelita! –respondí angelicalmente– ¡Si no es necesario que vayas conmigo! Mi profesor de higiene es dentista y puedo ir a verlo solo.
–¿No tienes miedo?
–¿Yo? –exclamé con vanidad ofendida, mientras me hacía cruces sobre si había calculado bien el momento psicológico. ¿Tendrían los jitomates la suficiente fuerza para retener a mi abuela?
El jugo hervía cayendo a la lumbre. Su vapor se alzaba, chirriando, en nubes, al tocar las brasas. ¡No, esta lucha para hacer conservas no podía abandonarse en su clímax! Mi abuela, suspirando por no poder partirse en dos, me dio cuatro coronas. Y solamente eso, porque ella misma había voluntariamente disminuido los honorarios del dentista. Siempre había sido una persona muy parsimoniosa.
Ya tenía el dinero. Lo aprisionaba con avidez en el bolsillo. Lleno de felicidad corrí escaleras abajo. Abrí la reja y me encaminé hacia Buda, en dirección del puente Margit. Mi tutor me había explicado al detalle la dirección de la clínica de la Hermandad Caritativa.
Hacía un tiempo hermosísimo, hasta era una felicidad caminar por la avenida. Pagué con gusto los cuatro filler del puente, al cruzarlo, y seguí silbando de contento, soñando en la bien amada. ¿Qué iría a decir Finny cuando, en la opaca luz del rellano, le diera la caja de chocolates con un gesto de indiferencia?
–¡Oh, sí! ¡Se me había olvidado! ¡Aquí está la caja de chocolates Kugler que apostamos!
Fui llegando a los prados del parque St. Lukács cuando entró en mi corazón el miedo. Sí, iba a ser hermoso mirar a los ojos dulces y llenos de admiración de Finny. Pero antes había que pasar por otra cosa.
Ya había llegado a Buda. Este era el parque frente al cual estaba la clínica. ¡Allí me iban a sacar la muela!
Me detuve. Me senté en una banca del parque. Sentía algo raro en el estómago. ¿Cómo iba a ser la cosa? ¿Dolería mucho? ¿Y qué muela me deberían sacar? No lo dudé un momento: una de las de atrás. Sí, eran las más fuertes, tenían las raíces más grandes; pero uno tenía que pensar en la buena presentación. ¿Cómo podría yo pararme frente a Finny faltándome un diente?
Mi valor se abatía más cada momento. Veinte veces pasé frente a la puerta de la clínica, sin atreverme a entrar.
¿Regresaría a mi casa, devolviendo el dinero y declarando que mi dolor de muelas había desaparecido? ¡No! ¿Les contaría una mentira? Que había perdido el dinero, que no me habían tenido que sacar la muela, que sólo me la habían curado? Presentía yo que estas no serían buenas razones. Darían motivo a sospechas, a complicaciones. Todo se descubriría, quizá. Por otra parte, si yo llegara a mi casa sin muela, todo mundo estaría convencido.
La vida se movía frente a la puerta de la Hermandad Caritativa. Observaba yo las caras verdes, enfermas, vendadas, entristecidas de quienes entraban, y los rostros alegres, sanos, sonrientes, de quienes salían.
Todo el asunto no podría tener tanta importancia. ¡Era sólo cosa de diez minutos! La figura de Finny se me apareció en una tenue nube. Entré.
Con voz temblorosa le pregunté al primer monje que pasaba, si era cierto que en ese lugar me podrían extraer una muela sin cobrarme nada.
El monje se volvió hacia mí, sonrió amablemente (tenía dos dientes de oro), y me acarició la cabeza.
–Sí, pequeño, es cierto. En esta casa de Dios damos curación gratuita a los enfermos pobres. Entra por esa puerta –y apuntó a unos cristales ante los que esperaban tres mujeres. Sus cabezas estaban atadas con pañuelos. Una apretaba el suyo contra la mejilla y las otras dos la instaban a entrar al consultorio.
Mis orejas se pusieron rojas de vergüenza. ¿Era yo uno de los “enfermos pobres”? ¡Yo tenía el dinero en mi bolsillo! ¡Estaba robándoles a los verdaderamente pobres! Me propuse dejar no diez sino ochenta fillers en la urna. Y entré en la sala de espera, que estaba llena de pacientes, letárgicos los unos, impacientes los otros.
Parece que los enfermos eran introducidos en grupos de siete. El caso es que tuve que esperar como cuatro horas antes de que se me instara a unirme al grupo en turno.
