sábado, 25 de marzo de 2017

Hasta la reina

Connie Willis


El teléfono sonó cuando estaba revisando la moción de la defensa.
–Es un llamado universal –dijo Bysshe, mi asistente legal, estirando la mano–. Probablemente es el acusado. No se permite usar firmas desde la cárcel.
–No, no es –dije–. Es mi madre.
–Oh –Bysshe tomó el receptor–. ¿Por qué no está usando su firma?
–Porque sabe que no quiero hablar con ella. Debe haber averiguado lo que hizo Perdita.
–¿Su hija Perdita? –preguntó, apretando el receptor contra su pecho–. ¿La que tiene una niña?
–No, esa es Viola. Perdita es mi hija menor. La que no tiene criterio.
–¿Qué hizo?
–Se unió a las Ciclistas.
Bysshe quedó inquisidoramente en blanco, pero yo no estaba con ganas de aclarárselo. O con ganas de hablar con mi madre.
–Sé exactamente lo que mamá va a decir –dije–. Me preguntará por qué no se lo conté, y luego exigirá saber qué voy a hacer al respecto, y no hay nada que pueda hacer al respecto, de lo contrario, obviamente, ya lo habría hecho.
Bysshe parecía aturdido.
–¿Quiere que le diga que usted está en la corte?
–No. –Estiré la mano hacia el receptor–. Tendré que hablar con ella tarde o temprano.
Se lo quité
–Hola, mamá –dije.
–Traci –dijo mamá dramáticamente–, Perdita se ha convertido en Ciclista.
–Ya lo sé.
–¿Por qué no me lo contaste?
–Pensé que la propia Perdita tenía que contártelo.
–¡Perdita! –bufó–. Nunca me lo contaría. Sabe cuál sería mi opinión al respecto. Supongo que se lo contaste a Karen.
–Karen no está. Está en Irak.
Lo único bueno de toda esta debacle era que, gracias a lo ansioso que estaba Irak por demostrar que era un miembro responsable de la comunidad mundial luego de su antigua propensión a la autodestrucción, mi suegra estaba en el único lugar del planeta donde el servicio telefónico era lo bastante malo como para que yo pudiera excusarme diciendo que había tratado de llamarla pero no había podido comunicarme y ella tuviera que creerme.
La Liberación nos ha liberado de toda clase de indignidades y flagelos, incluyendo a los Saddams de Irak, pero no de las suegras, y yo estaba casi feliz por el excelente sentido de la oportunidad de Perdita. Cuando no tenía ganas de matarla.
–¿Qué está haciendo Karen en Irak? –preguntó mamá.
–Negociando una patria para los palestinos.
–Y mientras tanto su nieta se está arruinando la vida –dijo, aunque no tenía nada que ver–. ¿Le contaste a Viola?
–Ya te lo dije, mamá. Pensé que la propia Perdita tenía que contárselo a todas ustedes.
–Bueno, no lo hizo. Y esta mañana me llamó una de mis pacientes, Carol Chen, y me exigió que le hiciera saber lo que le estaba ocultando. No tenía idea de qué me estaba hablando.
–¿Cómo lo averiguó Carol Chen?
–Por su hija, que casi ingresa en las Ciclistas el año pasado. Su familia la convenció de que no lo hiciera –dijo, acusadora–. Carol estaba segura de que la comunidad médica había descubierto algún terrible efecto colateral del amenerol y que estábamos ocultándolo. No puedo creer que no me lo hayas contado, Traci.
Y yo no puedo creer no haber dejado que Bysshe te dijera que estaba en la corte, pensé.
–Ya te lo dije, mamá. Pensé que le correspondía a Perdita contártelo. Después de todo, es su decisión.
–¡Oh, Traci! –dijo mamá– ¡No puedes estar hablando en serio!

Durante el primer y hermoso aluvión de libertad posterior a la Liberación, yo había tenido esperanzas de que todo cambiaría, de que la Liberación, de algún modo, barrería con la desigualdad, con el dominio matriarcal y con todas esas mujeres amargadas decididas a eliminar del lenguaje la expresión “a paso de hombre” y los pronombres de la tercera persona del singular.
Por supuesto que no fue así. Los hombres todavía ganan más dinero que nosotras, “herstory” todavía es apenas un tizón en el paisaje semántico, y mi madre todavía puede decir “¡Oh, Traci!” en un tono que me reduce a la preadolescencia.
–¡Su decisión! –dijo mamá–. ¿Estás diciéndome que planeas quedarte ociosamente a un costado y permitir que tu hija cometa el error de su vida?
–¿Qué puedo hacer? Tiene veintidós años y una mente lúcida.
–Si tuviera una mente lúcida no estaría haciendo esto. ¿No trataste de disuadirla?
–Por supuesto que sí, mamá.
–¿Y?
–Y no tuve éxito. Está decidida a ser Ciclista.
–Bueno, debe haber algo que podamos hacer. Conseguir una orden judicial o contratar a un desprogramador o demandar a las Ciclistas por lavado de cerebro. Tú eres juez, debe haber alguna ley que puedas invocar…
–Esa ley se llama soberanía personal, mamá, y dado que fue lo que hizo posible la Liberación desde un principio, a duras penas puede emplearse contra Perdita. Su elección coincide con todos los criterios de un caso de soberanía personal: es una decisión personal, tomada por un adulto soberano, no afecta a nadie más…
–¿Y mi profesión? Carol Chen está convencida de que los desviadores provocan cáncer.
