miércoles, 4 de enero de 2017

Paisaje de trapecios

Silvina Ocampo


Charlotte dejó caer su mirada sobre sus pechos; el vestido era de lana gruesa bordada con flores, las mangas estaban mal pegadas y le daban en todo el cuerpo una sensación tironeada, de ahogo, semejante a la del encierro en los ascensores de madera detenidos en un entrepiso. El desayuno estaba listo sobre la mesa; siempre tomaba el desayuno levantada y ya vestida en los cuartos de los hoteles por las mañanas. Y entonces, a esa hora desnuda de cantos en la ciudad, abría la puerta del cuarto vecino, donde dormía Plinio. Plinio entraba anunciándole la mañana con una corrida balanceada de piernas torcidas, como si de cada lado de sus brazos llevara colgado el cansancio de muchas personas, de muchos baldes de agua o de muchos canastos de frutas. Sus ojos eran tristes de malicia y de imitación. Charlotte lo sentaba sobre sus faldas desnudas y le daba terrones de azúcar todas las mañanas de su vida. A veces se preguntaba si no era realmente gracias a él como había entrado a su compañía de circo o bien si era gracias a ella misma y a sus números de acrobacia. Pero las exclamaciones de admiración la perseguían a lo largo de los viajes, en los barcos, en los andenes, en las ventanillas de los trenes hasta donde le llegaban las voces asombradas de “¡Oh, miren la chica con un mono!”; todo eso no iba dirigido a ella ni a su gorro de lana rojo, ni a sus anchas espaldas. Que un mono fuera capaz de andar en bicicleta asombraba al público, que un mono hiciera equilibrio sobre una silla era un prodigio y Plinio sabía hacer todas esas cosas. Es cierto que Charlotte había desplegado toda su paciencia: con las manos pegajosas de terrones de azúcar se había pasado horas enseñándole pruebas. Y sin embargo, durante las representaciones los aplausos llovían sobre Plinio, y ella, en cambio, con sus números de acrobacia, con las piernas hinchadas envueltas en mallas rosas, con los brazos tremendamente desnudos, tenía que anticipar los aplausos después de cada prueba, tenía que forzar los aplausos con una corrida de gran artista, distribuyendo besos de cada lado de las gradas.
Un vasto silencio aumentaba la sala. Charlotte había sufrido en los primeros tiempos los saltos mortales de su corazón como el tambor que anuncia las pruebas peligrosas; los pechos se le hinchaban en forma de semillas debajo de un cuello rojo atravesado de venas sinuosas… y cuando terminaba la representación, se dejaba caer sobre la cama de algún cuarto desmantelado. Sentía los latidos de su corazón recorrerla en puntos rotos a lo largo de la malla. La salud le robaba la compasión de los demás; podía tener el cuerpo desgarrado de cansancio, pero sus mejillas permanecían rosadas.
La compañía del circo Edna había pasado los años yendo de un pueblo a otro y se mantenía gracias a la media docena de elefantes que sabían caminar con una pata en el aire, que sabían hacer gárgaras de arena con ruido de trompetas, que sabían sentarse en ruedas furiosas sobre barriles, y caminar encima del enano, delicadamente, como bailarinas, sin aplastarlo. Gracias a Plinio, que levantaba lluvias compactas de aplausos y a un malabarista japonés.
Pero Charlotte trabajaba desde los diez años; había crecido entre paisajes de trapecios y redes giratorias, entre patas rugosas de elefantes amaestrados. Nunca había vivido en el campo. No conocía otros animales que los que vienen encerrados en jaulas.
Un día, hacía poco tiempo, la habían invitado a un pic-nic en el Tigre; después de andar en lancha de excursión bajaron ella y sus compañeros a un Recreo llamado Las Violetas. Charlotte se durmió debajo de una palmera. Cuando se despertó vio la pata rugosa de un elefante apoyada contra su cuerpo, sus ojos subieron por la pata del elefante hasta que llegaron a la altura de las palmas verdes, el aire no estaba tamizado de aserrín y de arena, y aconteció la cosa más increíble de su vida: un día de campo.
Nada extraordinario había sucedido en su vida, vivía en una soledad de desierto sin cielo. Se dormía en los bancos, esperando su turno, con los ojos ribeteados de un fuego intenso de sueño (por eso sus compañeros la llamaban “la Dormilona”)… Plinio la despertaba, le tiraba de la pollera, le sacudía los brazos mientras el público pasaba en los entreactos a visitar los animales. Y entre toda esa gente, un día, fue así, en esa postura de sueño, que algodona los brazos, que agranda los párpados listos a caerse como dos enormes lágrimas, que entreabre la boca y pinta las mejillas de rojo, estampando el apoyo de un bordado, de una estrellita o de una mano abierta, fue así como un hombre se había enamorado de ella. Para él apenas en ese instante se hicieron reales los movimientos acrobáticos incandescentes de esa mujer dormida; cada brazo, cada pierna era un envoltorio de músculos dormidos y blandos como un abrazo.
