miércoles, 1 de febrero de 2017

Estabilidad

Philip K. Dick


Robert Benton desplegó lentamente sus alas, las agitó varias veces y se elevó con majestuosidad desde el tejado hacia las tinieblas.
La noche lo engulló al instante. Bajo él, centenares de diminutos puntos de luz indicaban otros tantos tejados desde los que otras personas lo imitaban. Una forma violácea flotó a su lado y luego desapareció en la negrura. Benton, sin embargo, no se sentía inclinado a entablar carreras nocturnas. La forma violácea se acercó de nuevo con un balanceo invitador. Benton la rechazó desdeñosamente y aleteó en busca de una zona más alta.
Al cabo de un rato descendió y se dejó arrastrar por corrientes de aire que ascendían desde la ciudad que se extendía a sus pies, la Ciudad de la Luz. Una sensación maravillosa y excitante lo invadió. Hizo entrechocar sus enormes y blancas alas, atravesó con frenética alegría las nubes que circulaban en dirección contraria, se sumergió en la puerta invisible del inmenso cuenco negro en el que volaba y, por fin, bajó hacia las luces de la ciudad, pues su tiempo libre terminaba.
Una luz más brillante que las otras parpadeaba al fondo: la Oficina de Control. Se dirigió hacia ella lanzando su cuerpo como una flecha, con las alas blancas recogidas. Su trayectoria dibujó una perfecta línea recta. Extendió las alas a unos treinta metros de la luz, se afianzó en el aire y se posó en una terraza elevada.
Benton empezó a caminar hasta que una luz se encendió y encontró el camino de la puerta de entrada guiado por su resplandor. La puerta se abrió hacia dentro al presionarla con los dedos y Benton entró. Empezó a bajar al instante, cada vez a mayor velocidad. El diminuto ascensor se paró de repente y Benton se introdujo en el despacho del controlador.
–Hola –dijo el controlador–, quítese las alas y siéntese.
Benton obedeció. Las plegó cuidadosamente y las colgó en uno de los ganchos clavados en la pared. Seleccionó la mejor silla y avanzó con decisión hacia ella.
–Ah –sonrió el controlador–, veo que aprecia la comodidad.
–Bueno –respondió Benton–, no quiero desperdiciar la ocasión.
El controlador dejó vagar su mirada más allá del visitante, a través de las paredes de plástico transparente. Al otro lado se extendían, hasta perderse de vista, los apartamentos más grandes de la Ciudad de la Luz. Todos eran…
–¿Para qué quería verme? –le interrumpió Benton.
El controlador tosió y sacudió unas hojas de papel metálico.
–Como ya sabe, Estabilidad es el lema. La civilización ha ido avanzando durante siglos, especialmente desde el veinticinco. Sin embargo, es ley natural que la civilización deba avanzar o retroceder; no puede permanecer inerte.
–Lo sé –dijo Benton asombrado–. También me sé las tablas de multiplicar. ¿Me las va a recitar?
El controlador no le hizo caso.
–Sin embargo, hemos quebrantado esta ley. Hace cien años…
¡Cien años! Parecía ayer cuando Eric Freidenburg, de los Estados de la Alemania Libre, se puso de pie en la Cámara del Consejo Internacional y anunció a los delegados reunidos que la humanidad había alcanzado por fin su cota más alta. Progresar más era imposible. Sólo se habían consignado dos grandes inventos en los últimos años. Después se habían dedicado a contemplar las grandes gráficas y diagramas hasta ver desaparecer las líneas por la parte inferior. El gran pozo del ingenio humano se había secado, y por eso Eric se irguió y dijo lo que todos sabían, pero no se atrevían a decir. Por supuesto, desde que se había hecho público de manera formal, el Consejo se vio obligado a trabajar para solucionar el problema.
Se estudiaron tres soluciones. Una parecía más humana que las otras dos. Fue la que se adoptó. Era…
¡La Estabilización!
