martes, 14 de febrero de 2017

El impostor

Silvina Ocampo


Hacía un calor sofocante. A las cuatro llegué a Constitución. Los libros intercalados entre las correas de la valija, y la valija, pesaban mucho. Me detuve a comer el resto de un helado de frutilla junto a uno de los leones de piedra que vigilan la escalinata de entrada. Subí por la escalinata. Faltaban veinte minutos para que saliera el tren. Vagué un rato por la estación, curioseé en los escaparates de las tiendas. Me llamó la atención, en la librería, un lápiz Eversharp, muy barato: lo compré; compré también un frasquito de gomina rosada. No uso gomina, pero pensé que en el campo, en los días de viento, podría hacerme falta. En los reflejos de una vidriera vi, como un oprobio, mi pelo rizado. Reminiscencias vagas de mis primeros padecimientos en el colegio acudieron a mi memoria.
Me había olvidado de algo, de algo importante. Miré mi muñeca, para asegurarme que llevaba el reloj, miré el pañuelo en el bolsillo, la bufanda de lana escocesa enroscada en las correas de la valija. Me había olvidado de las pastillas de bromuro. Antes y después de los exámenes suelo sufrir de insomnios, pero tal vez el aire, el sol de campo, como dijo mi madre al despedirse de mí, actuarán sobre los nervios mejor que un sedante. Ella no admitía que un muchacho de mi edad tomara medicinas. Sin embargo, yo había olvidado algo, algo más importante que las pastillas de bromuro. Había olvidado mi libro de álgebra: lo lamenté al mirar desde el andén la esfera del reloj (su perfecta redondez me recordaba los más hermosos teoremas). Lo lamenté, pues el álgebra era mi materia predilecta.
Cuando subí al tren los guardas no habían terminado aún de remover los asientos. Subían estrepitosamente las ventanillas, con plumeros largos levantaban nubes de polvo y de moscas. El vagón estaba imbuido de olores, de calores sucesivos. La luz ardiente del día reposaba su claridad celeste en los vidrios, en las manijas de metal, en los ventiladores inmóviles, en los asientos de cuero.
En el compartimento que elegí se sentaron, unos minutos después, una mujer y una muchacha muy joven. Traían una canasta y un ramo de flores envuelto en un papel de diario. Tomé uno de mis libros y fingí leer, pero observaba a las vecinas, que después de acomodar las flores y de sentarse, con laboriosos movimientos abrieron la canasta y desenvolvieron un paquete con alfajores. Mientras comían, hablaban en voz baja; sin duda hablaban de mí, pues la muchacha, que no era tan desagradable como yo lo había supuesto en el primer instante, me miraba de soslayo, con un movimiento imperceptible, de interrogación, en las cejas.
La señora, inclinándose hacia mí y ofreciéndome un alfajor, me dijo confidencialmente:
–Tienen dulce de leche. Si no me equivoco, usted es hijo de Jorge Maidana.
Vacilando, acepté el alfajor. La señora no esperó mi respuesta.
–Hemos sido como hermanos –limpiándose los labios con una servilleta de papel, prosiguió:
–El tiempo, las circunstancias, no siempre favorables, separan, a veces, a los amigos de juventud. Usted era muy niño; no se acordará de aquellos días en Tandil, cuando nos reuníamos para las fiestas de carnaval y de Semana Santa.
En un laberinto de recuerdos vi el Hotel de Tandil, pintado de verde, las numerosas mesitas del corredor, las hamacas, las piedras gigantescas del jardín, las sombras, el sol infinito del espacio, mezclándose a ellos indelebles olores a pomo de carnaval, a incienso y a melancólicos jazmines: en ese edén confuso, una señora vestida con un quimono cubierto de enredaderas me había iniciado en la prohibida ascensión de unas montañas.
Asentí con la cabeza.
–¡Qué hermosos recuerdos! –prosiguió la señora–. Yo estaba de novia. Su madre me acompañaba de noche al corso. Por las tardes, como dos mariposas, jugábamos al tenis. Hacíamos las Estaciones y el Viacrucis juntas.
La muchacha me miraba. La señora suspiró levemente, hizo aletear un pañuelo, se enjugó la frente y, como queriendo cambiar de conversación, preguntó:
–¿Aficionado a la lectura? Siempre lo he dicho: en los viajes no está de más llevar un libro. ¿Va muy lejos?
–A Cacharí –contesté sin entusiasmo.
–¡A mis pagos! Cacharí, Cacharí, Cacharí.
La miré con asombro. Ella continuó:
–¿No conoce la leyenda? Cacharí era un cacique temible. Cerca del pueblo lo mató el ejército, hace un siglo. Cayó herido y durante tres noches y tres días, gritó: “Cacharí, Cacharí, Cacharí. Aquí está Cacharí”. Nadie se atrevió a acercarse al lugar donde el indio agonizaba. Dicen que aún hoy cuando sopla el viento, a medianoche, en invierno, se oye el grito de Cacharí. ¿Viene a pasar las vacaciones? ¿Solito? Seré curiosa: ¿dónde?
–En la estancia Los Cisnes.
–Pero ¿no arrendaron el campo? ¿Quién está allí?
–Armando Heredia –contesté con impaciencia.
La señora musitó varias veces el nombre y finalmente inquirió:
–¿Armando Heredia, el viejo?
–Tiene dieciocho años –respondí, mirando por la ventanilla.
–¿Ya tiene dieciocho años?
La miré con odio: primeramente me preguntaba si Armando Heredia era el viejo, después (para prolongar vanamente el diálogo), se asombraba que ya tuviera dieciocho años.
–¡Cómo pasa el tiempo! –suspiró de nuevo la señora palmoteando los pliegues de una solapa blanca, de muselina, sobre la protuberancia de su pecho–. Es una estancia triste Los Cisnes. La casa está abandonada y hay más murciélagos que muebles. Pero es natural, a un muchacho de su edad no le asustan estas cosas. Es inútil, yo siempre sostengo que las amistades quedan en la familia. Los padres se separan, pero los hijos de esos mismos padres vuelven a reunirse. ¿Armando Heredia será compañero suyo?
–No lo conozco.
–¡No lo conoce! Dicen que el mozo es medio loco. Cuentan que cegó un caballo porque no le obedecía: lo ató a un poste, lo maniató, y le quemó los ojos con cigarrillos turcos. Pero no hay que dejarse llevar por cuentos.
Asentí con un movimiento de cabeza. Cariñosamente, la muchacha estrujaba entre sus manos el papel que había envuelto uno de los alfajores. Las manos eran delgadas, nerviosas. En sus ojos no sé qué belleza melancólica y tímida me cautivaba.
Se detuvo el tren y aproveché el momento oportuno: me asomé por la ventanilla como si esperara a alguien, me precipité afuera, bajé y caminé un rato por el andén. El calor de la tarde estaba en su apogeo. Sentía el sol ardiente sobre mi cabeza. En un rincón, en la sombra, cuatro o cinco hombres esperaban, como hipnotizados. Un gato blanco dormía en un banco de la sala de espera. Subí al vagón, volví a mi asiento. Cuando de nuevo arrancó el tren, oí la voz monótona e insistente:
–Qué largos son estos viajes en verano. Solamente los hago por obligación. Tuve que llevar a Claudia al oculista. Le recetaron anteojos.
Sacó de la cartera unos anteojos oscuros y, examinándolos, agregó:
–No quiere usarlos. Dice que no ve las letras del diario ni los escalones y que el tiempo parece tormentoso y triste a través de los vidrios oscuros.
La muchacha echó la cabeza hacia atrás, con un movimiento de pájaro, y descubrió su cuello redondo. Sus ojos se movieron, inquietos, de un lado a otro, para después posarse abstraídamente sobre mí. Pensé que hacía bien en no querer usar anteojos. ¿Qué hubiera quedado de su rostro sin la luminosidad de su mirada? ¿Qué hubiera hablado en ella? A través de los lentes oscuros, jamás me hubiera atrevido a creer que me miraba.
Me asomé de nuevo por la ventanilla. Ningún relámpago en el cielo, ninguna puesta de sol, ningún cometa justificaba, para esta señora, mi larga contemplación. El campo ardientemente monótono, con pastos amarillos o verdes, se extendía con sus repetidas ovejas, sus caballos y sus vacas.
Mis compañeras de viaje todavía no me habían dejado reflexionar. ¿Cómo sería aquella estancia remota, con el nombre de un pájaro que para mí existía solamente en los lagos de Palermo o en los versos de Ruben Darío? ¿Cómo sería Armando Heredia? Cuando su padre me lo describía, sentí algún afecto por aquel muchacho, solitario y desconocido, cuya indiferencia preocupaba a toda una familia. Esto también es cierto: sentí una mezcla de admiración y repugnancia por él.
¡Todo lo que la imaginación puede fraguar alrededor de un nombre! Mientras desfilaban ante mis ojos las nubes y los animales del poniente, lo imaginaba alto, ancho de hombros, moreno, cruel y melancólico, afectado y grosero, siempre con olor a alcohol.
“¡Cómo un muchacho que se ha recibido de bachiller en Europa, que iba a seguir la carrera de médico, un muchacho con bastante afición a la música, puede encerrarse un buen día en una estancia abandonada, cuidada por los murciélagos y los sapos! ¿Para qué se encierra en esa estancia? No es para estudiar, ni para cultivar la tierra, ni para criar vacunos”, un día exclamó, escandalizada, mi madre. ¿Pero acaso Armando Heredia no era más sensato que su familia? El arrendatario del campo les había cedido el casco de la estancia y por pequeño que éste fuera ¿cómo no disfrutaban de esa propiedad de campo, ya que la situación pecuniaria en que se encontraban no les permitía veranear en otra parte?
Armando Heredia me parecía pertenecer a la raza de los héroes (en una nube imaginé su perfil atrevido): no había sucumbido bajo las iras familiares. Había podido abandonar todo por nada. Sin embargo yo no estaba tan seguro que ese nada fuera realmente nada.
En los vidrios de la ventanilla vi el reflejo de una nube y el horizonte que achataban un sol casi violeta. Vi también el rubor de mi frente, mientras pensaba: soy un avergonzado embajador enviado por el amigo de mi padre. Yo soy tímido y nada astuto ¿qué influencia puedo tener sobre el ánimo de un muchacho que sólo conozco por vagas, contradictorias informaciones? “Lo único que tienes que hacer es seguir estudiando” me había dicho el señor Heredia, mientras fumaba un habano, en el escritorio de mi padre, “demostrarle tu amistad, si la sientes. Creo en la eficacia del ejemplo: ningún consejo será mejor. No podría pedirte, no, no podría pedirte, aprovechando las ventajas de una posible amistad, que arranques de su corazón un secreto para entregármelo a mí. Temo que en el misterio de su reclusión exista una mujer o un vicio. Repito: lo único que tienes que hacer, amigo mío, es estudiar allí y aprovechar el aire saludable del campo. La casa está abandonada, pero para un muchacho de tu edad eso no significa una molestia sino una diversión más.”
Admiré en la ventanilla una interminable laguna donde reposaban como flores algunos adormecidos flamencos. Pensé en la frescura de un baño y, al contemplar mejor la monotonía del agua, seguí el curso anterior de mis pensamientos. Mi padre, que estima al señor Heredia como uno de sus mejores amigos de infancia, viendo, en la promesa de un vínculo de amistad entre su hijo y yo, reanudarse una relación interrumpida desde hacía años por circunstancias ineludibles de la vida, me recomendó que desplegara la máxima cautela, la conducta más sagaz, la inteligencia más sutil para acercarme a Armando Heredia e influir sobre su carácter áspero. Tantas esperanzas puestas en mí me confundían.
Si Armando Heredia no me resultaba simpático, si yo no le resultaba simpático ¿cómo haría para soportar aquellos quince o veinte días en la soledad definitiva del campo? Por lo menos ¿habría en la estancia un aparato de radio, una bicicleta, un caballo?
Caía la noche con un cielo vacío. Sobre la frescura del vidrio apoyé mi frente: me sentía afiebrado. Hubo un momento de júbilo cuando vimos la primera llama y el primer avestruz iluminados por monstruosas luces. Leí un rato. Pensé que estaba solo y hasta cierto punto lo estaba. Mi interlocutora se había dormido; la muchacha, reclinada en el respaldo del asiento, con los ojos entornados, trataba de imitarla. Vi que su boca tenía la forma de un corazón orgulloso. Vi que llevaba en su vestido un broche con piedritas celestes; las piedritas dibujaban un nombre: María.
Las luces comenzaban a encenderse cuando el tren se detuvo en la estación de Cacharí. No me esperaba Armando Heredia, sino un peón afónico, cuya cara no pude distinguir de la noche, y una volanta desvencijada.
Ladraban los perros. En la oscuridad de una casa muy larga, compuesta casi esencialmente de corredores, de enredaderas superpuestas, apareció Armando Heredia llevando una lámpara de kerosene en la mano. Gracias a las circunstancias nuestro encuentro fue providencialmente natural. Un chiflón apagó la lámpara. Tuvimos que ir a la cocina, a buscar otra. En el cuarto contiguo una agria voz de mujer protestaba contra las camisas de las lámparas. Todas se habían quemado ese día. Armando Heredia descolgó del techo un farol y me condujo con la luz a través de otro corredor. Llegamos a una habitación larga; algunos tablones del piso estaban hundidos.
–Esto fue un comedor –me dijo Heredia, iluminando su cara con la lámpara–todo en esta casa fue y ya no es, aun la comida –agregó, enseñándome una fuente con carne ahumada y hojas de lechuga amarilla.
Algunas personas que vemos por vez primera nos sugieren falsos recuerdos; creemos haberlas visto antes; seguramente tienen algún parecido con otras que conocimos en algún café o en alguna tienda. Heredia no era como yo lo había imaginado, pero en cambio se parecía a alguien: no podía descubrir a quién. Busqué nombres, lugares en mi memoria; lo asocié a un librero de la calle Corrientes, a un profesor de matemáticas. Mientras observaba el movimiento de sus labios perdí las esperanzas de saber a quién se parecía. Me sentí humillado ante mi falta de memoria.
–Si quiere pasar a su cuarto, antes de comer, sígame.
Atravesamos otros corredores y llegamos a un dormitorio con un techo muy bajo. Las ventanas eran de distinto tamaño, los muebles llevaban esculpidos en la base una suerte de monstruos, con colas dobles de sirenas; los vislumbraba apenas en la trémula luz del velador.
–En este armario hay una percha, la única. Es mía –dijo Heredia, mostrándome en la oscuridad el armario entreabierto–. ¿Ve las goteras?
Interesado, inspeccioné la oscuridad.
–Estas vasijas –prosiguió, dando un puntapié sobre un objeto– están destinadas, no sólo a recoger el agua cuando llueve, sino a producir insomnios y una música imprevisible. Podría jurarlo: cada gota que cae en estos recipientes produce un sonido infinitesimalmente distinto del anterior y del siguiente. He oído más de quinientas lluvias en este cuarto.
Pensé decirle: Es muy aficionado a la música. Pregunté atentamente:
–¿Llueve mucho?
Me lavé las manos, saqué algunas cosas de mi valija, me peiné. Después nos sentamos a comer, casi a oscuras.
