lunes, 13 de marzo de 2017

La propiedad

Silvina Ocampo


En esa propiedad de campo que daba sobre el mar, cuyo jardín no tenía flores por culpa del viento, pero toda suerte de cascadas, de grutas, de fuentes y de glorietas, vivíamos en un Edén. La señora a veces iba a la ciudad y durante su ausencia yo aprovechaba para descansar. Bonita como nadie, yo salía esos días y bajaba a la playa, con el kimono y las sandalias puestos; no llevaba ninguna uña sin barniz, ninguna pierna sin depilar.
Aproveché las vacaciones, que pasaron en un abrir y cerrar de ojos, para someterme a operaciones de cirugía estética: empecé por la nariz, después fue el turno de los ojos y de los senos. Los médicos no me cobraban nada. Yo no tenía inconveniente en prestarme para experimentos de esos, porque me atendían médicos importantes y serios, verdaderos doctores y no practicantes que la matan a una, prometiendo el oro y el moro.
No había propiedad en el continente tan bonita como ésa. Muchos huéspedes millonarios venían a alojarse y pasaban días, a veces semanas, a veces meses, en la casa. La señora era buena, tanto para las visitas como para la servidumbre. Mi trabajo era agradable. No enceraba pisos, ni limpiaba vidrios, que es tan engorroso.
Lo que más me costaba era levantarme a las seis y media de la mañana: ni la limpieza de los baños, ni atender el teléfono cuando me colgaban el tubo, me desagradaba tanto como ese momento en que abandonaba mis castillos en el aire, para levantarme y servir los desayunos, que no es trabajo de cocinera.
En aquella mansión, en lugar de flores, peces rojos, que nadaban en sus peceras como Pedro por su casa, adornaban los dormitorios. Ésta era una de las tantas originalidades de la patrona. Además de ser generosa, mi señora era bonita y rubia como el trigo, “tal vez un poquito delgada para su estatura”, decían el panadero Ruiz y Langostino, el del muelle, que eran unos envidiosos; para mí, estaba en su peso. Pero ella nunca estaba satisfecha. Siempre quería adelgazar más: ¡Qué pecado! El tratamiento de un especialista, con hormonas, que valían un ojo de la cara, le hizo aumentar cuarenta kilos, que rebajaba fácilmente, sin querer, y comiendo como un tiburón o como un pajarito. ¡Cuántas veces la sostuve en mis brazos, llorando porque no había bajado de peso o porque había subido injustamente, con muchos sacrificios! Una vez me resfrié de tantas lágrimas que recibí sobre los hombros. ¡Yo era su paño de lágrimas!
–Si fuera pobre como yo no se alimentaría tan mal –le decía para consolarla–. Peor sería parecer un elefante como la señora Macuri, o un palillo de dientes como doña Selena, o el hambre en la India, como otras de sus invitadas –yo agregaba con el corazón en la mano. Ella me hacía callar. Sabía que era perfecta, pero se encaprichaba con la misma retahíla: gorda y flaca, flaca y gorda.
Desde las ocho de la mañana, los compañeros llevaban las peceras al jardín para cambiarles el agua y dar comida a los peces, que eran unos comilones.
Las persianas cerraban bien, tan bien que se necesitaban maña y fuerza para abrirlas. Un día uno de los invitados me llamó para que abriera una de ellas.
–Yo me ahogo en esta casa. Es bonita, pero las persianas no se abren.
Se lo conté a la señora y aprovechó para no invitar más al desagradecido, que nunca me dio propina, ni cuando le buscaba los zapatos debajo de la cama, que no era mi trabajo.
La señora me trataba bien, salvo cuando se enojaba y eso sucedía todos los días: por una puerta abierta, por un sillón colocado en otro sitio, por una basurita que había caído en un rincón, por los bichos feos que ensuciaban las sillas de la terraza. ¡Qué culpa tenía yo!
La señora era elegante. Con verdadera pena, yo veía envejecer los trajes, los zapatos, los guantes, la ropa interior, que iba a regalarme. No soy interesada. A veces, si caía el lápiz de rouge al suelo, me lo regalaba; si le faltaba un solo diente al peine, aunque fuera de carey, también me lo regalaba. No mezquinaba los perfumes: el perfume desaparecía de a medio frasco por día: las visitas tenían todas el mismo olor relajante de algunas flores, que no me dejan dormir de noche.