Hubo muchos problemas cuando llegó a oídos de la gente. Estallaron disturbios en las principales capitales. La Bolsa se vino abajo y la economía de muchos países quedó fuera de control. Los precios de los alimentos se encarecieron y la mayor parte de la población padeció hambre. Se declaró la guerra… ¡por primera vez en trescientos años! Pero la Estabilización había empezado. Los disidentes fueron eliminados y los radicales desterrados. Fue duro y cruel, pero no había otra posibilidad. El mundo, por fin, se plegó a un estado inflexible, un estado controlado que no admitía cambios: ni adelantos ni retrocesos.
Todos los habitantes eran sometidos cada año a un difícil examen de una semana de duración para determinar si se apartaban o no de la norma. Los jóvenes recibían una educación intensiva de quince años. Los que no podían situarse al mismo nivel de los demás simplemente desaparecían. Los inventos eran estudiados minuciosamente por oficinas de control para asegurarse de que no podían perturbar la Estabilidad. Ante la menor posibilidad…
–Y por eso no podemos permitir el uso de su invento –explicó el controlador a Benton–. Lo siento.
Observó a Benton, le vio sobresaltarse, palidecer. Las manos le temblaban.
–Vamos –dijo con dulzura–, no lo tome así; puede hacer otras cosas. Después de todo, no hay peligro de destierro.
Benton se limitaba a mirarlo fijamente:
–Pero usted no lo comprende –dijo al fin –; no he inventado nada. No sé de qué me habla.
–¡Que no ha inventado nada! –exclamó el controlador–. ¡Si yo estaba presente el día que lo trajo! ¡Vi cómo firmaba la declaración de propiedad! ¡Me entregó el modelo a mí!
Miró a Benton. Luego apretó un botón de su escritorio y habló frente a un pequeño círculo luminoso.
–Envíeme el expediente número tres, cuatro, cinco, cero, cero, D, por favor.
Un tubo apareció al cabo de un momento en el círculo luminoso. El controlador levantó el objeto cilíndrico y se lo pasó a Benton.
–Aquí tiene su declaración firmada con sus huellas dactilares impresas en los lugares correspondientes. Sólo usted pudo dejarlas.
Benton abrió el tubo como atontado y extrajo unos papeles. Los examinó unos instantes, los volvió a colocar lentamente dentro del tubo y lo tendió al controlador.
–Sí –dijo–, es mi letra, y no cabe duda de que son mis huellas digitales, pero sigo sin comprenderlo, jamás he inventado nada y nunca estuve aquí antes. ¿Cuál es el invento?
–¿Cuál es? –repitió el controlador boquiabierto–. ¿No lo sabe?
–No, no lo sé.
–Bien, si quiere averiguarlo tendrá que bajar a las oficinas. Lo único que puedo decirle es que los planos que nos envió no merecieron la aprobación de la Junta de Control. Yo sólo soy un portavoz. Tendrá que vérselas con ellos.
Benton se levantó y fue hacia la puerta. Se abrió al simple contacto de sus dedos, como la anterior, y entró en las oficinas de control. Antes de que la puerta se cerrara a su espalda, el controlador le advirtió severamente:
–¡Ignoro lo que está tramando, pero ya conoce el castigo por alterar la Estabilidad!
–Temo que la Estabilidad ya esté alterada –respondió Benton, y prosiguió su camino.
Las oficinas eran gigantescas. Desde la plataforma en la que estaba situado podía ver un millar de hombres y mujeres que manipulaban eficientes y zumbantes máquinas. Dentro de las máquinas, un alimentador distribuía montones de tarjetas. Muchos de los empleados trabajaban en escritorios, mecanografiando informes, trazando gráficas, descartando tarjetas y descifrando mensajes en clave. Los asombrosos diagramas que colgaban de las paredes eran reemplazados sin cesar. Hasta el aire parecía haberse contagiado de la vitalidad del trabajo, el zumbido de las máquinas, el teclear de los mecanógrafos y el murmullo de las voces daban lugar a un único, apacible y satisfecho sonido. Y esta inmensa maquinaria, que costaba una fortuna mantener en funcionamiento, tenía un nombre: ¡Estabilidad!
