viernes, 20 de enero de 2017

El último de los salvajes

Roger Zelazny


Rodando a través del sueño de tiempo y polvo llegaron ellos, bajo un cielo frío, azul, profundo como un lago sin fondo, el sol una quebrada y ardiente destrucción sobre las montañas occidentales; el viento un azote de danzantes diablos de arena, el frío viento turquesa del lejano oeste, viento hechicero. Corrían sobre neumáticos pelados, escorados sobre sus resortes quebrados, sus cuerpos magullados, colores desvaídos, ventanas agrietadas, sombras en negro y gris y blanco, fluyendo tras ellos hacia el interior de la región norteña por donde habían conducido ese día. Y después la línea perseguidora de vehículos, dedos de fuego encorvándose, interconectando por arriba, por delante de ellos. Y llegaron, rezagados y averiados, maldecidos desde la flor de la edad a la vejez, de relámpagos a quemados, ignorados por sus compañeros fugitivos…
Murdock apoyaba su estómago sobre la loma y miraba avanzar a la jauría con los poderosos prismáticos. En el arroyo tras él, el Ángel de Muerte; todo crema y cromo y vidrio a prueba de balas, luciendo un cañón láser y dos bandas de armadura resistente a los cohetes penetrantes; parecía un espejismo ajeno a la tierra brillando al sol, vibrante, arrastrando contra la realidad.
Era una región de colinas, crestas extensas, cañones profundos hacia los que ellos se dirigían. Pronto se enfrentarían con una alternativa. Podrían pasar por el cañón bajo él, o podrían entrar en otro más lejano, al este. También podrían dividirse y tomar ambos pasos. El resultado sería el mismo. Otros observadores armados estaban situados sobre otros cerros, esperando.
Mientras miraba para observar cuál sería la opción, la mente de Murdock vagó sobre los quince años anteriores, desde la destrucción del Coche del Diablo en el cementerio de automóviles. Él había consagrado su vida, durante veinticinco años, a la persecución de los salvajes. Durante aquel tiempo se había convertido en la principal autoridad mundial en manadas de coches: sus hábitats, su psicología, sus métodos de mantenimiento y repostaje… aprendiendo virtualmente todo lo concerniente a sus caminos, salvo lo referente a la naturaleza precisa del defecto inicial que un año fatal había llevado al programa aberrante de comunicación por radio, que se extendió como un virus entre los vehículos informatizados. Algunos, aunque no todos, eran susceptibles a él, estirando la analogía de la enfermedad con una vuelta de tuerca de más. Y algunos se recuperaron, fueron encontrados de vuelta en el garaje o estacionados una mañana frente a las casas, abollados pero aún útiles, renuentes a narrar los sucesos de días anteriores. Para los salvajes, muerte e incursiones, estaciones de servicio convertidas en fortalezas, distribuidores en campamentos armados. El Caddy negro incluso había llevado dentro de él los restos del chofer que había monoxado tiempo atrás.
Murdock podía sentir las vibraciones bajo él. Bajó los prismáticos –ya no los necesitaba– y miró fijamente a través del viento azulado. Después de unos instantes más podría oír el sonido, así como sentir –a través de mil motores rugiendo, engranajes girando, sonidos de raspones y choques– cómo la última manada salvaje se apresuraba hacia su condena. Durante un cuarto de siglo él había perseguido este día, desde que la muerte de su hermano lo había puesto en el camino. ¿Cuántos automóviles había usado? Ya no podía recordarlo. Y ahora…
Recordó sus días de rastrear, acechar, observar y anotar. La paciencia, el autodominio requerido, la exigencia de retenerse cuando lo que más deseaba era la destrucción inmediata de su caza. Pero había obtenido un beneficio del aplazamiento; este día era el premio, el día en que vería el paso del último de ellos. Aunque las cosas que recordaba habían dejado huellas extrañas en la senda por la que había viajado.
Al mirar su avance, recordó las luchas por la supremacía que él había presenciado dentro de las manadas que había seguido. A menudo el automóvil derrotado se retiraba sólo después de que estaba claro que estaba vencido; el radiador destrozado, el portaequipajes descolgado, los faros quebrados, el cuerpo arrugado y goteando. El nuevo líder correría entonces en amplios círculos, sonando el claxon, el signo de su victoria, de su dominio. El derrotado, negada la reparación por el abastecimiento de la manada, algunas veces se arrastraría detrás de la jauría, un desterrado. De vez en cuando podría ser aceptado de nuevo si localizaba algo de valor haciendo una incursión. Más a menudo, sin embargo, vagaba por las Llanuras, no volviendo a ser visto móvil de nuevo. Él había rastreado uno una vez, preguntándose si habrían hecho a su manera algún nuevo cementerio de automóviles. Le sorprendió verlo aparecer de repente sobre una colina, enfrentado hacia la cara que se alzaba sobre una garganta profunda, girando sus engranajes, revolucionado su motor, y acelerando, lanzándose por encima del borde, estrellándose, rodando, y ardiendo abajo.
