domingo, 1 de enero de 2017

La risa en el Tívoli

Martin Dreyer


Más o menos en el mismo instante en que comenzó a oírse esa risa peculiar en el Tívoli, el joven delgado, de hundidas mejillas, que estaba sentado en la fila del centro, se hundió en su asiento, y sus piernas, doblándose cada una en arco, quedaron recargadas, una contra las rodillas de la morena a su izquierda; y la otra, contra las de la rubia a su derecha.
El corazón de la morena apresuró repentinamente su ritmo. A través de la semioscuridad del cine había podido darse cuenta de que el joven era bien parecido, un poco delgado, con cierto aire de distinción. Y como, sólo por esta o aquella película que iba a ver, la pobre no tenía otra cosa en que divertirse, sino ir a su cuarto, rendida por el trabajo de estar tras el mostrador todo el día, a pensar solitariamente en los muchos jóvenes bien parecidos que había visto pasar, indiferentes, frente a ella, es por lo que se atrevió, aunque no era cosa decente el permitirlo. Mas sentía el presentimiento del amor, al devolver, levemente, la presión de su pierna contra la rodilla del joven sentado a su lado.
La rubia, de edad un poco incierta, inició un movimiento de disgusto. Pero ella también lo había observado de reojo durante la función, y también se sentía sola y triste. Después de la muerte de su segundo marido, la vida había transcurrido gris, y todo el dinero que tenía no le bastaba para darle felicidad. Automóviles, los mejores hoteles, California, Niza, Nueva York, Montecarlo… ¡y siempre sola! Y si en las novelas se veía la felicidad que podría lograrse con un joven amable, distinguido, inteligente… ¿por qué no ella? Después de todo, ¿de qué iba a servirle su dinero si no era para lograr una poca de felicidad? De modo que ella también devolvió discretamente la presión que ejercía sobre su pierna la rodilla del joven distinguido.
La risa fue débil al principio. No era alegre ni triste. No tenía personalidad ni calidad. Vino de no sé dónde, como si partiera de la fila del centro.
La película era un drama, del cual todo aspecto cómico estaba ausente. El héroe de anchas espaldas, acababa de encontrarse con la heroína de fina cintura. Estaba murmurándole su amor al oído.
La risa, repentinamente, se dividió en dos, surgiendo de los pasillos laterales. Creció lenta e implacablemente en intensidad, pero en el mismo tono, carente de sentido y personalidad.
Los acomodadores en los tres pasillos caminaron poco a poco, inseguros. A cada dos pasos se detenían para escuchar.
La risa se acercó a ellos, casi los tocaba; después retrocedió hacia la pantalla, aumentando de volumen entre más se alejaba, hasta ahogar por completo los murmullos amorosos que vertía el héroe a través del vitáfono.
Los espectadores comenzaron a sisear, y hubo una ola de emoción, así que todos volvían los rostros, preguntándose qué pasaba.
Los acomodadores se reunieron en un solo punto.
–¿Quién se está riendo?
–¡Por Dios que no sé!
–¡Algún imbécil que se quiere hacer gracioso!
La morena se estremeció. ¡Qué sonido tan extraño! La hacía sentirse más sola que nunca. Miró furtivamente al joven a su lado. Éste seguía mirando atenta y fijamente el desarrollo de la película. En verdad que era bien parecido. Tenía un perfil muy elegante, de gente culta y fina. Como sin querer, recargaba aún su rodilla contra la pierna de ella. La morena sintió conmoverse su corazón, entregándose, y se apretó más contra él.
La rubia de edad indefinida, estremeciéndose, se abrigó más con las pieles. ¡Esta risa! Involuntariamente recordó cómo había muerto su segundo esposo, quejándose y aullando hasta el fin. Se apretó contra el joven, acercando su pierna a la de él, hasta que no pudo menos que olvidarse de la película concentrando toda su atención en el contacto de ambas rodillas.
La risa golpeaba en el salón, como alguien que se burla descaradamente de las cosas y de la gente.
Los rostros se volvían, los cuellos se estiraban. Unos decían: “¡Por Dios!” Otros siseaban fuertemente.
Mientras, el héroe de anchas espaldas estaba frente a frente con el villano de lacio y bien peinado cabello negro.
El jefe de acomodadores ordenó a sus subordinados:
–Investiguen quién hace ese ruido.
La risa se sentía en el pasillo central; pero cuando se acercaron, saltó a un pasillo de los lados. Se miraron los unos a los otros con un poco de espanto.
–Miren si hay chiquillos –dijo el jefe de acomodadores–. Ha de ser alguna broma de estudiantes.