Aquí residía lo que había hecho del mundo un todo indivisible. Esta sala, estos esforzados trabajadores, el hombre insensible que agrupaba tarjetas en la pila etiquetada “para exterminar” funcionaban al unísono como una gran orquesta sinfónica. Un error, un retraso, y toda la estructura se tambalearía. Pero nadie fallaba. Nadie se detenía ni vacilaba. Benton bajó por una escalerilla hasta el mostrador de información.
–Deme toda la información sobre un invento entregado por Robert Benton, tres, cuatro, cinco, cero, cero, D –pidió al empleado, que asintió y abandonó el mostrador.
Al cabo de escasos minutos regresó con una caja metálica.
–Contiene los planos y un modelo a escala reducida del invento –explicó.
Puso la caja sobre el mostrador y la abrió. Benton echó un vistazo al contenido. Una pequeña maqueta de una maquinaria muy compleja descansaba en el centro, sobre un grueso montón de hojas metálicas cubiertas de diagramas.
–¿Puedo llevármelo? –preguntó Benton.
–Siempre que sea usted el propietario –replicó el empleado.
Benton le enseñó su tarjeta de identificación. El empleado la examinó y la cotejó con los datos del invento. Por fin dio su aprobación, Benton cerró la caja, la cogió y salió a toda prisa del edificio por una puerta lateral.
Desembocó en una de las calles subterráneas más anchas, en la cual había un aluvión de luces y de vehículos. Se orientó y empezó a buscar un coche de comunicaciones que lo llevara a su casa. Detuvo uno y subió. Pasados unos minutos de trayecto, levantó con grandes precauciones la tapa de la caja y miró el extraño modelo.
–¿Qué lleva ahí, señor? –preguntó el conductor robot.
–Ojalá lo supiera –respondió Benton con pesar.
Dos voladores alados bajaron en picada y se agitaron frente a él, danzaron en el aire durante un segundo y después desaparecieron.
–Oh, vientos –murmuró Benton–, olvidé mis alas.
Bien, era demasiado tarde para dar media vuelta y recuperarlas, el coche estaba frenando delante de su casa. Pagó al conductor, entró y cerró la puerta, algo que ya no se solía hacer. El mejor lugar para examinar el contenido de la caja sería su sala de “reflexión”, donde pasaba la mayor parte del tiempo libre que no utilizaba en volar. Allí, entre sus libros y revistas, examinaría la caja a sus anchas.
El conjunto de diagramas constituyó un completo misterio para él, y aún más el modelo. Lo miró desde todos los ángulos, por debajo, por encima. Trató de interpretar los símbolos técnicos de los diagramas sin resultado alguno. Sólo había un camino viable. Localizó el interruptor y lo golpeó ligeramente.
No sucedió nada durante cerca de un minuto. Luego, la habitación comenzó a oscilar y a retroceder. Por un momento tembló como una masa de gelatina. Se mantuvo firme un instante, y luego desapareció.
Benton cayó a través de un espacio similar a un túnel sin final, y se encontró contorsionándose frenéticamente, buscando a tientas en la negrura algo a lo que asirse. Cayó por un lapso de tiempo interminable, indefenso y aterrado. De pronto, tocó suelo, sano y salvo. La caída no podía haber sido muy larga, aunque así lo pareciera. Ni siquiera se habían desordenado sus vestiduras metálicas. Se incorporó y paseó la vista a su alrededor.
El lugar al que había llegado le era desconocido. Se trataba de un campo…, si bien pensaba que ya no existía. Por todas partes se veían ondulantes terrenos de grano. Sin embargo, estaba convencido de que no crecía grano natural en ninguna parte de la Tierra. Sí, así debía ser. Hizo pantalla con las manos para protegerse los ojos y miró al sol, que parecía el mismo de siempre. Empezó a caminar.
Los campos de trigo se terminaron al cabo de una hora, y fueron sustituidos por un extenso bosque. Gracias a sus estudios sabía que ya no quedaban bosques en la Tierra. Habían perecido años antes. ¿Dónde se encontraba, pues?
