lunes, 20 de febrero de 2017

La continuación

Silvina Ocampo


En los estantes del dormitorio encontrarás el libro de medicina, el pañuelo de seda y el dinero que me prestaste. No hables de mí con mi madre. No hables de mí con Hernán, no olvides que tiene doce años y que mi actitud lo ha impresionado mucho. Te regalo el cortapapel que está sobre la mesa de luz, junto al cenicero; lo dejé envuelto en un papel de diario. No te gustaba porque no te gustaban las cosas que no eran tuyas. Preferías tu cortaplumas.
Me iré para siempre de este país. Mi conducta te habrá parecido extraña, aun absurda, y tal vez seguirá pareciéndote absurda después de esta explicación. No importa, nada me importa ahora. La fidelidad me ha dejado un hábito leve, cuyas últimas manifestaciones aparecen, por lo menos, en el deseo que tengo de explicarte en estas páginas muchas circunstancias difíciles de aclarar. Me siento como esos escolares holgazanes que no se esmeran demasiado en escribir una composición sumamente abstrusa y cuyas faltas no serán perdonadas. Nunca te interesaste mucho por mis tareas literarias como yo no me interesé por tus tareas profesionales. Sabes muy bien lo que pienso de tus colegas, por honestos y abnegados que sean. Me asqueaban sus reuniones, sus diálogos obscenos. Me acusas de ser exigente. Admití que tuvieras cierta superioridad sobre ellos, por ejemplo, la de ser más sensible; sin embargo, tú sabes que ésa no era ni siquiera la mínima virtud a la cual aspiraba mi exigencia; que yo te considerara superior a esa gente tampoco debía halagarte. Mi modo de pensar te distanciaba de mí, como tu distracción en lo que atañe a la literatura, me distanciaba de ti. Aun de flores, aun de música hablábamos con rencor. ¿Recuerdas las láminas del refectorio donde conocimos el nombre de las azaleas? ¿Recuerdas las Canciones Serias de Brahms?, ¿los Madrigales de Monteverdi? ¿Recuerdas todo lo que nos indujo a la discordia? Todo, hasta esa frase afectada que me dijiste un día en el Jardín Botánico: “No me gustan las flores. Ahora sé que nunca me gustaron”. Las cosas de la vida que más me interesaban eran los problemas que no llegaba a desentrañar y que te parecían absurdos: cómo había que escribir, en qué estilo, qué temas había que buscar. Nunca llegaba, desde luego, a un resultado satisfactorio; veía, en cambio, tu satisfacción ante el deber cumplido, lo que te daba a veces cierta dignidad envidiable y efímera. Soportabas privaciones, molestias, pero eras más feliz que yo. Por lo menos tu alegría lo pregonaba cuando llegabas como un perro sediento a tomar agua. Yo vivía en la duda, en la insatisfacción. Salía de mi trabajo para esconderme en las páginas de un libro. Admiraba a los escritores más dispares, más antagónicos. Nada me parecía bastante elaborado, bastante fluido, bastante mágico; nada bastante ingenioso, ni bastante espontáneo; nada bastante riguroso, ni bastante libre.
Conté a unos amigos un argumento que se me había ocurrido y por el ademán que hicieron supe que no los conmovía ni les interesaba. En cuanto empezaba a contarlo, el calor o el frío no los dejaba respirar, algunos tenían que atender un llamado telefónico, otros recordaban que habían perdido algo importante. Apenas me escuchaban, apenas fingían escucharme. Peor que tu indiferencia me resultaba la indiferencia profesional de ellos. Con ellos tampoco me entendía.
¿Cómo inventé ese argumento? ¿Por qué me cautivó tanto? No sabría decirlo. Varias veces traté de empezar a escribir. Al principio me detenía la imposibilidad de encontrar los nombres de los protagonistas. En el mes de enero, cuando Elena tuvo aquel desmayo y volvimos de la isla en la lancha, que providencialmente nos llevó hasta el club, empecé los primeros párrafos. Te someteré la lectura de algunos de ellos. Comencé a escribir con entusiasmo, tanto entusiasmo que al final de la semana, cuando podíamos pasar los días como nos placía al aire libre, en vez de nadar o de remar con ustedes, me escondía detrás de las hojas, en el silencio en que me sumían los problemas literarios a los que estaba abocada mi vida. Ustedes, tú y Elena, me miraban con reticencia, pensando que la locura no me acechaba, sino que yo la acechaba para mortificar al prójimo. Entre las volutas de humo de tus cigarrillos me mirabas con odio, mientras acariciabas a un perro porfiado que siempre te esperaba, que esperaba ser tuyo porque no tenía amo. En lugar de mirarte o de mirar a Elena yo prefería estudiar el paisaje. Varias veces me preguntaste si estaba dibujando, pues el movimiento de mi cabeza cuando yo escribía parecía el de un dibujante. Otras personas me lo habían dicho; me enfurecí porque me lo dijiste tú. Entre las volutas de humo de tus cigarrillos me mirabas con desdén, pero con desdén forzado. No comprendo qué era lo que nos unía. Nada que no fuera desagradable. Mi trabajo no te inspiraba ningún respeto: decías que había que trabajar por el bien de la humanidad y que todas mis obras eran patrañas o modos abyectos de “ganar dinero”. Me sorprendía el tono de tu voz, tus vocablos ramplones. Usabas las palabras sin discernimiento y con mucha candidez. Yo te perdonaba porque sabía que era una afectuosa manera de enfurecerme. A veces pensaba que tenías razón. Muchas veces pienso que los demás tienen razón, aunque no la tengan.