Se distribuyeron un pasillo cada uno, marchando de arriba abajo. Era difícil localizar la risa, porque de repente estaba ahí, y luego ya se oía en otro sitio; y cuando se acercaban adonde creían pescarla, ya sonaba por un rumbo distinto.
Se movían nerviosamente por los pasillos, encendiendo y apagando sus linternas, iluminando fugazmente las bocas de los espectadores. Uno de ellos se quedó mirando fijamente a un chiquillo, luego lo tomó del brazo. Los otros hicieron lo mismo con otros dos, empujándolos hacia la puerta.
Estos protestaban:
–¡Yo no hice nada!
–¿Qué, no pagué por entrar? ¿Por qué me echan?
Sacaron a los muchachos y la risa cesó. El jefe de acomodadores se limpió el sudor de la frente. ¡Gracias a Dios que había liquidado la broma! Que si no, le costaría su trabajo. Ese maldito del gerente le hubiera echado a él la culpa: de todo lo hacían responsable.
Nuevamente la audiencia se identificó con los actores en la pantalla. Los hombres se sentían héroes, venciendo obstáculos para ganar el amor de la heroína. Las mujeres, a su vez, se sentían protagonistas de la cinta, dispuestas a rendir su amor ante el encanto masculino de un perfil de fama mundial. Todos vieron con satisfacción cómo el villano moría de una muerte cruel, que se había buscado a sí mismo. Todo había tornado a la misma normalidad que reinaba antes de que sonara la risa.
La morena suspiró. ¡Oh, si él le hablara! ¿Cómo haría para trabar conversación? Era idéntico al héroe de la película, ese hermoso galán del cine. Nunca se había sentido tan rara. Esa risa extraña le había puesto la carne de gallina. ¡Qué bien sentía su rodilla apretada a la de él!
La rubia de edad indefinida daba vueltas a su pensamiento. Se acordaba de su primer marido, siempre tan joven y sonriente, como el héroe de la película. ¿No sería posible enamorarse nuevamente de un hombre joven? ¡Cómo había odiado a su segundo marido! ¡Esas quejas espantosas de su muerte… iguales a la risa! ¿Por qué no le hablaría el joven simpático? Sus piernas se tocaban, se tocaban…
La risa campanilleó en la oscuridad. De nuevo. Esta vez era una risa alegre, brillante, feliz. La risa se contagió. Olas de risa rodaron entre la audiencia. Todos los espectadores riéndose, contagiados de su alegría.
La heroína acababa de disgustarse con el héroe, y pactaba con el villano, que no se había muerto, como se creía.
La risa cambió repentinamente, como si se hubiera acabado en un ahogo. Como si tratara de respirar. Un silencio mortal cubrió a la audiencia. La quietud colgaba como un palio en la oscuridad. Alguien comenzó a murmurar. Una mujer se incorporó, abandonando el salón con pasos medrosos, tapándose los oídos.
El jefe de acomodadores se estremeció. Escalofríos, como dedos de hielo, le recorrieron la espalda, de pies a cabeza. ¿Conque no habían sido los muchachos? ¿Qué pasaba? ¡Por Dios! ¿Qué era eso?
El subgerente salió de su oficina, sacándose de los ojos el sueño.
–¿Qué demonios pasa aquí?
–Alguien se está riendo, señor. Alguien se está riendo.
–Pero si es un drama, no una comedia.
–Lo sé, señor. Lo sé.
–Bueno, haga algo. Échelo fuera. ¡Búsquelo, búsquelo!
El subgerente escuchaba con la cabeza inclinada, frotándose los párpados como si tratara de despertar, como si quisiera borrar la incredulidad de sus oídos.
–¡Por Dios, hombre, ese ruido es inhumano!
–Sí, señor. Sí, señor.
–Bueno, busquen a quien lo está haciendo. ¡Suspéndalo! ¿Me oye? ¡Suspéndalo!
Todos los acomodadores iniciaron nuevamente la búsqueda, recorriendo los pasillos, mientras el subgerente se quedaba al fondo, los ojos abiertos en sorpresa. Seguía la risa con la mirada, como si la pudiera ver. Parecía estar trepando a jalones hasta el techo, para luego flotar pasivamente hasta llegar a la galería. De repente estaba en todos lados.
Regresó a su oficina, a beber tres grandes tragos de ginebra, y luego le telefoneó al gerente.
–Venga para acá inmediatamente. Me estoy volviendo loco. Hay risa. Se va a acabar el mundo.
En la audiencia crecían los murmullos. Los rostros palidecían de terror. Desde la galería, los cuellos se alargaban. Alguien comenzó a aplaudir pidiendo silencio, y pronto otro más secundó la idea, hasta que todos estaban aplaudiendo y pateando, en ritmo salvaje, sobre el cual se alzaba la sinfonía de la risa.
