miércoles, 1 de febrero de 2017

La familia Linio Milagro

Silvina Ocampo


La noche ponía un papel muy azul de calcar sobre las ventanas, cuando la familia Linio Milagro se reunía alrededor de la estufa de kerosene en aquel cuarto del piso alto. Es cierto que el hall era frío, con guirnaldas de luces sostenidas por una estatua de mármol; la sala también fría, inexplorada, llena de reverencias de almohadones redondos. El ascensor era el lento refugio, de olor a comida, rodeado de escaleras de madera obscura por donde subían pasos invisibles. Esas regiones frías de los cuartos del piso bajo estaban vedadas y se iluminaban solamente en días de fiestas, de cumpleaños o de casamientos improbables. Reunirse alrededor de una estufa de kerosene era tan indispensable para la familia Linio Milagro como el almuerzo de mediodía.
Las seis hermanas llevaban tricotas verdes de diferentes tonos, verde veronés, verde esmeralda, verde nilo, verde aceituna, verde almendra y verde mirto; las seis recogían alabanzas por haber tejido las tricotas ellas mismas, las seis llevaban el mismo peinado, las seis hablaban al mismo tiempo de la última adquisición de un sombrero adornado con cintas pespunteadas de vidrio, hasta que se fueron levantando de las sillas y dejaron el cuarto vacío frente al retrato de un antepasado vestido de cazador con un fusil en la mano y con un perro sentado a los pies.
La compra de un terreno alteraba de vez en cuando la tranquilidad de esa familia que no paseaba más que en paisajes de films, coloreados, eternamente tristes: colores azules y verdes se estiraban sobre cielos de campanarios amarillos de un sol poniente embalsamado.
Aurelia no había tejido ninguna tricota; era ella la hermana que provocaba secretos, gritos contenidos dentro de los cuartos cerrados, discusiones terribles a la hora de las comidas, siestas larguísimas en invierno; era ella la causante de los sueños atrasados. ¿Desde cuándo? Desde que empezaba el recuerdo de esas seis hermanas. Aurelia envuelta en gasas de automovilista antigua bajaba las escaleras a las cuatro de la mañana, encendía todas las luces de la sala y tocaba el piano perpendicular, con los pedales incesantes arrastrando las notas. Espaciosos misterios cubrían esa música nocturna que se despertaba en el sueño de Aurelia y en los desvelos de sus hermanas. Un día, después de un largo conciliábulo de familia donde crecieron hermanas víctimas de furiosos insomnios, resolvieron cerrar el piano con llave. Esa noche, a las cuatro de la mañana oyeron golpes de muebles y vidrios rotos. Cuando llegaron a la sala, Aurelia estaba tendida en el suelo con las manos ensangrentadas de espejos rotos, los ojos cerrados. Cinco hermanas aterrorizadas abrieron el piano y perdieron expresamente la llave debajo de un mueble. De esto hacía ocho años silenciosos sin protestas por la cuestión del piano.
Concluida la hora de la comida subían las voces con sonoridad cotidiana de merengue.
Todas se acostaron temprano esa noche.
Las horas más distantes estaban cerca en los sueños y caminaban abrazadas. Antes de cerrar los ojos sintieron que Aurelia ya estaba en el piano. Pero no. La noche era muda. Un extraño olor a papeles quemados se introducía en los cuartos ribeteando de fuego el silencio. La casa se envolvía en humo negro.
La familia entera saltó de las camas y se precipitó a extraer abrigos, calzones y zapatos de los armarios. Eran las cuatro de la mañana, Aurelia se adelantaba hacia al piano; tuvieron que arrastrarla hasta la puerta de calle. Las llamas crecían, los vecinos llamaron a los bomberos. Todo el mundo se asomaba por las ventanas para ver el incendio, pero los ojos de Aurelia nadaban remontando corrientes remotas de música.
La familia Linio Milagro, acurrucada en un rincón de la calle miraba el espanto de las llamas. Nadie se dio cuenta de que Aurelia faltaba. Las llamas subían con intención de lamer el cielo, las paredes se derrumbaban, y de pronto se oyó el piano, la música de siempre, imperturbable en la noche. “¡Aurelia!”, “¡Aurelia!”
La casa estaba asegurada, la casa era vieja, nadie la había querido alquilar: una tímida esperanza de un incendio provechoso surgía en las cabezas. “¡Aurelia!”, “¡Aurelia!” Aurelia no estaba en ninguna parte, sólo el piano se oía, apagándose con el fuego creciente.
Aurelia no se salvó del incendio. Envuelta en sus gasas de automovilista antigua, murió como Juana de Arco, oyendo voces. La familia Linio Milagro, perseguida por el piano de las cuatro de la mañana, se mudó infinitas veces de casa.


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