Como recordarás, fue en el mes de enero cuando empecé a escribir mi relato. Una noche, visualmente la más hermosa que existió para mí, esperamos tu cumpleaños hasta las cinco de la mañana, tendidos en el pasto del recreo del Delta. Vimos amanecer. Cuando me hablaste de tus problemas, yo apenas te escuchaba. Mentalmente componía mis frases y a veces las esbozaba en la libreta que Elena me había regalado. Porque me las señalabas, no miraba las estrellas que se hundían en el agua cuando pasaban los botes, ni la primera luz del alba, ni las nubes que, según decías, dibujaban un murciélago gigantesco. Buscaba la soledad. No admitía que dirigieras mi atención; quería descubrirlo todo por mi cuenta. Me fascinaba el abstracto placer de construir personajes, situaciones, lugares en mi mente, de acuerdo con los cánones efímeros que me había propuesto. Aquella escena, sin embargo, me sirvió de punto de partida para mi historia. Siempre me costó inventar paisajes y por ese motivo el que estaba viendo me sirvió de modelo. A esa misma hora, en un lugar parecido, Leonardo Moran comienza a escribir su despedida y refiere cómo concibió el proyecto de suicidarse. ¿Qué es lo que motiva su resolución? Nunca llegué a determinarlo, porque me parecía superfluo, fastidioso de escribir. Su mayor desventura es su estado de ánimo. Muchas cosas estorban a Moran, lo ligan a la vida. Para llegar a su fin tiene que lograr que los acontecimientos se barajen de modo que nada lo detenga, ningún afecto, ningún interés humano. Después de muchos papeles que se rompen, de objetos que se pierden, de afectos que se desechan, la vida se aligera. Las baldosas rojas del patio humedecidas por la lluvia ya no lo enternecen, y si lo enternecen será agradablemente. Los vidrios donde se refleja el cielo otoñal y las estatuas rotas ya no tienen el poder de conmoverlo, y si lo conmueven será para entretenerlo. Las personas son como cifras y se distinguen unas de otras pintorescamente. Las fastidiosas predilecciones no existen ya en su corazón.
Yo vivía dentro de mi personaje como un niño dentro de su madre: me alimentaba de él. Créeme, me importaba menos de mí que de él. Era más grave para mí lo que a él le sucedía que lo que a ti y a mí nos sucedía. Cuando caminaba por las calles pensaba encontrarme en cualquier esquina con Leonardo, no contigo. Su pelo, sus ojos, su modo de andar me enamoraban. Al besarte imaginé sus labios y olvidé los tuyos. Si sus manos se parecían a las tuyas era sólo por el tacto; la forma era más perfecta, el color distinto, el anillo que llevaba era el que me hubiera gustado regalarte. Mis sueños, en vez de poblarse de imágenes, se poblaban de frases, frases que olvidaba en la vigilia.
Leonardo Moran, después de perder su empleo, trata de destruir los últimos lazos sentimentales y pregunta a un retrato de Úrsula: ¿No tendré suficiente valentía para complicar nuestro destino, enmarañarlo de tal modo que mi actitud te obligue a despreciarme, a rechazarme, a alejarte de mí? El retrato contesta, su boca articula palabras que no me parecieron ridículas. El tono falsamente sublime de mis frases o la impresión de haber cometido un plagio, me indujo a abandonar el relato. Tal vez la vida me requería con más insistencia.
Cuando quería escribir, algo se interponía para impedírmelo. Úrsula y Leonardo se hundían en el olvido. La compra de un par de zapatos, el desorden de mis libros, mis amigos más lejanos, las cosas más nimias, me perturbaban. La vida volvía a cautivar mi atención con su trivialidad mágica, con sus postergaciones, con sus afectos. Como si saliera de un sótano húmedo y oscuro volví al mundo. Yo quería explicarte que la luz me sorprendía: tanto me había alejado de ella. Yo quería explicarte que el espectáculo azul de un cielo con glicinas me dolía.