Aceleró el paso. Después se puso a correr. Divisó una pequeña colina y la escaló hasta la cumbre. Al contemplar la otra ladera no pudo evitar su asombro. No había más que un gran vacío. La tierra era completamente lisa y estéril, y hasta donde alcanzaba la vista no se veían árboles ni signos de vida, sólo el inmenso y calcinado país de la muerte.
Bajó hacia la llanura. A pesar del calor y la sequedad que sentía bajo sus pies, no desfalleció. Siguió andando. El suelo lastimaba sus pies, poco acostumbrados a las largas caminatas, y el cansancio fue en aumento, pero estaba determinado a continuar. Un casi inaudible susurro en el interior de su mente le impulsaba a no disminuir la velocidad.
–No lo cojas –dijo una voz.
–Lo haré –graznó, y se paró en seco.
¡Una voz! ¿De dónde vendría? Se giró con rapidez, pero no vio nada. No obstante, había llegado hasta sus oídos, como si fuera la cosa más natural que las voces vinieran del aire. Examinó la cosa que estaba a punto de coger. Era un globo de cristal del tamaño aproximado de su puño.
–Destruirás su valiosa Estabilidad –dijo la voz.
–Nadie puede destruir la Estabilidad –respondió automáticamente.
El globo de cristal reposaba frío y hermoso en la palma de su mano. Había algo dentro, pero el calor que desprendía la esfera resplandeciente lo hacía bailar ante sus ojos y le impedía conocer su naturaleza exacta.
–Estás permitiendo que cosas malignas controlen tu mente –dijo la voz–. Suelta el globo y vete.
–¿Cosas malignas? –preguntó sorprendido.
Hacía calor y tenía sed. Hizo el ademán de guardarse el globo en la túnica.
–No lo hagas –ordenó la voz–, pues ése es su designio.
El globo era aún más bello apoyado contra su pecho. Le protegía del fiero calor del sol. ¿Qué estaba diciendo la voz?
–Te he llamado a través del tiempo –explicó la voz–. Ahora lo obedeces sin rechistar. Soy su guardián, y desde entonces, cuando el mundo fue creado, lo he custodiado. Vete, y déjalo tal como lo encontraste.
Pero hacía demasiado calor en la llanura. Quería marcharse; el globo lo instaba, le recordaba el fuego que caía del cielo, la sequedad de su boca, el aturdimiento de su cabeza. Reemprendió el camino, y mientras apretaba el globo contra sí oyó el rugido de furia y desesperación de la voz fantasmal.
Era lo único que podía recordar. Tuvo conciencia de volver sobre sus pasos hacia los campos de trigo, atravesarlos, tropezando y tambaleándose, hasta llegar al lugar en el que había aparecido. El globo de cristal apretado contra su costado lo incitaba a recoger la pequeña máquina del tiempo que había dejado abandonada. Le susurraba qué dial cambiar, qué botón apretar, cuál sintonizar. Luego volvió a caer, de vuelta por el corredor del tiempo, de vuelta, de vuelta hacia la neblina grisácea de la que había surgido, de vuelta a su propio mundo.
De pronto, el globo le ordenó detenerse. El viaje a través del tiempo aún no había finalizado: quedaba algo por hacer.
–¿Dice que su apellido es Benton? ¿En qué puedo ayudarlo? –preguntó el controlador–. Nunca había estado aquí, ¿verdad?
Miró con fijeza al controlador. ¿Qué quería decir? ¡Si acababa de abandonar su oficina! ¿O no? ¿Qué día era? ¿Dónde había estado? Aturdido, se frotó la cabeza y tomó asiento en la butaca. El controlador lo observaba con ansiedad.
–¿Se encuentra bien? ¿Puedo ayudarlo?
–Estoy bien –dijo Benton. Tenía algo en las manos–. Quiero registrar este invento para que reciba la aprobación del Consejo de la Estabilidad–. Tendió la máquina del tiempo al controlador.
–¿Trae los bocetos? –preguntó el controlador.
Benton registró sus bolsillos y sacó los diagramas. Los esparció sobre el escritorio del controlador y depositó el modelo entre ellos.