El sol implacable iluminaba el cielo y una arboleda tupida, cuyas copas se dibujaban contra nubes blancas. Un viento ardiente soplaba sobre los pastos secos. Era aquella una estancia abandonada. Sobre el techo de la casa crecía un eucalipto y algunas flores silvestres. Las enredaderas devoraban las puertas, los aleros de los corredores, las rejas de las ventanas. En una película cinematográfica había visto algo parecido. Una casa con telarañas, con puertas desquiciadas, con fantasmas.
Salvo a Heredia, no había visto a nadie después de mi llegada. El desayuno, en la cocina, a las siete de la mañana, fue bastante frugal. En uno de mis bolsillos guardé un pedazo de galleta y unos terrones de azúcar, que fui comiendo despacio.
El silencio me asombraba como algo totalmente nuevo: llegaba a ser terrible y estridente.
–Hace mucho que no salgo al campo –exclamé como respondiendo a una pregunta que nadie había formulado–, el aire y el sol me aturden.
Armando Heredia caminaba a mi lado, dando cortos rebencazos en el pasto. Nos seguían tres perros.
–Las cosas monótonas son las más difíciles de conocer. Nunca nos fijamos bastante en ellas porque creemos que son siempre iguales.
–¿Qué es monótono?
–El campo, la soledad.
Callamos, incómodamente.
–¿Por qué esta estancia se llama Los Cisnes? –pregunté, tratando de evadir el silencio.
–Por los cisnes de la laguna –me dijo señalando con su rebenque un lado problemático del monte.
Tuve la sensación de estar ciego: de noche, la oscuridad; de día, la intensa luz, no me permitían ver.
–¿No le dije ya que todo ha desaparecido en esta estancia? –prosiguió–. Todo, salvo los murciélagos, las arañas, los reptiles, usted y yo.
En ese instante, como ilustrando el final de su frase, una víbora se deslizó entre los pastos. Retrocedí de un salto. Heredia inquirió:
–¿Es miedoso?
Esta frase hubiera podido ofenderme, pero todo me parecía demasiado irreal. Repliqué:
–Todo lo que es viscoso me da miedo: un pescado, un sapo, el jabón cuando está derretido, cualquiera de esas ranitas que sobrevienen con la lluvia.
Me convidó con cigarrillos. Nos detuvimos. Mientras encendía un fósforo y resguardábamos la llama entre nuestras manos, lo observé atentamente. Estaba apoyado en el tronco de un árbol. Examiné las bombachas negras, el cinturón de cuero sobado, el pañuelo azulado al cuello, el grave perfil casi griego (que recordaba alguna de las estatuas que poblaban las láminas de un libro de historia de Malet). Volví a asociar su cara a otras caras, en vano.
–¿Podríamos ver la laguna? –inquirí. Luego agregué con verdadera curiosidad:
–¿Y por qué no tiene cisnes? ¿Los cazaron todos?
–Los cisnes no se cazan, pero mi abuelo materno los hizo matar. Pretendía que le traían mala suerte. En la familia creen que tuvo razón. La muerte rectifica muchas cosas; con mi abuelo fue esplendorosa: transformó sus supersticiones en nobles y meditadas actitudes; sus manías, en admirables constancias. Mi tía Celina, la menor de sus hijas, que solía ir a la laguna con las chicas del puestero, enfermó gravemente un día de diciembre. Dijeron que se había bañado en la laguna; volvió a la casa descalza y con la ropa mojada. Cuarenta noches y cuarenta días tembló de fiebre en la cama de fierro donde yo duermo ahora y nadie sabía que en sus delirios veía los enormes cisnes de la laguna picotear su cabeza. “Allí están otra vez. Ahí vuelven”, gritaba tía Celina. Mi abuelo le preguntaba “¿Quiénes vuelven?”, ella contestaba: “Los monstruos”. “¿Qué monstruos?” “Los grandes, con las caras negras.”
Dos años duró su enfermedad. Mi abuelo tardó en averiguar quiénes eran los monstruos de caras negras. Cuando lo supo, hizo matar los cisnes. Después, poco tiempo después, mi tía Celina murió de un ataque al corazón. Dicen que en esos días encontraron al último cisne en la laguna y que mi abuelo lo estranguló con la mano izquierda. Toda esta historia desprestigió la estancia. Mi madre no quiso volver. Adoraba a Celina. Mi padre, aunque nunca vivió más de una semana aquí, siente una atracción romántica por el lugar. El arrendatario del campo no aceptó la casa. Es natural, la suya es mejor. Aquí se quedaron a vivir la antigua casera, esa mujer que cocina para nosotros y nos lava la ropa, el marido, que fue el peón más antiguo de la estancia y que tiene algunas ovejas y algunos caballos y el nieto, de doce años, que se llama Eladio Esquivel.
–Pero ¿son invisibles?
–Si fueran silenciosos sería mejor –respondió Heredia.
–No los he oído.
–Hoy se fueron a Tapalqué, para asistir a un casamiento. Volverán a la noche. Dejaron preparada la sopa. Una sopa incomible. Nosotros mismos asaremos la carne en las brasas. Hay dulce de membrillo y queso.
La descripción de este almuerzo despertó mi apetito. Saqué un trozo de galleta del bolsillo y lo comí mientras contemplaba las avenidas idénticas del monte.
Sentía sueño, sueño y hambre. Era la abrumante hora de la siesta. Penetré en una especie de despensa con olor a jabones y a yerba, donde zumbaban moscas. Los postigos estaban cerrados. Un hálito fresco y agradable me acariciaba la frente, mientras me acostumbraba a la oscuridad. En el suelo vi dos cajones vacíos, tres bolsas: una, con protuberancias desiguales, que contenía las galletas; otra, con forma de almohada, con algo que debía de ser afrecho; otra casi vacía con maíz desgranado. En los estantes, en un rincón, vi unos jabones amarillos y una escoba; en otro rincón, un pedazo de dulce de membrillo, dos tajadas del mismo dulce sobre un plato; en el último estante, tres botellas de vino negro, un sifón viejo y un extraño objeto que me llamó la atención. Para examinarlo de cerca, subí sobre uno de los cajones. Lo tomé en mis manos. Era un florero de porcelana azul, con helechos rosados, que representaba una canasta; un cupido con la boca abierta sostenía la tapa con una mano y con la otra una guirnalda de flores y de frutos exuberantes.
En la casa de uno de mis amigos había visto, en una vitrina o tal vez en el centro de una mesa redonda, un adorno idéntico. Dejé en la repisa el repugnante objeto; estaba cubierto de telarañas y de polvo. Bajé del cajón y miré el dulce en el plato. Tenía hambre, pero no me gusta el dulce de membrillo. Resignado, tomé las tajadas y las devoré.
Nuestros paseos a caballo me deleitaban: los esperaba en la primera luz del día, en los primeros cantos de los pájaros. Heredia me había prestado unas bombachas y un par de alpargatas. Con exaltación incomparable crucé la laguna y vi flotar sobre las aguas nidos en forma de canastas. Encontré en el campo un huevo de perdiz, oscuro y lustroso, de color de chocolate, y otro huevo enorme de avestruz.
Del fondo de la cocina llegaban las voces de un aparato de radio: llenaban la solitaria casa de resonancias. Comprendí por qué Heredia se había lamentado de que los habitantes de la casa no fueran tan silenciosos como invisibles. “Las radios ajenas son agresivas”, decía mi amigo mientras se sacaba las botas para calzarse las alpargatas.
Salimos a un patio. Era de noche. Vi nacer una luna conmovedora. En ese instante, no por su modo de hablar ni por sus palabras, sino por su modo de distribuir las audaces ventajas del silencio, tuve la deslumbrante revelación de la inteligencia de Heredia.
Andábamos a caballo por el campo. Yo le preguntaba a Heredia a quiénes pertenecían los montes y las casas que se divisaban a lo lejos. Me explicaba con paciencia:
–Aquel monte es de Rosendo Jara. Tiene ovejas. Aquél es de Miguel Ramos, el almacenero. Tiene un plantel de vacunos y un hijo, que es domador. El de más allá, en donde se ve un molino, es de Valentín Gismondi, un hombre más pobre que los otros. Tiene una hija llamada María.
Lentamente progresaba nuestra amistad. Lentamente llegamos a hacernos confidencias recíprocas. Le hablé de la antipatía que sentía por mi hermano mayor, de la absurda actitud que tomaba mi madre ante un sentimiento tan natural. Los vínculos de la sangre no existían para mí. ¿No bastaba que fuéramos hermanos? ¿Teníamos que ser amigos? Heredia me comprendía. Me hablaba de su padre:
–No puede tolerar que yo este aquí. Sospecha que le oculto un secreto. ¿Acaso puede uno vivir sin ocultar un secreto a su padre? Suponiendo que lo averiguara y lo descubriera, siempre existiría un secreto. Nunca podría conocerme. Un día sospecha que estoy enamorado; otro, que me abandono a la bebida. Desconcertarlo me divierte.
–Está mal –dije con desgano.
–¿Por qué está mal? Las personas frívolas necesitan ser castigadas. Si lo llevara a un rancho hecho de barro, sin postigos, tal vez sin puertas, y le enseñara a una muchacha como María Gismondi, con olor a humo pero llena de virtudes; si le dijera: “ésta es mi novia”, me trataría como a un criminal.
–¿Y ésa es su situación?
–No, de ningún modo. Quiero probarle con este ejemplo la frivolidad de mi padre. Es un monstruo. He pensado a veces…
Yo sentía el transcurso, la esencia del tiempo en sus repeticiones. Recordar el presente es alargar más el tiempo. Recordaba las fragancias de las lluvias, al declinar el día, cuando Heredia, sin dar explicaciones, desaparecía de la estancia. Yo escuchaba el galope del caballo, que se alejaba sobre el camino de tierra, o veía una nube de polvo, que se alejaba con la volanta.
Pensaba: regresa no sé a qué horas, cuando estoy profundamente dormido. Oigo los pasos de sus botas sobre las baldosas del corredor. Golpea mi ventana, para darme las buenas noches. Lo oigo entre sueños. Mientras duermo, el tiempo interrumpe su ritmo convencional. En lugares solitarios el sueño se enlaza a la realidad. Ésta es como la imitación de una vida muy larga, con sus memorias. Hace cinco o seis días que vivo en esta estancia con Armando Heredia y me parece que toda mi vida he vivido con él, en esta casa; que siempre que he oído llover, que siempre que he visto las puestas de sol, Armando ha golpeado en mi ventana para decirme buenas noches, en medio de mis sueños.

***

Llegamos del fondo del campo, a caballo, y nos bañamos en el tanque australiano que estaba en la antigua huerta. El agua nos llegaba a la cintura, pero yo sentía más placer que en los baños que me daba en la piscina de la Asociación Cristiana de Jóvenes, o en la playas de Olivos, en el Río de la Plata. Nos zambullíamos alegremente en medio metro de agua. Los pájaros bajaban, rozando apenas el agua con las alas, y ascendían rápidamente al cielo. Mientras nos vestíamos debajo de un sauce, cuya sombra nos cobijaba, nuestro diálogo se internaba por los senderos de las confidencias.
–En el primer momento, cuando quise quedarme aquí, mi padre me creyó loco –me decía Heredia–. Cuando vio que todo era inútil, pues a pesar de no haberme dado un centavo yo insistí en quedarme, me pidió, como último recurso, que fuera a Buenos Aires a consultar a un médico. Acepté. Yo sufría de insomnios y de frecuentes dolores de cabeza. Mi encuentro con el médico –el doctor Tarcisio Fernández, un psicoanalista– fue cómico. Él mismo me había prescripto una franqueza absoluta, que aproveché para insultarlo durante las visitas que le hice en su consultorio. Después él mismo aconsejó a mi padre que me dejara venir al campo y me pidió, ya sin esperanzas de ser oído, que anotara mis sueños. Del cajón de su escritorio sacó un cuaderno, con tapas de cuero azul, que me entregó diciéndome: “Este cuadernito podrá servirle para anotar sus sueños”. Reconciliados, nos despedimos. Le prometí obedecer su pedido. Quisiera satisfacer ese pueril capricho, le aseguro, pero no puedo, no he podido, no tengo sueños. ¿Usted sueña mucho?
–Sí, pero cosas absurdas, sin interés; muchas veces creo que estoy pensando y en cambio estoy soñando. Me transformo en otro individuo: sueño con personas, lugares y objetos que jamás he visto. Después, cuando no puedo vincularlos con la realidad, los olvido. Recuerdo que en uno de mis sueños me dormí de aburrimiento. Sin duda son sueños hereditarios.
–Cómo interesaría todo esto a Tarcisio Fernández –exclamó Heredia–. Yo quisiera tener sueños, aunque fueran inconciliables con la realidad. No soñar es como estar muerto. La realidad pierde importancia. Pienso en los sueños de Jacob, de José, de Sócrates; pienso en el de Coleridge, que le inspiró un poema. A veces me despierto con la sensación de tener dentro de mi memoria una hoja en blanco; nada parece imprimirse en ella. Cometería un crimen si ese crimen me permitiera soñar. Maidana, por favor, cuénteme alguno de sus sueños. Si yo estuviera como usted condenado a soñar con personas y lugares que no conozco –se interrumpió un instante para atarse las cintas de una alpargata–, seguramente me divertiría mucho. Me dedicaría a buscar esos lugares y esas personas.
–Yo no podría hacerlo porque no soy fisonomista. Apenas reconozco a personas que he visto muchas veces en la vida. En un sueño tengo menos probabilidades de recordarlas.
–Cuénteme algunos de sus sueños –insistió Heredia.
–En este momento tendría que inventarlos. No recuerdo ninguno.
Solo, a las ocho de la noche, vagaba por el campo. Quería ver en la laguna los pájaros que acuden a sus nidos a la puesta del sol. Al pasar por el alambrado de púas me lastimé un dedo. Busqué una hoja, para limpiarme la sangre, pero no encontré sino la mostacilla del cerco y los cardos del camino. Llegué a la laguna.
Me inclinaba entre los juncos, sobre el agua, para lavarme las manos, cuando vi una extraña criatura acurrucada en el suelo. Primero pensé que era una oveja echada, una de esas ovejas, como los leones de algunos cuadros, con cara de hombre. Me acerqué más, removí los juncos. Era un hombre con el pelo largo hasta la cintura; estaba sentado adentro del agua, trenzaba con los juncos una suerte de jaula que le serviría, sin duda, para capturar pájaros. Me acerqué. Le hablé. No me oyó. En la austeridad del silencio, el silbido que sus labios modulaban era similar al canto de los más ingeniosos pájaros.
Heredia comía sobriamente. No bebía vino; no olía nunca a alcohol. Era bueno con los animales. Su conducta era correcta. Yo lo estimaba. Las calumnias habían sido vanas: pensaba estas cosas al mirar en mi mano la rama amarga, con frutos rojos, de un duraznillo. Heredia de vez en cuando interrumpía su diálogo; arrancaba hojas de los árboles para llevárselas a la boca y masticarlas.
–Mi padre me ha enviado una carta, anunciándome para la próxima semana la llegada de uno de sus amigos. –Sacó la carta del bolsillo y sonrió extrañamente.
