martes, 14 de febrero de 2017

Esa niña

Beatriz Espejo


¡Qué horror de niña! –pensó miss Ponce, cuyo nombre de pila era completamente desconocido para todas las discípulas–. Cuando la veo venir me dan ganas de llorar. No tiene el santo temor de Dios, aunque por uno de esos grandes misterios de la ciencia humana, antes de entrar a clases entra en la capilla y reza un par de aves marías, luego regresa caminando fuerte y simula atender a los maestros. Yo la hubiera expulsado, mandado con sus pretensiones derechito a su casa, si no fuera porque la madre superiora la defiende con aquello de que es muy aplicada y los inspectores andan tras nosotras propagando ideas de que no sirve la educación que impartimos las religiosas. Pero esta niña nunca se está quieta. Los novios vienen buscándola hasta las puertas de la escuela y les da a los muy burros atole con el dedo sin formalizar con nadie. ¡Sí me dan ganas de llorar sólo con verla cómo gobierna a todas las demás! Gracias a ella no quieren tomar clases de natación porque les dijimos que debían ponerse batas sobre el traje de baño. La pobre hermana Aurora se pasó días haciéndolas, duro y dale pedaleando la máquina de coser para que al final esta mocosa se burlara de quienes las estrenaron afirmando que dizque parecían mantarrayas con los camisones inflados por el agua. Las demás comenzaron a reír y las que obedecieron salieron de la piscina avergonzadas y escurridas. Nada le importa. Quizás algún día le importará. Mientras eso sucede me saca canas, a mí, encargada de imponer disciplina en el bachillerato.
Cuando organizamos la posada en el patio, le tocó la misión de ser el ángel que anunció la llegada del Mesías. Fue pura suerte. Tuve la idea de poner papelitos en una pecera vacía. ¿Cómo iba a saber que a ese demonio, al que nada más le faltan cuernos, le tocaría misión tan delicada? Pero tomó su participación muy en serio y nos felicitaron por el éxito que tuvimos al escenificar el nacimiento. Los padres de familia estaban encantados, y ella muy circunspecta en su turno hizo reverencias como si un halo le nimbara la cabeza. No se acordaba de las huelgas que organiza ni que al pobre maestro de latín acabado de salir del seminario lo pone rojo como jitomate. No está acostumbrado a las coqueterías en las que ella es una experta a pesar de sus escasos quince años. Nunca encuentro manera de tenerla sosiega con tantas cosas que se le ocurren. ¡Sí, me dan ganas de llorar sólo con verla! Se lo digo sin el menor reparo aunque ella en lugar de apenarse se retuerza de risa enfrente y siempre soy yo la que da media vuelta y se retira, parezco capitán derrotado. Sólo se hechiza cuando viene a darnos pláticas o confesión el padre Pardinas. Ni siquiera entiende palabra de la prédica siguiendo las volutas de humo que su reverencia lanza al techo luego de insertar cigarros en una boquilla de ámbar que usa. Estoy segura de que si alguien le preguntara a esa niña sobre lo que se habló no tendría respuesta. La he visto seguir las espirales como si tuvieran poder de llevarla al Paraíso…
Miss Ponce era delgadita. Daba idea de que podía troncharse como la rama más joven de un arbusto. Ni una sola mancha afligía la blancura perfecta de su cara pequeña con los ojillos oscuros tapados por los anteojos. La boca siempre torcida en un gesto de disgusto o desagrado, la naricilla hacía juego con su mandíbula inexistente –lo más contrario al prognatismo–, como si se la hubiera tragado la garganta. Eso le daba cierto aire de gansa extrañamente parada en medio de los salones o en los pasillos, con uno de sus hombros mirando al suelo, balanza desequilibrada puesta en evidencia por la costumbre de ponerse un brazo contra el brazo gacho como si tuviera frío o se obligara a mantenerse en pie; pero hablaba con voz suave que sólo dejaba vibrar timbres de ira como armonio al que aún le suena alguna nota descarriada. Eso cuando algo la contrariaba más allá de sus cabales y para ello la niña era infalible.
La mayoría del alumnado veía a miss Ponce con simpatía y respeto atendiendo sus correcciones por no llevar los zapatos lustrosos, las medias restiradas o bien planchados los mandiles a cuadros azules y blancos que usaban sobre el uniforme.