–El Consejo no tendrá problemas en determinar lo que es –indicó Benton.
Le dolía la cabeza y quería marcharse. Se puso en pie.
–Me voy –dijo, y salió por la puerta lateral.
El controlador lo siguió con la mirada.

–Obviamente –dijo el primer miembro del Consejo de Control–. ha estado usando este aparato. ¿Afirma que en la primera visita actuó como si ya hubiera estado antes, pero que en la segunda no recordaba; haber presentado un invento ni su visita anterior?
–Exacto –asintió el controlador–. Sospeché algo en la primera visita, pero no adiviné el significado hasta la segunda. Lo ha utilizado, no cabe duda.
–La gráfica central predice que un elemento desestabilizador está a punto de sobrevenir –indicó el segundo miembro–. Yo diría que se trata del señor Benton.
–¡Una máquina del tiempo! –exclamó el primer miembro–. Podría representar un peligro. ¿Traía algo más cuando vino… la primera vez?
–No observé nada especial, salvo que andaba como si llevara algo bajo sus vestimentas –replicó el controlador.
–Entonces debemos actuar cuanto antes. Tal vez haya desencadenado ya una serie de circunstancias que nuestros estabilizadores no sean capaces de controlar. Creo que sería conveniente visitar al señor Benton.
Benton estaba sentado en su sala con la mirada perdida en la lejanía. Sus ojos mantenían una rigidez vidriosa que apenas les permitía parpadear. El globo le había estado hablando, contándole sus planes, sus esperanzas. Se detuvo de súbito.
–Ya vienen –dijo.
Estaba posado en el sofá, a su lado, y su ligero susurro se introdujo en el cerebro de Benton como volutas de humo. En realidad, no hablaba, pues su lenguaje era mental, aunque Benton lo oía.
–¿Qué debo hacer?
–Nada –dijo el globo–. Se irán.
Sonó el timbre de la puerta y Benton continuó inmóvil. El timbre sonó otra vez y Benton se agitó inquieto. Al cabo de un rato, los hombres volvieron sobre sus pasos y dio la impresión de que se habían ido.
–¿Y ahora qué? –preguntó Benton.
El globo tardó en contestar.
–Siento que la hora está a punto de llegar –dijo por fin–. Hasta ahora no he cometido equivocaciones, y la parte más difícil ya ha pasado. Lo más complicado fue atraerte a través del tiempo. Tardé años en conseguirlo… el Vigía era inteligente. Tardaste mucho en responder, y no lo hiciste hasta que encontré el método de poner la máquina en tus manos. Entonces supe que el éxito estaba cerca. Pronto nos liberarás de este globo. Después de tanto tiempo…
Se oyeron crujidos y murmullos en la parte trasera de la casa. Benton se levantó de un salto.
–¡Están entrando por la puerta de atrás! –gritó.
El globo crujió airadamente.
El controlador y los miembros del Consejo hicieron acto de presencia lenta y cautelosamente. Cuando vinieron a Benton se detuvieron.
–Creíamos que no estaba en casa –dijo el primer miembro.
Benton se volvió hacia él.
–Hola. Lamento no haber respondido a la llamada; me quedé dormido. ¿Qué se les ofrece?
Estiró la mano poco a poco hacia el globo, y pareció que éste se deslizara bajo el manto protector de su palma.
–¿Qué tienes ahí? –preguntó de pronto el controlador.
Benton lo miró, y el globo susurró consejos en su mente.
–Un pisapapeles –sonrió–. ¿Quieren sentarse?
Los hombres se acomodaron y el primer miembro empezó a hablar.
–Vino a vernos dos veces, la primera para registrar un invento y la segunda porque lo conminamos a ello, puesto que no podíamos autorizarlo a utilizar ese invento.
–¿Y bien? –preguntó Benton–. ¿Qué sucede?
