sábado, 11 de febrero de 2017

El inocente celestino

Ahmed Nury


Entre todas las damas –velo en el rostro–, que diariamente le daban limosna para sus pobres, el imán del pueblo no conocía a ninguna tan joven, hermosa y caritativa como Khatya, casada por su propio consejo con el rico comandante Mahmood. Pero en este día su palabra usual de bendición murió en sus labios apenas pronunciada, al darse cuenta inmediata de que ella estaba hondamente agitada. Incorporándose de su sitio en el mercado, la atrajo hacia sí.
En efecto, digno imán, ella tenía un gran peso en el alma. ¡Pero era tal la vergüenza de confesarlo…!
–Pero, hija mía –insistió el hombre santo–, no temas decirme nada. ¿Acaso no fui yo quien te educó, quien ha sido apoyo de tu madre desde antes de que nacieras, dándole ánimo y consejo? ¡Seguramente no has tenido un disgusto con tu marido! ¡Espléndido esposo! Recuerdo bien cuál fue mi consejo cuando él pidió mi opinión antes de casarse contigo. Le dije: “Antes de casarte con la hija, mira a la madre”.
Con lágrimas en sus dulces ojos, los labios temblando visiblemente bajo el velo de seda, Khatya le aseguró que nada había sucedido entre ella y su esposo, y que daba las gracias al imán por su confianza en ella.
–Pero, ¿qué opinión tienen de mí los demás en el pueblo? –preguntó amargamente–. ¿Qué dice la gente de mí?
–¿Otros? ¡Pero, hija mía!
–Otros, padre –Khatya golpeó el suelo, impaciente, con su pequeño piececito. Añadió: –Quiero saber qué clase de persona cree este Hassan que soy, o Hussein, hijo de Tolls.
–¡Hassan! ¡Pero, querida!
–Sí, Hassan, si así se llama. Ese horrible jovenzuelo que me está amargando la vida, siempre paseándose por debajo de mis ventanas, mirando amorosamente a mis ojos, tratando de ver por las cortinas…
–¿Estás segura de que es Hassan?
–Hassan. ¡Y yo, la mujer del comandante Mahmood! Padre imán, estoy aterrorizada. Me da miedo ver por la ventana a la calle. Y usted sabe qué pronto comienza la gente a murmurar.
El brazo del viejo imán cayó inerte.
–¡Hassan! ¡Ese joven!
–Sí, es joven –respondió Khatya–. Y es por eso por lo que no le dije esto a mi marido. Ya sabe usted qué carácter tan violento tiene. Pero pensé que quizás usted pueda amonestarlo. Dígale a este Hassan que deje de rondar mi casa mirando por las ventanas. Que cese inmediatamente.
–¿Amonestarlo? ¡Por Alá que así lo haré! Y haré más –juró el sorprendido imán–. Le prohibiré la calle. No tiene razón alguna para transitar por ella en primer lugar. Hija mía, hiciste muy bien al no decirle nada a tu marido ¡Deja esta cuestión en mis manos!
El imán se encontró a Hassan esa tarde, en el café, jugando a la baraja con sus amigos. Al ver una discreta señal del hombre santo, el joven se incorporó inmediatamente y fue a sentarse a sus pies, obedientemente disponiéndose a escuchar.
Durante unos breves momentos el imán sólo contempló a Hassan con ojos llameantes, de manera que Hassan esperó con la cabeza inclinada, adivinando que algo malo sucedía aunque no sabía qué.
El corazón del imán se enterneció un poco. Era joven, este Hassan, tenía poco más de veinte años, y muchas mujeres lo llamarían hermoso, varonil, y se dejarían cautivar por su encanto; a menos que esa mujer fuese de una pureza tal, como él había imbuido en Khatya. Sí, sin duda, el sentido de la honra que Khatya poseía, era algo excepcional.
–Hasan, estoy pensando. Estoy pensando en qué espléndido, honrado hombre fue tu padre. En cómo siempre siguió la senda de la rectitud, y nunca se atrevió a alzar los ojos ante una mujer ajena. En cómo fue siempre un ejemplo de religiosidad y honor. Hijo mío, debes procurar seguir su camino, cuidándote de las locuras de la juventud, respetando los sagrados derechos de la mujer casada, para que este pueblo viva siempre en paz.
Hassan alzó la mirada, candorosamente sorprendido.
–Gracias por el consejo, padre imán. Pero, ¿por qué me ha dicho usted esto?
–Quiero decir –respondió airadamente el imán– que debes dejar de rondar la casa de Khatya, esposa del estimable comandante Mahmood.
