martes, 24 de enero de 2017

Sin pan y sin amor

Betsy Vereckey


Las dos hogazas de pan captaron mi atención. Después vi al hombre que las sostenía, con un sombrero ridículo. En su foto de perfil se veía como un carpintero o un constructor naval, alguien que siempre usa camisas de franela, un hombre de hombros amplios y una barba casi hecha para atrapar migajas.
Arrastré su foto a la derecha. La aplicación anunció que había un match: él había hecho lo mismo.
Revisando su Instagram, me di cuenta de que su trabajo era hacer comida. Sus publicaciones tenían croissants del tamaño de una cabeza humana, lasaña de calabacín, rosquillas de coco, pizza de coliflor y pasta de tocino con huevo.
Resultó que podía llegar caminando a su panadería desde mi apartamento, así que decidí ir a verla (y a él también). Conocer al panadero en persona en mis propios términos secretos parecía más seguro que presentarme a una cita a ciegas potencialmente horrible. Además, si no había química entre nosotros, por lo menos regresaría a casa con algo delicioso que almorzar.
Así que una mañana calurosa de domingo me adentré en Brooklyn, pasé por fábricas y edificios desvencijados con cocheras tan grandes que podían contener excavadoras. Veía a cada rato el mapa y me preguntaba si estaba del lado correcto de la calle. Después vi el letrero.
Esperaba encontrarme con la típica panadería hipster, con focos de cables expuestos y cerveza fría que costaba 5 dólares, pero su panadería parecía más un laboratorio científico. El espacio era enorme, con techos altos, y el aire era blanquecino por la harina esparcida.
El panadero estaba en la parte de atrás y llevaba un delantal cubierto de harina. Nuestras miradas se cruzaron de inmediato. Soltó el pan que sostenía y me preguntó si podía ayudarme en algo. Estaba bastante segura de que no me reconoció a partir de las fotos que tenía en línea.
He descubierto que cuanto más sales con personas, más te recuerdan a la gente con la que ya has salido. Sin embargo, este panadero era distinto a cualquier hombre que haya conocido. Los músculos de sus antebrazos estaban entrelazados como el pan trenzado que estaba en sus fotos.
Después de preguntarle qué tenían, comenzó a hablar del pan. Yo crecí en un pueblo obrero de Ohio donde hay dos variedades: blanco e integral. No podía seguirle el paso con todos los detalles que mencionó acerca de los granos.
No soy tímida, pero estar cerca de él me hacía sentir como si estuviera bajo el agua. Mantuve los ojos enfocados en las hogazas frente a mí y por fin le pregunté qué pan prefería él.
“Ah”, dijo, vacilando. “Eso es como elegir a tu hijo favorito”.
Tomó un cuchillo afilado y, como el Zorro, rebanó un pedazo generoso y me lo dio. Mi enamoramiento había nacido.
Comencé a seguir la panadería en Instagram para ver qué ofrecía cada día. La experiencia imitaba todo lo que me encantaba de vivir en Europa… ir a la panadería por pan y pastelillos que habían sido horneados horas o minutos antes y hablar con las personas que los hicieron. Una vez, decidí comer una de las baguettes del panadero directo de la bolsa, como todos lo hacen en Francia. El primer bocado fue tan delicioso que hasta murmuré una grosería.
Mis amigos no tardaron en saberlo todo acerca de lo enamorada que estaba del panadero y su pan.
“¿Cómo te va con el panadero?”, me preguntaban. “¡Me encanta este hombre para ti!”
Seguí esperando que el panadero me invitara a salir, pero no sucedía. Finalmente, se me ocurrió que, si de verdad quería salir con él, tan solo debía decírselo. Pero ¿cómo? Había vivido gran parte de mi vida esperando que los hombres dieran el primer paso. Ahora, en la mitad de mis treinta, aún no le había pedido a un hombre que saliera conmigo (en persona y sobria, por lo menos).
Al parecer, todos tenían una opinión distinta acerca de si las mujeres deben invitar a salir a los hombres. Los hombres con los que hablé creían que era una excelente idea y me alentaron, garantizando que el panadero diría que sí. Incluso repasaron estrategias conmigo y fingieron ser él para practicar. Algunas mujeres pensaban lo mismo, pero otras intentaron disuadirme con consejos como: “Yo no lo haría… probablemente no le cuesta trabajo tener citas”.
Hasta entonces, jamás había pensado en el valor que deben reunir los hombres para pedirle a una mujer que salga con ellos. La tecnología y las aplicaciones han hecho que el rechazo sea menos personal pero, a veces, también más cruel, pues la gente se desvanece en el aire sin explicaciones ni disculpas.