–Lo manda –prosiguió– para espiarme. Pienso no tolerar ninguna de esas intromisiones: mataré de un balazo a cualquier persona que pretenda meterse en mi vida privada.
–¿Tiene revólver?
–No; pero alguien podría prestármelo.
–Iría preso.
–No me importa ir preso. ¿Acaso no estoy preso aquí?
–Por su gusto.
–¿Por mi gusto? –se interrumpió un momento–. Tal vez sí, tal vez no.
Llovía. Como predijo Heredia, dentro de los recipientes, que estaban colocados en mi habitación, las gotas caían con sonoridades rítmicas y tonos tan diversos que resultaba imposible no escucharlos (como se escuchan, sin querer, algunas músicas).
¿Por qué Heredia no me llevaba nunca al pueblo de Cacharí? El día que resolví ir a la peluquería ¿por qué combinó un viaje a Azul, y me llevó en tren y de mala gana? ¿Por qué no me dejaba entrar a su cuarto que está en el ala opuesta de la casa? ¿Me ocultaba algo? Mi amistad con él ¿había sido ilusoria? Me hacía esta serie de reflexiones cuando Eladio Esquivel, el nieto de la casera, se asomó a mi ventana y me dijo: “Hay correspondencia para usted”. Debajo de un capuchón improvisado con bolsas; para protegerse de la lluvia, vi por primera vez la cara risueña del muchacho. Pensé: ¡Qué manía tengo de descubrir parecidos en las personas! Creí evocar un retrato de mi padre a los diez años. Abrí el sobre. Leí la firma, para no alegrarme vanamente. La leí con asombro. Era una carta del señor Heredia, a quien yo había perfectamente olvidado. Sentí un leve malestar. No podía identificar al señor Heredia, que yo había conocido en Buenos Aires, con el padre de Armando Heredia. Si hubiera seguido mi primer impulso no hubiera leído la carta. Tal vez pensé en lo frágil que es nuestra inocencia ante la imaginada interpretación de los demás. Venciendo mi repugnancia comencé la lectura. No puedo textualmente repetir su contenido, pero su significado era más o menos éste: Después de preguntarme qué recibimiento me habían hecho en la estancia, si me divertía, si no me mataban de hambre, si la vida de campo era de mi agrado, mencionaba a su hijo, me pedía noticias de él, de su conducta, de su aspecto físico, etc. La carta, escrita en un tono paternal y quejumbroso, me desagradó. La escritura era grande, inclinada y pretenciosa. Tengo algunos conocimientos de grafología. Cavilé un instante sobre los rasgos principales de la escritura. Descubrí en ellos su cobardía y su vanidad. Cuando alcé los ojos, Armando Heredia estaba frente a mí. Como una sombra había entrado en mi habitación, como una sombra lo vi recortado en el marco de la puerta por donde se infiltraba la luminosidad verdosa y celeste de la lluvia. Desde mi llegada a la estancia no había sentido culpabilidad alguna en mi actitud: Armando Heredia no me había interrogado; por lo tanto, yo no había sentido la obligación de relatarle mi entrevista con su padre, ni se me había ocurrido cavilar sobre estas cosas. Frente a su invisible semblante me sentí, con una carta que parecía revelar mi traición, tenebrosamente culpable. Heredia retrocedió unos pasos para avanzar de nuevo: la luz iluminó sus ojos. Seguí la dirección de su mirada: atravesaba la carta y el rubor incontenible de mi rostro.
–¿Y usted mantiene correspondencia con mi padre?
Agité la hoja en el aire y le respondí riéndome, tratando torpemente de tranquilizarme.
–Me ha escrito estas líneas. Intentaba hacer su grafología.
–Tendría que hacer su propia grafología, para averiguar qué clase de espía es usted. –Al pronunciar estas palabras Heredia tomó una jarra que había sobre la mesa y la estrelló contra la pared. El agua cayó como una enorme flor.
–Mi padre es un imbécil, pero usted es un hipócrita. Usted ha venido a esta estancia con el pretexto de descansar, de estudiar para los próximos exámenes; ni descansa, ni estudia. Pero tampoco sirve para espiar; para todo hay que ser inteligente.
Con estas palabras dio un portazo y se alejó por los corredores. Oí sus pasos, metálicos, en la lluvia.
En mi corazón ¿predominaba la ira o el remordimiento? La ira convertida en resentimiento se volvía más incómoda; el remordimiento convertido en asombro, más llevadero. Preparé mi valija. Acomodé los libros entre las correas de cuero. Me preocupaban muchas cosas: ¿en qué me iría a la estación? ¿Qué diría al señor Heredia y a mis padres en Buenos Aires? ¿Dónde estaba mi bufanda? Abrí el postigo. Llovía torrencialmente. Entré en la cocina. No había nadie. Me senté en un banco frente a la puerta. El humo de los leños húmedos llenó mis ojos de lágrimas. La casera tardó en llegar y, al verme con la valija, me preguntó si estaba de viaje. Le dije que esperaba irme esa misma noche. Averigüé la hora de los trenes. Le pregunté si la volanta podría llevarme; no me aseguró nada.
La lluvia amainó. Se despejó el cielo. Dejé la valija en la cocina y salí al patio. Me interné por el monte. Volvió a sorprenderme la similitud de todos los caminos de eucaliptos y de casuarinas. Me seguía uno de los perros. Desde el primer momento me había seguido; por las mañanas me esperaba indefectiblemente en la puerta de mi cuarto. Era negro, lanudo y humilde. Lo llamaban Carbón.
La lluvia, finísima, se infiltraba apenas entre el follaje. La tierra, en el bosque de eucaliptos, no estaba húmeda. Se hubiera dicho que los rayos de sol apresados en un colchón de hojas secas mantenían un calor y un olor más intensos en medio de la lluvia. Me senté al pie de un árbol, desde donde se divisaba la entrada de la casa. Melancólicamente pensaba en todo lo agradable y lo desagradable de mi estadía. En lo poco que había estudiado, en los insultos de Heredia, en la indignidad aparente de mi actitud, en los paseos a caballo, en los baños en el tanque australiano, en la muerte del indio Cacharí, cuando fui arrancado de mis meditaciones por Carbón, que se abalanzó ladrando en dirección a la casa. Al rato vi llegar un automóvil. Bajó un hombre, después otro. Entraron en la casa. Volvieron con la casera y el nieto. Trataban de sacar del automóvil un bulto muy pesado. Me puse de pie, para ver mejor. Comprendí que no se trataba de una bolsa ni de un cajón: los hombres respetuosamente sacaron del automóvil una persona muerta.
Con la sensación de irrealidad que uno siente después de pasar una noche en vela, seguí a la casera por los corredores. Armando Heredia me mandaba llamar. Por primera vez entré en su cuarto. Aterrado, me detuve en la puerta. Armando estaba acostado, tenía un pañuelo sobre la frente. Vagamente vi una palangana sobre una silla, junto a su cama. Con una voz débil le oí balbucear.
–Me dijeron que estaba por irse. Tal vez me excedí, tal vez me equivoqué. Soy violento.
–¿Está mejor? –le pregunté, interrumpiendo nerviosamente su frase–. ¿Qué sucedió?
–Iba al pueblo. En vez de rodear los potreros del fondo, como suelo hacerlo en los días de lluvia, tomé el camino. El barro estaba resbaladizo como un piso de baldosas jabonado. Súbitamente mi caballo patinó, se espantó y rodó en la zanja, cerca de la alcantarilla del camino. No sentí nada. Unos vecinos que pasaron en automóvil me recogieron y me trajeron desmayado.
–¿Se hirió?
–Un poco, en la cabeza, en la cintura, en el brazo izquierdo –dijo, tratando de incorporarse en la cama.
Se arremangó y vi que tenía en el brazo izquierdo una herida bastante profunda.
–No comprendo con qué me hice esta herida –musitó perplejo. Agregó:
–Alguna piedra o los bordes de la alcantarilla.
Heredia necesitaba paliativos para sus dolores y desinfectantes para su herida. Resolví ir a buscarlos al pueblo. Bajé del caballo, lo até a un poste y entré en la farmacia. Aprovechaba ese pretexto para visitar Cacharí y para alejarme un rato de la estancia. Después de comprar los medicamentos, vagué por el pueblo. Nubes incesantes de polvo se levantaban; un polvo fino como la arena giraba en remolinos. Caminé por la avenida principal que tiene en el centro una hilera de fénix. Entré en el almacén y compré un mate de porcelana, con la inscripción Amistad, y un atado de cigarrillos.
Reclinada en el mostrador, en una actitud de dulce indiferencia, estaba la muchacha con quien había viajado hacia unos días. Esperaba frente a una botella, con los ojos fijos en mí. Apoyé un brazo en el mostrador y la miré con adoración. Le dije en voz baja:
–¿Esperando?
Sin darse por aludida y sin dejar de mirarme, cambió de postura, tomó un paquete y la botella llena de vinagre, que le entregó el almacenero, y salió cerrando la puerta apresuradamente. Permanecí un instante inmóvil. Defraudado, salí del almacén, busqué a la muchacha. Había desaparecido en el sol y en el silencio. Por las sombras cuadradas de las casas caminé al encuentro de mi caballo, lo monté y regresé con una sola esperanza: la esperanza de verla.
Los gritos de los troperos que pasaban arreando el ganado se elevaban, se perdían entre un tumulto de mugidos. Armando Heredia ya podía sentarse en la cama: la hinchazón del brazo había disminuido. Reanudamos la amistad. Un día que hablábamos y nos reíamos de nuestra disputa como de algo que había ocurrido entre otras personas, por primera vez me detuve a examinar la habitación; algunos cortinados, algunos muebles la oscurecían, las ventanas, caprichosamente colocadas, y una puerta con vidrios, la iluminaban; todos sus ángulos estaban en falsa escuadra; era exageradamente alargada; sus paredes blanqueadas revelaban en partes colores oscuros y sucios. La cama era de fierro y tenía en la cabecera un pequeño paisaje ovalado, que representaba un barco con las velas desplegadas y un cielo celeste, con nubes. Las sillas estaban vencidas por el uso. El armario, una ruina altísima y desolada, tenía el espejo roto. La mesa de luz era gris; le faltaba un cajón (por el hueco asomaban unos libros, un tubo de aspirina, un lápiz verde y un cortaplumas). Un almanaque del año 1930 colgaba de un clavo en la pared de la derecha y pegado a la pared contigua junto a la puerta, había una reproducción de un cuadro que debía de ser de Delacroix. Me acerqué al cuadro: en el profuso verdor de un paisaje del trópico un tigre se abalanzaba sobre un jaguar.
–Yo he visto una pelea como ésta –dije en voz alta.
Heredia no ocultó su incredulidad. Inmediatamente quiso saber en qué circunstancias y dónde la había visto. No pude contradecirme. Le di una explicación insatisfactoria, pero sentí que después de haberme oído Heredia me estimaba más que antes.
Mi conciencia me torturaba. Si no era por mentir ni por satisfacer mi vanidad ¿por qué había dicho esa frase? Si confesaba a Heredia que al mirar la reproducción del cuadro tuve la certeza de haber asistido alguna vez a la pelea de un tigre con un jaguar y que luego al indagar en mi memoria y al tratar penosamente de contarla había comprendido que ese recuerdo no existía; que en el transcurso de mi vida, en ningún momento, ni siquiera en el Jardín Zoológico, ni siquiera en la infancia, entre mis animales de juguete, pude asistir a un espectáculo semejante, ¿qué pensaría de mí?
Así reflexionaba mientras veía desde el corredor las evoluciones de Eladio Esquivel, que subía con la roldana un balde con botellas del fondo del pozo donde se mantenían casi heladas. Me acerqué a pedirle agua; tomé unos tragos de una botella. Al mirar de nuevo la risueña cara del muchacho, se agolparon en mi memoria imágenes confusas. ¿Por qué todo me recordaba otra cosa? Claudia o María (la muchacha que había visto en el tren), el mismo Armando Heredia, la repugnante canasta de porcelana con el cupido y la guirnalda, la cama de Armando Heredia, Eladio Esquivel, la reproducción del cuadro… Recordé unos versos que había leído en una antología inglesa:
I have been here before,
But when or how I cannot tell.
Yo también tenía la impresión de haber visto antes todo esto, pero sin el éxtasis de amor, que era lo único que la hubiera justificado.
Pensé en la transmigración de las almas. Recordé algunas frases relacionadas con el dogma de la filosofía india: “El alma está en el cuerpo como el pájaro en la jaula”. “El cuerpo hace largos viajes y cuando se enferma, el alma, que lo lleva, le consigue remedios, pero cuando perece lo abandona, como al casco de un barco, para buscar otro y gobernarlo como al anterior.”
Estudié de nuevo la cara de Eladio: vi sobre su cabeza un turbante ceñido y oscuro como la flor aterciopelada que mi madre había llamado, en un jardín de Olivos, cresta de gallo.
Pregunté a Esquivel:
–¿Usted no recuerda haberme visto antes que yo viniera a esta estancia?
Mirándome con sus enormes ojos, respondió:
–Tengo mala memoria.
–Yo también tengo mala memoria para reconocer las caras, pero no se trata de eso. ¿No le parece que me ha conocido antes? ¿No hay algo en mí que usted reconoce?
Con mirada curiosa recorrió mi cara, miró mi pelo, mi frente, como si recordara algo. Sacudió la cabeza y dijo sin convicción:
–Creo que no.
Le respondí:
–Yo lo vi en la India, hace más de un siglo. Se quitaba el humilde turbante para bañarse de noche en las aguas del río. Después robó piezas de seda en una tienda y al morir se reencarnó en un ave.
Recité en alta voz estas palabras:
–“El alma no puede morir: sale de su primera morada para vivir en otra. Yo lo recuerdo, estaba en el sitio de Troya, me llamaba Euforbo, hijo de Panto, y el más joven de los atridas atravesó mi pecho con su lanza. Asimismo, antaño, en Argos, reconocí mi escudo en los muros del templo de Juno. Todo cambia; nada perece”. Como Pitágoras, yo también creo en la transmigración de las almas”.
–Eladio Esquivel me escuchaba absorto.
–A los doce años yo sabía de memoria, y en griego, el apólogo de Her, hijo de Armonio, que vio el alma de Orfeo transformarse en cisne, la de Tamiro, en ruiseñor, la de Ayax, en león, la de Agamenón, en águila.
Las nubes sonrosadas tenían fastidiosas formas de ángeles y de altares. Tendidos sobre la hierba, los jirones de neblina se disipaban. En la turbia luz del monte, lento, ciego, apareció Apolo, el caballo con la estrella en la frente. Era la primera vez que yo veía un animal ciego. Preparé esta frase para decírsela a Heredia: “Una persona, capaz de hablar, de comprender, de razonar, aunque haya nacido ciega, a través de las palabras puede conocer el mundo de las formas, de los colores, del pensamiento; pero un animal ciego ¿en qué secretos laberintos vagará, preso de sus movimientos, como un autómata? ¿Qué manos, qué voz piadosa le enseñarán el mundo?” Dije:
–Los animales son los sueños de la naturaleza.