Ese hombre en su infancia había visto serafines rubios disfrazados de acróbatas en el circo, por eso quizá se detuvo y miró largamente a la pruebista resucitada de su infancia. Y ella, tapiada detrás del sueño, lo vio lejos, lejos, en las gradas más altas, guiñándole el ojo detrás de dos bigotes de cejas rarísimas que llevaba sobre la frente. La intensidad de la mirada debió de ser muy grande, tan grande que Charlotte se despertó, pero no vio a nadie. “¿Plinio, quién era ese hombre?” Plinio se asomó a espiar por las cortinas y volvió tambaleando sin respuesta.
Hasta ese día había vivido en una soledad de desierto sin cielo, luego ese cielo ausente se cubrió de alas de mariposas coleccionadas en Río, que aquel desconocido le mandó de regalo –fue Plinio el que recibió los besos de agradecimiento–. Por entre los trapecios y las sillas apiladas, las grandes manos redondas de Charlotte rezaban de alegría, una semana después, cuando un hombre alto, de traje azul violáceo, se acercó a saludarla.
Después de ese breve encuentro se vieron todos los días en un taxi, donde Charlotte descubrió que el amor era una especie de match de Catch As Catch Can. Enseguida el novio quiso llevarla a una amueblada, pero no consiguió llevarla sino a un Bar Alemán con vueltas de Danubio Azul, desafinado, que los indujo al noviazgo definitivo.
Ella tenía que interrumpir puntualmente sus entrevistas para ir hasta la pieza del hotel y darle de comer a Plinio; era una ocupación sagrada que mantuvo aun el día de su compromiso. Su novio, encarcelado esta vez dentro de un traje a rayas, ensombrecía su frente diciendo: “Voy a concluir por ponerme celoso”. “¿De quién?” preguntó Charlotte. “De Plinio.” Una risa breve los envolvió dentro del baile. Hacía frío afuera esa noche, y el interior del Bar Alemán abrigaba con olores espesos a gente, a cerveza, a frituras. En el medio de las mesas había floreritos de metal angostísimos y altos con tres flores muertas.
Para ella los días eran cortísimos; para él, en cambio, eran infinitos. Y de pronto, en la obscuridad de una ausencia brillaron los ojos culpables de Plinio. El novio pensó descorazonadamente en la inutilidad de disminuir su voz hasta modularla como la de un cura diciendo misa para santificar las proposiciones de llevar a su novia a una amueblada. Le pareció que por falta de tiempo sus frases no eran convincentes. Y Plinio era el culpable. Era él quien le robaba su novia, a él le dedicaba ella su tiempo enseñándole impúdicamente, en camisón, a andar en bicicleta, y para darle de comer salía todos los días, corriendo, de todas partes.
En los diarios de Buenos Aires, estaba anunciada la despedida de la compañía del circo Edna, pero todas eran funciones de despedida. Charlotte salió temprano del hotel esa mañana para hacer compras después de terminar su desayuno y volvió justo a las doce para darle de comer a Plinio. En el zaguán del hotel tuvo el gesto de retener los latidos de su corazón, como si tragara una píldora muy grande sin agua. Entró al dormitorio, abrió la puerta que comunicaba con el cuarto de al lado: un desorden complicadísimo rodeaba las sillas cálidas y Plinio, en el suelo, como un muerto, parecía que había perdido el uso de la palabra; él, que nunca había hablado, ahora que estaba muerto necesitaba hablar. Charlotte lo acarició y en su mano quedaron impresas gotas anchas de sangre. Llevaba una herida grande en el pecho. Alguien lo había asesinado, sin duda. Charlotte abrió la puerta y gritó tres veces. Llegó su novio, venía a buscarla; pero ella no vio la sonrisa nueva que traía como un ramo de flores en el rostro; llevaba una mano vendada y se asomó sobre Plinio muerto, incrédulamente, como se había asomado en el circo sobre sus pruebas más difíciles, miró a su novia y no la reconoció. Ya no era el ángel disfrazado de acróbata, ya no era la chica con el mono deslumbrante; sentada en el suelo con la mirada inmóvil, redactaba un aviso para los diarios, reclamando al malhechor el precio de la vida de Plinio.


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