Para decirlo con justicia, la niña nunca recibía ese tipo de reconvenciones. Era muy acicalada y estaba demasiado contenta dentro de su cuerpo, gozosa con los beneficios que la vida le había regalado, se enfrentaba inocentemente a un destino ignorado y no sentía la menor aversión hacia la monja sin darse por enterada del disgusto que despertaba. Reírse del asunto le parecía suficiente. Se limitaba a participar en lo que la rodeaba. Y en esos días por toda la escuela se respiraban aires excitados, el año escolar terminaba y se organizaban las fiestas navideñas que principiaron con la presentación de los peregrinos. La Virgen María de cara bellísima aunque tan alta que acordaron disimularlo sentándola sobre un burro, conseguido quién sabe dónde, que caminaba llevándola parsimonioso, jalado por las riendas de un San José con túnica verde y barba y bigotes postizos para darle aspecto varonil. Quedaban pendientes los ejercicios espirituales que prepararían a las adolescentes para llegar al día 24 de diciembre, comulgadas, confesadas, llenas de suave devoción, después del encierro en un convento de San Ángel. Por supuesto el encargado de impartir las conferencias sería el padre Pardinas, guía espiritual de las clases altas mexicanas, que además de bien parecido e impecablemente trajeado era un sinólogo respetable; pero a las jovencitas no les hablaba en chino sino en español contante y sonante como moneditas de oro recién sacadas de su alcancía que era su prodigiosa memoria y su capacidad para exponer claramente el tema según llegaba la fecha.
Y así ocurrió sin contratiempos. La niña estaba entusiasmada ante la perspectiva de pasar una semana entera, que para ella representaba un largo día de campo. Cada grupo dormiría en enormes cuartos con las camas separadas por mamparas y aunque las reglas fueran estrictas y se les advirtiera que debían recogerse en su lugar porque la luz se apagaría con puntualidad al sonar las ocho campanadas de la noche, la niña discurrió dormirse más tarde aunque debían levantarse a las cinco de la mañana y bañarse y para oír misa a las seis, luego de abrigarse bien porque empezaba el frío y la vieja construcción del edificio trasminaba humedad por sus anchos muros que sin embargo no perdían galanura.
La niña aprovechó la oscuridad del primer día para informar a sus compañeras que en el transcurso de la semana un primo suyo le llevaría serenata. No se romperían las normas, el poder monjil llegaba hasta la banqueta donde seguramente cantaría un trío de músicos con sus guitarras o un conjunto de mariachis. Y luego de anunciar el feliz y sorprendente acontecimiento descansó quitada de la pena.
El padre se presentó y comenzaron los ejercicios en demoradas pláticas propicias para una seriedad requerida que las suspendiera en nubes de piedad. Antes de confesarse, luego de examinar pecados y convencerse de que no contaban gran cosa, a la niña se le ocurrió decir:
–Me acuso que yo encuentro a un padre muy atractivo.
Tras la rejilla sobrevino un silencio seguido de la respuesta:
–Eso no es pecado sino tontería ¿Qué más tienes que confesar?
No hubo mucho más, salvo quizá las cóleras que le hacía pasar a miss Ponce. La penitencia fue un par de jaculatorias acompañadas por un credo.
La famosa serenata no llegaba con sus acordes inundando la calle y a nadie se le ocurrió pensar que llegaría; pero de pronto empezó a oírse la música monótona de un cilindro que desplegaba su repertorio de canciones románticas. En el dormitorio se escucharon risitas burlonas mientras la niña furiosa se indignaba ante lo que creía el ridículo de su vida. La persistencia del inacabable repertorio resultó demasiado, no aguantó más y en su camisón de franela con encaje en mangas y cuello decidió callar al majadero trepándose por una reja hasta alcanzar el techo que afortunadamente tenía un piso. Caminó hasta la orilla alumbrada por el farol de la calle, lo suficientemente cerca para encontrar a su mentado primo ordenando el repertorio. Con ambas manos le indicaba que se fuera y el muchacho simulaba que le agradecía la delicada distinción y sacaba más dinero del bolsillo. La lucha duró todavía un rato hasta que la niña logró despedirlo. Finalmente, entre satisfecha y enojada inició el descenso por el mismo camino hasta alcanzar las baldosas del suelo ¿A quién encontró entonces? Nada menos que a una iracunda miss Ponce, que blandiendo su furia espetó:
–¿Cómo te atreves? Es un descaro mostrarte desnuda frente a esos hombres. Deberías ser como tu mamá, una dama –y segura de no contener su enojo y deseosa de mantener su compostura dio media vuelta musitando algo y preguntándose lo que sería el destino de esa criatura perdida en la desfachatez.
La niña ni se inmutó. Vio la delgada silueta abrazándose a sí misma salvándose de un cataclismo y entró sigilosamente al cuarto donde ya no se oía sino algún ronquido. Con sigilo abrió el cajón de su buró, palpó el contenido hasta tocar una colilla de cigarro que había hurtado de un cenicero y se durmió apretándola entre los dedos.


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