sábado, 18 de marzo de 2017

Fraternidad

Malcolm Hoffman


Yo lo vi primero. Era un pequeño judío encogido, como de cincuenta años. Subió al tren, tropezando, con su pequeña cabeza alerta, como la de un pajarillo; halló un asiento en un compartimiento cercano al mío y se puso a tejer nerviosamente sus dedos entre su pelo enmarañado. Groggin y yo, el “J. G.” que reportea sucesos de la guerra para el Tribune, nos habíamos subido al tren en Múnich, hacia Berna, Suiza, buscando, como decía Groggin, una amable taberna donde no tuviéramos que beber cerveza a la salud del führer. Había sido un trayecto sin interés hasta la aparición del judío.
Los trenes alemanes no se asemejan de ninguna manera al Yanqui Clipper, si no es por uno que otro aerodinámico que sirve para la propaganda en fotografías. Los trenes usuales queman carbón a toneladas, escupiendo chispas gruesas, como si fuera un monstruo al servicio de una corte de gnomos infernales. Un policía gordo y rubio estaba de pie, en un extremo del vagón, como recordatorio de que cruzar la frontera alemana no es lo mismo que ir de Estados Unidos a México. La temperatura era en extremo fría, congelando el paisaje de casas campesinas en una sola masa gelatinosa. Groggin y yo nos habíamos divertido cubriendo a los nazis de fuertes epítetos yanquis, seguros de que la vigilancia del policía era monosilábicamente teutona. Porque si uno protesta en alemán, una estancia de seis meses en Berlín es capaz de transformarlo en un cordero inocente y manso como un niño. Ambos estábamos amargados, ansiosos de escapar y aburridos como el demonio, hasta que subió un judío.
Comenzamos a novelarlo en inglés y en voz baja. Yo lo dibujé como si fuera un judío errante; el microcosmos en el macrocosmos; el judío alemán que estaba haciendo lo que todos sus hermanos en Alemania querrían hacer, esto es: encontrar el feliz hallazgo de un pedazo de mundo –no sin prejuicios, pues los judíos son realistas–, uno que no fuera una cárcel.
–Míralo –le dije a Groggin–; mira sus ojos.
–Es un judío flaco –observó él, haciendo caso omiso de mi indicación, como si no hubiera nada raro en su mirada.
Cómo había escapado, era un asunto desprovisto de interés para mí. Aparentemente sus papeles estaban en orden, pues habían pasado sin observaciones, a través de la mirada suspicaz y callada del vigilante. El judío ni siquiera pestañeó cuando una mujer le gritó al paso: “bose”, pero su inquietud manifiesta me hizo subir de tono en mis especulaciones. Vestido con un traje que fue bueno en su tiempo, este judío, sin duda, había sido un blanco directo de los ataques del populacho: había perdido su hogar y su familia, y ahora estaba arriesgando su último marco en un boleto de ferrocarril y un pasaporte probablemente falsificado. (Groggin dice que no soy periodista, que debería pasarme la vida escribiendo versos para revistas de mujeres). Yo estaba absorto observando su mirada de preocupación. No podría uno llamarla mirada de un perseguido. Un hombre jamás se entrega a la desesperación más completa. Yo he cazado conejos, y los he visto cuando se encuentran perdidos. Y ya conozco la diferencia. La pupila se dilata, luego se cierra en una ranura invisible; todo el animal tiembla violentamente, y parece decir: “Ya sé que la he perdido, mátame pronto”. Pero en el hombre es distinto. Un presidiario camina a la silla eléctrica y mostrará en sus ojos un leve rayo de esperanza. (Groggin dice que soy un romántico, pero lo que pasa es que yo sé reconocer el drama cuando lo veo). Mientras el tren hilaba su camino penoso hacia la frontera, en las montañas, el judío iba jugando su papel extraordinariamente. Y él se daba cuenta. Comenzó a darle vueltas a la cadena de níquel de su reloj, de forma cada vez más violenta. Groggin también notó la excitación del judío y murmuró algo acerca de invitarlo a beber.
No era prudente acercarse al judío, sin embargo. La intensidad de su actitud era una barrera efectiva a todo intento de conversación. Nos pusimos a jugar cartas y dejamos a un lado la especulación. Pero yo era incapaz de dejar de observar, por el rabillo del ojo, sus miradas inquietamente móviles, y sus dedos que se cruzaban y descruzaban interminablemente.
La agitación del judío crecía perceptiblemente. Comenzó a chocar sus puños, uno contra el otro, cambiando de posición a cada instante. Miraba continuamente por la ventanilla, como buscando una señal convenida. Adiviné inmediatamente el objeto de su búsqueda: el pequeño pueblecillo en la frontera, donde un guardia suizo sustituiría al policía nazi.
Faltaba media hora para terminar nuestro recorrido en tierra alemana y mientras los minutos se me hacían largos, al judío le han de haber parecido una eternidad atormentada. ¡Media hora! Tiempo suficiente para el último acto de una tragedia; para una declaración de amor, de guerra, de muerte; tiempo suficiente para que un muchacho se haga hombre. El judío mostraba claras señales de que el tiempo era demasiado largo. La histeria se había posesionado de él. Yo ya he sentido ese vértigo repentino, las manos ardiendo con un hormigueo insoportable, la ceguera intensa de un instante de delirio. Es horrible verlo en otra gente. El judío ya no podía sentarse quieto, sino que se mecía de un lado para otro, quejándose quedamente como un perro herido. Por último, no pudo controlarse más y saltó violentamente de su asiento al pasillo, y alzando los brazos al aire, dejando caer la cabeza hacia atrás, en abandono, gritó con toda la fuerza de sus enjutos pulmones: “¡Frei! ¡Frei! ¡Frei!”, una y otra vez. Todos los pasajeros se volvieron sorprendidos; el policía, despertado de su letargo, corrió por el pasillo hacia él.
Yo lo detuve de repente. Mis manos también estaban en alto. Mi voz tenía algo de manifestación obrera al gritar: “¡Libre! ¡Libre! ¡Libre!”
Groggin no iba a quedarse atrás, y los tres alzamos un grito continuo y destemplado, que debe haber llegado hasta el Reichstag. El poli nazi se quedó paralizado por la sorpresa. Asombrado, nos preguntaba en alemán: “¿Qué diablos pasa aquí?”
–Sí –quería saber el conductor–, ¿qué furia los poseyó?
Creo que aquellos días de estudiante agitador me hicieron algo hábil para los discursos. “Es una pequeña fraternidad –respondí–, una especie de club al cual pertenecemos”. Y añadí, siempre en alemán: “Cuando un miembro se encuentra a otro, se saludan así…” Groggin es más práctico, y le deslizó cincuenta marcos al policía.
Deberían haber visto al judío cuando acabó el mitote. Ya se había calmado y nos miraba fijamente. Cuando cruzamos la frontera suiza sonrió por primera vez y se acercó a nosotros:
–Sí hay tal fraternidad –comenzó a decirnos.


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