lunes, 6 de febrero de 2017

Los pies desnudos

Silvina Ocampo


Esas peleas servidas como fiambres del día anterior son las peores, nos atan a un malestar hecho de nudos dobles, imposibles de deshacer, tienen la consistencia pegajosa de las cataplasmas, pensaba Cristián Navedo, mientras agravaba el desorden de su escritorio apilando libros y papeles nuevos, cuya presencia agrandaba las cordilleras que crecían sin cesar sobre la mesa. Tenía el temor constante de morir asfixiado debajo de los papeles perdidos para siempre en el desorden, papeles que se buscan y no se encuentran nunca, porque nadan en una zona indefinida de otros papeles detrás de los estantes, enredados para siempre en la obscuridad de los rincones empolvados de tierra. Y sin embargo, le habían enseñado de chico a ser ordenado, a doblar la ropa sobre una silla al acostarse, a guardar los cuadernos y los lápices en el cajón del pupitre, y más de una vez lo habían dejado sin postre. Pero todo eso no había hecho sino agravar su desorden, todo eso no había servido más que para enseñarle a ordenar su desorden, fervorosamente.
Cristián guardaba todo, hasta algunos de los cuadernos de su infancia, y sin embargo vivía en una perpetua angustia de haber perdido todo. Detrás de ese regimiento indisciplinado de cosas había toda una vida frondosa que se extendía en profundidades insondables; guardaba todo, hasta las peleas abortadas el día anterior; pero eran lo único que volvía a encontrar; no se le perdían nunca: las peleas, siempre las peleas con Alcira (las tenía todas registradas, como en un libro de cuentas).
Se conocían desde hacía poco tiempo, pero ese tiempo parecía haber nacido junto con ellos, tan hermanos se sentían. Y de pronto, como asesinos lentos que entran de noche a una casa, las peleas se habían introducido dentro de los días, traicioneramente. A medida que iba creciendo en ellos el amor, crecía la desconfianza y esa desconsideración prolija que trae consigo el amor: como los pliegues de un traje mal planchado que no se borran con nada, se intercalaban los pliegues del mal modo de los gritos y del silencio; todo equivalía a un insulto. Así se había instalado entre ellos un mutuo desacuerdo que disminuía en forma de resentimiento mudo a la espera de otra rabia.
Cristián extrañaba secretamente sus amores confiados, distantes y distintos. Era tan fácil confiar en lo que no le importaba demasiado. Esos amores de confiterías, de esquinas de almacenes, de playas, que no le robaban nada, ni sus paseos por las mañanas al sol, ni sus horas vacías, ni la soledad que lo llevaba a tientas al lado de los demás seres, ni las visitas a casa de sus primas, ni la generosidad divina del tiempo, ni su desgracia de estar siempre solo.
Se acordaba de Ethel Buyington y de la relación inconsistente que los había unido durante un mes. Qué sensación de irrealidad le había dado esa inglesa transparente que le confió su vida la primera tarde sentados en el banco de una plaza. Le había contado su infancia en un colegio de Londres. En casa de sus padres no vivía más que cuatro o cinco meses, durante las vacaciones. Había escrito una novela a los catorce años y debajo de su cama tenía una caja que contenía todos sus tesoros: una muñeca, un museo que consistía en una cajita con muchas divisiones donde coleccionaba toda clase de curiosidades: una mariposa, las puntadas de una operación de apendicitis, una piedra anaranjada, un caracol, un diente de leche, los ojos de una muñeca, y después la novela y después dieciocho poemas dedicados a su muñeca.
Ethel terminó los estudios más ignorante que antes y se fue a viajar por las costas de África con una familia francesa. Durante su ausencia se le murió la madre; las hermanas vendieron los muebles y la casa donde habían vivido. Recibió la noticia un mes después; sus tesoros se perdieron en la mudanza. Cuando volvió a Inglaterra no encontró en ninguna parte su cuartito cubierto de vuelos de pájaros y de flores; habían vendido hasta las cretonas. No encontró en ninguna parte el museo de cajas debajo de la cama. Ya no tenía catorce años ni en sus retratos de antes, ya no podía escribir ni sentir como entonces. Se hizo bailarina y bailaba con los pies desnudos para no tener que depender de los zapatos de baile que se pierden en los viajes debajo de las camas de los hoteles. Ethel tenía razón.
Pero él, Cristián ¡necesitaba tal equipaje! ¡Tal regimiento de libros, de cuadernos y papeles para hacer cualquier cosa, tal regimiento de zapatos para usar al fin y al cabo siempre los mismos y no bailar con ellos!
¡Oh!, la felicidad de los bailarines contorsionistas y pruebistas que no necesitan llevar sino su cuerpo! Pero Alcira, pensaba Cristián…


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