–Cualquier efecto que tenga en tu profesión se considera un efecto indirecto. Como el que sufre el fumador pasivo. No es aplicable. Mamá, nos guste o no, Perdita está perfectamente en su derecho de hacerlo, y nosotras no tenemos ningún derecho de interferir. Una sociedad libre debe basarse en el respeto por las opiniones de los demás y en el dejar tranquilo al otro. Debemos respetar el derecho que Perdita tiene de tomar sus propias decisiones.
Todo lo cual era cierto. Lástima que no se lo había dicho a Perdita cuando me llamó. Lo que le dije, en un tono que sonaba exactamente igual al de mi madre, fue “¡Oh, Perdita!”
–Todo esto es por tu culpa, ¿sabes? –dijo mamá–. Te dije que no debías haberle permitido que se hiciera ese tatuaje sobre el desviador. Y no me vengas con que es una sociedad libre. ¿De qué sirve una sociedad libre si permite que mi nieta se arruine la vida? –Colgó.
Volví a entregarle el receptor a Bysshe.
–Realmente me gustó lo que dijo acerca del derecho de su hija a tomar sus propias decisiones –dijo él. Sostenía mi toga–. Y lo de no interferir en su vida.
–Quiero que me investigues los precedentes de la desprogramación –dije, metiendo los brazos en las mangas–. Y averigua si las Ciclistas han sido denunciadas por cualquier violación al libre albedrío: lavado de cerebro, intimidación, coerción.
Sonó el teléfono; otro universal.
–Hola, ¿quién habla? –dijo Bysshe con cautela. Su voz se volvió repentinamente amistosa–. Un minuto. –Tapó el receptor con la mano–. Es su hija Viola.
Tomé el receptor.
–Hola, Viola.
–Acabo de hablar con la abuela –dijo–. No creerás lo que Perdita ha hecho ahora. Se unió a las Ciclistas.
–Ya lo sé –dije.
–¿Lo sabes? ¿Y no me lo contaste? No puedo creerlo. Nunca me cuentas nada.
–Pensé que la propia Perdita debía contártelo –dije con cansancio.
–¿Estás bromeando? Ella nunca me cuenta nada tampoco. Aquella vez que se hizo implantes en las cejas no me lo dijo hasta pasadas tres semanas, y cuando se hizo el tatuaje láser directamente no me lo contó. Twidge me lo contó. Tendrías que haberme llamado. ¿Se lo contaste a la abuela Karen?
–Está en Bagdad –dije.
–Ya lo sé –dijo Viola–. La llamé.
–¡Oh, Viola, no!
–A diferencia de ti, mami, considero necesario comunicar a los miembros de nuestra familia los temas de su incumbencia.
–¿Qué dijo? –pregunté, sintiendo una especie de aturdimiento, ahora que la impresión había pasado.
–No pude comunicarme. El servicio telefónico de allá es terrible. Hablé con alguien que no sabía inglés, y después se me cortó, y cuando volví a intentarlo me dijeron que toda la ciudad estaba incomunicada.
Gracias, suspiré en silencio. Gracias, gracias, gracias.
–La abuela Karen tiene derecho a saber, mamá. Piensa en las consecuencias que tendrá esto para Twidge. Ella cree que Perdita es maravillosa. Cuando Perdita se hizo los implantes en las cejas, Twidge se pegó lámparas LED en las suyas, y casi no puedo sacárselas. ¿Y si Twidge también decide unirse a las Ciclistas?
–Twidge sólo tiene nueve años. Cuando llegue el momento en que deba tener su desviador, Perdita habrá desistido. –Espero, agregué en silencio. Ya hacía un año y medio que Perdita llevaba el tatuaje y no mostraba señales de estar cansada de él–. Además, Twidge es más sensata.
–Es cierto. Oh, mamá, ¿cómo pudo Perdita hacer esto? ¿No le contaste lo horrible que era?
–Sí –dije–. Y lo inconveniente. Y lo desagradable, desequilibrante y doloroso. Nada le hizo el más ligero impacto. Me dijo que pensaba que sería divertido.
Bysshe estaba señalando su reloj y moviendo la boca. –Es hora de ir a la corte.
–¡Divertido! –dijo Viola–. ¿Después de haber visto lo que tuve que pasar aquella vez? Honestamente, mamá, a veces pienso que Perdita sufre de muerte cerebral. ¿No puedes hacer que la declaren incompetente y la encierren o algo así?
–No –dije, tratando de subir la cremallera de la toga con una sola mano–. Viola, tengo que irme. Llegaré tarde a la corte. Temo que no hay nada que podamos hacer para detenerla. Es una adulta racional.
–¡Racional! –dijo Viola–. Sus cejas tienen luz, mamá. En el brazo se hizo un tatuaje láser de la última batalla de Custer.
Entregué el teléfono a Bysshe. –Dile a Viola que la llamaré mañana. –Subí la cremallera de la toga–. Y luego llama a Bagdad y pregunta por cuánto tiempo esperan tener los teléfonos cortados. –Me encaminé hacia la sala del tribunal–. Y si hay más llamados universales, asegúrate de que sean locales antes de contestar.