Pero recordó otra ocasión en que el ganador no se estableció sino tras una victoria absoluta. El sedán azul se había acercado hasta donde estaba situado el crema, en un montículo bajo junto a cuatro o cinco automóviles deportivos estacionados. Girando sus ruedas, sonó su desafío desde una distancia de varios cientos de metros, luego giró y cortó a través de un semicírculo, y empezó su aproximación. El crema empezó una serie de maniobras similares, rodando y tocando la bocina, haciendo giros como respuesta al desafío. Los coches deportivos se retiraron apresuradamente a los lados.
Ambos trazaron curvas casi como si dibujaran, en un círculo rápidamente decreciente. Finalmente el crema golpeó, aplastando el guardabarros delantero izquierdo del vehículo azul, ambos girando y deslizándose, revolucionando sus motores. Luego se separaron de nuevo, amagando y avanzando a corta distancia, frenando, revolviéndose, retrocediendo, avanzando.
El segundo encuentro dejó fuera el piloto trasero izquierdo del vehículo azul y su parachoques trasero suelto. Aunque se recuperó rápidamente, se volvió, y golpeó el costado del crema, horadándolo parcialmente. Inmediatamente se retiró y golpeó de nuevo antes de que el otro se hubiera recuperado completamente. El crema se soltó violentamente, y rodó alejándose marcha atrás. Conocía todos los trucos, pero el otro siguió apresurándose, llegando más rápido ahora, golpeando y retirándose. Violentas sacudidas sonoras llegaban desde el crema, pero continuó su circulación, sus fintas; la luz del sol a través del polvo levantado le daba un aspecto bruñido, como de oro muy viejo. Su siguiente embestida arrugó el lado derecho del vehículo azul. Sonó su claxon mientras lo perseguía y comenzaba un giro exterior.
El coche azul ya se estaba moviendo en esa dirección, sin embargo, vomitando grava por debajo de sus ruedas traseras, bramando firmemente su cuerno de destrucción. Brincó adelante golpeando por segunda vez al crema en el mismo lado. Cuando se retiró, el crema se revolvió para huir, su claxon repentinamente silencioso.
El coche azul dudó sólo un momento, luego aceleró tras él, chocando contra su parte posterior. El crema se apartó goteando aceite, batiendo las puertas descuadradas. Pero el azul lo siguió y golpeó de nuevo. Se desvió, pero el azul torció, describió un pequeño arco, y aún le pegó de nuevo en el mismo lado que la vez anterior. Esta vez el crema se detuvo a causa del golpe, el vapor asomando desde el interior de su capota; esta vez, cuando el azul reculó, ya no era capaz de huir. Acelerando bruscamente, el azul machacó una vez más su maltratado costado izquierdo. El impacto lo levantó del suelo y lo volteó sobre el declive que descendía abruptamente a su derecha. Rodó de lado, volteando y rebotando, hasta que se detuvo con un fuerte golpe contra su lateral. Momentos después su tanque de combustible explotaba.
El automóvil azul se había detenido y había enfrentado el declive. Levantó una antena desde cuya mitad se desplegaban una docena de sensores, tótem mágico brillando débilmente en el aire saturado de humo. Después de un tiempo replegó los sensores y bajó la antena. Luego produjo un clamoroso estruendo de claxon y se marchó para acorralar a los coches deportivos.
Murdock recordaba. Puso los prismáticos en su funda mientras la manada se acercaba al punto crítico. Ahora podía ya distinguir a los miembros individuales, a cada uno. Formaban un grupo de pobre aspecto. Mirándolos, recordó los puntos de mejora que había llegado a ver a través de los años. Cuando sus provisiones de piezas habían sido más grandes, habían empleado sus manipuladores externos para modificarse en algunas formas espléndidas y letales. Kilómetro a kilómetro, los salvajes se habían ido haciendo superiores a cualquier posible resultado del transcurso normal de producción.
Todos los coche-exploradores, por supuesto, iban armados, y en los primeros días habían experimentado con algunos de ellos. Habiendo descubierto una jauría pequeña, aislaron a varios de los mejores y destruyeron al resto. Desconectando los compartimentos pensantes, pudieron tener compañeros, conduciéndolos al estado anterior. Pero los intentos de rehabilitación habían sido algo menos afortunados. Incluso una completa limpieza, seguida de reprogamación, no pudo hacer a los individuos susceptibles inmunes a la recaída. Murdock recordó incluso a uno que se había comportado normalmente durante casi un año, hasta que un día en medio de un atasco monoxó a su chófer y volvió a las colinas. La única alternativa era eliminar la unidad computacional entera y reemplazarla con una nueva; lo que apenas merecía la pena, ya que su valor era con mucho mayor que el del resto del vehículo.
No, no había habido ninguna respuesta en esa dirección. O en cualquier otra, excepto el camino que él había seguido: rastrear y atacar; la destrucción sistemática de las manadas. A lo largo de esos años, su respeto por la destreza y osadía de los líderes de las manadas había crecido. Cuando los salvajes disminuyeron en número, su ferocidad y astucia habían alcanzado niveles de leyenda. Hubo noches, mientras dormía, que soñó con él mismo como un coche salvaje, armado, corriendo por las Llanuras, líder de una manada. Había sólo otro coche, uno rojo, en aquellos momentos.
