lunes, 2 de enero de 2017

Florindo Flodiola

Silvina Ocampo


Sabía por qué calle lo habían llevado hasta esa puerta con cortinitas rojas que hacían una apuesta de sol constante, detrás del zaguán silencioso. Todo el mundo hablaba en secreto cuando entró por la puerta. Llevaba una galera guardada para el día de su casamiento y unos calzoncillos demasiado largos.
La entrada de la casa era angosta con plantas altas, que crecían sobre una carpeta tejida al crochet debajo de una maceta negra donde se dormían los mayorales.
Había millones de almohadones de seda pintados con borlas que sonaban como campanillitas cada vez que entraba alguien. Había una mujer mucho más alta que las otras, con un vestido de tarlatán amarillo, adornado con estalactitas de caramelo, y todas tenían el pelo corto y largas trenzas que les colgaban debajo de las polleras levantadas en forma de cortinas de teatro. Hablaban con voces de sirena.
Tenía permiso de cantar en todos los teatros y un día cantó en la peluquería, pero no podía rebajarse a cantar en una peluquería. La guitarra era demasiado alta, había que subir por una escalera de cuerdas para alcanzar las notas, y ahora todas las mujeres en esa casa color de incendio lo perseguían. Todas lo llamaban adentro de las piezas para que cantara en un teatro lleno de cortinados rojos.
Por fin entró a una pieza toda cubierta de enredaderas y de flores con cintas desplegadas; la cama era de madera negra con incrustraciones brillantes verdes y anaranjadas; había una sola silla que daba vueltas por el cuarto, en cuanto uno quería sentarse.
La mujer vestida de tarlatán amarillo lo abrazó.

Taralatán, taralatán, taralatán cantaban las sirenas…

Al levantar los ojos al techo, estaba lleno de gente que lo miraba, vio su galera como un reloj luminoso en la obscuridad del cuarto, y se fue corriendo por los corredores con los brazos en forma de gritos.


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