Bysshe no pudo comunicarse con Bagdad, cosa que consideré una buena señal, y mi suegra no llamó. Mamá sí, por la tarde, para preguntarme si las lobotomías eran legales.
Volvió a llamar al día siguiente. Yo estaba en plena clase de Soberanía Personal, explicando que todos los ciudadanos de una sociedad libre tenían el derecho de comportarse como perfectos imbéciles. No estaban creyéndome.
–Creo que es su madre –me susurró Bysshe al entregarme el teléfono–. Sigue usando el universal. Pero es local. Lo verifiqué.
–Hola, mamá –dije.
–Está todo arreglado –dijo mamá–. Vamos a almorzar con Perdita en McGregor’s. Está en la esquina de la Calle Doce y Larimer.
–Estoy dando clase –dije.
–Lo sé. No te distraigo más. Sólo quería decirte que no te preocupes. Ya me encargué de todo.
No me gustaba eso.
–¿Qué hiciste?
–Invité a Perdita a almorzar con nosotras. Ya te lo dije. En McGregor’s.
–¿Quiénes son “nosotras”, mamá?
–Sólo la familia –dijo, inocente–. Tú y Viola.
Bueno, al menos no había invitado al desprogramador. Todavía.
–¿Qué te propones, mamá?
–Perdita me preguntó lo mismo. ¿Acaso una abuela no puede invitar a sus nietas a almorzar? Debes estar allí a las doce y media.
–Bysshe y yo tenemos una reunión sobre la agenda judicial a las tres.
–Oh, para entonces habremos terminado. Y trae a Bysshe contigo. Puede proporcionarnos el punto de vista masculino.
Colgó.
–Tendrás que venir a almorzar conmigo, Bysshe –dije–. Lo siento.
–¿Por qué? ¿Qué va a suceder en el almuerzo?
–No tengo idea.

Camino al McGregor’s, Bysshe me dijo lo que había averiguado sobre las Ciclistas.
–No son un culto. No hay conexiones religiosas. Parecen haber surgido de un grupo de mujeres pre-Liberación –dijo, revisando sus notas–, aunque también tienen relación con el movimiento pro-elección libre, con la Universidad de Wisconsin y con el Museo de Arte Moderno.
–¿Qué?
–A las líderes del grupo las llaman “docentes”. Su filosofía parece ser una mezcla de feminismo radical pre-Liberación y primitivismo ambiental de los ochenta. Son floratarianas y no usan zapatos.
–Ni desviadores –dije. Estacionamos frente al McGregor’s y salimos del auto–. ¿Alguna condena por control mental? –pregunté esperanzadamente.
–No. Un puñado de juicios contra miembros individuales, que los ganaron todos.
–Sobre la base de la soberanía personal.
–Sí. Y un juicio criminal presentado por una de sus miembros, cuya familia trató de desprogramarla. El desprogramador fue sentenciado a veinte años, y la familia a doce.
–Asegúrate de contarle eso a mi madre –dije, y abrí la puerta del McGregor’s.
Era uno de esos restaurantes que tenían una enredadera abrazando el escritorio del maitre y parcelas de jardín entre las mesas.
–Perdita sugirió este lugar –dijo mamá, guiándonos a Bysshe y a mí hacia la mesa, mientras pasábamos el sector de las cebollas–. Me dijo que muchas Ciclistas son floratarianas.
–¿Ya llegó? –pregunté, esquivando un almácigo de pepinos.
–Todavía no. –Señaló un sitio detrás del rosal–. Ahí está nuestra mesa.
Nuestra mesa era una cosa de mimbre ubicada debajo de una morera. Viola y Twidge estaban sentadas en el extremo opuesto, junto a un enrejado con habichuelas trepadoras, mirando los menús.
–¿Qué estás haciendo aquí, Twidge? –pregunté–. ¿Por qué no estás en la escuela?
–Lo estoy –dijo, levantando su pizarra LCD–. Hoy estoy en remoto.
–Pensé que ella tenía que tomar parte en la discusión –dijo Viola–. Después de todo, pronto recibirá su desviador.
–Mi amiga Kensy dice que no va a quererlo, como Perdita –dijo Twidge.
–Estoy segura de que Kensy cambiará de opinión cuando llegue el momento –dijo mamá–. Perdita también cambiará de opinión. Bysshe, ¿por qué no te sientas junto a Viola?
Obedientemente, Bysshe se deslizó junto al enrejado y se sentó en una silla de mimbre en el extremo de la mesa. Twidge estiró el brazo por encima de Viola y le alcanzó un menú.
–Este restaurante es grandioso –dijo–. No hace falta usar zapatos. –Levantó un pie descalzo para ilustrarlo–. Y si te viene hambre mientras esperas, tomas algo. –Se dio vuelta en la silla, recogió dos habichuelas; le dio una a Bysshe, y mordió la otra–. Apuesto a que no lo hará. Kensy dice que el desviador duele más que los aparatos de ortodoncia.
–No duele tanto como no tenerlo –dijo Viola, dedicándome una feroz mirada de ¿Ahora-Te-Das-Cuenta-De-Lo-Que-Mi-Hermana-Ha-Provocado?
