martes, 28 de febrero de 2017

Semilla de reloj

Feliciano Manrique


Por lo demás, esto no es un cuento, no señor. Lo hago, y discúlpenme ustedes por el atrevimiento de haberles hecho pensar que esto fuera un relato sabroso y atrevido como los cuentos, pero decía que lo hago con la mayor buena fe del mundo.
Ahora ya no sé cómo empezar. A ustedes les habrá sucedido: comienza uno a decir algo de sí propio y no sabe después cómo salir; quedamos cogidos en la maraña del egoísmo tan impensadamente, como cuando sin quererlo damos un pisotón a la señora cuyas hijas nos gustan colectivamente, a tal grado, que nunca logramos distinguir a Susanita de Anacletita y equivocamos las aficiones de Juanita con las de Petrita.
Pero volvamos al cuento, que no es cuento y ustedes lo saben porque ya se los avisé al principio. Además, sería injusticia exigir que ésto fuera un cuento, cuando me sucedió a mí realmente, a mí que por lo general no me gustan los chismes ni me sucede nada raro y vivo tan normalmente como cualquiera de los mortales: comiendo y durmiendo. Algunas veces me dedico a actividades de otros géneros, cuya noticia me ahorro por el temor de fastidiarlos y también porque este cuento, aunque me sucedió a mí, nada tiene que ver con mi vida privada.
Bueno, pero no he dicho los antecedentes de mi aventura. Sí, eso es, una aventura y aquí está el principio: yo acudo a las bibliotecas a leer libros y jamás escupo en el suelo, rarezas que tiene uno. Pero ese día, un día que acudí a una biblioteca, además de mis habituales rarezas tenía una cita de importancia. Leía desasosegadamente y con poca atención, creo que a Ovidio. Sí, el Ars Amandi de Ovidio y alternaba mis ojos entre las páginas del libro y unas miradas circulantes en busca de reloj.
Yo no sabría cómo decirlo para que ustedes entiendan lo que sentí, el caso es que sentí algo muy extraño al descubrir que la señorita, mi vecina de la izquierda, llevaba en la muñeca un reloj, pero tan pequeño, tan pequeñito, con tan minúscula carátula, que me fue imposible ver la hora. Repito que sentí una cosa muy extraña, a pesar de que, como ustedes ven, nada podía haber de raro, salvo que delante de un reloj me quedara yo ignorante de la hora. Pensé con todo el rencor posible: qué reloj tan mezquino, parece una semilla. Fue una espontánea ocurrencia.
En desquite y casi en son de reproche, me puse a contemplar la cara de la muchacha cuyo reloj parecía una semilla. No me lo van a creer, pero poco a poco me fui sintiendo deliciosamente defraudado en mi afán de conocer la hora. Ustedes pensarán que abuso de su credulidad si les digo que la muchacha era bonita y que su cara era más elocuente que todas las páginas del Arte de Amar que yo leía; pero básteles notar que la he llamado simplemente bonita, sólo con el deseo de que ustedes comprendan que no exagero.
Era bonita y tuve que usar de más misericordia para juzgar el tamaño de su reloj, inútil para mí. Era como la semilla de un reloj, podía encerrar el germen de un reloj como el de catedral, si quisiera podría convertirse en un reloj de sol con dimensiones cósmicas. Me entusiasmaba ante la posibilidad de que aquella muchacha llevara prendida en su muñeca toda una síntesis del universo, una semilla del tiempo sin tiempo.
Era la portadora del tiempo. Tiempo de lluvias, de frescura, de lozanía, de vigor y de esperanza. El tiempo es el enemigo de las mujeres. Mujeres sin tiempo. Tiempo sin contratiempos. Llegué a tener la impresión de que bastaba a mi vecina de la biblioteca mover un brazo, para que toda la cronología se desquiciara. Al día siguiente de la muerte de Cleopatra, Isadora Duncan podría visitar los jardines de Madame Pompadour y departir amablemente con la Baronesa de Stael. Qué agradable desbarajuste histórico.
Así me tuvo aquella mujer en vilo sobre el suceder mundano. Aquella mujer, la que llevaba un reloj como semilla, me tuvo fuera del tiempo hasta que se levantó para abandonar la biblioteca. Hasta entonces y sin necesidad de saber la hora, comprendí que no llegaría a la cita oportunamente, que se me había pasado el tiempo, que había perdido el tiempo con El Arte de Amar entre mis manos y los ojos perdidos.
Yo se los advertí: no es un cuento.


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