–Nada –respondió el primer miembro–, salvo que la que fue para nosotros la primera visita fue para usted la segunda. Podemos probarlo, pero no lo haremos por el momento. Lo único importante es que todavía conserva la máquina. He aquí un problema difícil. ¿Dónde está la máquina? Suponemos que la tiene en su poder. Si bien no podemos obligarlo a dárnosla, la obtendremos de una manera o de otra.
–Es cierto –admitió Benton.
Pero ¿dónde estaba la máquina? Acababa de dejarla en la oficina del controlador. Aunque la había cogido durante su viaje por el tiempo, después había regresado al presente y la había devuelto a la oficina del controlador.
–Ha dejado de existir, una no entidad en una espiral temporal –le susurró el globo, adivinando sus reflexiones–. La espiral temporal concluyó cuando depositaste la máquina en la Oficina de Control. Ahora haz que se vayan estos hombres para que podamos hacer lo que debe hacerse.
Benton se puso en pie y protegió el globo con su cuerpo.
–Me temo que la máquina del tiempo no se halla en mi poder. Ni siquiera sé dónde está, pero búsquenla si quieren.
–Por haber violado las leyes se ha hecho merecedor del destierro –observó el controlador–, pero consideramos que hizo lo que hizo sin querer. No queremos castigar a nadie sin motivos, sólo deseamos mantener la Estabilidad. Una vez alterada, ya nada importa.
–Busquen, pero no la encontrarán –dijo Benton.
Los miembros y el controlador procedieron. Destriparon sillones; miraron bajo las alfombras y los cuadros, en las paredes, pero no encontraron nada.
–Ya ven que les decía la verdad.
Benton sonrió cuando regresaron a la sala.
–Puede que la haya ocultado en otro lugar. –El primer miembro se encogió de hombros–. Sin embargo, no importa.
El controlador avanzó un paso.
–La Estabilidad es como un giroscopio. Es difícil apartarlo de su trayectoria, pues una vez puesto en marcha cuesta mucho detenerlo. No creemos que tenga la energía suficiente para desviar ese giroscopio, pero quizá otros la tengan. Está por ver. Ahora nos iremos, y se le permitirá acabar con su vida o aguardar al destierro. La elección está en tus manos. Se le vigilará, por supuesto, y confío en que no tratará de huir. En tal caso, será destruido inmediatamente. La Estabilidad debe ser mantenida a toda costa.
Benton los miró y luego depositó el globo sobre la mesa. Los miembros lo observaron con interés.
–Un pisapapeles –repitió Benton–. Interesante, ¿verdad?
El interés de los miembros disminuyó. Se dispusieron a partir. Pero el controlador examinó el globo alzándolo hacia la luz.
–La maqueta de una ciudad, ¿eh? Qué sutileza de detalles.
Benton le miró en silencio.
–Caramba, parece increíble que una persona pueda esculpir tan bien –continuó el controlador–. ¿Qué ciudad es? Parece tan vieja como Tiro o Babilonia, o muy adelantada en el futuro. Sabe, me recuerda una vieja leyenda. La leyenda cuenta que una vez existió una ciudad muy perversa, tan perversa que Dios la disminuyó de tamaño y la metió en un recipiente, y dejó un vigía para evitar que nadie se escapara y liberara la ciudad rompiendo el recipiente. Se supone que ha seguido cautiva durante una eternidad, aguardando el momento de liberarse. Es posible que ésa sea la maqueta.
–¡Vamos! –gritó el primer miembro–. Debemos irnos; tenemos muchas cosas que hacer esta noche.
El controlador se giró rápidamente hacia los miembros.
–¡Esperen! No se vayan.
Cruzó la habitación con el globo todavía en sus manos.
–No es el momento más adecuado para irse –dijo, y Benton observó que, pese a la palidez de su rostro, apretaba con firmeza los labios.
El controlador se volvió bruscamente hacia Benton.
–Un viaje a través del tiempo; la ciudad en un globo de cristal. ¿Qué significa esto?
Los dos miembros del Consejo parecían asombrados y confusos.
–Un ignorante viaja por el tiempo y vuelve con un extraño objeto de vidrio –dijo el controlador–. Un trofeo muy extraño, ¿no creen?
La cara del primer miembro perdió el color.