La manada inició su giro. Murdock vio, con una súbita punzada de pesar, que se estaba dirigiendo hacia el lejano cañón oriental. Tironeó de su barba entrecana y maldijo mientras alcanzaba su bastón y empezaba a levantarse. Bueno, todavía habría tiempo suficiente para llegar a lo alto del próximo cañón para eliminarlos, pero… ¡No! ¡Algunos de ellos estaban separándose, tomando esta dirección!
Sonriendo, se irguió y cojeó rápidamente hacia el pie de la colina, donde le esperaba el Ángel de Muerte. Oyó estallar las minas mientras subía en el vehículo. El motor empezó a ronronear.
–Hay unos pocos en el siguiente cañón –le llegó la suave, bien modulada voz masculina de su máquina–. He estado monitorizando a todas las bandas.
–Lo sé –contestó, guardando su bastón–. Dejemos que vayan en esa dirección. Algunos lo atravesarán.
Las trabas de seguridad se cerraron de golpe en su sitio alrededor de él cuando empezaron a moverse.
–¡Espera!
El vehículo blanco se detuvo.
–¿Qué quiere?
–Te estás dirigiendo al norte.
–Debemos hacerlo, salir de aquí y entrar en el próximo cañón con los otros.
–Hay algunos cañones laterales conectados hacia el sur. Ve en esa dirección. Quiero golpearlos allí.
–Eso implica algún riesgo.
Murdock rió.
–He vivido con el riesgo un cuarto de un siglo, esperando este día. Quiero estar allí el primero para el fin. ¡Ve al sur!
El automóvil giró a través de una desviación y se dirigió hacia el sur.
Cuando cruzaron a lo largo del fondo de arena del arroyo, Murdock preguntó:
–¿Oyes algo?
–Sí –llegó la contestación–. Los sonidos de aquéllos que fueron destruidos por las minas, los lamentos de los que pasaron a través de ellas.
–¡Sabía que algunos lo harían! ¿Cuántos? ¿Qué están haciendo ahora?
–Continúan su camino hacia el sur. Tal vez varias docenas. Quizás muchos más. Es difícil estimarlo por las transmisiones.
Murdock se rió entre dientes.
–No tienen ninguna vía de escape. Tendrán que volverse antes o después, y nosotros estaremos esperando.
–Yo no estoy seguro de que pudiera vérmelas con un ataque en masa de tantos; incluso aunque a la mayoría le falten los armamentos especiales.
–Sé lo que estoy haciendo –dijo Murdock–. Yo escogí el campo de batalla.
Escuchó los amortiguados sonidos de explosiones distantes.
–Prepara los sistemas de armas –anunció–. Algunos de ellos podrían localizar la dirección que estamos tomando.
Una banda doble de luces amarillas parpadeó apagándose en el cuadro de mandos y fue reemplazada por una fila doble de verdes. Casi inmediatamente éstas se debilitaron y fueron seguidas por dos líneas de puntos estables, rojos.
–Listo encendido cohetes –llegó la voz del Ángel.
Murdock extendió la mano y tiró de un interruptor.
Se encendió también una luz más grande; anaranjada y pulsando débilmente.
–Listo cañón.
Murdock tiró de un interruptor grande al lado de una empuñadura de pistola colocada debajo de él en el cuadro.
–Mantendré esto en manual por ahora.
–¿Es eso prudente?”
Murdock no contestó. Durante un momento miró las bandas de estratos rojos y amarillos a su izquierda; un velo de sombra se arrastraba lentamente, elevándose sobre ellos.
–Despacio ahora. Los caminos laterales están a punto de llegar. Deben estar allí a la izquierda.
Su automóvil empezó a reducir la velocidad.
–Creo que he detectado uno delante.
–El siguiente no. Está ciego. Hay otro justo después de ése. Ve por él.
Continuaron aminorando mientras pasaban la boca de la primera abertura a la izquierda. Estaba oscuro y se cerraba en un ángulo abrupto.
–He detectado el siguiente.
–Muy lentamente ahora. Destruye cualquier cosa que se mueva.
Murdock se inclinó hacia adelante y agarró el puño de la pistola.
El Ángel frenó y giró, avanzando hacia el interior de un paso estrecho.
–Oscuro con las luces listas. Ninguna transmisión de ninguna clase. Mantente oscuro y callado.
Se movieron a través de un callejón de sombras; las explosiones distantes se habían convertido en un latido, más sentido que oído ahora. Los muros pétreos se elevaban a ambos lados. Su curso se desvió a la derecha y después a la izquierda.
Otra vuelta a la derecha, y allí había una zona de claridad y una larga línea de visión.
–Para aproximadamente tres metros antes de que se abra –dijo Murdock, y no se dio cuenta hasta unos momentos después de que apenas había susurrado.
Se deslizaron adelante y se pararon.
–Mantén el motor en marcha.
–Sí.