Apolo se acercaba lentamente, se detuvo ante nosotros. Una luz azulada y turbia, de ópalo, iluminaba sus ojos muertos. Parecía una imperfecta estatua de piedra o de yeso manchado. Todo ese mundo visual, que espanta a los caballos, había desaparecido de su vida junto con la dicha. Sentí que en mi cara transparente se traslucía el horror: recordé las palabras oídas en el tren: “…cegó un caballo porque no le obedecía. Lo ató a un poste, lo maniató y le quemó los ojos con cigarrillos turcos”.
Entre nosotros se entabló el siguiente diálogo:
–Pobre animal, ¿por qué no lo matan?
–Todavía sirve para el arado.
–¿Lo hacen trabajar? Ha de sufrir mucho.
–¿Cómo lo sabe?
–Apenas se mueve. Lo he visto vagar lentamente, ¡con tanta indiferencia!
–La indiferencia no es sufrimiento.
–Es el peor.
–Tal vez. Pero Apolo no es del todo indiferente. Usted verá.
Heredia encendió un fósforo y lo acercó a los belfos del caballo. Éste se estremeció, irguió el pescuezo, se levantó en las patas traseras y se abalanzó entre los árboles con el esplendor de una figura mitológica.
–¿Qué le pasa? –pregunté con voz trémula.
–Quedó ciego en un incendio. Estaba atado y no pudo huir. El calor del fuego lo enloquece. Con Eladio nos divertimos: encendemos una fogata en el corral, lo encerramos y lo montamos por turno para ver a quién voltea antes.
Heredia prometió que al día siguiente nos divertiríamos con Apolo. Acepté asqueado. Pensaba, mientras sonreía hipócritamente: Cada amigo nos revela, tarde o temprano, la existencia, en nosotros, de un defecto inesperado. Heredia me revelaba mi cobardía; o más bien, el miedo que yo tenía de parecer cobarde.
A lo lejos, entre los árboles, Apolo había recuperado su indiferencia melancólica.
Conversábamos con Heredia a la sombra de un fénix.
–El 28 de febrero llegará el amigo de mi padre –me decía; después, apoyándose en el tronco, miró el follaje y prosiguió–: Asocio las palmas al mar. En el cielo en que se despliega el follaje de una palmera imagino siempre la franja azul del agua. Asocio las palmas al mar, como la llegada del amigo de mi padre a un crimen: al crimen que yo he de cometer.
–¿Cuál es el nombre de su víctima?
Heredia pronunció un nombre que no entendí.
Eran aproximadamente las seis de la tarde. Montamos a caballo. A la salida del monte los pájaros volaban, lanzando gritos ensordecedores. Íbamos al pueblo, a buscar la correspondencia. Tomamos el camino más corto, por los potreros del fondo de la estancia. Al divisar un sulky, después de pasar tres o cuatro tranqueras y antes de llegar a la última, Heredia se detuvo. Musitó:
–Andemos al paso. No quisiera encontrarme con esas personas. A unos metros, en un monte enmarañado, había una tapera con dos enormes higueras.
–¿Por qué no nos bajamos un rato? Me parece que hay higos –le dije con júbilo.
–En la tapera de la mecedora –me contestó Heredia– nunca hay higos maduros.
Nos dirigimos al sitio y sin bajarnos de los caballos entramos en el monte, en la tapera cuyas paredes estaban rotas. Nos acercamos a una higuera y arrancamos uno o dos higos, todavía verdes, y los tiramos.
–Aquí vivía Juan Otondo. Comía huesos. Una noche desapareció. Robaron todo lo que había en el rancho, salvo esta mecedora –me enseñó los restos de una mecedora, con la esterilla agujereada y unos barrotes quebrados. Luego agregó:
–La gente de aquí le teme porque se mueve sola.
Abismado, miré un rato aquel mueble ruinoso que al menor soplo de viento se mecía levemente.
–¿Le da miedo?
–En alguna parte he visto esta mecedora.
En aquel instante, al oír mis propias palabras, sentí el terror de lo sobrenatural.
–¡Volverá a hablar de sus teorías sobre la reencarnación! Pobre Eladio, apenas recuerda lo que hizo ayer y usted quiere que recuerde sus vidas anteriores –exclamó Heredia arrancando un higo y tirándolo contra la mecedora. Ésta se movió de nuevo.
–Lo que pienso parece una locura, pero, al ver esta mecedora, al rememorarla, he comprendido muchas cosas…
–¿Terminó con sus divagaciones? –me gritó Heredia e, invitándome a seguir, dio un rebencazo a mi caballo.
Porque pensaba no podía dormir. Pensaba con claridad y esa claridad era más turbia que la oscuridad de mis pensamientos anteriores. Me explicaba todo, pero ante la nueva revelación, sentía un nuevo malestar. Ahora lo sabía: esa misteriosa colección de objetos y de personas, que me recordaban otros y que me habían dado la inquietante impresión de que todo en mi existencia estaba hecho de recuerdos anteriores a mi vida o de confusiones y de olvidos… Toda esa colección de objetos y de personas, había poblado mis sueños. Yo siempre había soñado con personas y objetos desconocidos. Por eso los sueños habían desaparecido de mi memoria. Por eso, y debido al asombro que me había causado descubrir ese mundo, ahora los recordaba con extraordinaria precisión.
Torturado por las infinitas proporciones de mis sueños pasados, penetré en los dédalos del recuerdo. Ahora me explicaba todo. La canasta de porcelana, que creía haber visto en la casa de un amigo; Eladio Esquivel, que me recordaba un retrato de mi padre; la pelea entre un jaguar y un tigre, que existía en mis recuerdos, como algo real, eran meros subterfugios que yo había buscado para explicarme esa obsesión de las similitudes, para disculpar mi falta de memoria y, tal vez inconscientemente, para evitar una explicación sobrenatural. Lo que nunca hubiera sospechado es que las desconocidas imágenes de mis sueños iban a aparecer un día en la realidad y que en la asquerosa forma de esa mecedora se iniciaría la aclaración inexplicable de un misterio. Yo que siempre me jacté del perfecto equilibrio de mi sistema nervioso, me sentía perturbado. Recordé, trémulo de odio, la despectiva actitud de Heredia, la frase que pronunció: “¿Terminó con sus divagaciones?” en el momento en que intenté explicarle estas cosas. El dolor que puede ocasionar el odio, aunque sea fugaz, cuando va aparejado al más sincero de los afectos, parece inextinguible.
No podía dormir. Sería aproximadamente las cinco de la mañana. Oía la respiración del perro que estaba echado junto a mi puerta. Me vestí. Abrí la persiana. Los primeros albores de la mañana se iniciaban en el horizonte. Se oía el tímido canto de un pájaro. Una luz blanquecina se infiltraba entre los follajes y caía sobre las hierbas húmedas. Me encaminé al monte, donde la noche, con mayor lentitud, moría. Tomé el sendero desde donde se divisaba mejor el horizonte. Llegué a la tranquera. Allí esperé, como si necesitara de esa entrada para llegar a la estancia, la salida del sol. Con minuciosa lentitud se difundieron las claridades primeras en un cielo todavía estrellado. ¡Qué repugnante me parecía el alba! Unas nubes sucias, con tintes apenas rosados, flotaban sobre un horizonte amarillo; la parte azul y celeste de la noche bajaba sobre la franja amarilla del futuro día, formando una franja intermediaria, verdosa. Con intermitencias prorrumpía el canto de los pájaros. La luz surgía de la tierra en ondas espesas, cuando comenzó a aparecer, fragmentariamente, el sol; tardó en descubrirse del todo. Aspiré la fragancia áspera de las hierbas. El perro, Carbón, corría algún reptil, se detenía, removía las hierbas con el hocico, resoplaba. Volvimos a la casa. En las baldosas del corredor oí unos pasos. Heredia apareció entre las últimas columnas.
Entramos en el derruido galpón a buscar unas herramientas para componer la tabla del asiento del sulky, que estaba rota. Sobre una bolsa enorme dormía un gato negro. Heredia estaba demacrado. Febrilmente buscó el martillo, algunos clavos y las tenazas. Admiré su rapidez, su habilidad.
–Hay que terminar en seguida –dijo, mientras golpeaba los últimos clavos.
–¿Qué pasa?
–Tengo que ir a la feria. Me han encargado la compra de unos novillos.
–¿No puedo acompañarlo?
–No cabemos en el sulky. Irá conmigo un vecino.
Eran las dos de la tarde. Sobre el techo de zinc del galpón, el sol ardía. Heredia subió al sulky y castigó al caballo con el látigo; en una nube de polvo desaparecieron.
Volví a la casa, elegí en mi cuarto algunos libros de estudio (los menos aburridos). Busqué un lugar agradable y sombreado entre los árboles y me acosté sobre la tierra, a leer. Caían del follaje algunas plumitas, algunas semillas, algunas hojas livianas, algunos insectos. Alcancé a leer tres capítulos del libro de Historia, pero los tábanos y los mosquitos empezaron a perseguirme. A medida que los mataba se multiplicaban. Me senté, me arrodillé y finalmente me puse de pie resuelto a concluir la batalla. Entonces apareció una enorme abeja y se posó en el tronco de un eucalipto. Me saqué una alpargata, para aplastarla. Se trataba de una abeja inmortal, ningún golpe la hería. Después de recibir tres golpes voló alrededor de mí, se introdujo entre los pliegues del pañuelo que yo llevaba atado al cuello y quedó zumbando violentamente. Aterrado desaté y arrojé el pañuelo. La abeja permaneció inmóvil y triunfante, sobre una franja azul. Al cortar una rama del árbol, para ahuyentar la abeja, vi un nombre grabado en el tronco: María Gismondi. Cuando volví a mirar el suelo, la abeja no estaba sobre el pañuelo, sino sobre mi pie. Prudentemente esperé que la abeja volara. Pero mi pesadilla no había terminado: mi pie derecho se hundía en un hormiguero oculto entre las hojas. Las hormigas ya subían por mi pierna.
Una noche templada, de luna y de luciérnagas, acogía mi soledad. Acababa de comer y salí a caminar con los perros. Pasé frente al árbol donde estaba grabado el nombre de María Gismondi y me pregunté con inquietud quién lo habría escrito. Pensé en el cortaplumas de Heredia. Pensé en Claudia, la muchacha que había visto el día de mi llegada y unos días después en el almacén de Cacharí. El día que la vi en el tren ¿no llevaba un prendedor con el nombre María dibujado con piedritas? Su nombre ¿no era María Gismondi? ¿También Heredia estaba enamorado de ella? ¿Por qué no me lo decía? Recorrí con lentitud los caminos de casuarinas; y en mi pensamiento se identificaba la muchacha que había viajado conmigo en el tren con María Gismondi.
En letras lilas, como de amatista, vi el nombre escrito entre los árboles: María Gismondi. ¿Era ella la muchacha que había visto en un sueño? Ahora lo recordaba. ¿Era ella? La había amado porque siempre hay que amar a alguien. La había amado sin recordarla.
Me daba cuenta de que la nostalgia que sentía ante cualquier mujer se la debía a ella. En otros ojos había buscado sus ojos, en otros labios, sus labios, en otros brazos, sus brazos.
Recordaba un sueño: En invierno, en una austera habitación, con penumbras de iglesia, yo esperaba algo, sin saber qué, sentado en un banco (un duro banco de estación). Un cielo pardo se infiltraba por los altos vidrios de los ventanales, llenando el cuarto de brumas. Mi corazón resplandecía de esperanzas. Esperaba a alguien. Me puse de pie ansiosamente, miré a través de los vidrios más bajos. En mi sueño sentía que dependían de mí el rostro y el cuerpo de la mujer que venía a mi encuentro. No esperé mucho, pero hubiera esperado toda mi vida. Oí sus pasos sobre las piedras del piso. Con la austeridad de todo lo que es hermoso, la mujer apareció, inmóvil, en el marco de una puerta. Consciente de sus imperfecciones, la adoré, porque en sus ojos brillaba una luz que me era favorable.
–¿Espera a alguien? –le dije en voz baja.
–No.
–¿Está sola?
–Sí.
–Sospeché que alguien la esperaría afuera. Quisiera conversar con usted.
–Aquí, no puedo.
–¿Dónde?
–No sé.
–Escúcheme. Debemos conversar en serio.
–¿De qué otro modo se puede conversar?
–Con usted, de ningún otro modo. Con el brazo mío alrededor de su cintura. Quiero sentir el latido de su corazón en cada una de sus palabras.
–¿De qué lado está el corazón?
–Del izquierdo.
–¿Todo el mundo lo tiene del lado izquierdo?
–Todas las personas normales. Pero no me haga sufrir. ¡Para qué pregunta esas cosas!
–A veces quiero poner una mano sobre el corazón y no sé de qué lado ponerla.
–¿Cuándo quiere poner su mano sobre el corazón?
–Cuando algo me impresiona mucho o cuando me encuentro enferma y mi padre no quiere creerme.
–¿Por qué no quiere creerle? ¿Usted le miente?
–Sí.
–¿Por qué le miente?
–Cuando le digo la verdad se enoja.
–¿Qué verdad?
–No sé. Nunca se la he dicho.
–¿Cómo sabe que su padre se enoja cuando le dice la verdad si nunca se la ha dicho?
–Porque a veces la sospecha y entonces quiero morirme.
–¿Qué es lo que sospecha?
–Que no digo la verdad.
–¿Qué verdad? Quiero saberlo.
–No lo sé.
Me acercaba al rostro de la muchacha. Me parecía que un vínculo nos unía. No podía soportar que su vida tuviera secretos para mí.
Con la conciencia de perderla en ese acto, desesperadamente la besé en los labios. Cuando abrí los ojos vi las flores de una falda. No besaba sus labios, besaba un género áspero. La muchacha había desaparecido.
–Pero sus labios no se parecen a estas flores. Sus labios se parecen a las flores verdaderas –dije, sollozando.
Las hojas de la enredadera, que habitualmente se agitaban como pájaros, estaban inmóviles en la ventana. Hacía calor, y por la puerta y las ventanas abiertas no entraba aire en mi cuarto. Resolví dormir fuera de la casa. Recogí el poncho de mi cama, tomé de la mesa un atado de cigarrillos y una caja de fósforos. Cerca de la casa, entre las ramas de un viejo laurel, donde se había formado una bóveda fresca y oscura, como un segundo cielo, encontré un lugar agradable para dormir. En los espacios dibujados entre las hojas, brillaban las estrellas. Heredia pasaba en ese instante y se detuvo para ver lo que yo hacía. Le dije que iba a dormir afuera y me contestó que pensaba imitarme. Entró en la casa y volvió con una almohada, una botella con agua, un vaso, un atado de cigarrillos y una linterna. Extendí el poncho sobre el pasto, Heredia colocó la almohada junto al tronco del laurel y nos dispusimos a dormir. Pero el sueño no es obediente. Empezamos a conversar y a fumar. De vez en cuando quedábamos callados. A través del follaje mirábamos la profundidad del cielo y oíamos el aleteo de un pájaro.
Heredia me hablaba; no recuerdo exactamente sus palabras, pero en cada una de ellas sentí que iba a revelarme un secreto: el secreto que yo esperaba. A medida que me hablaba, el sueño me vencía. Recuerdo la última frase que oí, antes de quedar dormido; era sin duda el preámbulo de una confidencia: “¿Pero me jura no decírselo a nadie?” Cuando desperté no sabía dónde estaba. Era pleno día. En cuanto recordé la realidad, busqué a Heredia. Busqué su almohada y su linterna: no estaban. Me levanté. No sabía qué hora era; ningún pájaro cantaba; me parecía que todo lo que había visto, el lugar, la gente, los animales, no eran reales. Vagué por la estancia, con la sensación de ser un fantasma que vive entre fantasmas.