Las mallas de baño, yo las estrenaba nuevecitas, porque el día en que la señora las compraba ya le parecían horribles, por esto, por lo otro y por lo de más allá. Yo era muy feliz en aquella vida de abundancia y de lujo: nunca faltó vino en mi comida, ni café, ni té, si lo quería. Los remedios viejos y los postres que habían salido mal, me los regalaba para mi madre enferma, que la adoraba como yo.
Todo cambió cuando llegó Ismael Gómez. La señora ya no me regaló sus vestidos viejos, ni sus remedios, porque Ismael Gómez pretendía que cuanto más viejo era un traje o un remedio, sentaban mejor. Las comidas también cambiaron: me obligaron a preparar muchos postres con crema y huevo batido, mucho merengue con dulce de leche, y yemas quemadas, que me hacían mal al hígado. Ismael Gómez tenía una verdadera adoración por la señora pero la respetaba, eso sí. No la dejaba mover, le alcanzaba cualquier cosita que necesitaba. Todo el día le ofrecía algo de comer, le compraba bebidas finísimas y él no compartía nada, como si no quisiera abusar de las riquezas de la señora. La gente decía que era un pan de Dios, pero yo no lo tragaba.
En aquella época la señora tomó a su servicio a un cocinero gigante, recomendado por Ismael Gómez. Me sacaron de la cocina sin decir agua va. Las comidas cambiaron de nuevo. Enormes postres de cuatro pisos, adornados con figuras aparentemente alegres, desfilaban a diario por el comedor. Con el tiempo descubrí que esas figuras hechas de merengue rosado, que en el primer momento me parecían tan bonitas, representaban calaveras, monstruos con cuatro cabezas, diablos con guadañas, en fin, todo un mundo de cosas horribles, que mi señora no advirtió, porque no era maliciosa; yo no me atreví a explicarle nada. Resolví, sin embargo, vigilar las comidas, y a las horas en que preparaban las fuentes, entraba intempestivamente en la cocina, donde me recibían de mala gana.
Ismael Gómez redobló sus cuidados con la señora. No permitía que se molestara ni para ir al banco. Durante varios días, en un cuaderno con hojas cuadriculadas, como un nene que no sabe escribir, se ejercitó en imitar la firma de la señora, hasta que nadie pudo distinguir qué mano había escrito aquellas líneas.
Varias veces me escondí detrás de la puerta, para oír las conversaciones entre la señora e Ismael Gómez, al atardecer, antes de que nos fuéramos a la cama. Yo presentía que alguna desgracia iba a suceder en la casa, pero no podía explicar en qué fundaba mis presentimientos. Tuve que consultar a un médico, porque durante varias noches tuve pesadillas que me dejaron afiebrada.
Mis presentimientos se cumplieron el día en que vi a mi señora acostada con perfil de santa, entre coronas de flores blancas, en la capilla ardiente. Yo llegaba de casa de mis tías, donde había pasado un mes de vacaciones, y pregunté en la puerta, sujetando con la mano mi corazón, que latía como un despertador:
–¿Dónde está la señora?
–Está en la sala, de cuerpo presente –me respondieron.
Se me doblaron las rodillas. En los espejos yo parecía ni más ni menos que una enana. ¿Quién es ésa?, pensé, y era yo. Entré en la sala llorando como una Magdalena. El señor Ismael Gómez me tomó del brazo y me dijo:
–Tengo que darte una buena noticia. La señora te deja una pequeña fortuna, a condición de que cuides esta casa, que ahora es mía, como la cuidaste siempre para mí y para ella, que seguirá viviendo en nuestra memoria –y agregó, conteniendo las lágrimas:
–¡Ya ves lo que es la vida! No quiso ser mi novia y ahora es la novia de la muerte, que es menos alegre que yo.
Un zumbido de moscardones llenó la sala: mujeres enlutadas rezaron. Perdí la cabeza.
Me arrojé en los brazos que Ismael Gómez me tendía como un padre y comprendí que era un señor bondadoso.


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