jueves, 5 de enero de 2017

Las dos casas de Olivos

Silvina Ocampo


En las barrancas de Olivos había una casa muy grande de tres pisos, en donde no vivían más que cinco personas: el dueño de casa, su hija de diez años, una niñera, una cocinera, y un mucamo (sin contar el jardinero que vivía en el fondo de la quinta). Había cuartos inhabilitados, enormes cuartos con persianas siempre cerradas de humedad, cuartos llenos de miniaturas de antepasados y cuadros ovalados en las paredes. El jardín era espacioso con árboles altísimos. Sólo una cosa preocupaba al dueño de casa y era la improbabilidad de conseguir frambuesas; en ese jardín crecían flores, árboles frutales, había hasta frutillas, pero las frambuesas no podían conseguirse.
En el bajo de las barrancas de Olivos, en una casita de lata de una sola pieza vivían cuatro personas: el dueño de casa y sus tres nietas; la mayor tenía diez años y cocinaba siempre que hubiera alguna cosa para cocinar.
Y sucedió que esas dos chicas se hicieron amigas a través de la reja que rodeaba el jardín. “Mi casa es fea”, dijo una. “Tiene diez cuartos en donde no se puede nunca entrar; el jardín no tiene frambuesas y por esa razón mi padre está siempre enojado.” “Mi casa es fea”, dijo la otra. “Es toda de latas, en la orilla del río, donde suben las mareas; en invierno hacemos fogatas para no tener tanto frío.” “¡Qué lindo!” contestó la otra. “En casa no me dejan encender la chimenea.” Y cada una se fue soñando con la casa de la otra.
Al día siguiente volvieron a encontrarse en el cerco y era extraño ver que esas dos chicas se iban pareciendo cada vez más; los ojos eran idénticos, el cabello era del mismo color; se midieron la altura en los alambres del cerco y eran de la misma altura, pero había solamente dos cosas distintas en ellas: los pies y las manos. La chica de la casa grande se quitó las medias y los zapatos; tenía los pies más blancos y más chiquitos que su compañera; sus manos eran también más blancas y más lisas. Tuvo las manos durante varios días en palanganas de agua y lavandina, lavando pañuelos, hasta que se le pusieron rojas y paspadas; caminó varios días descalza haciendo equilibrio sobre las piedras; ya nada las diferenciaba, ni siquiera el deseo que tenían de cambiar de casa. Hasta que un día, a escondidas en el ombú del cerco que servía de puente, se cambiaron la ropa y los nombres. Una chica le dio a la otra sus pies descalzos, y la otra le dio los zapatos. Una chica le dio a la otra sus guantes de hilo blanco y la otra le dio sus manos raspadas… ¡Pero se olvidaron de cambiar de Ángeles Guardianes!
Era la hora de la siesta; los Ángeles dormían en el pasto. Las dos chicas cruzaron por encima de la reja; la que estaba en el jardín grande cruzó la calle, la que estaba en la calle cruzó al jardín. Se dijeron adiós. “No te pierdas; mi cuarto de dormir queda al fondo del corredor a la derecha.” Y la otra contestó: “No te pierdas, hay que seguir caminando hasta el fondo del callejón” (el jardinero, que estaba cerca, pensó que el eco se había vuelto sordo porque cambiaba el final de la frase que gritaba la niña). Y se fueron corriendo cada una a casa de la otra.
Nadie se dio cuenta del cambio y ellas, que creían conocer sus casas, empezaban a reconocerlas según los cuentos que se contaban diariamente a través del cerco; hacían descubrimientos que las asombraban.
Pero los Ángeles Guardianes dormían la siesta a la hora de las confidencias y seguían ignorando todo.
Fue al principio del otoño, un día caluroso; el cielo estaba negro y muy cerca de la tierra pesaban nubes grises de plomo; era la hora en que las chicas se encontraban en el cerco, pero ninguna de las dos llegaba.
En la casita de latas no se podía respirar esa tarde; el abuelo y las tres nietas caminaban descalzos en el río tomando fresco. La chica de diez años se acordó de que en el jardín de la casa grande, como de costumbre, su amiga debía de estar esperándola; había ya pasado la hora, pero no importaba, iría de todas maneras. Vio un caballo blanco muy desnudo, le puso un bocado que encontró en el suelo, se trepó encima y salió al galope castigándolo con una rama de paraíso. La tormenta se acercaba, los árboles columpiaban grandes hamacas contra el viento, filamentos como los que había en las bombitas de luz eléctrica de las casas grandes llenaban el cielo, y primero un trueno y después otro rompían la tarde. El Ángel de la Guarda estaba despierto, pero, acostumbrado a las tormentas que cruzaba siempre la chica sin resfriarse, tuvo cuidado solamente de preservarla de los rayos. “Los caballos blancos atraen los rayos”, pensaba el Ángel. “Hay que tener cuidado. Hay que tener cuidado.”
Las dos chicas se encontraron en el cerco y tuvieron apenas tiempo de decirse adiós; llovía con tanta fuerza que la lluvia ponía entre ellas una cortina espesa, imposible de levantar.
Se oyó lejos, lejos, el galope de un caballo entre la tormenta y un rayo y otro rayo hicieron lastimaduras de relámpagos, duras incisiones de fuego.
La chica se bajó del caballo y se desmayó en la puerta de la casita de lata. La marea subía muy cerca; en ese instante oyó un rayo sobre el animal que, disparando con un relincho de crines deshilachadas, quedó tendido en el suelo negro. En el jardín el otro rayo cayó sobre la otra chica, mientras el Ángel la protegía de los resfríos confiadamente, pensando que la casa tenía pararrayos desde tiempo inmemorial.
En la puerta de la casita de lata la otra chica no pudo resistir el frío y se fue al cielo después de la tormenta…
Había mucho canto de pájaros y de arroyos a la mañana siguiente cuando subidas las dos chicas sobre el caballo blanco llegaron al cielo. No había casas ni grandes ni pequeñas, ni de lata ni de ladrillos; el cielo era un gran cuarto azul sembrado de frambuesas y de otras frutas. Las dos chicas se internaron adentro y más adentro del cielo, hasta que no se las alcanzó a ver más.


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