¡Ja ja ja ja! La risa venía de la pantalla. El héroe y la heroína y el villano estaban diciendo cosas dramáticas, y al mismo tiempo, riéndose. Sobre la audiencia descendió un repentino silencio que era como un manto de locura.
El gerente llegó, bromeando con el subgerente, picándole las costillas. Le habló de nuevo, lo volvió a picar, tornó a hablarle, y al fin le dio un sonoro manotazo en la espalda.
–¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?
Los ojos del subgerente estaban vidriosos. Parecían la entrada a un vacío hueco de soledad.
–Sí señor. No señor. Es la risa.
–¿Qué risa? ¿Qué demonios dices?
–Está en todas partes, como los espíritus.
El gerente lo miró fijamente. Esto no estaba bien. No hacía ni un momento que estaba feliz, con una linda rubia, y ahora quizás estaba loco, o estaba con un loco. ¡Siempre tenía que ocurrir algo!
La risa se tornó triste. Una risa sin esperanza, una risa envuelta en soledad y desesperación.
El gerente pegó un brinco. Su cabeza se meció de un lado al otro, siguiendo la risa con sus ojos, ya en una dirección, ya en otra.
–¿Esa es la risa?
El subgerente asintió mecánicamente.
–Quizá son unos agitadores. En lugar de echar bombas pestilentes… Mira, puede ser un ventrílocuo.
El subgerente parecía estar haciendo esfuerzos por volver a la vida. Era como un hombre estirando la mano a una paja de esperanza.
–¿Un ventrílocuo? Puede que sí. No, si hemos estado observando las bocas de todos los espectadores, y nadie la está moviendo.
–Es que los ventrílocuos sólo mueven la garganta.
–Sí, pero el movimiento apenas se nota. Y en la oscuridad, menos…
–¡Bueno, hombre, a buscarlo! ¡Si no lo hallan, estoy arruinado!
Una ola de histerismo se abatió sobre la audiencia. Una mujer, gritando, fue sacada por un hombre que parecía estar borracho. Salía la gente a montones. Algunos querían que se les regresara el dinero, y había murmullos: “Los voy a demandar”.
El temor estaba en todas las caras. Un hombre repetía en susurrante grito:
–¡Aquí espantan, aquí espantan!
Otro, de lentes, se llegó hasta el gerente, mirándolo con fijeza.
–¿Es usted el gerente? Yo soy un hombre de ciencia. Esto no es posible, señor. Es una broma. Un ser humano lo está haciendo. Esto no puede ser. No puede ser. Ya nunca volveré a su teatro. Es una broma, una broma estúpida.
La risa resonaba ronca, como el murmullo grave que precede a un trueno, sobresaliendo por encima del habla histérica de quienes se aferraban a sus asientos, sostenidos por una curiosidad más grande que su terror.
La morena estaba temblando, sus manos frías como el hielo. Hubo un momento en que quiso retirar su pierna, porque el joven seguía atento a la pantalla, como si no pasara nada. Quisiera levantarse y huir, pero no podía moverse, del espanto. Se apretujaba más hacia él, más y más, tratando de olvidarse de la risa escalofriante. Pensaba en cómo le gustaría llevárselo a él a su cuarto, los dos solitos, sin esa risa terrible, ¡y cómo lo amaría! ¡Oh, Dios, cómo lo amaría!
La rubia de edad indefinida tampoco se podía mover. Sentía que su pierna estaba atada a la del joven, y que así sería para siempre, hasta el día del juicio final, hasta el día del fin de esa risa que era como el ritmo de la eternidad.
Así sería para siempre, ella y el joven. Y le regalaría cosas. ¿Qué cosas? ¡Automóviles, y ropa, y dinero, y viajes! Y siempre sería así, sus piernas juntas, muy juntas.
Alguien trajo un policía.
El policía se quedó escuchando, se rascó la cabeza, y siguió escuchando.
–¡Son espantos!
Otros policías llegaron. Todo un escuadrón. Había un reportero, preguntando cosas. Su mirada de incredulidad se transformó en una de alarma. Una mujer, en las filas de atrás, hizo un ruido sordo con la garganta. Un hombre salió rápidamente, con la mano sobre la boca. Otro tocó el hombro de un policía. Había una sonrisa de éxtasis en su cara.
–Charles Fort debiera estar aquí. Charles Fort lo entendería. Charles Fort estaría encantado de esto.
–¿Quién es Charles Fort? ¡Oiga amigo, a ver, explíquese! ¿Qué sabe usted de esto?