Pensaba que no debía verla, por lealtad, por prudencia, por delicadeza. Sin embargo, resolví ir a Cacharí. Era esa hora final de la tarde en que las muchachas pasean, tomadas del brazo, por el andén de la estación. Había gente, animales, jaulas, esperando el tren. Recorrí el andén dos o tres veces, me detuve en la sala de espera, estudié el itinerario y, finalmente, me senté sobre unos cajones a fumar un cigarrillo.
Pasaron dos muchachas, con las uñas pintadas; pasaron cuatro muchachas bajitas, con el pelo muy negro. Pasó María Gismondi, sola; una leve sonrisa iluminaba sus labios. Me aproximé.
–Tengo que hacerle una pregunta, señorita; perdóneme. Mirando para otro lado, me contestó:
–Hágala.
–¿Usted no se enojará conmigo?
Me miró fijamente sin contestarme; yo proseguí:
–Usted tiene dos nombres ¿verdad?
–No. Tengo tres nombres: uno es el sobrenombre, que fue inventado por una de mis amigas; otro es el nombre que me puso mi abuela y que nadie sabe pronunciar; otro es el verdadero y el que más me agrada. ¿Cuál prefiere?
–El verdadero.
–Es el nombre de mi madrina. Es curandera, todo el mundo la visita; sana a los enfermos. ¿Usted no está enfermo?
–Todavía no.
–Aquí hay muchos enfermos de reumatismo. Me llamaron una vez para cuidar a uno; pero ahí llega el tren.
Estrepitosamente, el tren llegó a la estación. La muchacha recorrió los vagones buscando algo. Yo la seguía de lejos. Un guarda la saludó y le entregó un paquete grande, de forma triangular. El paquete, sin duda, pesaba mucho, pues la muchacha lo depositó dos veces en el suelo. Me acerqué y le dije casi al oído:
–¿Quiere que se lo lleve?
Aceptó sonriendo.
–Es una máquina de coser. Pesa bastante.
Levanté el paquete. Estaba hecho con cartones, maderas, papeles de diario.
–Tengo que llevarlo en el sulky. Mi hermana me espera enfrente.
Salimos de la estación. Era ya de noche. El sulky no estaba.
–Se escapó el caballo con el sulky –exclamó casi llorando–. ¿Qué haremos?
La noche se extendía oscura como un precipicio, pero a través de las nubes, de vez en cuando, brillaba la luna.
–Dejaremos aquí la máquina de coser –le dije, mientras escondía el paquete debajo de un arbusto y me disponía a buscar el sulky y el caballo. En los primeros instantes no se veía nada.
–Tengo miedo –decía la muchacha. La ternura trémula de su voz parecía amarme.
Me acerqué a ella y le tomé la mano.
–No tenga miedo.
Me acerqué más; enlacé con mi brazo su cintura, pero su cuerpo parecía inasible, como la noche. Hay momentos que la dicha vuelve casi eternos: me pareció que enlazados el tiempo no concluiría. La luna iluminó bruscamente nuestras sombras y, a unos pocos metros, el sulky.
–No había motivo para afligirse tanto –le dije, intimidado por su seriedad.
–No me afligí por eso.
–¿Por qué se afligió, entonces?
–Estoy triste.
–¿Por qué está triste?
–No lo sé. Cada vez que pasa el tren me pongo triste. Lo siento aquí –dijo tomando una de mis manos y llevándosela al pecho–.
–¿Siente los latidos? A veces creo que se me va a romper el corazón cuando oigo la trepidación de las locomotoras.
–¿Pero siempre le ha ocurrido eso?
–Siempre. Mi madrina, que es curandera, trata de curarme. –¿Volveré a verla?
–En la casa donde vivo.
–¿Dónde queda su casa?
–Detrás de la panadería: allá –me mostró el horizonte–. Tiene un jardín con una diosma y una aljaba.
Después de ayudar a la muchacha a subir al sulky, coloqué el paquete. Oí el chasquido del látigo y luego, como una enorme sábana, el silencio cubrió todas las imágenes.
Estábamos ensillando los caballos. Pregunté a Heredia:
–¿Hay una curandera en el pueblo?
–Creo que sí.
–Quisiera consultarla.
–¿Qué le pasa?
–Tengo dolores de cabeza.
–¿Y cree en las curanderas?
–¿Por qué no?
–Vamos. Lo acompaño hasta allí.
No había esperado que me acompañara. Era una oportunidad para descubrir si María Gismondi era la misma muchacha que yo conocía.
En Cacharí, después de averiguar dónde vivía la curandera, nos aproximamos a la casa rodeada de álamos que nos habían indicado. Después de atar los caballos a un poste, golpeamos a la puerta. Tuvimos que esperar un largo rato. Después apareció una mujer con cara de india. Me incliné ante ella mientras Armando le preguntaba solemnemente:
–Señora, ¿es usted la curandera?
–Sí, señores; yo soy la curandera. ¿Quieren pasar?
Entramos a un cuarto húmedo, con un armario muy alto, un catre con una colcha bordada y una silla.
–¿Quién es el enfermo?
–Soy yo –le contesté, mirando para todos lados con curiosidad.
–Siéntese –me dijo–. ¿Qué le duele?
–La cabeza.
–¿Dónde?
–Aquí –le mostré sobre mi frente la parte dolorida.
–Ha llegado un poco tarde –me contestó abriendo la puerta y mirando el cielo–; tendrá que volver otro día a las cuatro de la tarde, cuando la sombra de su cuerpo mida un metro de largo.
Alguien silbaba a lo lejos en el campo. Luces violetas y rosadas caían como flores de los árboles. Me acerqué al brocal; miré el fondo del agua que me reflejaba; la imagen que vi era extraña. Sentí miedo: ese miedo que sienten los niños o los perros ante un espejo.
Estábamos en la orilla de un río que yo visitaba por primera vez. Habíamos andado cinco leguas a caballo. Era un lugar muy fresco entre los juncos. Los álamos proyectaban sombras ligeras sobre el agua. Desensillamos y nos recostamos a descansar.
Heredia me habló de sus recuerdos de viaje, de los estudios que había cursado en París, de su infancia en las playas del Mediterráneo, de su llegada a Buenos Aires. Me hablaba de su primera visita a Los Cisnes, de cómo el campo desde el primer instante había conquistado su corazón. Yo lo escuchaba sintiendo su falta de sinceridad. ¿Por qué profesaba ese amor por la naturaleza, si lo único que lo atraía era una mujer?
Al preguntarle si la compra de los novillos había sido satisfactoria, aproveché para decirle que había visto grabado en el tronco de un árbol de la estancia el nombre de María Gismondi. Como si no hubiera oído mi frase, me relató una serie de fracasos que no me interesaban. Insistí:
–¡Quién habrá grabado el nombre de esa persona que yo quisiera conocer!
Me preguntó, fingiendo una gran despreocupación, por qué quería conocerla.
–He visto un retrato de ella.
–¿Dónde encontró ese retrato? –preguntó Heredia bruscamente, poniéndose de pie.
Vacilando, respondí:
–No lo sé.
Recordé la escena absurda, frente a la reproducción del cuadro con la pelea del tigre y del jaguar; ahora la situación era más difícil pues no se me ocurría ninguna explicación para esta mentira que indignaba tanto a Heredia.
–¿Ha estado curioseando en los cajones?
–No he curioseado en ninguna parte –le contesté, furioso–. En un sueño aburridísimo vi el retrato de María Gismondi. Le pido disculpas por el atrevimiento.
–¿Qué puede importarme que haya visto el retrato de María Gismondi? Me importa que ande curioseando por los cuartos.
–Le he dicho ya que no he curioseado en ninguna parte, que lo vi en sueños –grité con vehemencia.
Heredia sacudía el rebenque sobre las hierbas.
–No es para tanto –musitó distraídamente–. ¡Qué susceptibilidad!
–Es la segunda vez que me trata de espía.
Procuré explicarle de nuevo toda la cuestión de los sueños. Hice la lista de objetos y personas que después de conocer en sueños había encontrado en la realidad; los describí minuciosamente. Le conté algunos sueños, sin éxito; eran vagos, monótonos y no tenían virtudes fantásticas. Eran sueños a base de reflexiones muy largas: para mí sólo tenían realidad. Si le hubiera contado una pesadilla, tal vez la veracidad de mis relatos se habría revelado con suntuosa precisión. Pero acudieron a mi memoria los detalles más grises, más borrosos, más idénticos a la vida. ¿Qué significaban para Heredia el florero de porcelana, la mecedora, la cara de Esquivel? ¿Cómo podía con estas cosas testimoniar la veracidad de mi aserto, si él nunca se había fijado en ellas y era incapaz de reconocerlas?
Heredia comprobó que yo no había curioseado en la casa. A la caída de la noche ya estábamos reconciliados. Alumbrándonos con un farol, subimos por una estrecha escalera verde. Entramos en el altillo a buscar un rebenque. Entre maderas rotas, cajones polvorientos y silbidos de murciélagos, penetramos en la oscuridad de ese desorden antiguo. Heredia quería mostrarme un cofre y un baúl donde estaban guardados los recuerdos de la familia. Quería mostrarme, con cierta malignidad, esa desagradable mansión de los murciélagos. Después de colgar el farol en un clavo nos dispusimos a abrir el cofre de madera que estaba recubierto de incrustaciones y molduras pintadas. Nos sentamos sobre unos cajones.
–Mi madre –me decía Heredia–, que es la única heredera, nunca tuvo ánimo para revisar estas cosas; aquel sentimentalismo se ha transformado ahora en indiferencia. Sospecho que ni siquiera sabe lo que hay en este altillo. Por rutina no quiere volver a la estancia.
–¡Pero estas cosas tienen valor! –le respondí con fingida gravedad, creyendo que Heredia, por razones sentimentales, reprobaba la conducta de su madre.
–No crea. Las que tenían valor ya las hice vender en Buenos Aires. El tintero encerrado en un cofre de cristal, con ribetes de oro, el abanico de encaje de marfil, los mates de plata, con iniciales, el marco de ébano, que encuadraba un ramo de flores hecho con el pelo sucio de mis antepasados, todas esas cosas ya las vendí. Los objetos más ridículos alegran a los anticuarios. Encontré una caja de madera, diminuta, con incrustaciones de nácar y un agujero que daba cabida a una llave. Quise ver lo que contenía. Durante unos días busqué la llave, que se había perdido. La encontré debajo de una de estas tablas que hay en el piso. Tardé, como un idiota, en advertir que esa llave no servía para abrir la caja. Era una caja de música. Al darle cuerda se levantaba la tapa y aparecía un pájaro apolillado, que no medía más de un centímetro. El pájaro cantaba y agitaba furiosamente sus alas verdes. Fue mi primer descubrimiento en este altillo. ¿Sabe usted en cuánto vendí ese juguete? En mil quinientos pesos. Ahora conozco el precio de las cosas.
–¿Habrá pasado muchos días aquí arriba?
–Muchos –me respondió–. Creía que nunca terminaría de examinar todo; retratos, cartas viejas, recibos de almacenes, basuras.
Heredia sacaba del cofre paquetes de retratos, mientras yo miraba con asombro aquel lugar lleno de telarañas, que había poblado gran parte de mis sueños. Oíamos el silbido de los murciélagos que atravesaban el altillo proyectando sombras enormes.
–¡Si estos retratos fueran objetos, me haría millonario!
Heredia me pasó algunos retratos para que los viera. Eran de todas las épocas. Ninguno me interesaba.
–Aquí esta el rebenque –exclamó Heredia–. No vale nada, pero siempre será mejor que una rama de ligustro. Vamos.
Descolgó el farol y, al iluminar el techo del cuarto, vimos racimos de murciélagos inmóviles. Heredia me dio el farol.
–Llevaré uno de estos bichos a Eladio para que lo crucifique y lo haga fumar –me dijo, tomando con precaución un murciélago.
En ese instante una ráfaga de viento apagó la luz del farol. El terror me inmovilizó. Avanzar en las tinieblas, entre murciélagos y ranas, me parecía imposible.
–Acerquémonos a la escalera –dijo Heredia.
–No veo nada –respondí sin moverme.
–Yo soy como los gatos, veo en la oscuridad.
Se acercó a la puerta sin tropezar. Sentí que algo me rozaba una mejilla, algo frío, áspero y rápido.
–¡Un murciélago! –grité.
La risa de Heredia, cruel, desafinada, penetrante, me hirió como un insulto.
Oímos unas detonaciones en el fondo de la arboleda.
–Es Máximo Esquivel que tira al blanco –dijo Heredia–.
Cuando cumplió treinta años, mi abuelo le regaló un revólver. Desde entonces tira al blanco todos los domingos.
–¿Quién es Máximo Esquivel?
–El padre de Eladio. No vive aquí. A cada rato viene a visitar a su hijo.
Nos acercamos al lugar de donde partían las detonaciones. Heredia gritó:
–¡Máximo, no tires!
Pidió el revólver. Apuntó a una paloma que estaba posada sobre una rama: hasta que emprendió vuelo no oprimió el gatillo. La paloma herida cayó al suelo y vino a morir a nuestros pies. Heredia me pasó el revólver. Apunté a un chimango y en el momento de tirar cerré los ojos; el chimango, con un grito estridente, revoloteó un largo rato. Hasta cerca de la estancia nos siguió.
Sobre la mesa del dormitorio de Heredia vi un retrato: pensé que era el de María Gismondi. Heredia se calzaba las botas. Yo lo esperaba para salir con él a caballo. En un momento en que se alejó de mi lado, miré el retrato. Sobre un fondo gris, el rostro, iluminado y velado por tenues sombras, parecía indicar una falta absoluta de carácter. Este defecto provenía tal vez de la postura tan poco natural que había adoptado la muchacha. Un solo detalle era expresivo en el conjunto de líneas y de sombras retocadas: la cabellera. Lacia como una lluvia o como un velo espeso, caía a cada lado del rostro, recortando el óvalo con tenues brillos. Sentí un profundo alivio: no estábamos enamorados de la misma mujer. Al pie de la fotografía, con una escritura inclinada y muy fina, en tinta verde, estaba grabado un nombre con una rúbrica ambiciosa. Cuando volvió Heredia, le pregunté:
–¿Por qué no quiere nunca hablarme de María Gismondi?
–No comprendo –me contestó.
–Ya que le interesa tanto ¿por qué no me habla de ella? –insistí.
–¿Quién dijo que me interesa tanto?
–Se me ha ocurrido.
–¿Por qué?
–Porque usted tiene su retrato; porque a cada instante la nombra.
–Es el retrato de mi hermana –dijo, mostrándomelo–. Vea.
–Leí con asombro la firma: Carmen Heredia.
–Pero ¿con qué derecho se atreve a preguntarme esas cosas?
–Con el de la amistad.
El diálogo, que parecía que iba a degenerar en una disputa, terminó con la alegre aparición de Eladio Esquivel. Los caballos estaban ensillados.