–¿Cómo es eso, padre?
–¡Cómo! Ya sé todo. Sé que has estado molestando a la piadosa mujer con tus inoportunas atenciones, rondando a todas horas su casa, y tratando de verla a través de las cortinas de la ventana del haremliq. ¡Hassan! ¡Oh, Hassan! ¡Lloraba cuando me lo decía!
Maravillado, Hassan contemplaba el rostro del anciano imán.
–¿Ella misma, en persona, le dijo eso a usted, padre?
–Claro, ella me lo dijo.
–¡Pero no sé siquiera dónde está la casa del comandante Mahmood! Nunca oí hablar de esa mujer antes de ahora. Ni siquiera sé si la he visto alguna vez.
–Mucho mejor –dijo secamente el imán–. Y si te aseguras de no volverla a ver, harás bien.
Después de que el imán salió majestuosamente del café, Hassan se quedó sentado, pensativo. ¿Quién era Khatya? ¿Por qué había hecho eso? Y entre más lo pensaba, más entraba en él la determinación de investigarlo.
Al día siguiente, desviándose deliberadamente de su ruta usual, Hassan pasó por la calle donde vivía el comandante Mahmood, vio la casa, y alzando la mirada a la ventana, vio el rostro de quien era, sin duda alguna, Khatya.
Su cara no tenía velo, su cuello y hombros estaban desnudos, y miraba ansiosamente a la calle.
Repentinamente viéndolo a él, lanzó un leve grito y desapareció en seguida.
El pobre de Hassan quedó paralizado en su sitio, pues nunca había visto otra belleza igual.
Desde ese instante, se enamoró de ella.
Durante cuatro tardes seguidas Hassan pasó delante de su ventana, camino a su casa. La quinta, cuando iba pasando, un fino pañuelo de seda cayó de la ventana, agitándose a la luz del sol poniente, hasta posarse levemente a sus pies.
Hassan lo levantó. Luego, teniéndolo en la punta de sus dedos, tocó a la puerta.
¡Tonto Hassan! Khatya bajó corriendo las escaleras con corazón agitado.
–¿Quién es? –preguntó.
Hassan vio una estrecha ranura aparecer entre la puerta y la pared.
–Perdón, señora, pero se cayó su pañuelo a la calle, y lo acabo de recoger –y Hassan le extendió la prenda.
Una mano blanca lo alcanzó, tocando sus dedos; una voz dijo: “¡Gracias!” y la puerta se cerró.
Y al día siguiente, y al otro, Hassan pasó frente a la casa; pero no logró ver ni una señal de su amada.
Al otro día, Hassan se dirigió tristemente al café, donde el imán lo esperaba, sentado en imponente majestad. Hassan esperó tranquilamente la tempestad. Llegó.
–¡De modo que así es como cumples tus promesas! A pesar de mi solemne aviso, has ido nuevamente a la casa de Khatya, has tocado a la puerta del haremliq, has tratado de trabar conversación con ella, y cuando se ha cerrado la puerta en tus narices, has tenido la desvergüenza de forzarle esto en las manos, como “prenda de amor”.
El imán aferraba el pañuelo en sus manos. Hassan apenas lo podía ver.
–¿Hice yo eso?
–¡Lo hiciste! Y esta pobre mujer está en un estado de nervios desastroso, terriblemente preocupada por tu conducta. Ella, la mujer del comandante Mahmood, y tú ofreciéndole un trozo de seda de veinte monedas.
–No, padre imán –dijo Hassan quedamente–, vale mucho más que eso.
–Entonces, dáselo a otra gente.
Diciendo esto, el imán le lanzó al rostro el pañuelo. Añadió:
–¡Y esta es la segunda queja que he tenido de ella sobre tu bochornosa conducta! Que no haya una tercera, porque ella me dijo también que dentro de una semana el comandante sale en peregrinación, y que ¡ay de ti, si algo haces durante su ausencia! Ahora, termina tu café y vete.
–Gracias, padre –el café estaba dulce como nunca.
Ya fuera, Hassan besó violentamente el pañuelo.
¡Khatya! ¡Oh, Khatya!
Por fin entendió todo. Tenía en las manos la prueba del amor de ella hacia él, un amor que estaba dispuesto a romper las grises barreras del matrimonio y el harem.
¡Y el imán!
¡Inocente celestino!
Después de esta tarde, todos los días pasaba Hassan frente a la casa de su amor, besando fervientemente el pañuelo, y pensando si ella lo vería.