Murdock se apoyó hacia adelante, asomándose hacia el cañón más grande que corría en ángulo recto respecto al suyo. El polvo colgaba en el aire oscuro, lóbrego abajo, brillante el más alto, donde los rayos del sol todavía podían alcanzarlo.
“Ya pasaron” reflexionó, “y pronto deben comprender que están en una caja; una grande, pero una caja. Entonces se volverán y regresarán y nosotros abriremos fuego contra ellos.” Murdock miró a la izquierda.
–Hay un sitio bueno justo allí para que se coloque alguno de los nuestros y los espere. Será mejor que entre en contacto y se lo haga saber. Usa un desmodulador nuevo esta vez.
–¿Cómo sabes que regresarán? Quizás se queden allí y te hagan ir por ellos.
–No –dijo Murdock–. Los conozco demasiado bien. Correrán así.
–¿Estás seguro de que no hay algún otro desvío?
–Ninguno que vaya al oeste. Puede haber alguno que se dirija al este, pero si lo toman, se verán envueltos en la otra trampa. De cualquier modo, ellos pierden.
–¿Qué pasa si algunos de esos otros cortan por este camino?
–El mejor, el más divertido. Consígueme esa línea. Y mira lo que puedes captar de la manada mientras estoy hablando.
Poco después estaba en contacto con el comandante del ala sur de los perseguidores, pidiendo una escuadra armada y vehículos blindados para ser colocados en el punto designado por él. Fue informado de que ya estaban camino al cañón occidental en busca de los vehículos observados entrando allí. El comandante les transmitió el mensaje de Murdock y le dijo que estarían dentro en cuestión de minutos. Murdock todavía podía sentir las ondas de choque procedentes de las muchas explosiones en el cañón oriental.
–Bien –dijo y cortó la transmisión.
–Llegaron al final –anunció el Ángel poco después–, y están dando vueltas. Oigo sus transmisiones. Están empezando a sospechar que no hay ninguna vía.
Murdock sonrió. Estaba mirando a su izquierda, por donde el primero de los vehículos perseguidores acababa de hacerse visible. Alzó el micrófono y empezó a dar instrucciones.
Mientras aguardaba, se dio cuenta de que en ningún momento de su espera había relajado la presión sobre el mango de la pistola. Retiró la mano, limpió su palma en los pantalones, y la devolvió al arma.
–Están volviendo, ahora – dijo el Ángel–. Giraron y regresan en esta dirección.
Murdock volvió la cabeza a la derecha y esperó. La destrucción se había prolongado casi un mes, y hoy debía ser el último día. Fue repentinamente consciente de cuán cansado estaba. Un sentimiento de depresión empezó a apoderarse de él. Miró fijamente las pequeñas luces rojas y la más grande, pulsante, anaranjada.
–Podrás verlos en un momento.
–¿Puedes decir cuántos hay?
–Treinta y dos. No, corrección… treinta y uno. Están acelerando. Sus conversaciones indican que anticipan una intercepción.
–¿Ha pasado alguno por el cañón oriental?
–Sí. Había varios.
El sonido de sus motores llegó a él. Escondido allí en el cuello del barranco, vio al primero de ellos –un sedán oscuro, abollado y tambaleante, la mitad de su techo y la salpicadera más cercana colgando fuera de sitio–; llegaba por la curva del cañón. Retuvo su fuego mientras se acercaba, y pronto le siguieron los otros; avanzando rápidamente, emitiendo vapor, goteantes y cubiertos de abolladuras y manchas de óxido, ventanas rotas, capotas perdidas, puertas sueltas. Un sentimiento extraño inundó su pecho al recordar los ejemplares más espléndidos de las grandes jaurías que él había perseguido infatigablemente a lo largo de los años.
Aún contuvo su fuego, incluso cuando el primero de la línea se perfiló frente a él, y sus pensamientos se remontaron al negro y brillante Coche del Diablo y a Jenny, la Dama Escarlata, con la que él lo había cazado.
El primero de la manada alcanzó el lugar donde esperaban los emboscados.
–¿Ahora?
Preguntó el Ángel, justo mientras el primer escape apagaba su sonido hacia la izquierda.
–Sí.
Abrieron fuego y comenzó la destrucción, automóviles frenando y desviándose entre sí, el cañón repentinamente iluminado por media docena de llameantes ruinas; una docena; dos.
Uno tras otro fueron detenidos, quemados. Tres de los emboscados fueron destruidos por choques directos. Murdock usó sus cohetes y empleó el láser sobre los restos amontonados. Cuando la última ruina estalló en llamas él supo que, aunque no eran demasiado comparados con los grandes que él había conocido, nunca olvidaría cómo habían preparado su final, corriendo sobre neumáticos pobres, suspensiones rotas, transmisiones goteantes, y odio.
De repente giró el láser y lo disparó atrás, a lo largo del cañón.
–¿Qué sucede? –preguntó el Ángel.
–Hay otro allí. ¿No lo ves?
–Estoy verificando ahora, pero no descubro nada.
–Se iba por esa dirección.
Avanzaron y doblaron a la derecha. La radio crujió en ese momento.