–María Gismondi vendrá esta tarde. Le prometí unas fotografías de su familia y una medalla que descubrí en un sobre con su nombre. Es una muchacha esquiva y desconfiada. Encontrarlo aquí le causaría mala impresión. La invité hoy porque los caseros van al Azul con Eladio. Le pido que se encierre en su cuarto o que salga al campo, antes de las siete de la tarde, y que no vuelva hasta las nueve.
Con estas palabras Heredia me hizo la confidencia que yo había esperado durante tantos días.
Eran las siete menos cuarto. Hacía mucho calor. Resolví confinarme en mi cuarto. Me desnudé, me acosté en la cama y estudié alrededor de media hora. Tenía sueño y sed. Me levanté, miré por la ventana. No había nadie. Un silencio absoluto reinaba en los corredores de la casa. Se me ocurrió que, sin desobedecer las recomendaciones de Heredia, podría ir (no había riesgo de encontrar a nadie) hasta la despensa, a buscar algo para beber. Dos o tres naranjas exprimidas en un vaso, como me las preparaba mi madre, me quitarían la sed. Abrí cautelosamente la puerta. Con la impresión que tendrán los ladrones cuando van a cometer un robo, me deslicé por los corredores y entré en la despensa sin encontrar a nadie. Elegí las naranjas; eran duras como piedras. Con muchas dificultades encontré un cuchillo en el comedor; no cortaba. Volví a buscar otro y, en el momento de cruzar el pasillo de comunicación entre los dos cuartos, me pareció oír ruido. Silenciosamente me aproximé a una ventana interior, con vidrios rojos y azules; pero no podía ver; la ventana estaba en lo alto. Movido por la curiosidad, me encaramé a una silla. ¿Qué hubiera dicho Heredia si me encontraba en ese momento? ¿Qué hacía yo sino merecer la acusación que tanto me había ofendido? Aunque me costara la vida tenía que ver a María Gismondi. A través de los vidrios vi la desmantelada y lúgubre sala de la casa. Nunca entrábamos en ella porque era húmeda y porque estaba muy sucia. A pesar de su estado ruinoso mantenía alguna jerarquía: en los dibujos del cielo raso, en las guirnaldas de flores de los zócalos, en las proporciones de las ventanas se adivinaban los restos de un pretérito esplendor. Vi a Heredia solo, frente a la puerta, con los brazos apoyados sobre el respaldo de una silla. Me quedé un largo rato mirándolo, con la esperanza (que él también tendría) de ver entrar a María Gismondi; pero la luz declinaba hasta convertirse en noche en la puerta entreabierta.
María Gismondi no apareció. Consulté mi reloj pulsera. Marcaba las nueve. Podía ya salir de mi escondite, averiguar qué había sucedido.
Más tarde, durante la comida, al encontrarme frente a Heredia, el diálogo resultó inesperadamente difícil: ni yo me atrevía a preguntarle nada, ni él me dijo nada.
Trataba de estudiar, pero las letras del libro, rojas como el fuego, se movían ante mis ojos.
–Tiene una insolación –dijo Heredia.
Me aconsejó acostarme. Tomé aspirina. La casera me trajo una jarra de naranjada y, en un plato, unas tajadas de papa cruda, que puso sobre mi frente, porque aliviaban, según ella, las quemaduras de sol.
Tragué la naranjada, tibia y dulce, que Eladio me sirvió en una taza. Un viento ardiente, como el viento del desierto, entraba por la ventana. Pedí a Eladio que cerrara las persianas, los postigos, la puerta y que me dejara dormir, pero en el cuarto cerrado perduró una violenta luz. Comprendí que tenía fiebre. Tambaleando me levanté para buscar agua. Fui hasta el lavatorio. Caí desmayado sobre las baldosas. Eladio y la casera me recogieron, sin que yo lo sintiera, y me acostaron en la cama.
Un largo corredor apareció al final de mi sueño. El corredor del colegio, que conducía a un enorme teatro donde estaban reunidos los profesores que tomaban examen. Las preguntas que me hacían eran fáciles, pero no podía contestarlas, porque mi lengua se paralizaba. El público, en los palcos, empezó a silbar. Después, una vasta muchedumbre entró por las puertas, gritando: “Queremos ver al muerto”. Empezaron a romper las sillas, las mesas y los libros en que yo estudiaba. Me vi en un espejo: grandes gotas de sudor caían de mi frente y bajaban por mis mejillas. Desperté con la almohada húmeda.
Jugábamos a las barajas en el patio. No podía pensar en el juego. Éstas eran mis reflexiones: podemos vivir muchos días con una persona, compartir sus comidas, pasear y conversar, llegar a una gran intimidad con ella y, sin embargo, no saber nada de esa persona: mi amistad con Heredia lo demostraba.
¿A qué jugábamos? Creo que a la brisca. Veía claramente cómo una pasión cometía su devastadora obra en el alma de un muchacho y lo obligaba a desdeñar y abandonar todas las otras cosas de la vida, a disimular y mentir.
Por eso Heredia comía apresuradamente, fingía tener negocios con los vecinos y vendía sin escrúpulos los objetos que habían pertenecido a sus abuelos; por eso abandonaba sus estudios y se recluía en la soledad del campo, por eso me insultaba; por eso estaba descontento y despreciaba a su padre. ¡Todo me parecía comprensible!
Heredia estaba nervioso.
–Mañana a las seis –me dijo, y de nuevo me probó su confianza– tengo que encontrarme con María Gismondi en la tapera de la mecedora. Ella irá a caballo. A veces va a caballo a casa de sus primas, donde le enseñan a coser; para llegar allí tiene que cruzar el potrero de la tapera. Nos encontraremos como por casualidad, a la hora de la siesta. Dejaré mi caballo en el potrero y ella esconderá el suyo entre los árboles; hay muchos escondites en ese monte. Hemos previsto todo. Si la descubren, dirá que estaba juntando higos; si me descubren, cosa improbable, diré que la ayudaba a juntar higos.
–¡Qué lugar maravilloso para una cita de amor! –exclamé, con una voz absurda, como si lo adulara.
–No crea –contestó Heredia–. En cuanto uno quiere encontrarse con alguien, la soledad del campo no existe. Ni siquiera la noche ampara aquí a los enamorados. Ese vivo deseo que uno siente de estar a oscuras con una mujer en los primeros momentos del amor, la naturaleza nunca lo satisface. Hay que buscar las horas horribles de la siesta; lugares en ruina iluminados por soles despiadados. Si pudiera pedirle que vuelva a esta casa, como la otra tarde, sería tal vez mejor.
–¿La otra tarde?
–Sí, la otra tarde, cuando le entregué los retratos y la medalla.
Su contestación me sorprendió. ¿Entonces María Gismondi había ido a la estancia, había entrado en la casa y yo no la había visto? Mientras me hacía esta reflexión, dije:
–Me gustaría volver a esa tapera.
–Vamos –dijo Heredia–. Aprovecharé para encontrar un lugar donde pueda esconderme con María.
Dejé mi caballo atado a un poste, en el camino. Pasé entre los alambrados y llegué a la tapera. Pensar que en la visita de la víspera, me dije, yo había imaginado que sólo buscábamos un escondite para Heredia y para su novia. La empresa era arriesgada. Cavilé en todos los peligros que corría. ¿Si Heredia llegaba con los perros? Los perros seguramente me descubrirían. ¿Si María Gismondi tenía ese don de adivinación, propio de las mujeres? ¿Si bruscamente le decía a Heredia: “Hay alguien aquí. Yo siento que hay alguien”? ¿Si Heredia, para tranquilizarla, revisaba todos los rincones? ¿Si me descubría después de una larga expectativa y me mataba de un balazo? Pero recordé que Heredia no tenía revólver; no tenía armas; ¿con qué podía matarme? Con la terrible vergüenza que me haría sentir al cruzarme la cara de un rebencazo. Me acerqué a las higueras; arranqué dos higos y los comí.
En el techo desvencijado de la tapera había un hueco donde podía esconderme. La ascensión era difícil, pero el lugar, sin duda, era el más seguro. Con suma dificultad logré treparme, usando como peldaños las partes rotas de la pared; durante estas evoluciones se me cayó el pañuelo. Me disponía a bajar para recogerlo cuando oí el galope de un caballo. Me acosté sobre el techo.
Por una hendidura entre las pajas veía todo sin ser visto. Llegó Armando Heredia; bajó del caballo y lo soltó. ¿Había olvidado las precauciones que lo hicieron cavilar el día anterior? En la misma actitud ausente con la que se había apoyado sobre el respaldo de una silla en la sala de la estancia, se apoyaba ahora sobre un tronco. Espiar a una persona que está sola es incómodo. Tuve ganas de bajar y decirle en tono de broma: “Estaba espiándolo”. Tratándose de otro amigo lo hubiera hecho; con Heredia todo gesto espontáneo me estaba vedado.
María Gismondi no llegaba. Un silencio pesado, terrible, se extendía. Ni los pájaros cantaban; sólo de vez en cuando se oían caer sobre la tierra las duras semillas de los eucaliptos. Heredia no se movía. Me asombraba su falta absoluta de inquietud. Esperar con esa tranquilidad a una mujer que no llega, es signo de una gran indiferencia. ¿O es que Heredia también fingía y disimulaba cuando estaba solo?
Un rayo de sol caía sobre el lugar donde yo estaba escondido; el sol violento de las tres de la tarde. Empecé a sentirlo. Traté de guarecerme la cabeza con las manos, con un montón de paja, con mis brazos, adoptando posturas inverosímiles. Sin duda hice ruido. Heredia levantó la cabeza y miró un instante en dirección al lugar donde yo estaba. Mi corazón latió violentamente; me pareció que en sus latidos ya vibraban, desmenuzándose, los muros de la tapera; me pareció que no era el viento, sino mi corazón, lo que movía la desvencijada y oscura mecedora. En ese instante la muerte me parecía un destino muy dulce. Pero el movimiento del sol y los follajes pusieron término a mi suplicio. La frescura de la sombra me reanimó.
¿Por qué seguía Heredia en la misma actitud? ¿Vi un imperceptible movimiento en sus labios, oí su voz? No podría asegurarlo.
El tiempo pasaba lentamente. Lentamente giraba el sol, mudando de lugares las sombras. Mi reloj marcó las seis de la tarde. A esa hora Heredia montó a caballo y se alejó al galope.
Sospeché que Heredia estaba loco: vi los primeros síntomas en su actitud, en sus mentiras. María Gismondi jamás acudía a las citas que él le daba.
–¿Por qué pierde su tiempo –me atreví a decirle– con una muchacha tan absurda? Es como si se hubiera enamorado de una imagen.
Me miró indignado. Estábamos comiendo –puso a un lado su plato, dio un puñetazo sobre la mesa y contestó:
–¿Quién le pide consejos?
–No es un consejo, es una reflexión.
–No me interesan sus reflexiones.
Se levantó y se fue del comedor.
Soñé con el revólver de Esquivel. Después, perplejo, vi que el revólver estaba en el cuarto de Heredia. Si no tiraba al blanco ¿para qué había traído ese revólver? ¿Para matarme o para matar al señor que llegaría a la estancia?
A la mañana entré en el almacén de Cacharí. Compré un atado de cigarrillos. El hombre que me atendía era bueno, lento, comunicativo. Hablamos del tiempo: de las probables lluvias, del calor.
–¿Podría decirme dónde vive María Gismondi? –le pregunté, con intención de pasar frente a su casa.
El hombre no contestó en seguida.
–¿María Gismondi? ¿Cómo? ¿No sabe? Murió hace tiempo; hace cuatro años, por lo menos.
Sentí terror al oír estas palabras; terror y, al mismo tiempo, alivio: María Gismondi no era la muchacha de quien yo estaba enamorado.
Persuadirme de la locura de Heredia me resultaba casi imposible. Las vicisitudes habían vuelto más preciosa nuestra amistad. ¿Qué debía hacer? Tratar de salvarlo. ¿Cómo? Escribir a su padre; tal vez un médico podría intervenir. Irme a la ciudad, abandonarlo en ese estado ¿no era una cobardía? Pensando estas cosas soñé que llevaba a Cacharí una carta que había escrito al señor Heredia, comunicándole el estado de su hijo. Yo mismo quería dejar la carta en el correo. Al bajar del caballo, frente al correo, encontré a Heredia. Me dijo bruscamente:
–¿Para quién es esa carta?
–Para mis padres.
Había tenido la precaución de dirigir el sobre a nombre de mi padre, con otro sobre adentro, para que fuera entregado al señor Heredia.
–Démela, yo la pondré en el correo; tengo estampillas. Al entregársela, sentí la amenaza de lo irreparable.
–Esta carta lleva otro sobre adentro.
–¿Por qué?
–El peso, la forma, todo lo indica. Ábrala inmediatamente –me apuntaba con el revólver–. Lo mataré con más facilidad que una paloma.
Abrí el sobre, como él me lo mandaba, y le entregué la carta. A medida que leía, el odio oscurecía su semblante.
–No quiero ensuciar la entrada de esta casa. Vamos. No nos quedemos aquí.
Volvimos a la estancia. Heredia entró en su cuarto y yo en el mío. Casi en seguida salí con el propósito de huir, pero ¿cómo? ¿En qué? No había nadie. Busqué los caballos del sulky; no estaban en el corral. Corriendo, entré en el monte y tomé uno de los caminos, sin elegirlo. Mi propósito era encontrar un vehículo que me recogiera. Algo me molestaba al correr; me palpé la cintura; advertí que llevaba un cuchillo. Me había alejado bastante de la casa y empecé a caminar. Oí el galope de un caballo. Me arrojé al suelo, me escondí en el pastizal, con la esperanza de no ser visto. El galope se acercaba irremisiblemente. Decidí hacerme el muerto. Heredia se acercó; bajó del caballo. Oí que me tuteaba como a sus perros:
–Cobarde, aprenderás a hacerte el muerto.
Después oí la detonación de un tiro en el silencio. Desperté sobresaltado. Pero mi sueño continuaba frente al correo de Cacharí. En el centro de la calle había un perro muerto, lleno de moscas.
No podía tomar ninguna resolución; todas me parecían precipitadas, desacertadas. Temía plagiar mi sueño, inconscientemente. Por momentos resolvía el viaje a Buenos Aires y preparaba la valija, por momentos tomaba la pluma y el papel para escribir al señor Heredia. Cualquier actitud me repugnaba, ya que Armando Heredia, a pesar de su locura, no había dejado de ser mi amigo; uno de mis mejores amigos.
Estaba en mi cuarto, meditando sobre estas cosas, cuando entró Eladio con un papel en la mano. Abrí el papel cuidadosamente doblado. Leí estas palabras: Me ausentaré por dos días. Armando. ¿Qué debía hacer? ¿Aprovechar su ausencia para comunicarme con su padre? ¿Esperar su regreso?