Para entonces se había apoderado de mí el espanto. Había estado oyendo los quejidos desgarradores de las víctimas. Confieso que muchas veces estuve a punto de brincar de mi asiento, abandonándolo todo, dinero, amor, honra, para salir disparado con mis treinta y dos piezas en la boca. Todavía no puedo adivinar cómo tuve la fuerza para controlarme, para resistir el sufrimiento de la espera, para presentarme al fin ante el monje dentista, más muerto que vivo, ante la ventana amplia que dejaba caer su luz sobre la silla de torturas.
El monje, flaco como los personajes de Fra Lippo Lippi, habló con voz sonora:
–¿Qué diente te duele, muchacho?
–Éste, atrás, del lado izquierdo –respondí temblando.
–Siéntate, pequeño –ordenó el monje, ayudándome a subir a la silla, que era como una máquina, con soportes para mis pies. Me senté en ella. El mecanismo funcionó y comencé a alzarme en el aire. Mi corazón casi detuvo sus palpitaciones y me agarré fuertemente de los brazos del sillón.
–Haz para atrás la cabeza y abre la boca –indicó el monje con su voz ronca y sonora.
Obedecí con los ojos cerrados. Sentí cómo palpaba en mi boca con un objeto frío y metálico que me hizo estremecer. Era solamente el espejo. El monje observó todos mis dientes.
–No veo nada malo en ninguno de ellos. Todos están sanos. ¡Lástima sería sacar alguno! –me dijo con voz amable.
Mis manos se helaron de terror. ¿Abandonaría la empresa en este momento? ¿Me iría después de haber logrado llegar hasta allí? Me quejé:
–¡Pero si me duele mucho!
El monje se inclinó nuevamente sobre mi boca, con la cara seria. Metió su mano enorme, palpando.
–¿Es ésta la muela que te duele?
–¡Ésa, ésa me duele!
El monje se encogió de hombros, murmurando:
–¿Qué le pasará? No hay inflamación siquiera. La encía está normal y sana…
Pero no tenía tiempo de prolongar el examen. Había una multitud de pacientes esperándolo. Yo estaba quejándome en la silla. ¡Bueno, sí dolía, era que dolía! Tenía que sacarla, pues.
Vi que dejaba a un lado el espejo, tomando en su mano otro implemento, escondiéndolo de mi vista, casi con ternura, para evitarme el verlo.
Esto fue lo más horrible. El olor a éter, el algodón sangriento en la cubeta junto a la silla. Sentía ganas de vomitar. Palidecí intensamente, poniéndome como una hoja de papel, porque el monje había comenzado a consolarme previamente:
–¡No tengas miedo! ¡Es sólo como el piquete de una abeja! ¡Aguántalo como un soldado!
Tuve que abrir nuevamente la boca, recargar mi cabeza hacia atrás.
Vi la cara seria del monje, su cabeza tonsurada, al introducir con cuidado en mi boca el objeto brillante y metálico. El acero frío se acomodó firmemente alrededor de mi última muela, apretándola brutalmente. Algo tronó, como si una raíz profunda me hubiera sido arrancada del cerebro.
Grité como un loco.
Pero se había callado el eco de mi grito, cuando todo estaba terminado. El monje, humildemente, me tendía un vaso de agua.
–Enjuágate la boca, pequeño. Aquí está tu muela.
Y me mostraba la muela de raíces rojas.
–No veo nada malo con la muela. ¿Por qué te dolería?
Yo escupí el agua tibia, escarlata, en la cubeta.
–No sé. Me dolía. ¡Pero ya no me duele! ¡Muchas gracias! –exclamé agradecido.
El monje lavó la muela, la limpió, extendiéndomela:
–Tómala para recuerdo –añadió sonriente.
Me incliné:
–¡Muchas gracias! –y añadí temerosamente– Por favor, quisiera poner algo en la alcancía.
Yo era aún muy pequeño. Mis ojos estaban muy abiertos con el susto que había pasado.
El monje me despidió con benevolencia:
–¡Está bien, muchacho, no es necesario!
Y se volvió hacia el siguiente enfermo, un cartero viejo y polvoriento, de barba gris, que ya esperaba junto al sillón.
Eso fue todo. Todo había terminado. Afuera, en el parque St. Lukács, todo estaba igual que antes. Ahora comenzó mi gozo. Fui corriendo a la tienda de Gizella a comprar los chocolates. Cosa fácil. Al cruzar el puente, con mi navaja le hice un agujero a la muela. Con mi lápiz lo ennegrecí. La arreglé como una muela vieja, podrida, con un estupendo hoyo negro en medio.