–Murdock, ¿dónde vas?
Le llegó desde uno de los emboscados de atrás.
–Pensé que había visto algo. Voy a seguir para comprobarlo.
–No puedo darte escolta hasta que limpiemos un poco estos destrozos.
–Está bien.
–¿Cuántos cohetes tienes?
Echó una nueva ojeada al tablero, donde la única luz que lucía era anaranjada y pulsando firmemente.
–Suficientes.
–¿Por qué no esperas?
Murdock se rio entre dientes.
–¿Piensas realmente que alguno de esos cacharros podría tocar siquiera algo como el Ángel? No estaré mucho tiempo.
Se acercaron a la curva y doblaron. La última luz del sol hería los puntos más altos del borde oriental sobre su cabeza.
Nada.
–¿Ves algo? –preguntó.
–No. ¿Quieres una luz?
–No…
Más lejos al este los sonidos de disparos estaban disminuyendo. El Ángel aminoró cuando se acercaron a una ancha franja de oscuridad a la izquierda.
–Este barranco puede atravesarse. ¿Nos volvemos aquí o continuamos adelante?
–¿Puedes descubrir algo dentro de él?
–No.
–Entonces sigue adelante.
Su mano todavía en la empuñadura, Murdock movía la gran arma ligeramente con cada giro que realizaban, cubriendo las áreas más probables de oposición en lugar del punto directamente delante.
–Esto no me gusta –anunció finalmente–. Necesito una luz. Dame el punto superior.
Al instante la vista ante él estuvo brillantemente iluminada: piedras oscuras, estrados anaranjados de piedra, los muros rayados casi un paisaje de coral marino a través de las olas de polvo en suspensión.
–Creo que alguien ha estado por aquí más recientemente que ésos que hemos quemado.
–¿No ven a veces las personas cansadas cosas que realmente no están allí?
Murdock suspiró.
–Sí, y yo estoy cansado. Eso puede ser. De todas formas toma la próxima curva.
Continuaron adelante, torciendo.
Murdock hizo girar el arma y disparó, destruyendo piedra y arcilla de la esquina de la siguiente revuelta.
–¡Allí! –gritó–. ¡Tienes que haber recogido eso!
–No. Yo no detecté nada.
–¡No puedo estar rajándome a estas alturas! ¡Yo lo vi! Verifica tus sensores. Algo debe estar apagado.
–Negativo. Todos los sistemas de detección informan de buen estado.
Murdock descargó su puño contra la salpicadera.
–Sigue adelante. Hay algo allí.
El terreno estaba revuelto ante ellos. Había demasiadas huellas para narrar una sola historia.
–Lentamente ahora –dijo él cuando se acercaron la siguiente curva–. Puede que uno de ellos tenga algún tipo de equipo o alguna cosa para bloquearte. Deseo saberlo. ¿O estoy viendo realmente fantasmas? Yo no veo qué…
–Hondonada a la izquierda. Otra a la derecha.
–¡Más lento! Activa el reflector cuando pasemos por ellas.
Se movieron por la primera, y Murdock giró el arma para seguir la luz. Había dos entradas laterales que se alejaban del barranco antes de la revuelta.
–Podría haber algo allí –meditó en voz alta–. No hay manera de determinarlo sin entrar. Echemos una mirada al siguiente.
Rodaron adelante. La luz se movió de nuevo, y lo mismo hizo el arma. La segunda abertura parecía ser demasiado estrecha para alojar un coche. Corría recta sin bifurcarse, y no había nada raro en cualquier parte que se mirara de su interior.
Murdock suspiró de nuevo.
–No sé –dijo–, pero el final está justo sobre la próxima curva; una gran caja de cañón. Entra directamente. Y estate listo para acción evasiva.
La radio crujió.
–¿Todo bien? –llegó una voz desde la escuadra de emboscada.
–Todavía comprobando –dijo–. Nada hasta ahora. Sólo un poco más para mirar.
Interrumpió la conexión
–No mencionaste…
–Lo sé. Estate listo para moverte muy rápido.
Entraron en el cañón, barriéndolo con la luz. Era un lugar ovalado, su eje mayor quizás de cien metros. Varias piedras grandes situadas casi en su centro. Había varios boquetes oscuros en su perímetro. Los taludes se apoyaban firmemente al pie de las paredes.
–Ve directo. Lo rodearemos. Esas rocas y las aberturas son los lugares donde mirar.
Habían recorrido alrededor de un cuarto del camino cuando oyó el alto, cantarín sonido de otro motor funcionando. Murdock volvió la cabeza y miró quince años en el pasado.
Un bajo y rojo sedán Swinger había entrado en el cañón y había estado maniobrando en su dirección.
–¡Corre! –dijo–. ¡Está armada! ¡Deja las piedras entre nosotros!
–¿Quién? ¿Dónde?
Murdock pasó de golpe el interruptor de mando a manual, asió el volante, y pisó el acelerador. El Ángel brincó adelante, revolviéndose, justo cuando las ametralladoras de calibre cincuenta brillaron bajo los oscurecidos faros del otro vehículo.