Pensé: tal vez no está loco. Tal vez quiere engañarme. Tal vez su novia, para no comprometerse, al querer ocultarle cómo se llama, le dio casualmente el nombre de una muchacha muerta. Imaginé mi horrible carta anunciando la locura de Heredia; imaginé la aflicción de su padre, su llegada a la estancia, con un médico, quizá con una enfermera; mi vergüenza eterna frente al mundo si Heredia no estaba loco; mi pena si tenían que ponerle un chaleco de fuerza para hacer el viaje a Buenos Aires, con toda la gente mirando en la estación; la horrible prisión del manicomio. Me pareció que yo tenía la culpa de todo lo que sucedía; que para siempre pesaría en mi conciencia cualquier resolución que tomara.
A la hora del poniente llegó Heredia. Me traía de regalo un facón de plata. Se lo agradecí: era el objeto que yo más deseaba tener. Labradas en la empuñadura había unas flores de oro y un laberinto de líneas con mis iniciales. Me sentí indigno del regalo. Saqué el facón de la vaina. Como si hubiera sentido el filo helado amenazar mi corazón, lo acaricié melancólicamente y dije:
–En Buenos Aires lo usaré para abrir las hojas de mis libros.
–¿Y aquí le servirá para matar a alguien? –preguntó Heredia.
–No lo creo –le contesté–. Matar no me seduce.
De nuevo coloqué el facón en la vaina, lo aseguré en mi cinturón y lo palpé con alegría. Había olvidado el horrible problema para el que tenía que buscar solución.
Encendimos una fogata en el patio. En la noche, iluminadas por el fuego, nuestras caras parecían máscaras. Aproveché el momento conciliador y romántico:
–Heredia, hace unos días que quiero decirle una cosa: la muchacha que a usted le interesa no se llama María Gismondi. María Gismondi murió hace cuatro años. Seguramente por timidez o por temor, a fin de no comprometerse, la muchacha adoptó para usted ese nombre.
Yo le hablaba mirando el fuego, como si a través de las llamas mis palabras pudieran purificar su sentido. Cuando alcé los ojos Heredia no estaba. ¿Me había oído? Acabamos por creernos locos cuando sospechamos la locura en otra persona. Llamé a Heredia. La puerta de su cuarto estaba cerrada. No me contestó. Vi un arco iris al final del corredor. Pensé: “¿Y si la aceptara, si me hiciera cómplice de su locura? ¿Podría entenderme de nuevo con él? ¿Tal vez salvarlo?” En el número de baldosas del corredor consulté lo que debía hacer. Escribir a Buenos Aires, irme, quedarme (aceptando la locura como algo normal); escribir, irme, quedarme, escribir, irme, quedarme; recorrí las baldosas; la última, que estaba rota, me aconsejó lo peor: esperar.
Recordé esta frase, que había leído en un libro: “Lo verdadero es como Dios; no se muestra inmediatamente; hay que adivinarlo entre sus manifestaciones”.
Intenté otra conversación con Heredia. La noche era propicia, silenciosa; fumábamos y las volutas de humo parecían suavizar mi inquietud.
–Me he preguntado muchas veces cómo se llamará una muchacha que venía de Buenos Aires en el mismo tren que yo. La señora que viajaba con ella la llamaba Claudia, pero tenía un prendedor con la palabra María escrita con falsos rubíes.
–Es un nombre muy común. ¿Qué hay con eso?
–Que el primer nombre que adopta una muchacha cuando no quiere dar el suyo, es María.
–¿Y entonces?
–Entonces pienso que esa muchacha que viajó conmigo en el tren y que se llamaba Claudia, hizo creer, a la persona que le regaló el prendedor, que se llamaba María.
Un brillo de locura iluminó los ojos de Heredia.
–¿Y yo soy la persona que regaló el prendedor a esa mujer?
–No quiero decir eso. ¡Sería absurdo! Conozco el retrato de María Gismondi, no se parecen en nada; excepto, quizás, en que las dos pretenden llamarse María porque tienen miedo de comprometerse si dan su verdadero nombre.
Yo hablaba persuasivamente, sin mirar (pero adivinando) la expresión que invadía el rostro de Heredia. La locura que había nacido en el fondo de sus ojos contraía ahora su boca, hundía sus mejillas, atormentaba su frente, deformaba ya sus manos. Yo tenía que seguir hablando, porque las palabras me guarecían de un silencio aterrador. Proseguí:
–La gente de campo tiene muchos prejuicios. Por eso las muchachas que viven en estos pueblos se ven obligadas a hacer cosas extrañas. Cuando tienen un novio adoptan sin escrúpulos nombres de personas muertas.
Cuando miré a Heredia vi en sus ojos, por primera vez, una expresión de espanto; como un animal herido, huyó de mi lado. Su temor me dio miedo.
Detrás de la oscuridad, entre el follaje de los árboles, apenas veía su sombra, un ojo, un mechón de pelo. Se escondía y me acechaba, entre las plantas, en los corredores, en las habitaciones de la casa.
No podía encerrarme con llave: todas las llaves de la casa se habían perdido. Por fin resolví escribir al señor Heredia. En un rincón de mi cuarto, casi en la oscuridad, comencé la carta:
“Estimado señor Heredia: Su estancia es muy linda y muy grande, en ella he pasado los días más felices de mi vida, y los más terribles, pero todo lo que se refiere a mí no tiene ahora importancia. Sólo quiero expresarle mi gratitud por haberme dado la oportunidad de conocer un lugar como éste y mi pena por tener que anunciarle el estado en que se encuentra su hijo. Estoy demasiado perturbado para que esta carta resulte correcta y clara, pero confío en que usted la comprenda.
Después de haber vivido un mes (que equivale a varios años) con su hijo y de no haber encontrado ninguna anormalidad en su carácter, salvo algunas reacciones violentas, como tiene cualquier muchacho; después de haber comprobado que no bebe alcohol, ni frecuenta a ninguna mujer, he descubierto a través de su conducta, de sus actitudes, de sus confidencias, el principio de su locura. Apenas puedo creerlo: Armando está enamorado de una mujer que ha muerto hace cuatro años; le da citas; habla con ella; imagina que la ve, y está solo. Sabe que yo lo he descubierto y me odia. Si no le comunicara a usted estas cosas inmediatamente, temería no tener suficiente fuerza de voluntad para hacerlo después; temería volverme loco yo mismo, por contagio.
En estos días creo que llegará un amigo suyo a la estancia. Tal vez pueda socorrernos.
Lo saluda a usted muy atentamente.
Luis Maidana.
Con precaución guardé la carta en el bolsillo.
El calor del día disminuía levemente. Caía la noche, con sus innumerables estrellas. Fui al pueblo para poner la carta en el correo. El correo estaba cerrado. Yo no tenía estampillas. Recordé que era domingo. Cuatro o cinco chicos trabajaban en una casa en construcción. En una bolsa enorme llevaban piedras para depositarlas sobre los escalones de la entrada. Me detuve a mirarlos. Me pareció que la tarea excedía sus fuerzas. Me indigné con las personas que les habían impuesto ese trabajo. Me senté sobre un montón de arena, a fumar un cigarrillo. Estaba cansado. Momentos después apareció una mujer desgreñada y furiosa, que dispersó, a gritos, a las criaturas. Entonces advertí que aquel trabajo, que tanto me había impresionado, había sido un juego, un juego que merecía una penitencia.
Al oír la estridente voz de la mujer, recordé algunos episodios de mi infancia. Yo había jugado con la misma seriedad. Mis juegos podían confundirse con los más penosos trabajos que los hombres hacen por obligación: nadie me había respetado. Pensé: los niños tienen su infierno. Entonces la voz, agresivamente femenina, pronunció un nombre conmovedor. Para castigar, para amenazar más severamente al menor de los niños, utilizó el nombre maravilloso:
–Mandaré a María a tu casa, para que le diga a tu madre todo lo que has hecho.
Avergonzado, seguí como una sombra por las calles del pueblo a esa mujer horrible. Las calles me parecieron sinuosas y lúgubres, infinitas y, a cada paso, más sucias, como si todas desembocaran en algún pantano. Crucé las vías del tren, pasé por dos almacenes, me detuve frente a una farmacia; las calles se enangostaban y se ensanchaban caprichosamente; llegué a la avenida de los fénix, donde subrepticiamente, en una esquina, desapareció la mujer.
Una casa de ladrillos blanqueada entreabría, sobre un balcón de fierro, una ventana baja. Protegido por la oscuridad progresiva de la noche, me asomé a esa ventana y miré el interior del cuarto. En la alucinante luz de un espejo vi reflejada una muchacha, cuyo rostro apenas se insinuaba en la penumbra. La imagen se acercaba, pero una cabellera, como un río con brillo de plata, se interpuso. Pensé que María, sospechando que yo la miraba agazapado en la sombra, me ocultaba su cuerpo con su cabellera.
La luz del cuarto se extinguió. Oí los pasos de unos pies desnudos sobre el piso de madera y luego el silencio definitivo de la calle.
De un salto penetré en la habitación. Pensé en la muerte. El amor y la muerte se parecen: cuando estamos perdidos acudimos a ellos. Inmóvil, esperé acostumbrarme a la nueva oscuridad del cuarto. Después de un tiempo que pareció comunicarme con la eternidad, el espejo comenzó a iluminarlo. Primero vi una silla, después la mesa de luz, el costurero lleno de carreteles de hilo, el despertador de metal pintado, el vaso con flores de papel, la cama angosta, donde la muchacha yacía con los ojos abiertos. “Hay personas que duermen con los ojos abiertos”, pensé, al acercarme. “No me ve. Puedo inclinarme sobre ella para verla mejor. Podría darle un beso sin que lo sintiera.” Me incliné. Sentí su delicada respiración. Vi sus manos sobre la colcha blanca, su cabellera suelta esparcida sobre la funda de la almohada, que tenía bordadas grandes margaritas. “Ella, sin duda, hizo estos bordados” pensé, al ver el dibujo azul del lápiz debajo de las coronas. Arrodillado en el borde de la cama, examiné sus ojos: sin ver, parecía mirarme.
“María, ahora, por primera vez, podré abrazarte como siempre lo hago en pensamiento”, le dije, en voz baja, con la sensación de decirlo a gritos. Trataba de resguardar mi cuerpo de la luz del espejo que atravesaba la habitación. Retrocedí unos pasos y tropecé con la mesa de luz; cayó el despertador. Me tiré al suelo esperando las terribles consecuencias, pero el silencio volvió a extenderse como un velo sobre la casa. Permanecí un rato en la misma postura, sin atreverme a hacer un movimiento. Me arrodillé de nuevo en el borde de la cama. En la suave luz del espejo el rostro de la muchacha resaltaba con extraordinaria claridad. De pronto, como si mi insistente mirada la hubiera despertado, se incorporó en la cama. Me miró con horror. Quiso gritar, pero le tapé la boca. Quiso huir, pero la retuve.
Clareaba el alba cuando me alejé de su casa.
Salí de mi cuarto. Era muy temprano. El rocío brillaba sobre las hojas de las plantas. Heredia se acercó. Castigaba con el rebenque las piedras, las ramas, los cardos, los troncos, todo lo que encontrábamos.
–Tengo que hablarle –me dijo–. Tengo que explicarle algunas cosas.
Atónito, sin pronunciar una palabra, lo escuché.
–Para mí –prosiguió–, María Gismondi no murió hace cuatro años. ¿Sabe usted para quién y cómo murió? Hace cuatro años, en el mes de febrero, yo quería entregarle una carta. Sus padres no debían saberlo. La empresa era casi imposible. Una noche (recuerdo que era domingo), abrumado, vagué por el pueblo y resolví entrar, como un ladrón, en su cuarto. Pensaba dejar la carta debajo de la colcha de su cama o en el cajón de la mesa de luz y huir sin ser visto. Entré por la ventana. Me escondí en un hueco, entre el ropero y la pared. Oí unos pasos en el cuarto contiguo: alguien abrió la puerta y encendió la lámpara. Yo no podía irme. (Todavía hoy, en los latidos de mi corazón, siento contra mi pecho la frialdad de la pared blanqueada.) Sobre el piso de madera oí los pasos de unos pies desnudos. María Gismondi entró en el cuarto; cerró la ventana, se acostó y apagó la luz. Esperé que se durmiera. Desde mi nacimiento, nunca he esperado tanto. Cuando me pareció que estaba dormida, dejé la carta sobre la mesa de luz y me acerqué, aterrado, a la ventana. Tropecé con algo. En el total silencio de la noche, el ruido retumbó con violencia. Quedé inmóvil. En la oscuridad, María Gismondi buscaba fósforos y encendía la lámpara. Al verme quiso gritar; le tapé la boca. La tuve entre mis brazos por primera vez. Cuando dos personas luchan, parece que se abrazan. Hasta el alba luché con María Gismondi. Después huí de su casa, dejándola casi dormida. Al día siguiente me anunciaron su muerte. Durante unos días pensé que yo la había matado; luego pensé que la habían matado las personas que la creyeron muerta. Comprendí que nuestra vida depende de un número determinado de personas que nos ven como seres vivos. Si esas personas nos imaginan muertos, morimos. Por eso no le perdono que usted haya dicho que María Gismondi está muerta.
Busqué el calendario. Lo encontré en la cocina. Febrilmente lo consulté. Faltaba un día para el 28. Había que esperar sin miedo. Pensé, para serenarme: “el miedo atrae las desgracias”. Salí al patio; recogí unas piedras y, con asombrosa destreza, probé en un árbol mi puntería.
Sobre el techo de la cocina, un gato blanco me miraba con sus ojos verdes. Lo alcancé con la última piedra. Oí un golpe seco en las tejas y un lamento agudo, desgarrador.
El pobre animal, ensangrentado, huyó del techo. Vi una huella de sangre alrededor de la casa. Pensé que las personas son crueles cuando tienen miedo. ¿Por qué yo había tirado esa piedra? ¿Para merecer un castigo? ¿Para probar que yo también podía matar? ¿Para probárselo a quién? A mí mismo. Nadie me había visto.
Un cielo nublado precipitó la noche. Para no imitar mi sueño resolví ir en sulky al correo. Temblando, con la carta en el bolsillo, crucé los corredores, el patio y entré en la cocina. La casera me informó que su marido había salido en el sulky. Con un horrible presentimiento busqué el caballo, lo ensillé.
–¿Tiene frío? –preguntó Eladio.
Me di cuenta que yo estaba temblando.
Tenía la sensación de no avanzar, de ir montado en un caballo de plomo. Con un horrible cansancio llegué al pueblo. Frente a la casa baja y amarilla del correo, me sentí más tranquilo. No había nadie. Bajé del caballo. Tenía que dar unos pasos para dejar la carta en el buzón y sentirme libre, pero bruscamente, cuando ya la tenía en la mano, apareció Heredia. Pensé: “Estoy soñando; no debo afligirme; luego me despertaré”.
Heredia me dijo, pausadamente:
–Déme esa carta; voy a ponerla en el buzón.
Cuando tuvo la carta en la mano agregó:
–Este sobre lleva adentro otro sobre del mismo tamaño.
–Usted es adivino –le contesté, procurando que la realidad no se pareciera al sueño–. He puesto una carta para un compañero del colegio. No tengo su dirección.
Por el sendero de tierra, a pocos metros, venía caminando Claudia o María. (Todavía no sabía su nombre. ¡Nunca lo sabría!) Me sentí tranquilo: la realidad difería cada vez más del sueño; además, esa circunstancia me permitiría hablar de otra cosa, distraer la atención de Heredia. Le dije en voz baja, indicándole con los ojos la dirección en que debía mirar:
–Ésa es la muchacha que hizo el viaje conmigo. Verá cómo se ruboriza. ¡Simula no conocerme!