–Traci, ¿por qué no te sientas frente a Viola? –me dijo mamá–. Y cuando llegue Perdita la ubicaremos a tu lado.
–Si es que viene –dijo Viola.
–Le dije a la una en punto –dijo mamá, sentándose en la cabecera–. Para poder tener tiempo de planificar nuestra estrategia antes de que llegue. Hablé con Carol Chen…
–Su hija estuvo a punto de unirse a las Ciclistas el año pasado –expliqué a Bysshe y Viola.
–Dijo que hicieron una reunión familiar, como esta, y que sencillamente hablaron con su hija, y que su hija decidió que no quería ser Ciclista. –Nos miró–. Entonces pensé que nosotras podríamos hacer lo mismo con Perdita. Creo que deberíamos empezar por explicarle el significado de la Liberación y los días de oscura opresión que la precedieron…
–Y yo creo –interrumpió Viola– que tendríamos que tratar de convencerla de que sólo suspenda el amenerol durante unos meses, en vez de hacerse sacar el desviador. Si es que viene. Y no va a venir.
–¿Por qué no?
–¿Lo harías tú? O sea, esto es como la Inquisición. Ella sentada allí mientras todas nosotras le “explicamos”. Perdita puede estar loca, pero no es estúpida.
–Difícilmente sea la Inquisición –dijo mamá. Miró ansiosamente detrás de mí, hacia la puerta–. Seguro que Perdita… –Calló, se puso de pie, y repentinamente se zambulló entre los espárragos.
Me di vuelta, esperando a medias que fuera Perdita con luces en los labios o un tatuaje de cuerpo entero, pero no veía nada por las hojas. Aparté las ramas.
–¿Es Perdita? –dijo Viola, inclinándose hacia adelante.
Espié entre el follaje de la morera.
–Oh, Dios mío –dije.
Era mi suegra, vistiendo un abayah negro y un yarmulke de seda. Se abalanzó hacia nosotras a través de una plantación de zapallo, con sus ropas al viento y los ojos echando chispas. Mamá seguía su rastro de rábanos pisoteados, acuchillándome con la mirada.
Miré a Viola.
–Es tu abuela Karen –dije, acusadora–. Me dijiste que no habías podido comunicarte con ella.
–No pude –dijo–. Twidge, siéntate derecha. Y baja esa pizarra.
El rosal emitió un siniestro crujido, como si las hojas estuvieran encogiéndose de terror, y llegó mi suegra.
–¡Karen! –dije, tratando de parecer contenta–. ¿Qué es lo que haces aquí? Pensé que estabas en Bagdad.
–Regresé apenas recibí el mensaje de Viola –dijo, mirándonos a todos uno a uno–. ¿Quién es este? –exigió, señalando a Bysshe–. ¿El nuevo compañero de Viola?
–¡No! –dijo Bysshe, con expresión horrorizada.
–Es mi asistente legal, mamá –dije–. Bysshe Adams-Hardy.
–Twidge, ¿por qué no estás en la escuela?
–Lo estoy –dijo Twidge–. En remoto. –Levantó la pizarra–. ¿Ves? Matemáticas.
–Sí, veo –dijo ella, dándose vuelta para mirarme con furia–. Es un asunto lo bastante grave como para retirar a mi bisnieta de la escuela y contratar a un asistente legal, pero tú no lo consideraste lo suficientemente importante para notificarme. Por supuesto, tú nunca me cuentas nada, Traci.
Se sentó como un torbellino en la silla de la cabecera, haciendo volar hojas y capullos, y decapitando el centro de mesa de brócoli.
–Recibí el llamado de auxilio de Viola apenas ayer. Viola, nunca debes dejarme mensajes con Hassim. Su inglés es virtualmente inexistente. Tuve que pedirle que me tarareara el llamado. Reconocí tu firma, pero los teléfonos no funcionaban, así que vine volando. Estaba en medio de las negociaciones, podría agregar.
–¿Cómo van las negociaciones, abuela Karen? –preguntó Viola.
–Iban extremadamente bien. Los israelitas han entregado la mitad de Jerusalén a los palestinos, y han acordado un régimen de tiempo compartido para las Alturas del Golán. –Se dio vuelta para mirarme fijamente un momento–. Ellos sí conocen la importancia de la comunicación. –Volvió a mirar a Viola–. ¿Así que por qué están fastidiándote, Viola? ¿No les gusta tu nuevo compañero?
–No soy su compañero –protestó Bysshe.
A menudo me he preguntado cómo diablos mi suegra llegó a ser mediadora y qué es lo que hace en todas esas sesiones de negociación con los serbios y católicos, coreanos del norte y del sur, protestantes y croatas. Porque ella toma partido, saca conclusiones apresuradas, malinterpreta todo lo que se dice, se niega a escuchar. Y a pesar de todo, convenció a Sudáfrica de aceptar un gobierno pro-Mandela, y probablemente lograría que los palestinos observaran el Yom Kippur. Tal vez los intimida con sus bravuconadas hasta que se someten. O tal vez las partes terminan aliándose para defenderse de ella.
Bysshe seguía protestando. –Ni siquiera había visto a Viola hasta hoy. Sólo hemos hablado por teléfono, un par de veces.
