jueves, 19 de enero de 2017

Extraña visita

Silvina Ocampo


Antes almorzaba en una mesita chica en el antecomedor y ahora tenía permiso de almorzar en la mesa grande. Por entre las conversaciones los ojos de Leonor se abrían paso hasta las ventanas en busca de un pedazo de cielo azul enteramente cubierto, ahora, por las nubes. Iba a llover y hacía mucho tiempo que esperaba aquel día, porque le habrían prometido llevarla de visita a una casa que estaba en las afueras, adonde la habían llevado una sola vez. Allí vivía un señor muy alto como aislado del mundo por su altura. Era un amigo del padre de Leonor, que tenía una hija, dos mucamas y un jardinero viviendo en una casa chiquita, con una escalera de caracol. En el jardín había una fuente en miniatura con dos tritones anudados que echaban agua por la boca, una palmera achatada contra la pared de la casa de al lado y cuatro rosales en filas dobles de cada lado del camino. Elena tenía el pelo increíblemente negro, pero la cara tan transparente que se le había borrado; no quedaba más que el moño blanco, muy bien hecho, de su pelo y el vestido con cinco alforzas entre las cuales se enganchaban los ojos de Leonor.
Habían explorado la casa y lo único que abundaba eran los recovecos. Habían subido hasta la azotea desde la que se veían vivir las casas vecinas en cortejos de ropas tendidas al sol. Se habían escondido debajo de la escalera y se habían cansado de que nadie las buscara. Se habían asomado a la ventana del escritorio del piso bajo en donde dos señores hablaban, dos señores con las caras severas de sus padres, dos señores ahogados en seriedad de cuello duro y olor a cigarro. Leonor, conteniendo su risa, apretaba la nariz contra el vidrio frío y sus ojos tenían que atravesar el paisaje de una cortina blanca y de una Diana Cazadora para llegar hasta su padre que estaba sentado en un sofá de cuero marrón. Leonor vio que del bolsillo sacó el ancho pañuelo con que se secaba la frente los días de mucho calor, pero hacía frío en ese cuarto. Su padre no se había quitado el sobretodo, y sin embargo, con el mismo gesto de secarse la frente los días de mucho calor, se pasaba el pañuelo hasta llegar a la altura de los ojos, en donde se detuvo como alguien que llora.
Un ruido de máquina de coser envolvía la casa haciéndole un ruedo de silencio y se oía apenas el quejido que deben de hacer las lágrimas para atravesar los ojos cerrados. El padre de Elena se levantó y corrió el store de la ventana. Después de un rato volvieron a crecer las voces como antes. Elena tomó la mano de Leonor, que tenía miedo, y caminaron hasta el cuarto de juguetes como si tuviesen la orden de jugar; pero no jugaron. Elena le regaló una medallita que se le perdió tres veces en el suelo al sacarla del cajón. Se despidieron sin mirarse, con un beso que buscaba mejillas al lado de las mejillas, sobre el aire.
En el automóvil, de vuelta, su padre la retó dos veces, y Leonor ya no creyó que hubiera llorado. Por el costado de los ojos había visto la dureza de la frente arrugada y no podía conciliar las dos imágenes, una vista a través del paisaje lejano de la cortina, la otra tan cerca y en una región remota adonde lo llevaba su mal humor, sentado en el asiento de un automóvil.
Leonor pensaba en Elena. La mesa se llenaba de risa a la hora del postre. El cielo estaba cada vez más negro, y caía una lluvia finita de azúcar en polvo. Leonor vio que su padre sacudía la cabeza pensando que no irían a la casa de Elena ese día, y sentía que un océano grande como el que le enseñaban en los mapas la tenía alejada del rostro que quería alcanzar, y que se le había borrado, de Elena.


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