Tuve momentos de felicidad, de fidelidad; no sé si coincidieron con los tuyos. Pero la felicidad se volvió venenosa. Con usura, contaba lo que me dabas y lo que yo te daba, queriendo siempre ganar en el cambio. Mi amor adquirió los síntomas de una locura. ¿Me afligí con razón porque realmente me engañaste? Esas cosas se saben cuando es demasiado tarde, cuando uno deja de ser uno mismo. Te amaba como si me pertenecieras, sin recordar que nadie pertenece a nadie, que poseer algo, cualquier cosa, es un vano padecimiento. Te quería únicamente para mí, como Leonardo Moran quería a Úrsula. Aborrecí la sangre celosa y exclusiva que corría por mis venas. Maldije la cara hermética de mi abuelo paterno, en el daguerrotipo, porque me pareció culpable de todos mis pecados, de todos mis errores. Te aborrecí porque me amabas normalmente, naturalmente, sin inquietudes, porque te fijabas en otras personas. Te pedí una suma de dinero, que sabía que no podías conseguir, para que algo prosaico rompiera el lirismo de nuestros diálogos; de igual modo te hubiera clavado un puñal o te hubiera quemado los párpados con un hierro candente mientras dormías, pues tu inocencia se asemejaba un poco al sueño y mi acto al crimen. Como si alguien me hubiera hipnotizado, recuerdo que llegué a tu casa al final de una tarde de abril. Crucé el patio. Pensé que ninguno de mis actos dependía de mi voluntad. Por una de las puertas entreabiertas vi a tres hombres barbudos, frente a una mesa, escuchando la voz de un escribano que leía el texto de una escritura. La voz aflautada resonaba en los corredores. El escribano se parecía a Napoleón. Entré en tu cuarto. Acababas de vestirte. Te pedí el dinero, con una violencia que te sorprendió. Protesté por tu indiferencia. Te dije que alguna mezquindad quedaba en el fondo de tu alma falsamente generosa, si te ofendía tanto mi reproche. Al mover una silla rompiste involuntariamente el respaldo y reproché la violencia de tu actitud en el momento más difícil de mi vida. Conseguí que en mis ojos brillaran lágrimas. Te dije que eran mis primeras lágrimas. Te hablé de mi juventud. Deploré que me llevaras tantos años. Sonreíste levemente, con esa levedad que tanto me agradaba. Me vi en tu espejo. Hacía frío, el frío me envejecía. Con el trozo de madera en la mano, te sentiste culpable. Querías saber para qué quería el dinero. Apreté los labios para expresarte mi aislamiento. Volví a mirarme en tu espejo, para asegurar mi presencia. Cuando salí de tu cuarto las plantas húmedas del patio nos anunciaron que la persona que las había regado seguramente nos había oído. Me reí de tus ojos circunspectos. Los vecinos, la opinión de tus vecinos te preocupaba. Todo lo achacabas a los deberes de tu profesión. En el largo corredor quisiste besarme y por primera vez rehuí tu abrazo.
Aquí citaré uno de los párrafos del relato que despertará tus recuerdos como una fotografía malograda, de esas que se pierden o que se rompen o que se conservan si son de una persona muerta. Junto al embarcadero, un sauce dejaba caer sus ramas sobre el agua en que flotaban botellas, pescados, frutas podridas. Úrsula me miraba con un rencor atónito. A través del humo de su cigarrillo sonreía con una ironía que yo, sin necesidad de mirarla, adivinaba, porque la conocía demasiado. Las casas de la costa opuesta tenían las persianas cerradas. Ursula me dijo que mirara las estrellas que se hundían en el agua cuando cruzaba una lancha. Hacía frío. Los grillos seguían con su canto el dibujo del agua. Qué fácil me parecía morir en ese instante; ser de mármol, de piedra, como la que sentía bajo mis pies desnudos. Qué fácil, mientras olvidaba los lazos que me unían a ciertas personas.
–Somos un compendio de contradicciones, de afectos, de amigos, de malentendidos –me decía Elena. Sin duda, pensando en mí agregaba:
–Somos monstruos. Cuando estoy contigo soy distinta, muy distinta de cuando estoy con Amalia o con Diego. Somos también lo que hacen de nosotras las personas. No queremos a las personas por lo que son, sino por lo que nos obligan a ser.
