miércoles, 29 de marzo de 2017

Azabache

Silvina Ocampo


Soy argentino. Me enganché en un barco. Conseguí en Marsella que un médico firmara un documento certificando que yo estaba loco. No le costó nada porque él estaba tal vez loco. De ese modo pude abandonar el barco, pero me encerraron en un manicomio y no tengo esperanza de que ningún ser humano pueda sacarme de aquí.
Ésta fue mi historia: por huir de mi tierra me enganché en un barco, y por huir del barco me encerraron en un manicomio. Al huir de mi tierra y al huir del barco pensé que huía de mis recuerdos, pero cada día revivo la historia de mi amor, que es mi cárcel. Dicen que por odio a las mujeres elegantes, me enamoré de Aurelia, pero no es cierto. La amé como no amé a ninguna otra mujer en mi vida. Aurelia era una sirvienta; apenas sabía escribir, apenas sabía leer. Sus ojos eran negros, su pelo negro y lacio como las crines de los caballos. En cuanto terminaba de limpiar las cacerolas o los pisos tomaba un lápiz y un papel y se iba a un rincón para dibujar caballos. Era lo único que sabía dibujar: caballos al galope, saltando, sentados, acostados; a veces eran rosillos, otras veces zainos, colorados, bayos, negros, azulejos, blancos; a veces los pintaba con tiza (cuando encontraba tiza), otras veces con lápices de colores, cuando alguien le regalaba lápices; otras veces con tinta y otras veces con tintura. Todos tenían un nombre: el preferido era Azabache, porque era negro y arisco.
Cuando por las mañanas me traía el desayuno, durante unos instantes oía su risa, como un relincho, antes que entrara en mi dormitorio, dando una patada nerviosa contra la puerta. No pude educarla, no quise educarla. Me enamoré de ella.
Tuve que irme de la casa de mis padres y me fui a vivir con ella a Chascomús, en las afueras del pueblo. Pensé que las paredes multiplicadas de una ciudad labran nuestra desdicha. Con alegría vendí todas mis cosas, mi automóvil y mis muebles, para arrendar aquel pequeñísimo campo donde viví pobremente, ilusionado por aquel amor imposible. En un remate compré algunas vacas y una tropilla de caballos que me eran necesarios para trabajar el campo.
Al principio fui feliz. ¡Qué importaba no tener baño, ni luz eléctrica, ni heladera, ni ropa limpia de cama! El amor lo reemplaza todo. Aurelia me había hechizado. ¡Qué importaba que las plantas de sus pies fuesen ásperas, que sus manos estuvieran siempre rojas y que sus modales no fuesen finos: yo era su esclavo!
Le gustaba comer azúcar. En la palma de mi mano, yo colocaba terrones de azúcar, que ella tomaba con su boca. Le gustaba que le acariciaran la cabeza: durante horas yo se la acariciaba.
A veces la buscaba todo el día, sin encontrarla en ninguna parte. ¿Cómo podía en aquel campo tan llano y sin árboles encontrar un escondite? Volvía descalza y con el pelo tan enmarañado, que ningún peine podía desenredarlo. Le advertí que a lo largo de la costa, no muy lejos, se extendían los cangrejales.
Algunas veces la hallaba conversando con los caballos. Ella, que era tan silenciosa, hablaba incesantemente con ellos. La rodeaban, la querían. Su preferido se llamaba Azabache. Algunas personas hablaron de mí como de un degenerado: otros, me compadecían, pero fueron los menos. Me vendían carne mala, y en el almacén trataban de cobrarme dos veces las mismas cuentas, creyendo que yo era un distraído. Vivir en aquella soledad enemiga me hacía daño.
Me casé con Aurelia para que en la carnicería me dieran mejor carne; así lo dijeron mis enemigos, pero yo podría asegurarles que lo hice para vivir respetablemente. Aurelia se divertía besando la nariz de los caballos; trenzaba su pelo a las crines de los caballos. Estos juegos denotaban su corta edad y la ternura de su corazón. Era mía, como no había sido aquella horrible mujer elegante, con las uñas pintadas, de la cual me había enamorado años atrás.
Una tarde encontré a Aurelia con un vagabundo, hablando de caballos. No entendí nada de lo que hablaban. Tomé a Aurelia del brazo y la llevé a casa, sin decirle una palabra. Aquel día cocinó de mala gana y rompió una puerta a patadas. La encerré con llave y le dije que era la penitencia que le infligía por hablar con extraños. Pareció no entenderme. Durmió hasta que la perdoné.
Para que no volviera a aventurarse lejos de la casa le conté cómo morían la gente y los animales, que se hundían devorados por los cangrejos. No me oyó. La tomé del brazo y le grité al oído. Se puso de pie y salió de la casa con la cabeza erguida, encaminándose hacia la costa.
–¿Adónde vas? –le pregunté.
Siguió caminando sin mirarme. La retuve del vestido, forcejeó hasta que se rompió. La volteé, la lastimé en mi desesperación. Se puso de pie y siguió caminando. Yo la seguí. Cuando llegamos a la proximidad del río, le supliqué que no siguiera adelante porque allí se extendían los cangrejales, con un inmundo olor a barro. Siguió caminando. Tomó un camino angosto, entre los cangrejales. La seguí. Nuestros pies se hundían en el barro y oíamos el grito innumerable de los pájaros. No se veía ningún árbol y los juncos tapaban el horizonte. Llegamos a un lugar donde el camino se desviaba y vimos a Azabache, el caballo negro, hundido hasta la panza en el cangrejal. Aurelia se detuvo un instante sin asombro. Rápida, de un salto, entró en el cangrejal y comenzó a hundirse. Mientras ella trataba de acercarse al caballo, yo trataba de acercarme a ella para salvarla. Me acosté, me deslicé, como un reptil, en el cangrejal. La tomé del brazo y comencé a hundirme con ella. Durante algunos momentos creí que yo iba a morir. Le miré los ojos y vi esa luz extraña que tienen los ojos agonizantes: vi el caballo reflejado en ellos. Le solté el brazo. Esperé hasta el alba, deslizándome como un gusano sobre la superficie asquerosa del cangrejal, el final, sin fin para mí, de Aurelia y de Azabache, que se hundieron.


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