martes, 14 de marzo de 2017

La casa que Adán construyó

Norman Matson


Acercándose al día, era un proceso gradual, como el paso entre túneles. Se daba cuenta del palpitar de su corazón, y su estómago temblaba de sorpresa. La tarde, llena de acontecimientos y de gente, lo avasallaba. Por fin, despertó completamente, con los ojos cerrados, pensando si era su boca la que había hablado o reído.
Con mucho cuidado, algo fue depositado sobre su mesa; algo que sonó argentinamente, con un sonido claro y suave. Luego oyó y sintió a su joven esposa acostarse junto a él. Debía ser ya tarde. Los muchachos gritaban en el parque.
A su espalda, habló su mujer:
–¿Te duele la cabeza?
–No. No mucho.
–Bebe lo que traje. Tiene hielo.
Abrió un ojo. Bebió. Pensó qué sería lo que estaba bebiendo, así que, como si escuchara, ingirió el resto. Se dejó caer de espaldas para observar dos procesos lentos y agradables; el uno, el remordimiento disolviéndose; el otro, la corriente de tranquila salud que invadía todo su cuerpo.
–Gracias –dijo–, eres un ángel. Yo… ¡al diablo! Mejor no comienzo con excusas…
–Hablaste mucho –su voz era clara y fresca, una voz muy joven, y decía cosas encantadoras.
–¡Sí, ya lo creo!
El ruido de la ciudad nunca había sido tan ensordecedor. Parecía como si retumbara dentro de su cuarto. Sus ideas, particularmente brillantes y definidas, de repente, sin razón alguna, se representaron una casa de campo. Una casa de campo negra por la lluvia de la noche anterior, una casa de campo sin pintar. No una casa de campo cualquiera, sino La Casa de Campo, por así decirlo.
Y eso fue el inicio. Construyó en la mente la imagen del campo, limpia paz, cielo azul, una colina de suave pendiente. Una realidad sencilla, brillante de felicidad.
Su mujer preguntó prudente:
–¿Estás dormido?
–Estoy imaginando algo. Te diré…
Ella se movió un poco:
–Bueno.
–Es acerca de ti y de mí.
–Sí…
–Y la casa que vamos a tener.
–Dime.
Él sonrió en su almohada.
–Antes que nada, piensa en un gran jardín con barda, y con una puerta blanca de madera enfrente…
–La veo…
–Algo se mueve al fondo. Es una vela de barco, tan chiquita que se ve como un pequeño triángulo en el fondo del cielo azul. No se puede ver el desembarcadero, atrás del jardín, porque desciende en colina. ¿Ves? Y los andadores del jardín son blancos, de concha triturada. Son muy blancos, y a los lados hay flores rojas, color de rosa, blancas, amarillas. Cerca de la barda hay muchos rosales. Pero lo más maravilloso es que a pesar de que sopla mucho viento, y se ven las nubes galopar en el cielo, nada se mueve dentro de nuestro jardín, y las rosas están quietas y perfumadas.
–Qué bonito. ¿Y estoy yo allí?
–Tú estás caminando hacia la puerta, en quimono azul, y miras al suelo, porque quieres arrancar la yerba.
–Sí… –él se daba cuenta de que ella sonreía– y ¿dónde está la casa?
–Estás de espaldas a ella. Es una linda casa blanca de madera, con una terraza, no por fuera, ¿ves?, sino de esas que tienen techo, como una cueva dentro del edificio. A un lado hay un gran gallinero, reluciente por la lluvia que acaba de caer. De aquí se puede oír el golpe seco de un martillo. Soy yo que estoy construyendo algo.
–¿Qué?
–No sé.
–Sí, dime.
–Es una mesita, una mesita que me llega a la rodilla.
–Entonces he tenido un bebé.
–Sí, ya hace meses. Ella…
–¿Ella?
–Ella te sigue, imitándote en lo que haces, mirando las flores, con sus manecitas regordetas detrás de la espalda. No tiene sombrero, y cuando se inclina a oler las flores con su naricita arrugada, su cabello, rubio como oro, y sedoso, le cae sobre la mejilla, y ella se lo aparta impaciente con sus deditos abiertos. Su mejilla es redonda y lisa como una ciruela, color de rosa como las flores estampadas en su vestidito. Como ella se queda callada, tú le preguntas qué está haciendo.
“‘Estoy pensando en papá’, dice ella. ‘Creo que lo voy a visitar’.
“‘Tu papá está ocupado’, le dices. Y en este momento ella se aleja corriendo hacia el gallinero.”
–No, por favor
–Sí, ella se va. Y aunque la llamas, sigue corriendo. Y en ese momento su papá abre las puertas del gallinero y sale.
Se dio cuenta del mundo cristalino que estaba imaginando, y sintió su peso. Repentinamente quiso alejarse de él.
–¿Y luego? –Preguntó su mujer.
–No sé.
–Claro que sí sabes. Por favor.
–No. Eso es todo. Ya es el fin –se sentía enfermo.
–Pero debes decirme más –insistió ella.
Como aborto de una bruja, el resentimiento floreció en él. He aquí que le había dado exactamente la casa que ella quisiera tener, con jardín –no es que ella supiera nada de jardines y cosas sobre el estilo–, y no estaba satisfecha. ¿No era bastante?
Pero ella insistía.
–Bueno, la nena está ocupadísima cortando flores para su papá, tan ocupada que se pone roja del esfuerzo, pero el ramo de flores es de esos que hacen los chiquillos, un ramo suelto, maltratado, un montón de flores sin tallo…
Su mente se regocijó con la realista imagen. Prosiguió:
–Y cuando me muestras lo que has hecho, me sorprende mucho porque no has estado arrancando yerbas, sino las plantitas de las semillas de crisantema que sembré. No digo nada, pero alzo a la niña, que comienza a llorar y patalear.
Se quedó pensando un momento, contemplando el panorama que había cambiado. Ya el aire olía distinto, y las rosas se mecían con el viento.
–Eso es todo –dijo–. ¿Fue un buen cuento?
Después de un largo rato de silencio, volteó a verla. Las mejillas de su mujer estaban húmedas, sus ojos cerrados. Algo, su corazón, se movió con un espasmo doloroso.
–Lo siento –dijo.
Pero lamentarlo no era suficiente, ni su perdón, ni, momentos después, su alegre risa.
Esa noche él le trajo regalos, regalos que le encantaron, pero eran cosas que nunca podrían reponer lo que había destruido.
La pérdida era completa. Era leve el cambio, pero su vida nunca sería la misma.
Por primera vez conoció el pecado, esa palabra negra.


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