Frecuentemente, con la esperanza de parecer más cruel, repetía las mismas frases con variantes confusas. Yo empezaba a tener por ella el sentimiento más difícil de controlar: el odio mezclado a una leve compasión. La compadecía porque te quería del mismo modo que yo. Muy pronto me irritaron la indiferencia y la dulzura aparente con que respondía a tus lamentos, a tus mentiras. Ella acumulaba rencores, rencores que la rodeaban como los gatos horribles que adoraba. Era fácil llegar a ese estado, tolerando silenciosamente mi conducta. Nadie destruyó con más firmeza un afecto. Nadie fue tan dócil como Elena a un distanciamiento, ni siquiera tú. Creo que se vinculó realmente a ti cuando empezó a odiarme; así lo sospecho ahora. Hasta ese momento todo había sido un juego. Yo facilitaba los encuentros de ustedes. Los dejaba siempre solos, en el dramático final de nuestras disputas. Tenía que despojarme de todo lo que enriquecía mi vida, para llegar impunemente, naturalmente, al suicidio. Quedaban siempre muchas cosas y siempre me parecía muy valioso lo único, lo último que me quedaba. Algún cariño me ligaba a Elena: el amor como el odio no es siempre perfecto. Con ella fui más implacable que contigo. En su casa, en un diálogo furtivo, revelé a su familia sus más íntimos secretos. Me reí de sus rubores, humillándola. Despojada de esos secretos apenas existía. Con frialdad escuché sus insultos y no contesté a la carta que me envió pidiéndome explicaciones. Me cubrí de vergüenza. Provoqué palabras vulgares en los labios de mi padre, palabras que no me perdono; de ellas deduje que prefería verme en la tumba, con un epitafio pérfido deplorando mi prematura muerte. Había perdido mi empleo, malogrado mis estudios, vendido algunos de sus mejores libros, por eso me maldijo. No te contaré las peripecias que tuve con las cuestiones de mi empleo. Ya te llegarán los rumores. Mucha gente dejó de saludarme. L. S. no quiso recibirme en su casa.
Durante tres días me encerré en mi cuarto. Nadie me vio, nadie intentó verme. Ya llegaba el momento de mi liberación. Impunemente podía quitarme la vida. Cuando Hernán entró en mi cuarto, por un instante pensé que todo el plan se derrumbaba. Dos veces, tímidamente, llamó a mi puerta. Me traía un cartucho de bombones. Frente a mi mesa, me perdí en la lectura casual de un libro y no levanté los ojos hasta que pronunció mi nombre, extendiendo la mano con los dedos manchados de tinta. Mirando las manos donde se concentraba siempre su vergüenza, le dije que no me molestara. Protestó y, al ver mi impavidez, retrocedió unos pasos; él estaba a punto de llorar; reí, reí diabólicamente, con la risa que a un niño puede parecerle diabólica. Me preguntó por qué me reía y le contesté que me reía de él, de sus manos. Tiró el cartucho al suelo; sus ojos parecieron encenderse, balbuceó una palabra que no entendí.
–¿Vas a llorar? –le pregunté–. Sería aún más gracioso.
Ya me odiaba para siempre. Con la cara muy pálida salió del cuarto. Cerró la puerta.
Salí de casa. El desprecio, no el odio, pesaba sobre mí, purificaba mi resolución. Cuando llegué a la calle, una gran tranquilidad me invadió. Me senté en el banco de una plaza. Saqué algunos papeles de mi bolsillo, los leí: Vi un mundo claro, nuevo, un mundo donde no tenía que perder nada, salvo el deseo del suicidio que ya me había abandonado. No volverás a verme. Encontrarás mi anillo en el fondo de este sobre y esa maldita medallita con un trébol que ya no tiene ningún significado para mí. Eras todo, lo que más amé en el mundo, Úrsula, y no sé qué otras personas, qué otras cosas podré amar ahora que el mundo ha llegado a ser para mí lo que nunca fue ni pensé que sería: algo infinitamente precioso. No sé si la frase final de mi relato, que por un capricho ya había escrito antes de terminar sus primeras páginas, corresponderá también a la parte final de mi vida: A veces morir es simplemente irse de un lugar, abandonar a todas las personas y las costumbres que uno quiere. Por ese motivo el exiliado que no desea morir sufre, pero el exiliado que busca la muerte, encuentra lo que antes no había conocido: la ausencia del dolor en un mundo ajeno.
Después de copiar algunos párrafos rompí las hojas. No sé si al romperlas, rompí un maleficio. Que tú no te llames Úrsula, que yo no me llame Leonardo Moran, aún hoy me parece increíble “porque el que ve ha de ser semejante a la cosa vista, antes de ponerse a contemplarla”. Al abandonar mi relato, hace algunos meses, no volví al mundo que había dejado, sino a otro, que era la continuación de mi argumento (un argumento, lleno de vacilaciones, que sigo corrigiendo dentro de mi vida). Si no he muerto, no me busques y si muero tampoco: nunca me gustó que miraras mi cara mientras dormía.


No hay comentarios:

Publicar un comentario