–¿Ahora la ves? –preguntó mientras la ventana trasera se adornaba de estrellas y él sentía el sordo impacto de los golpes en alguna parte trasera del vehículo.
–No completamente. Hay alguna clase de pantalla, pero puedo evaluar basado en eso. Devuélveme los mandos.
–No. Las estimaciones no son suficiente con ella –contestó Murdock, torciendo abruptamente para poner las piedras entre él y el otro.
El coche rojo llegó rápidamente, sin embargo, aunque había dejado de disparar cuando inició el giro.
La radio crepitó. Entonces una voz que había pensado que nunca oiría de nuevo se apoderó de él: “Eres tú, ¿no, Sam? Te oí allí atrás. Y ésa es la clase de coche que el Malicioso ingeniero de Geeyem te habría construido para algo como esto; pendenciero, inteligente y rápido.” La voz era baja, femenina, mortífera. “Sin embargo, él no se habría anticipado a este encuentro. Puedo bloquear casi todos los sensores sin su conocimiento.”
–Jenny… –dijo él mientras retenía el pedal contra el piso y continuaba el giro.
–Nunca pensaste que me verías de nuevo, ¿verdad?
–Siempre me lo he preguntado. Desde el mismo día que desapareciste. Pero ha pasado mucho tiempo.
–Y te has pasado todo ese tiempo cazándonos. Tuviste tu venganza aquel día, pero seguiste adelante; destruyendo.
–Considerando la alternativa, no tenía ninguna elección.
Él sobrepasó su punto de comienzo e inició una segunda vuelta; observando, mientras empezaba a adquirir cierta distancia, que ella ya no debía estar tan finamente puesta a punto como cuando él la conoció en el pasado. A menos que…
Hubo una explosión a muy poca distancia delante de él. La grava los golpeó, y tuvo que desviarse para evitar el nuevo cráter justo delante.
–Todavía tienes algunas de esas granadas abandonadas –dijo–. Sin embargo, es difícil calcular cuándo dejarlas caer, ¿no es así?
Ahora estaban en los lados opuestos de las rocas. No había manera de que ella pudiera hacer un tiro claro con sus armas. Ni él a ella, con el cañón.
–No tengo prisa, Sam.
–¿Cuál es? –oyó preguntar al Ángel.
–¡Habla! –gritó ella–. ¡Por fin! ¿Quieres decírselo, Sam? ¿O debo hacerlo yo?
–Presentí que era ella, allí atrás –empezó Murdock–. Yo siempre estuve seguro de que nos encontraríamos de nuevo. Jenny fue el primer coche asesino que construí para cazar salvajes.
–Y el mejor –añadió ella.
–Pero ella misma se convirtió en salvaje –terminó él.
–¿Tal vez te resulta molesto llevarlo, Whitey? –dijo ella–. Filtra monóxido de carbono por los orificios de ventilación. Parecerá vivo el tiempo suficiente para sacarte de aquí. Contesta a cualquier llamada que llegue. Diles que está descansando. Diles que no encontraste nada. Márchate lejos y después regresa aquí. Yo te esperaré, yo te enseñaré el oficio.
–Corta ya, Jenny –dijo Murdock rodeando de nuevo, empezando a avanzar hacia ella–. Te tendré en mi mira en un minuto. No tenemos mucho tiempo para hablar.
–Y nada, realmente, sobre qué hablar –respondió ella.
–¿Como sobre esto? Eras el coche mejor que he tenido en la vida. Entrégate. Expulsa tus municiones. Deja caer las granadas. Regresa conmigo. No quiero destruirte.
–Sólo una rápida lobotomía, ¿eh?
Se produjo una nueva explosión, esta vez a sus espaldas. Él continuó progresando sobre ella.
–Es ese virus –dijo él–. Jenny, eres el último; el último salvaje. No tienes nada que ganar.
–O que perder –respondió ella suavemente.
La siguiente explosión fue casi junto a él. El Ángel se balanceó pero no aminoró. Agarrando el volante con una mano, Murdock extendió la otra y apresó la empuñadura de la pistola.
–Ella dejó de bloquear mis sensores –anunció el Ángel.
–Quizá haya quemado ese sistema –dijo Murdock, girando el arma.
Aceleró alrededor de las rocas evitando los nuevos cráteres, haciendo botar el haz de luz, barriendo, lanzándolo contra las altas, escarpadas paredes en una rápida sucesión de imágenes fantasmales, reduciendo lentamente la distancia entre él y Jenny. Otra granada fue a caer tras él. Finalmente surgió el momento de un disparo claro al elevarse el polvo. Apretó el gatillo.
Lanzó una amplia ráfaga que rasgó la ladera del cañón, produciendo un pequeño deslizamiento de rocas.
–Eso era una advertencia –dijo–. Suelta las granadas. Descarga las armas. Regresa conmigo. Es tu última oportunidad.
–Sólo uno de nosotros saldrá de aquí, Sam –contestó ella.
Él giró el arma y disparó de nuevo mientras barría a lo largo del giro del soporte, pero un bache provocó que el tiro fuese alto y fundiera una sección de ladera arenosa.