–Debes haber hecho algo –le dijo Karen a Viola–. Obviamente, quieren ver correr tu sangre.
–La mía no –dijo Viola–. La de Perdita. Se unió a las Ciclistas.
–¿Las Ciclistas? ¿Abandoné las negociaciones de la Ribera Occidental porque ustedes no aprueban que Perdita ingrese en un club de ciclismo? ¿Cómo suponen que voy a explicarle eso a la presidenta de Irak? Ella no lo va a entender, y yo tampoco. ¡Un club de ciclismo!
–Las Ciclistas no andan en bicicleta –dijo mamá.
–Menstrúan –dijo Twidge.
Hubo un silencio mortal que duró al menos un minuto, y yo pensé “Por fin sucedió. Mi suegra y yo vamos a estar por primera vez del mismo lado en una discusión familiar”.
–¿Todo este escándalo porque Perdita se hará quitar el desviador? –dijo Karen finalmente–. Es mayor de edad, ¿no? Y, evidentemente, en este caso se aplica la soberanía personal. Tú deberías saberlo, Traci. Después de todo, eres juez.
Tendría que haber sabido que era demasiado bueno para ser verdad.
–¿Quieres decir que apruebas que Perdita retroceda a veinte años antes de la Liberación? –dijo mamá.
–No creo que sea tan serio –dijo Karen–. En el Medio Oriente también hay grupos antidesviador, ¿sabes?, pero nadie los toma en serio. Ni siquiera las iraquíes, y eso que siguen usando velo.
–Perdita sí lo está tomando en serio.
Karen descartó el comentario con un movimiento de su manga negra.
–Son una tendencia, una moda pasajera. Como las microfaldas. O esas espantosas cejas electrónicas. Un puñado de mujeres usa esas modas tontas durante un tiempo, pero las mujeres en general no abandonan los pantalones ni vuelven a usar sombrero.
–Pero Perdita… –dijo Viola.
–Si Perdita quiere tener su menstruación, yo digo que la dejen. Las mujeres funcionaron perfectamente bien sin desviadores durante miles de años.
Mamá dio un puñetazo en la mesa.
–Las mujeres también funcionaban perfectamente bien con el concubinato, el cólera y los corsés –dijo, recalcando cada palabra con un puñetazo–. Pero esa no es razón para aceptarlos voluntariamente, y no tengo intenciones de permitir que Perdita…
–Hablando de Perdita, ¿dónde está la pobre niña? –dijo Karen.
–Llegará en cualquier momento –dijo mamá–. La invité a almorzar para poder discutir todo esto con ella.
–¡Ja! –dijo Karen–. Para poder amedrentarla hasta que cambie de opinión, querrás decir. Bueno, no tengo intenciones de colaborar con ustedes. Sí tengo intenciones de escuchar el punto de vista de la pobrecita con interés y apertura mental. Respeto. Esa es la palabra clave, la que todas ustedes parecen haber olvidado. Respeto y cortesía.
Una mujer descalza, que lucía una túnica floreada y una chalina roja atada en el brazo izquierdo, se acercó a la mesa con una pila de carpetas rosadas.
–Ya era hora –dijo Karen, arrancándole una de las carpetas–. El servicio aquí es espantoso. Hace diez minutos que estoy sentada esperando. –Abrió de un golpe la carpeta–. Supongo que no tienen whisky.
–Me llamo Evangeline –dijo la joven–. Soy la docente de Perdita. –Tomó la carpeta de manos de Karen–. No pudo venir a almorzar con ustedes, pero me pidió que acudiera en su lugar, para explicarles la filosofía de las Ciclistas.
Se sentó en la silla de mimbre que estaba a mi lado.
–Las Ciclistas estamos dedicadas a la libertad –dijo–. A ser libres de lo artificial, a ser libres de drogas y hormonas que controlen el cuerpo, a ser libres del patriarcado masculino que intenta imponérsenos. Como ustedes probablemente ya saben, no usamos desviadores. –Señaló la chalina roja que tenía alrededor del brazo–. En lugar de eso, usamos esto, como emblema de nuestra libertad y femineidad. Hoy la tengo puesta para anunciar que ha llegado mi etapa de fertilidad.
–Nosotras también las usábamos –dijo mamá–, pero en la parte trasera de nuestras faldas.
Me reí.
La docente me miró. –La dominación de los cuerpos de las mujeres por parte de los hombres comenzó mucho antes de la llamada “Liberación”, con las leyes gubernamentales para el aborto y los derechos del feto, con el control científico de la fertilidad, y finalmente con el desarrollo del amenerol, que eliminó por completo el ciclo reproductivo. Todo esto formó parte de un cuidadoso plan del régimen patriarcal masculino para controlar el cuerpo de la mujer y, por extensión, su identidad.
–¡Qué interesante punto de vista! –dijo Karen con entusiasmo.
Y sí que lo era. A decir verdad, el amenerol no se había inventado para eliminar la menstruación. Se había desarrollado para lograr la remisión de tumores malignos. Sus propiedades de absorción de la mucosa uterina se habían descubierto por accidente.
–¡¿Está tratando de decirnos –dijo mamá– que los hombres obligaron a las mujeres a usar desviadores?! ¡Todas nosotras tuvimos que luchar para que la Administración Federal de Medicamentos los aprobara.
