martes, 14 de febrero de 2017

Reencuentro

Carlos Morand


Aquella mujer… –les señalé a mis compañeros de mesa–. La que está sentada en el rincón. ¿La ven?
–Sí. ¿Qué pasa con ella?
–No me ha apartado la vista en toda la noche.
–No le hagas caso: dicen que lleva muchos años muerta –bromeó uno.
–Así será, pero me irrita –repliqué, levantándome.
–¿Adónde vas?
–A preguntarle si le gusto o le debo.
Acomodándome al ligero balanceo de la nave llegué hasta su mesa. Ignorando a sus tres acompañantes, todos hombres bastante maduros, le dije con una inclinación:
–Si me permite…
–¿Sí?… Ah, hola.
De cerca se veía algo más joven que desde la distancia de mi mesa.
–Si me permite… –repetí –, ¿nos hemos visto antes?
–¿Que si nos hemos visto antes? –manifestó, ahora con una sonrisa.
–Como no ha dejado de mirarme…
–Por supuesto que nos hemos visto antes. ¿No te acuerdas?
–¿Acordarme?
–Haz memoria.
Sus acompañantes continuaban comiendo y charlando como si estuviésemos solos.
–Vamos, querido, haz memoria –insistió ella.
–Sin duda… –murmuré. Poco a poco me parecía más y más joven–… me confunde con otro.
–¿Confundirte con otro? –manifestó riendo–. ¡Imposible! ¿Cómo podría?
Calculé su edad: entre los veinte y los veinticinco.
–No recuerdo –dije.
–Me duele que no recuerdes – dijo, poniendo una expresión que parecía decirme “niño ingrato”.
–Tal vez no tiene importancia –repliqué.
–¿Oyeron? –exclamó, dirigiéndose a sus compañeros de mesa– ¡Dice que no tiene importancia!
Los hombres rieron y en un solo gesto levantaron las copas hacia mí. En un gesto que interpreté como de bienvenida.
–Querido –corroboró ella–, cómo no va a tener importancia. ¡Si morimos juntos en el naufragio del Titanic!


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