Tuve la caja de chocolates escondida bajo mi almohada hasta las seis de la tarde. Luego vi a Finny salir al rellano. Metí la caja bajo mi blusa y salí a reunirme con ella.
Debo decir que nuestro encuentro no fue como yo me lo había imaginado. No pude ponerme a la altura de la situación. Sentí, en el último momento, que el darle los chocolates era una cosa llena de vanidad despreciable. Había querido ser sofisticado, hacer una montaña de un hormiguero.
–Aquí está. El chocolate. Acuérdate de que te dije que tú no me conocías.
Pero lo haya hecho como lo haya hecho, el caso es que Finny se impresionó bastante. En vano arrugó con desprecio su boca; vi claramente la avidez con que tomó la caja. Era una mujer, después de todo. Y desde entonces he confirmado la amarga verdad de esa observación: todo lo que se necesita es darles algo y, al instante, crecemos ante sus ojos hasta constituirnos en una admirable mezcla de don Juan, Apolo y Napoleón.
Finny atrajo la caja hacia ella.
–¿Cuánto costó? –preguntó llena de curiosidad.
Con la punta de la lengua me toqué la herida. Y contesté con facilidad fingida:
–¡Oh, una bagatela! No me acuerdo.
Pude ver, en los ojos ligeramente bizcos de Finny, que ella comprendió la idea. Desgraciadamente, no pudimos platicar más. La criada salió, gritando:
–¡Finny, por favor! ¡Te llaman!
Finny me dio la mano. La primera vez en la historia de nuestro amor. Y luego se escurrió por la puerta de su apartamento, la caja bajo el brazo.
Felices fueron las horas después. Mucho tiempo estuve acostado sobre mi cama, soñando. ¡Qué maravilloso sería encontrarme con ella, a la mañana siguiente, en el tranvía!
¡Verla! Sería todo muy distinto de lo que había sido antes… ¡Pero que nunca descubriera ella lo de mi muela! Nunca quisiera que ella supiese. Pero yo sabía, sentía, el heroísmo de mi acto y, perdóneme el mundo mi vanidad, esperaba una recompensa.
Al día siguiente, en el tranvía, tuve una terrible sorpresa. Finny se portó fríamente conmigo. Más que fríamente, con hostilidad.
En otras ocasiones había siquiera respondido a mi saludo. Pero ahora ni siquiera me dio la oportunidad de mirarla. Volvía su cara hacia la ventanilla. Al llegar a la Basílica, bajó por la plataforma delantera, en lugar de bajar por atrás, donde yo esperaba ansioso para ver qué hacía al pasar frente a mí.
Esto sucedió el sábado. El domingo no hubo clases, como es natural, de manera que no nos vimos. El lunes era una fiesta judía y Finny no fue a la escuela.
Por fin, el martes la esperé en una emboscada y la sorprendí, saludándola. Ella hizo como que no me había visto.
Era positivamente una desvergüenza el modo de portarse de la pequeña gatita, fingidora y mañosa.
Mi corazón estaba apesadumbrado. No entendía el motivo de su actitud. Sólo la miré estúpidamente, mi lengua en el pequeño hueco que dejó mi muela.
Quizá había pasado una semana, cuando una tarde sorprendí a Egon, hermano menor de Finny, en el rellano. Era un pequeño diablillo de ocho años, que frecuentemente había interrumpido nuestros dúos románticos con su presencia importuna.
Pero esta vez tuve gusto en encontrármelo.
–¡Qué pasa, Egon! –le pregunté adoptando un aire de indiferencia– ¿Qué le ha pasado a Finny? No la he visto hace años…
Egon volvió su cara hacia mí, llena de insulto irónico, brillante de alegría al poder informarme:
–A Finny le dieron de cachetadas.
–¿Quién le pegó? –pregunté horrorizado.
–¡Mamá! –respondió encantado, y añadió sonriendo salvajemente–, por lo del chocolate. ¿Cómo se atrevió a recibir obsequios de un muchacho extraño?

Nunca volví a ver a Finny. Vino el verano, y luego su familia cambió de domicilio. Pero tengo la seguridad de que mi aventura con ella ha tenido una influencia decisiva en mi vida amorosa. Por lo menos, frecuentemente me he sorprendido, cuando he estado a punto de enamorarme, tentando instintivamente con la punta de la lengua, ¡el hueco de mi muela aquella de hace treinta años!
Puedo sentir el hueco. Aquel viejo dolor y desencanto. Y con eso tengo para portarme con circunspección y con tanto tacto, que no hay mujer, no importa en qué grado desesperada, que vea útil el enamorar a un viejo tan cobarde como yo.


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