Era cierto. Donde las madres sustitutas, los grupos antiaborto y la ley de derechos del feto habían fracasado a la hora de unir a las mujeres, la perspectiva de no tener que menstruar había triunfado. Las mujeres habían organizado manifestaciones, habían peticionado, habían elegido senadores, habían propuesto enmiendas constitucionales, habían sido excomulgadas y habían ido a la cárcel, todo en nombre de la Liberación.
–Los hombres no estaban en contra de nosotras –dijo mamá, con la cara bastante roja–. Y el derecho religioso, y los fabricantes de apósitos, y la Iglesia Católica…
–Sabían que iban a tener que autorizar el sacerdocio de las mujeres –dijo Viola.
–Y lo hicieron –dije.
–La Liberación no las ha liberado –dijo la docente a viva voz–. Salvo de los ritmos naturales de la vida, de la mismísima fuente de la femineidad. –Se agachó y recogió una margarita que crecía debajo de la mesa–. Nosotras, las Ciclistas, celebramos el inicio de nuestras menstruaciones y nos regocijamos en nuestros cuerpos –dijo, levantando la margarita–. Cada vez que una Ciclista florece, como decimos nosotras, la honramos con flores, poemas y canciones. Después nos tomamos de las manos y decimos qué es lo que más nos gusta de nuestra menstruación.
–La retención de líquido –dije.
–O estar tirada en la cama tres días al mes, usando calurosos apósitos –dijo mamá.
–Creo que lo que más me gusta son los ataques de ansiedad –dijo Viola–. Cuando suspendí el amenerol para poder tener a Twidge, tenía esos días en que estaba convencida de que la estación espacial iba a caérseme encima.
Una mujer madura vestida con mameluco y sombrero de paja se había acercado mientras Viola hablaba, y ahora estaba de pie junto a la silla de mamá. –Yo tenía esos cambios de humor –dijo–. De repente estaba alegre y al minuto siguiente me sentía Lizzie Borden.
–¿Quién es Lizzie Borden? –preguntó Twidge.
–Asesinó a sus padres –dijo Bysshe–. Con un hacha.
Karen y la docente los miraron a ambos. –¿No se supone que tendrías que estar trabajando en Matemáticas, Twidge? –dijo Karen.
–Siempre me he preguntado si Lizzie Borden habrá tenido el SPM –dijo Viola– y si esa fue la razón de…
–No –dijo mamá–. La razón fue tener que vivir antes de los tampones. Un caso obvio de homicidio justificable.
–Creo que esta clase de ligereza no es muy útil –dijo Karen, clavándonos la mirada a todos.
–¿Eres la camarera? –le pregunté precipitadamente a la mujer del sombrero de paja.
–Sí –dijo ella, sacando una pizarra de un bolsillo del mameluco.
–¿Sirven vino aquí? –pregunté.
–Sí. De diente de león, prímula o vellorita.
–Tráiganos todos –dije.
–¿Una botella de cada uno?
–Por ahora. A menos que los sirvan en barriles.
–Las especialidades de hoy son ensalada de melón y choufleur gratinée –dijo, sonriéndonos. Karen y la docente no le devolvieron la sonrisa–. Pueden elegir su propia coliflor de la parcela que está adelante. La especialidad floratariana es capullos de lirio salteados con manteca de caléndula.
Hubo una tregua provisoria mientras todos pedían su comida. –Yo quiero guisantes dulces –dijo la docente– y un vaso de agua de rosas.
Bysshe se inclinó hacia Viola. –Lamento si parecí horrorizado cuando tu abuela me preguntó si era tu compañero –dijo.
–Está bien –dijo Viola–. La abuela Karen puede dar bastante miedo.
–Es que no quiero que pienses que no me agradas. No es así. Me gustas, quiero decir.
–¿No tienen hamburguesas de soja? –dijo Twidge.
Ni bien se alejó la camarera, la docente comenzó a repartir las carpetas rosadas que había traído consigo. –Esto explicará la filosofía de trabajo de las Ciclistas –dijo, entregándome una–, además de proporcionar información práctica sobre el ciclo menstrual. –Le dio otra a Twidge.
–Parece uno de esos libros que nos daban en la secundaria –dijo mamá, mirando la suya–. Se llamaban “Un don especial”, y tenían un montón de fotos de chicas con cintas rosadas en el cabello, jugando al tenis y sonriendo. Escandalosa tergiversación.
Tenía razón. Hasta estaba el mismo dibujo de las trompas de Falopio que yo recordaba de la película que había visto en mi escuela, un dibujo que siempre me había recordado a las primeras versiones de Alien.
–Oh, puaj –dijo Twidge–. Esto es asqueroso.
–Dedícate a las matemáticas –dijo Karen.
Bysshe parecía descompuesto.
–¿Las mujeres realmente tenían que hacer todo esto?
Llegó el vino y serví un gran vaso a cada uno. La docente frunció los labios con desaprobación y meneó la cabeza. –Las Ciclistas no usamos estimulantes ni hormonas artificiales que el patriarcado masculino ha impuesto a las mujeres para volverlas dóciles y subordinadas.
–¿Cuánto tiempo se menstrúa? –preguntó Twidge.
–Por siempre –dijo mamá.