Sin embargo, mi fabuloso panadero ya no era una imagen nada más. Era un chico lindo con apariencia de leñador que hacía unas chapatas buenísimas. Si le pedía que saliera conmigo y me rechazaba, estaría demasiado avergonzada para verlo de nuevo. Eso significaba un problema más grande: ¿dónde compraría mi pan?
Tuve muchas oportunidades para decírselo ese verano, pero siempre sucumbí ante mi inseguridad. Un día, un amigo me obligó a regresar a la panadería minutos después de que me había ido para comprarle una hogaza de pan y charlar con él.
“¿Sabes lo loca que voy a parecer?”, le pregunté. “Acabo de ir”.
“No me importa”, dijo. “Ve”.
Para cuando regresé, el panadero y su equipo estaban almorzando.
“Regresé”, les dije.
Todos me miraron como si estuviera loca, pero el panadero se levantó de su asiento y dijo: “Eso es bueno”.
Salí con dos hogazas de pan, un bagel y una galleta, pero sin una cita.
Cuanto más pensaba en cómo podría reaccionar, más nerviosa me ponía. Era como amasar pan: si lo haces demasiado, lo arruinas. El truco está en saber cuándo detenerte.
Ese momento llegó cuando terminó el verano y decidí mudarme a un vecindario distinto. Sabiendo que no haría el trayecto a la panadería cada fin de semana, decidí intentarlo.
Entré a la panadería en una mañana lluviosa de domingo, mala para el negocio pero perfecta para pedirle a un hombre –que no lo sospecha– que salga contigo cuando no quieres una audiencia.
El panadero llevaba calcetines con rayas rojas y blancas; me saludó con una sonrisa y dijo que había un par de especiales: un estofado de col guisada y rosquillas de calabaza moscada. “Prueba ambos”, dijo. “Te los traeremos como primer y segundo tiempo”.
Unos segundos después, el panadero salió con una generosa porción de sopa caliente servida en un plato elegante con una rebanada de su pan distintivo. Mi corazón se detuvo un poco cuando vi que había rallado queso encima.
Cuando me había terminado la mitad fue a preguntarme si todo estaba bien. Me estaba sintiendo un poco mal esa mañana por haber bebido demasiado la noche anterior, y mencioné que su sopa me había ayudado con el dolor de cabeza.
“¿Tienes resaca?”, preguntó.
Se fue y regresó con una cerveza burbujeante con sabor a uva, y me dijo que me haría sentir mejor (y tenía razón).
Media hora más tarde no quedaba una migaja o gota en mi tazón. Estaba satisfecha, pero apareció la dona, así que le dije a mi estómago que hiciera espacio. La dona era tan grande que necesité un cuchillo y un tenedor para comerla.
Pude haber dudado de mí misma todo el día, pero terminé por levantarme y acercarme al panadero, quien estaba solo en el mostrador. Sabía que si no lo invitaba a salir conmigo, la respuesta siempre sería no.
Justo cuando estaba a punto de hablar, encendió la licuadora. El ruido me calló y solo pude reír. Cuando tomó mi plato, le agradecí por una comida grandiosa. Después respiré hondo y le dije: “¿Quieres salir algún día?”.
Sentí alivio al escuchar el sonido de mis propias palabras, tanto así que deseé haberlo hecho antes.
Él me observó, se puso nervioso y confundido.
“Podríamos hablar de pan o algo así”, dije.
Con eso, su rostro se relajó. “Eso me gustaría”, dijo. “¿Tienes una tarjeta?”
Saqué una de mi cartera y la deslicé por el mostrador.
“Te mandaré un mensaje”, me dijo.
Mientras me iba, la descarga de adrenalina no era como nada que hubiera sentido antes, no sólo porque había dicho que sí, sino porque yo también había pedido algo que de verdad quería. Sin embargo, ese mismo día, más tarde, me encontré en territorio conocido: viendo mi celular, esperando un mensaje. Mis amigos dijeron que tenía permitido tardarse varios días.
Jamás se me ocurrió que podría no escribirme. Tenía una idea romántica de que si era capaz de reunir el valor para pedirle que saliera conmigo, me escribiría y saldríamos. Porque así es como funcionan los grandes gestos, ¿no? Te atreves y recibes una recompensa, ¿cierto?
Lo que no vi a causa de mi nerviosismo infantil fue que sólo yo veía lo grandioso de mi gesto. Él no tenía idea. Todo lo que él sabía es que una chica le había preguntado si quería salir a hablar de pan.
Pasó un día y después dos. Una semana más tarde, revisé la cuenta de Instagram de la panadería para ver si seguía vivo. Lo estaba. Todo lo que me había estado dando era un excelente servicio al cliente. Eso… y una lección de amor.


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