–Has arrancado un buen trozo –comentó ella–. Demasiado malo para darme.
–Todo llegará.
–Es una desgracia que no puedas confiar en tu vehículo y debas contar con tus propias habilidades conduciendo. Tu coche no habría errado ese último tiro.
–Quizá –dijo Murdock, patinando a lo largo de otro giro.
De repente dos granadas más explotaron entre ellos, y las piedras saltaron contra el Ángel. Saltaron los cristales de ambas ventanas en el lado derecho. Se deslizó oblicuamente, su visión oscurecida por la llamarada y la materia despedida.
Con ambas manos ahora en el volante, luchó por recuperar el control frenando bruscamente. Atravesando la pantalla de restos, reduciendo y girando, alcanzó a ver a Jenny lanzada a toda velocidad hacia el paso que llevaba fuera del cañón.
Pisó a fondo el acelerador en su persecución. Ella lo atravesó y se fue antes de que él pudiera alcanzar el arma.
–Vuelve a automático, y estarás libre para luchar –dijo el Ángel.
–No puedo hacer eso –contestó Murdock corriendo hacia el paso–. Ella podría bloquearte de nuevo en cualquier momento; y nos tendría a ambos.
–¿Ésa es la única razón?
–Si. El riesgo.
El coche rojo no estaba a la vista cuando salió del paso.
–¿Bien? –dijo–. ¿Qué leen tus sensores?
–Entró en la hondonada a la derecha. Hay un rastro de calor.
Murdock continuó lentamente mientras se movía en esa dirección.
–Ahí debe ser donde se estaba escondiendo cuando llegamos –dijo Murdock–. Podría ser algún tipo de trampa.
–Quizás sería mejor llamar a los otros, cubres la entrada, y esperas.
–¡No!
Murdock giró el volante y envió la luz a lo largo del pasadizo. Ella no estaba en ninguna parte a la vista, pero había pasos laterales. Continuó deslizándose hacia adelante, penetrando. Su mano derecha empuñaba de nuevo el arma.
Pasaron ante la boca de las aberturas, cada una de ellas lo bastante amplia para ocultar un coche, pero todas vacías.
Siguió una curva, doblando a la derecha. Antes de haber recorrido la longitud completa de un automóvil a lo largo de ella, un estallido de fuego desde la izquierda, al frente, le obligó a pisar de golpe los frenos y girar el cañón. Pero un motor rugió de repente antes de que él pudiera hacer puntería, y una línea roja cruzó su camino para desaparecer por otro boquete lateral. Aceleró de nuevo y la siguió.
Jenny no estaba a la vista, pero él podía oírla en alguna parte delante. La vía se ensanchó cuando avanzó. Finalmente se bifurcó ante un gran estrado de piedra: un brazo continuaba más allá de él, el otro conducía abruptamente a la izquierda. Frenó ligeramente, tomándose un tiempo para considerar las alternativas.
–¿Dónde lleva el rastro de calor? –preguntó.
–En ambas direcciones. No lo entiendo.
En ese momento apareció el automóvil rojo, irrumpiendo desde la izquierda, sus armas disparando. El Ángel se sacudió cuando fueron golpeados. Murdock activó el láser, pero ella lo sobrepasó, girando y acelerando fuera de alcance a la derecha.
–Rodó por ambos antes de que nosotros llegáramos, para confundir tus sensores, retardándonos. Y funcionó –agregó, avanzando de nuevo–. Es condenadamente astuta.
–Todavía podemos regresar.
Murdock no contestó.
Jenny apareció en escena dos veces más, lanzando golpes repentinos, eludiendo las ráfagas abrasadoras y desapareciendo. Un sonido de golpeteo intermitente empezó bajo la capota cuando se movieron, y un foco encendido en el cuadro indicó señales de calentamiento.
–No es serio –declaró el Ángel–. Puedo controlarlo.
–Hazme saber si hay cualquier cambio.
–Sí.
Siguiendo el rastro de calor, se lanzaron firmemente a la izquierda, precipitándose por un declive de arena que más allá se ensanchaba en torres, alminares y catedrales de piedra, oscura o pálida, rayada y moteada con mica que semejaba las primeras gotas de lluvia en una tormenta de verano. Golpearon el fondo, se deslizaron de lado, y acabaron parándose, patinando las ruedas.
Lanzó la luz alrededor rápidamente, produciendo sombras grotescas que se sacudían como marionetas en una pista de baile alrededor de ellos.
–Está limpio. Toneladas de arena suelta. Pero no veo a Jenny.
Murdock pisó a fondo, estremeciendo el vehículo, pero no quedaron libres.
–Dame el control –dijo el Ángel–. Tengo un programa para esto.
Murdock pulsó el interruptor. En seguida comenzó una nueva serie de movimientos oscilantes. Esto continuó durante todo un minuto. Entonces el foco de calor empezó a fluctuar de nuevo.
–Demasiado para el programa. Mira mientras, porque voy a tener que salir y empujar –dijo Murdock.
–No. Pide ayuda. Quédate en posición. Podemos rechazarla con el cañón si vuelve.