–De cuatro a seis días –dijo la docente–. Está aquí en el manual.
–No, quiero decir, ¿toda la vida o qué?
–El promedio de las mujeres tienen su menarquia a los doce años de edad y cesan de menstruar a los cincuenta y cinco.
–Yo tuve mi primer período a los once –dijo la camarera, poniéndome un bouquet delante–. En la escuela.
–Yo tuve el último el día en que la Administración Federal de Medicamentos aprobó el amenerol –dijo mamá.
–Trescientos sesenta y cinco dividido entre veintiocho –dijo Twidge, escribiendo en su pizarra–. Por cuarenta y tres años. –Levantó la vista–. Me da quinientas cincuenta y nueve menstruaciones.
–Eso debe estar mal –dijo mamá, quitándole la pizarra–. Son por lo menos cinco mil.
–Y siempre empiezan el día en que te vas de viaje –dijo Viola.
–O que te casas –dijo la camarera.
Mamá comenzó a escribir en la pizarra.
Aproveché el cese del fuego para volver a serviles vino de diente de león a todos.
Mamá alzó la mirada.
–¿Se dan cuenta de que si el periodo era de cinco días, una se pasaba casi tres mil días menstruando? Son más de ocho años.
–Y entre medio estaba el SPM –dijo la camarera, dejándonos flores.
–¿Qué es el SPM? –preguntó Twidge.
–El síndrome pre-menstrual, un nombre que el establishment médico fabricó para denominar la variación natural de los niveles hormonales que indica la cercanía de la menstruación –dijo la docente–. Esta leve fluctuación, enteramente normal, fue exagerada por los hombres hasta convertirla en una debilidad. –Miró a Karen, buscando confirmación.
–A mí se me daba por cortarme el cabello –dijo Karen.
La docente parecía incómoda.
–Una vez me rapé todo un costado –prosiguió Karen–. Todos los meses, Bob tenía que esconder las tijeras. Y las llaves del auto. Cada vez que debía detenerme por un semáforo rojo me ponía a llorar.
–¿Te hinchabas? –preguntó mamá, sirviéndole otro vaso de vino.
–Quedaba igual que Orson Welles.
–¿Quién es Orson Welles? –preguntó Twidge.
–Sus comentarios reflejan la auto-repugnancia que les ha inculcado el patriarcado –dijo la docente–. Los hombres les han lavado el cerebro a las mujeres hasta convencerlas de que la menstruación es algo pérfido y sucio. Las mujeres incluso solían llamarla “la maldición”, porque aceptaban el juicio de los hombres.
–Yo la llamaba “la maldición” porque pensaba que una bruja me había echado un maleficio –dijo Viola–. Como en “La Bella Durmiente”.
Todos la miramos.
–Bueno, así era –dijo–. Era lo único que se me ocurría para explicar que semejante cosa horrible me sucediera. –Devolvió la carpeta a la docente–. Y sigue siendo lo único que se me ocurre.
–Creo que fuiste tremendamente valiente –Bysshe le dijo a Viola– al suspender el amenerol para tener a Twidge.
–Fue horrible –dijo Viola–. No puedes imaginártelo.
Mamá suspiró. –Cuando tuve mi primera menstruación le pregunté a mi madre si Annette también menstruaba.
–¿Quién es Annette? –dijo Twidge.
–Una mosquetera –dijo mamá, y agregó, ante la mirada inquisidora de Twidge–. De la TV.
–Alta-res –dijo Viola.
–El Club de Mickey Mouse –dijo mamá.
–¿Había un programa de alta-res que se llamaba El Club de Mickey Mouse? –dijo Twidge, incrédula.
–Eran días de oscura opresión en muchos aspectos –dije.
Mamá me miró. –Annette era el ideal de todas las niñas –le dijo a Twidge–. Tenía cabellos ondulados, tenía verdaderos senos, su falda tableada siempre estaba bien planchada, y yo no podía imaginar que sufriera de algo tan desprolijo e indigno. El Sr. Disney nunca lo habría permitido. Y si Annette no la tenía, yo tampoco iba a tenerla. Así que le pregunté a mi madre…
–¿Qué te dijo? –la cortó Twidge.
–Que todas las mujeres menstruaban –dijo mamá–. Entonces le pregunté “¿Hasta la reina de Inglaterra?” y ella contestó “Sí, hasta la reina”.
–¿De veras? –dijo Twidge–. ¡Pero ella es tan vieja…!
–Ya no menstrúa más –dijo la docente, irritada–. Ya te dije que la menopausia tiene lugar a los cincuenta y cinco años.
–Y entonces te atacan los calores –dijo Karen–, y la osteoporosis, y te crece tanto vello sobre el labio superior que pareces Mark Twain.
–¿Quién es…? –dijo Twidge.
–No hace más que repetir la propaganda negativa masculina –interrumpió la docente, con el rostro muy colorado.
–¿Sabes qué es lo que siempre me he preguntado? –dijo Karen, inclinándose, conspiradora, hacia mamá–. Si la responsable de la Guerra de las Malvinas no habrá sido la menopausia de Maggie Thatcher.
–¿Quién es Maggie Thatcher? –dijo Twidge.
La docente, que ya tenía la cara tan roja como su chalina, se puso de pie.