–¡Por Dios! –murmuró–. ¡La ciudad maldita! ¿En ese globo?
Miró la esfera con expresión de incredulidad. El controlador observó a Benton como divertido.
–A veces podemos ser muy estúpidos, ¿no es así? Pero un día nos despertamos. ¡No la toque!
Benton retrocedió con parsimonia, con las manos temblorosas.
–¿Y bien? –preguntó.
Al globo le molestaba estar en manos del controlador. Emitió un zumbido y las vibraciones se deslizaron por el brazo del controlador. Al sentirlas, asió con más firmeza el globo.
–Desea que lo rompa, que lo destroce contra el suelo para liberarse.
Contempló las diminutas espirales y el remate de los edificios en la sombría nebulosidad del globo, tan diminutas que podía cubrirlas con sus dedos.
Benton se lanzó adelante, firme y seguro como cuando volaba. Cada minuto pasado en la cálida negrura de la atmósfera de la Ciudad de la Luz vino en su ayuda. El controlador, que siempre había estado muy ocupado con su trabajo, demasiado ajeno a los placeres aéreos que tanto enorgullecían a la ciudad, se derrumbó al instante. El globo salió disparado de sus manos y rodó por el suelo. Benton saltó tras él. Mientras corría en pos de la brillante esfera vio de reojo los rostros asustados y perplejos de los miembros y del controlador, que trataba de ponerse en pie, horrorizado y aturdido por el golpe.
El globo lo llamaba entre susurros. Benton avanzó sin vacilaciones y percibió primero un murmullo victorioso y después un rugido de alegría cuando aplastó con el pie el cristal que la mantenía prisionera.
El globo se quebró con un chasquido estruendoso. Nada sucedió durante un rato, hasta que empezó a desprender niebla. Benton volvió al sofá y se sentó. La niebla empezó a llenar la habitación. Creció y creció hasta el punto de asemejarse a algo vivo por la forma en que se retorcía y mudaba.
El sueño se apoderó de Benton. La niebla se agolpó a su alrededor, se enroscó en sus piernas, llegó al pecho y finalmente se arremolinó en torno a su rostro. Arrellanado en el sofá, con los ojos cerrados, se dejaba envolver por la extraña y antigua fragancia.
Entonces oyó las voces. Lejanas y débiles al principio, el susurro del globo amplificado incontables veces. Un concierto de murmullos se elevó del globo resquebrajado hasta alcanzar un crescendo exultarte. ¡La alegría de la victoria! Vio a la ciudad en miniatura dentro del globo fluctuar y desvanecerse, y luego cambiar de forma y tamaño. Podía oírla tan bien como la veía. El firme latido de la maquinaria como un gigantesco tambor. La trepidación y agitación de seres metálicos en cuclillas.
Los seres se movían. Vio a los esclavos, hombres sudorosos, encorvados y pálidos, retorciéndose en sus esfuerzos por alimentar los rugientes hornos de acero. La escena pareció dilatarse ante sus ojos hasta llenar la habitación; los sudorosos trabajadores le rozaban y apartaban de su camino. Estaba ensordecido por el estruendo de las rechinantes ruedas, engranajes y válvulas. Algo le empujaba a moverse hacia la ciudad y la niebla resonaba con los nuevos y victoriosos sonidos de los liberados.
Cuando salió el sol ya estaba despierto. Sonó el despertador, pero ya hacía rato que Benton había salido del cubidormitorio. Cuando se unió a las filas de sus compañeros reconoció algunas caras familiares, hombres a los que había conocido anteriormente en algún otro lugar. Pero en seguida se le borraron los recuerdos. Mientras marchaban en perfecta formación hacia las máquinas que los esperaban, entonando los sonidos disonantes que sus antecesores habían cantado durante siglos, con el peso de las herramientas lastimándole la espalda, contó el tiempo que faltaba para su próximo día de descanso. Apenas quedaban tres semanas y, pese a todo, debería hacerse merecedor del premio ante las máquinas…
¿Acaso no había cuidado a su máquina fielmente?


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