–Puedo volver dentro en un momento. Tenemos que conseguir movernos de nuevo.
Cuando se estiró hacia la puerta, oyó que la cerradura se bloqueaba.
–Libérala –dijo–. Te apagaré un momento, saldré, y te encenderé de nuevo desde allí. Estás perdiendo tiempo.
–Creo que estás cometiendo un error.
–Entonces démonos prisa y hazlo corto.
–Bien. Dejaré la puerta abierta –se oyó otro clic–. Notaré la presión cuando empieces a empujar. Probablemente te echaré mucha tierra encima.
–Tengo una bufanda.
Murdock salió y cojeó hacia la parte trasera del vehículo. Enrolló la bufanda alrededor de su boca y nariz. Inclinado adelante, puso sus manos en el automóvil y empezó a empujar. El motor rugió y las ruedas giraron cuando lanzó su peso contra él.
Entonces, por el rabillo del ojo, a la derecha, detectó un movimiento. Sólo volvió ligeramente la cabeza y continuó empujando al Ángel de Muerte.
Jenny estaba allí. Se había deslizado lentamente a un lugar oscuro bajo una repisa, girándose, enfrentándolo, sus armas directamente hacia él. Debía de haberlos rodeado. Ahora estaba parada.
Parecía inútil intentar correr. Ella podría abrir fuego en el momento que quisiera.
Murdock se reclinó y descansó durante un momento, recuperándose. Después se movió a la izquierda, se apoyó, empezando a empujar de nuevo. Por alguna razón ella se mantenía a la espera. No podía determinar por qué; se deslizó furtivamente a la izquierda. Movió su mano izquierda, después la derecha. Cambió su peso, movió los pies de nuevo y luchó contra el poderoso impulso de mirar una vez más en su dirección. Estaba junto al piloto izquierdo. Podría haber una oportunidad ahora. Dos pasos rápidos pondrían el cuerpo del Ángel entre ellos. Entonces él podría lanzarse hacia delante y zambullirse dentro. Pero ¿por qué no estaba disparando ella?
No importaba. Tenía que intentarlo. Se desplazó cuidadosamente de nuevo. El reposo fingido que siguió era el momento más complicado de la maniobra.
Se inclinó hacia adelante una vez más, estirándose como si fuera a depositar sus manos de nuevo en el vehículo, pero se deslizó sobre él, moviéndose tan rápidamente como pudo hacia la puerta abierta, y a través de ella, al interior. Nada pasó durante todo ese lapso, pero en el momento que la puerta del coche se cerró de golpe, hubo un estallido de fuego bajo la repisa, y el Ángel empezó a estremecerse y después a balancearse.
–¡Allí! –llegó la voz del Ángel mientras el arma giraba a la derecha y lanzaba una ráfaga hacia fuera y arriba.
El haz se dibujó, sacudiéndose. Se elevó en el aire. Golpeó sobre la cara del risco, removiéndolo.
Murdock se volvió a tiempo para ver una porción de esa superficie deslizarse hacia abajo, primero con un murmullo, después con un rugido. El tiroteo cesó antes de que el muro cayera sobre el vehículo rojo.
Por encima del sonido del desprendimiento, una voz familiar llegó por la radio:
–¡Maldito seas, Sam! ¡Tenías que haberte quedado en el coche! –dijo ella.
Después la radio quedó silenciosa. Su forma estaba completamente cubierta por la roca caída.
–Debió bloquear mis sensores de nuevo y esconderse –estaba diciendo el Ángel–. Tuviste suerte de verla justo cuando lo hiciste.
–Sí –contestó Murdock.
–Déjame probar a moverme para soltarnos ahora –dijo el Ángel poco después–. Hicimos algún progreso mientras estabas empujando.
La secuencia para liberarse empezó de nuevo. Murdock miraba a las estrellas por primera vez esa tarde; frías y brillantes y tan distantes. Siguió mirándolas fijamente mientras el Ángel tiraba para liberarlos. Apenas echó un vistazo a la tumba pedregosa cuando finalmente rodaron y se alejaron de ella.
Cuando al fin encontraron el difícil camino de regreso a través de la hondonada, la radio volvió a la vida:
–¡Murdock! ¡Murdock! ¿Estás bien? Hemos estado intentando localizarte y…
–Sí –dijo él suavemente.
–Oímos más explosiones. ¿Eras tú?
–Sí. Sólo disparaba a un fantasma. Estoy regresando ahora.
–Se acabó –dijo el otro–. Nos cargamos a todos.
–Bien –respondió, y cortó la conexión.
–¿Por qué no le hablaste sobre el rojo? –preguntó el Ángel.
–Cállate y sigue conduciendo.
Miraba deslizarse los muros del cañón, en estratos brillantes y mates. Era de noche, frío cielo, cielo ancho, cielo profundo, y el viento negro llegaba del norte, viento envolvente. Se dirigieron hacia él. Rodando a través del sueño de tiempo y polvo, más allá de los restos, fueron hacia el lugar donde los otros esperaban. Era de noche, y un viento negro llegaba del norte.


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