–Está claro que no tiene sentido tratar de hablar con ustedes. Sus cerebros han sido completamente lavados por el patriarcado masculino. –Comenzó a quitarnos las carpetas–. ¡Están ciegas, todas ustedes! Ni siquiera se dan cuenta de que son víctimas de una conspiración masculina que las privó de su identidad biológica, de su mismísima condición de mujeres. La Liberación no fue una liberación en absoluto. Sólo fue otra clase de esclavitud.
–Aunque eso fuera cierto –dije–, aunque hubiera existido una conspiración para mantenernos bajo el dominio masculino, igual valió la pena.
–Tiene razón, ¿sabes? –Karen le dijo a mamá–. Traci tiene toda la razón. Hay cosas por las que vale la pena abandonarlo todo, incluso la libertad, y deshacerse de la menstruación es definitivamente una de ellas.
–¡Víctimas! –gritó la docente–. ¡Las han despojado de su femineidad y ni siquiera les importa! –Salió dando grandes trancos, destruyendo a su paso varias calabazas y una hilera de gladiolos.
–¿Saben lo que más odiaba yo, antes de la Liberación? –dijo Karen, sirviéndose lo que quedaba de vino de diente de león–. Los cinturones higiénicos.
–Y los aplicadores de cartón de los tampones –dijo mamá.
–Nunca voy a ingresar en las Ciclistas –dijo Twidge.
–Bien –dije.
–¿Puedo comer postre?
Llamé a la camarera y Twidge pidió violetas azucaradas.
–¿Alguien más quiere postre? –pregunté– ¿O más vino de vellorita?
–Creo que es maravillosa la forma en que tratas de ayudar a tu hermana –dijo Bysshe, acercándose a Viola.
–Y esos avisos de Modess –dijo mamá–. ¿Recuerdan a esas mujeres glamorosas, con vestidos de fiesta de brocado de satén y largos guantes blancos, y que debajo de la foto decía “Modess, porque…”? Yo creía que Modess era un perfume.
Karen rió.
–Yo creía que era una marca de champaña.
–Será mejor que no tomemos más vino –dije.

A la mañana siguiente, el teléfono comenzó a sonar apenas entré en mi oficina, el llamado universal.
–Karen regresó a Irak, ¿verdad? –le pregunté a Bysshe.
–Sí –dijo–. Viola dijo que había algún debate sobre si poner una Disneylandia en la Ribera Occidental o no.
–¿Cuándo llamó Viola?
Bysshe parecía un corderito.
–Desayuné con ella y Twidge esta mañana.
–Ah –levanté el teléfono–. Probablemente es mi madre, con un plan para secuestrar a Perdita. ¿Hola?
–Habla Evangeline, la docente de Perdita –dijo la voz del teléfono–. Espero que esté contenta. Ha forzado a Perdita a rendirse a la esclavitud del patriarcado masculino.
–¿En serio? –dije.
–Es obvio que ha empleado control mental, y quiero que sepa que tenemos intención de presentar la denuncia.
Colgó. Inmediatamente, el teléfono volvió a sonar, otro universal.
–¿De qué sirven las firmas si nadie las usa jamás? –dije, y levanté el teléfono.
–Hola, mami –dijo Perdita–. Pensé que querrías saber que he cambiado de idea respecto a ingresar en las Ciclistas.
–¿De veras? –dije, tratando de no sonar demasiado alborozada.
–Descubrí que usan una chalina roja alrededor del brazo. Me tapa la parte del tatuaje donde está el caballo de Toro Sentado.
–Sí, es un problema –dije.
–Y eso no es todo. Mi docente me contó del almuerzo. ¿Es cierto que la abuela Karen te dio la razón?
–Sí.
–¡Vaya! Eso sí que no lo creía. Bueno, como sea, la docente me dijo que ustedes no le prestaron atención sobre lo grandiosa que es la menstruación, que ustedes no dejaban de hablar acerca de los aspectos negativos, como la hinchazón, los retortijones y el mal humor, y yo le dije “¿Qué retortijones?”, y ella me dijo “El sangrado menstrual con frecuencia ocasiona dolor de cabeza y otras molestias”, y yo le dije “¡¿Sangrado?! ¡Nadie me había dicho nada sobre el sangrado!” ¿Por qué no me contaste que todo este asunto tenía que ver con la sangre, mamá?
Se lo había dicho, pero sentí que era más apropiado no mencionárselo.
–Y tampoco dijiste una palabra sobre lo doloroso que era. ¡Y todas esas fluctuaciones hormonales! Una tendría que estar loca para querer pasar por todo eso sin ninguna necesidad. ¿Cómo lo aguantaban antes de la Liberación?
–Eran días de oscura opresión –dije.
–¡Ya lo creo! Bueno, como sea, renuncié y mi docente se puso realmente furiosa. Pero le dije que es un caso de soberanía personal, y que ella debe respetar mi decisión. De todos modos, sigo con intenciones de hacerme floratariana, y no quiero que trates de convencerme de lo contrario.
–Ni soñando –dije.
–¿Sabes? ¡Todo esto ha ocurrido por tu culpa, mami! Si me hubieses contado desde un principio todo eso del dolor, nada de esto habría sucedido. ¡Viola tiene razón! ¡Nunca nos cuentas nada!


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