Heredia me miró con desprecio. ¿Sospechaba todo lo que yo había sufrido, pensando que él también amaba a la misma muchacha? Esperé que se acercara y, sacándome el sombrero, le pregunté como si no la conociese:
–Señorita, ¿podría decirme si cambiaron el horario de trenes? –Consulté mi reloj–. Son las doce y todavía no he oído el silbato del tren.
Me miró con asombro.
–La estación queda a dos cuadras de aquí, pregúntele al jefe.
–Y el Club Social, señorita, ¿dónde queda?
–El Club Social queda a cinco cuadras, doblando a la derecha.
–¿Cuándo habrá baile?
–El sábado por la noche.
–¿Irá usted, preciosa?
Al oír la última palabra, que no era precisamente la que deseaba decirle, la muchacha se ruborizó.
–Yo no voy a bailes. Estoy de luto –respondió con un orgulloso movimiento en los labios. Se alejó con gracia rápida, sin decirme adiós.
Nos quedamos mirándola. Hablamos de sus piernas, de su edad, de su cintura. Pero ¿qué había hecho Heredia con mi carta? Advertí que la había guardado en el bolsillo, quizá por distracción. Le dije con voz trémula:
–Se olvida de mi carta.
–Al contrario; no la olvido.
–La tiene en el bolsillo. ¿Para qué?
–Para que usted me la lea cuando lleguemos a la estancia.
Intenté arrebatársela, pero me amenazó con el revólver. ¡Con el revólver del sueño! Montamos a caballo. Durante el trayecto pensé quitarle la carta y el revólver. Lo miraba de soslayo, esperando que tuviera un momento de distracción, para huir, para pedir auxilio, para asestarle un golpe en la cabeza. Pero él era tanto más fuerte que yo, tenía un aspecto tanto más equilibrado, que renuncié a todos mis planes. Si pedía auxilio me hubieran creído loco; si huía, Heredia me hubiera baleado por la espalda; si lo atacaba, me hubiera matado como a un perro.
No me importaba morir. Lo miré con indulgencia.
–¿Y con qué derecho pretende que le lea mi carta?
–Con éste –dijo poniendo sobre una mesa el revólver–; porque usted no es capaz de defenderse ni con este revólver, ni con ese cuchillo que tiene en el cinturón.
–Desprecio los medios de violencia para llegar a un acuerdo.
–¿Qué medios le agradan, entonces?
–Los del entendimiento.
–Está bien –dijo, sentándose–. Léame ahora su carta.
–No acepto.
–Por la violencia, entonces –dijo empuñando nuevamente el revólver.
Temblando tomé la carta que me entregó Heredia. Pensé de nuevo que soñaba y que pronto despertaría. Tal vez la carta se transformara en otra totalmente distinta.
Comencé la lectura muy lentamente. Leí como me habían enseñado a leer en el colegio, con el cuerpo erguido, levantando la cabeza al final de cada párrafo, señalando exageradamente la puntuación. Cuando terminé, después de un siglo, Heredia, sin decir una palabra, se levantó y salió del cuarto. Oí morir sus pasos en las baldosas del corredor. De cualquier modo, aun repitiendo mi sueño, tenía que huir. Encerré a Carbón en mi cuarto, para que no me siguiera. Busqué el sulky, los caballos: no estaban. Con la pesadez que da la vergüenza del miedo, corrí. Entré de nuevo en mi cuarto; había olvidado las llaves. Las guardé en mi bolsillo. Guardé mi cuaderno y mis libros en el cajón de la mesa, volví a salir. Dejé todo: cualquier cosa que llevara conmigo podía delatar o entorpecer mi huida.

CONSIDERACIONES FINALES DE RÓMULO SAGASTA

Aquí se interrumpen las páginas de este extravagante cuaderno: después de haber meditado sobre su contenido siento ahora la necesidad, casi el deber, de agregarles un final.
Toda vida, con sus experiencias, con sus ilusiones, es incompleta, fragmentaria y terrible: la que en las páginas anteriores se revela como un símbolo es, a mi juicio, especialmente conmovedora y dramática. Después de corregir algunos errores gramaticales, sin modificar el estilo simple y pueril de las frases, agregaré las siguientes líneas:
El 28 de enero de 1930 partí de Constitución en el tren de la mañana para Cacharí. Lo hice de mala gana, pero sin pensar que me encontraría frente a un espectáculo tan triste como el que me deparó la suerte.
Los Cisnes, aquella estancia donde mi amigo Heredia me había invitado tantas veces a pasar los fines de semana, las fiestas de mayo y de carnaval, evocaba en mi corazón los recuerdos más placenteros y dulces.
Los suculentos almuerzos al aire libre, las largas siestas, el tranquilo silencio campestre, son goces que ningún criollo desdeña. Es cierto que soy aficionado a la caza y que ese entretenimiento agrega seducción a la vida de campo. Lo primero que hacía, al llegar allí, era alquilar por dos pesos el perro de caza del almacenero. Un “pointer” degenerado sirve para algo cuando el cazador es competente. Invariablemente, al final de la tarde, volvía del campo con ocho o nueve perdices.
Llegué a Los Cisnes, repito, el 28 de enero de 1930, con mi escopeta, arma que llevaba como un vano disfraz para disimular el verdadero motivo de mi viaje.
Era un día de sol deslumbrante y hermoso. Nadie me esperaba en la estación. Vagué más de media hora por el andén; tuve tiempo para arrepentirme del viaje, antes de ver aparecer la volanta con Eladio Esquivel, que bajó lentamente como un viejito a saludarme. Lo recibí con frialdad, pero en seguida sospeché que una elocuencia trágica se ocultaba en su lentitud. Algo grave había sucedido. Con serias palabras entrecortadas, me dijo:
–Ha sucedido una desgracia.
Con mi escopeta y mi valija, subí apresuradamente a la volanta y traté de averiguar todo lo que me costaba creer. Confusamente oí el relato del niño, mientras nos aproximábamos a la estancia. El sol, la claridad del día, la voz soñolienta del niño, todo parecía contradecir la noticia.
Después de ver al muerto, después de hablar con los caseros, con el médico, con el agente de policía y de hacer los trámites necesarios para que enviaran un ataúd, quise examinar el lugar donde había ocurrido el hecho. Por la calle de eucaliptos y casuarinas Eladio me guió hasta el lugar del campo entre los pastizales, donde se veían aún las manchas de sangre y los rastros (se hubiera dicho) de una lucha. Después supe que el perro negro de la estancia, aullando, había escarbado la tierra con desesperación al ver la sangre.
Nunca prevemos lo peor. Yo había previsto todo, salvo lo que había ocurrido. Lamenté de nuevo haber aceptado una misión tan desagradable. Mi amistad con Raúl Heredia, mi simpatía por toda su familia, me habían impulsado a hacerlo por un sentimiento de deber. Ir a una estancia solitaria, con el pretexto de cazar perdices, para espiar y aconsejar a un muchacho de dieciocho años, aunque ese muchacho fuera el hijo de uno de mis mejores amigos, me parecía interesante pero comprometedor. Ahora, al encontrarme con una noticia tan inesperada como horrible, me parecía que mi temor había obedecido naturalmente a un presentimiento.
Desde la infancia, Armando Heredia había mostrado signos de locura. Es cierto que los niños de corta edad siempre me parecen dementes; los diálogos, los juegos que practican, las palabras que profieren son indudables ejemplos de locura. Atravesar la infancia es una severa prueba para la razón. Entre los niños que yo he conocido, Armando Heredia fue sin duda el más extraño. Lo veo como era hace catorce años, con los ojos encendidos, con un látigo en la mano, castigando a un personaje ficticio (cuyos rastros había pintado él mismo, con tinta roja, en el suelo) y llorando después sobre su muerte.
En el tren de la tarde llegó la familia de Heredia. Nunca había tenido que asistir a una escena tan dramática: ver a una madre frente a un hijo muerto. No soy especialmente egoísta; sin embargo, me preocupaba más la actitud que yo debía asumir que el dolor de una familia que estimo.
Me costaba reconocer la alegre casa de campo, con sus apacibles corredores, con sus profusas enredaderas. En un instante el aspecto de un lugar puede cambiar definitivamente. Al ver a Raúl Heredia comprendí que no podríamos volver, como antes, a la estancia. Ciertos acontecimientos señalan el tiempo como en los juegos las líneas de tiza blanca marcan límites infranqueables: el principio y el final de épocas distintas.
Colocaron el ataúd en la sala de la casa. Allí velamos al muerto. En la trémula luz de los cirios, la cara del muchacho no estaba desfigurada. Su tez oscura, su frente angosta, la pureza de su perfil no se habían alterado. El balazo lo había alcanzado en el centro del corazón. Me impresionaron las flores que la madre quiso, vanamente, colocar entre las manos del muerto; el resentimiento con que le hablaba; las frases amargas, severas.
Al alba, después de beber varias tazas de café, Raúl Heredia me llevó al cuarto que había sido de su hijo (un cuarto lúgubre y húmedo). Abrió el ropero y los cajones de la mesa.
–Mi mujer no podría hacer estas cosas. La conozco. Antes de irme quiero revisar todo.
La luz del alba rayaba las persianas y los primeros pájaros cantaban débilmente. Raúl Heredia se detuvo un instante y me dijo:
–A esta hora uno comprende súbitamente todo lo que es definitivo. –En el marco de la puerta me enseñó el cielo blanco–: Sólo embriagado o triste he visto el alba; sólo en fiestas, nacimientos o muertes, y ésta es la más amarga, la más infernal, la más injusta…
Encontramos en el cajón de la mesa un cuaderno de tapas azules. La primera página llevaba el título Mis sueños. Raúl Heredia hojeó melancólicamente el cuaderno y me lo entregó.
–No tengo el coraje de leer estas páginas. Me parecería un crimen, sin embargo, destruirlas. Armando era inteligente. ¡Lo he conocido tan poco! Te las entregó a ti, porque eres mi mejor amigo. Podrás leerlas y descubrir tal vez en ellas qué motivos impulsaron a mi hijo a cometer este acto de locura; ya ninguna explicación puede modificar nada.
Tomé el cuaderno y volvimos a la sala donde temblaban las luces de los cirios.
Muchos vecinos habían acudido al velorio. Las mujeres lloraban con ímpetu poético y elocuentemente hablaban de la muerte.
Inútil sería relatar en todos sus detalles los tristes diálogos de aquella noche, el viaje penoso en tren, la llegada a Constitución.
Después del entierro en Buenos Aires, emprendí, con asombros sucesivos, la lectura del cuaderno. Durante algunos días permanecí aterrado. Pensé destruir las páginas: no he hallado, no he podido hallar solución al problema. En vano busqué en la guía telefónica el nombre de Luis Maidana. Mientras tanto, traté de evitar los encuentros con mi amigo Heredia. ¿Si me hablaba del cuaderno? ¿Si me lo pedía? Sin éxito traté de frecuentar a otras personas de la familia para averiguar detalles sobre la vida del muchacho.
Seis meses transcurrieron. Heredia fue un día a mi casa, a visitarme. En un tono jovial me anunció su próximo viaje a Europa. Me habló de sus hijos y, al mencionar a Armando, dijo:
–Fue mejor que Dios se lo llevara; muchachos de esa clase no hacen nada bueno. Ya costó bastantes llantos a su madre.
Aprovechando la oportunidad me atreví a comunicarle que el cuaderno que me había sido entregado seis meses antes no contenía relatos de sueños, ni había sido escrito por su hijo, sino por una persona llamada Luis Maidana. Mi noticia no asombró ni interesó demasiado a Heredia. Me miró con incredulidad. Me aseguró que su hijo no tenía ningún amigo de ese nombre.
Estudiamos la escritura del cuaderno; confrontamos cuadernos del colegio y cartas que fueron escritas por él, presumíamos, en esa época: la letra era la misma. Averiguamos entre los amigos de Armando si existía o había existido un Luis Maidana. Nadie lo conocía ni había oído hablar de él. Los caseros de Los Cisnes afirmaron que nadie visitó a Armando en la estancia. Finalmente tuve que aceptar lo increíble: los relatos contenidos en el cuaderno bajo el título Mis sueños habían sido escritos por Armando Heredia y no por Luis Maidana.
¿Por qué, suponiendo que esos relatos fueran sueños, Armando fingía ser otro personaje? ¿Fingía o realmente soñaba que era otro, y se veía desde afuera? ¿Lo obsesionaba la idea de no tener sueños, como lo dice en una de las páginas del cuaderno? ¿Se sentía como un fantasma, se sentía como una hoja en blanco? ¿La obsesión fue tan poderosa que Armando terminó por inventar sus sueños?
Cuando pensaba, tal vez creía Heredia que estaba soñando. De ahí provendría la extraña y alucinante ilación que hay en sus sueños: Armando Heredia sufría desdoblamientos. Se veía de afuera como lo vería Luis Maidana, que era a la vez su amigo y su enemigo. “En la vigilia, vivimos en un mundo común, pero en el sueño cada uno de nosotros penetra en un mundo propio.” He podido comprobar que algunas personas, algunos objetos y acontecimientos que figuran con modificaciones en estos relatos existieron realmente; otros, como Luis Maidana y el doctor Tarcisio Fernández, no existen ni jamás existieron.
Armando Heredia, al suicidarse, ¿creyó matar a Luis Maidana, como creyó matar en su infancia a un personaje imaginario? ¿En vez de tinta roja empleó su propia sangre para jugar con su enemigo? ¿Quiso, odió, asesinó a un ser imaginario?
Heredia me pidió que me ocupara de la venta de su campo. Volví a Los Cisnes por última vez. Vi algunos objetos que figuran en los relatos del cuaderno: los reconocí con desagradable sorpresa. Vi la canasta de porcelana, la mecedora alucinante, el paisaje pintado en la cabecera de la cama, el tigre y el jaguar del cuadro atribuido a Delacroix. En Cacharí conocí a María Gismondi (a quien interrogué infructuosamente). Nadie había oído hablar de Luis Maidana.
Todavía siento un profundo malestar cuando pienso en este cuaderno. El misterio que envuelve sus páginas no ha sido totalmente aclarado para mí, ya que la muerte selló para siempre los labios del autor y actor, de la víctima y del asesino de esta inverosímil historia.
Si yo hubiera llegado a Los Cisnes el 26 o el 27 de febrero en lugar del 28, como quería hacerlo, hubiera salvado con el fantasma de Maidana a Armando Heredia, pero tal vez hubiera perdido mi propia vida. Y si esto fuera una historia policial, yo habría sostenido, tal vez, una disputa con Armando; éste (como en la realidad) se habría suicidado y me acusaría criminalmente de su muerte. Las consecuencias de cualquier hecho son, en cierto modo, infinitas.
A veces pienso que en un sueño he leído y he meditado este cuaderno, y que la locura de Heredia no me es ajena.
No hay distinción en la faz de nuestras experiencias; algunas son vívidas, otras opacas; algunas agradables, otras son una agonía para el recuerdo; pero no hay cómo saber cuáles fueron sueños y cuáles realidad.


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