Iban a cazar esa risa maldita. Los policías y los acomodadores. Se disponían a recorrer los pasillos. Los policías preguntaban por qué no encendían las luces. El gerente suplicaba, aclarando, que ya iba a acabar la película.
–Todos en sus asientos. Que nadie salga.
El héroe había traspuesto la última dificultad, y delante de él sólo estaban las curvas deliciosas de la heroína.
La risa era débil ya, alada, imperceptiblemente tensa.
Se movieron hacia ella, formando una red, así que se movía de un pasillo a otro. Seguían acercándose, brincando sobre asientos vacíos, tropezando con los escasos espectadores, cerrando el cordón.
La risa colgó por un momento en un solo sitio, como insegura, como si buscara desesperadamente un lugar para huir del cerco. De repente, cayeron sobre ella. ¡La tenían! Pero, incomprensiblemente, sonó en ese momento detrás de ellos, en otro pasillo.
Un policía dijo:
–¡Les digo, es un espíritu!
Y se persignó.
El reportero sentía el corazón pesado, con una alegría malsana y fúnebre. Estaba orando. Un acomodador abandonó la búsqueda, el teatro dando vueltas alrededor de su cabeza.
La persiguieron de nuevo, esta vez en el otro pasillo. Odio, temor, ansia, horror, los impulsaba. La risa los eludió una vez más, pero esta vez sonaba más débil, como si fuera una mariposa cansada de huir de la red del cazador.
La risa estaba en la fila del centro.
Había policías atrás, policías delante. Avanzando, los unos hacia los otros. Todos. Cerrando el cerco.
Gente atrás, gente delante. Gente en los pasillos, en los asientos. Tensos.
El gerente seguía pesadamente la huella de la risa. ¡Estaba arruinado! ¿Mañana todo esto estaría en los periódicos? ¡Caramba, todo me pasa a mí!
El subgerente tenía una vaga noción de movimiento, de ruido. ¡Caramba, se iba a emborrachar, y en qué forma! ¡Tan borracho, que no voy a reconocer a mi madre ni a mi esposa ni a mi hijo! Bendito Dios, que me voy a emborrachar, emborrachar…
Cerraban la red. La risa temblaba. Quedó colgando, inmóvil. Débil y más débil. Algo triste y enfermo. Algo infinitamente lleno de miseria. Murió como un suspiro.
–¡Aquí está este maldito!
El héroe abrazó las curvas suaves y rendidas, labios contra labios, y vivieron felices para siempre.
Las luces se encendieron. Muchos ojos parpadearon. La morena gritó. La rubia de edad indefinida se desmayó.
–¡Dios, mírenlo!
–¡No pudo ser él!
–¡Está muerto!
Y se llevaron al joven delgado, de hundidas mejillas, a un sofá. Un médico se abrió paso entre la gente, y examinó el cuerpo exánime.
La cara del gerente estaba gris como la de un cadáver. El subgerente había tornado repentinamente a la vida, sus ojos rojos, como incendiados.
Los acomodadores estaban tensos. Una mujer se rió histéricamente. El reportero ya no oraba. La policía ladraba órdenes al montón de gente.
El médico dictaminó muerte por inanición.
Alguien observó:
–¿Y qué hacía este tipo en el cine, si se estaba muriendo de hambre?
Otro dijo:
–¿Y cómo pudo haberse reído así, si estaba muerto?
Hubo miradas de inteligencia. Habían sido los muchachos. Era un ventrílocuo. Fueron los bolcheviques. Había espantos. El reportero rompió sus notas, y salió a buscar alguien que le invitase una copa.
La morena, tambaleante, llegó a su cuarto, sola, temblorosa. Fría como el hielo al pensar en lo horrible que había sido aquello. Lloró ardientemente por lo que había pensado de ella y el muchacho, y nada.
La rubia de edad indefinida volvió en sí, e inmediatamente tornó a desmayarse, para luego abandonar el teatro, corriendo, su abrigo de pieles colgante tras ella, su garganta quejándose en histeria.
El joven delgado de hundidas mejillas estaba silenciosamente recostado en el sofá.
Tenía una cara refinada, inteligente; pero sus costillas se adivinaban con claridad y casi no tenía cintura. Sus ropas habían sido buenas, pero estaban muy remendadas ya.
Vaciaron sus bolsillos. Tres centavos. Un paquete medio vacío de cigarros baratos. Un talón de boleto de cine. Era todo. Ni manera de identificarlo. Ni una carta, nada. Solamente un recorte sucio de un periódico, un recorte que decía: “¿Se siente usted solo? Sea miembro del Club de Corazones Solitarios, y encuentre a la persona que lo hará feliz”.


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