Una dama completamente trastornada era Khatya cuando fue a ver al imán, que estaba sentado, como de costumbre, a la puerta del mercado, colectando limosnas para los pobres. La cara del santo varón se puso gris de preocupación al verla.
–¡Alá!, ¿qué ha sucedido ahora, hija mía?
–¡Ah, padre mío, que hubiese yo ido con mi esposo a la peregrinación! ¡Este muchacho tonto!
–¡Hassan! ¿Pues qué ha hecho ahora? ¡Dime pronto!
Temblando, la joven se acercó, apretándose el velo de seda, y comenzó a hablar susurrante:
–Fue ayer en la tarde, al oscurecer. Yo me retiraba a la cama, disponiéndome a leer un rato, antes de dormir, y estaba viendo que todas las puertas quedaran cerradas, pues estoy sola y tengo miedo a los ladrones, cuando creí oír una pisada violenta en el jardín. Asustada, grité: “¿Quién anda ahí? ¿Qué quieren?” Y al mirar por la ventana, oí la voz de un hombre que estaba trepado en el roble. “No te asustes, paloma –oí que decía–. Soy yo, tu Hassan, que he venido a guardar tu soledad”. Grité. “Si no bajas y huyes inmediatamente, llamaré a los guardianes para que te arresten”. Le digo, padre, estaba yo asustadísima. Y debo haberlo asustado a él también, porque recuerdo haber visto su cara aterrorizada cuando bajó rápidamente y huyó por el jardín.
–Pero –exclamó el horrorizado imán– ¿cómo, en el nombre de Alá, pudo haberse metido en tu jardín, si las tapias son extremadamente altas?
–¡Fácilmente, padre! Como usted sabe, junto a nosotros hay una casa en ruinas. Fue sencillo para él entrar en el jardín de la casa vecina, y de allí saltar al nuestro por la pared baja que los divide. Es cosa sencilla para un hombre joven como él.
–¡Por mis ojos y mi cabeza, que he de hacer que los guardias cuiden tu casa hoy en la noche, y mientras tu marido esté ausente! Y sufrirá el castigo merecido por su tontería.
–¡Padre, no haga eso! –suplico Khatya retorciéndose las manos. Si hace eso, habrá escándalo, se haría público el bochornoso asunto. Habría juicio, interrogatorios, malentendidos, y junto a esto, la pasión de mi marido.
A su pesar, el imán tuvo que admitir la verdad de esto.
–Bien, hija mía. Por última vez, déjame a mí el asunto.
Y al irse Khatya, después de haber dejado una generosa dádiva para sus pobres, el imán interiormente bendijo a la joven en nombre de Alá.
Luego se levantó, y se fue directamente al café.
Viéndolo entrar, Hassan se levantó silenciosamente, y fue a sentarse a los pies del imán.
–¿Bueno?
–¿Qué ha pasado ahora, santo imán?
–¡Ah! Insistes en negar todo. Supongo que aún no has llegado a conocerla a ella, ¿verdad? Y supongo que tampoco entraste anoche en su casa penetrando por el jardín de la casa arruinada que está junto, ¿eh? ¡Y supongo también que no es cierto que brincaste la pared entre los dos jardines y luego trepaste el roble que está frente a su ventana!
–¿Eso hice yo, padre? ¡Me parece un sueño!
–¡Un sueño! ¡Óyeme bien, muchacho, óyeme bien, Hassan ben Mahmoor! Te digo que estas son mis últimas palabras de consejo. Nunca más me oirás a mí, sino a alguien que no tendrá piedad alguna.
Con un gesto soberano, el imán salió del café.
Pero ya le había dicho a Hassan cómo llegar a su amada.
Cuando el muecín llamaba a oración al caer el sol esa tarde, Hassan entraba a la casa en ruinas, a su jardín silencioso. Hallaba el modo de saltar la tapia, trepaba luego por el roble, y se entregaba en los brazos de la dulce enamorada.
Mientras tanto, el imán, una vez terminada su frugal cena postrera del día, tomó su bastón y lentamente se dedicó a pasear por delante de la casa de Khatya, bajo las estrellas amadas por los enamorados de todo el mundo. Quería estar seguro de que todo estaba en paz, tranquilo, de que Hassan no se atrevería a repetir su villano intento. Y, en efecto, no pudo oír ni una señal de que Hassan anduviese errante buscando entrada al lugar prohibido. Ni un grito de Khatya pidiendo auxilio turbó la paz de la noche clara.
¡Todo estaba ya bien, al fin!
¡Ma’shala!


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