jueves, 2 de marzo de 2017

La sibila

Silvina Ocampo


Las herramientas de trabajo están en la sala del comisario: un reloj pulsera de oro, los guantes, un alambre, una caja de madera con llaves, la linterna, las tenazas, el destornillador y una valijita (para parecer más serio llevo siempre una valijita). ¿Armas? Nunca las quise. ¿Para qué me sirven las manos?, digo yo. Son garras de fierro; si no estrangulan, dan puñetazos como Dios manda.
Solía desanimarme últimamente. Hay mucha competencia y pobreza. ¡Quién no lo sabe! La vida de un carnicero es menos sacrificada que la nuestra. De noche, no tenía a veces ganas de salir, y rondar por las manzanas para conocer un barrio determinado de Buenos Aires, o una casa; era francamente aburrido. Del Barrio Norte me gusta Palermo porque tiene fuentes y lagos, donde uno bebe y se lava las uñas de algunos dedos; del barrio Sur, Constitución, sin duda porque allí conocí a mis compañeros en la escalera mecánica subiendo y bajando, bajando y subiendo, entregados a nuestras ocupaciones. Me sentaba en las plazas, comiendo naranjas o pan, salame cuando tenía suerte, o queso fresco. A veces, los transeúntes me miraban como si vieran algo raro en mí. No llevo barba larga hasta el ombligo, ni llevo los dedos de los pies al aire, ni tengo lunares grandes entre las cejas, ni dientes de oro. Los otros días le pregunté a uno: “¿Tengo monos en la cara?”, olvidando mi responsabilidad, mi edad, mi situación. Tal vez mi pantalón de paño azul sea llamativo, porque lleva, en lugar de botones en la bragueta, cierre relámpago: todo lo que uno hace por no llamar la atención, llama la atención. ¡Qué le vamos a hacer! Si me deslizo como un gusano, todo el mundo se fija en cómo camino. Si me visto como un puerco, del color de los árboles o de las paredes o de la tierra, todo el mundo se fija en mi vestimenta. Si trato de no elevar la voz ¡Dios me libre!, todo el mundo estira la oreja para oírme. Comer helados me resulta imposible. Las chicas me miran y se codean. A veces ser simpático a las mujeres no es agradable; tengo que oír macanas todo el día. Felizmente que de una oreja no oigo nada. Quedé sordo a los dieciséis años. Me perforaron el tímpano con una astilla. Vivíamos con mis padres en Punta Chica, en una casa sobre pilotes. Mi padre, que es malhumorado, y mis hermanos, que son cascarrabias, una noche que en broma les puse bagres en las camas, se envalentonaron, me acostaron en el piso, y mientras unos me sujetaban, otro me clavó la astilla adentro de la oreja. Después, naturalmente, para que yo no hablara, me metieron en una bolsa que tiraron al río. Los vecinos me salvaron. Me pareció raro. Luego supe que lo hicieron para hacerme hablar. ¡Hay de curiosos! Todo el mundo me odia, salvo las mujeres; sin embargo, la señorita Rómula, que vive en el almacén, porque un día maté un gato de un cascotazo en la puerta de su cuarto, me interpeló.
–Mal educado –me dijo–, ¿no puede hacer esas cosas en otra parte?
¿Qué podían molestarle unas gotas de sangre en el piso? Se limpian en dos segundos. Nunca me perdonó. Es una haragana, eso es lo que es. Cuando me emplearon en la farmacia Firpo, ya la gente comenzó a mirarme como a un tipo que llama la atención. “Cachaciento” me llamaban cuando corría, “Tren expreso” cuando me demoraba, “Roñitis” cuando me había bañado, “Palmolive” cuando no me bañaba. Pero lo que más me indignó fue cuando me llamaron “Pizza”, injustamente, porque me vieron comiendo, mientras repartía las mercaderías, un trozo de torta pascualina que me regaló Susana Plombis, para llevar en el bolsillo, cuando tuviera hambre, sobre mi bicicleta.
Fue en aquella época cuando conocí los interiores de muchas casas. Ninguna me impresionó como la de Aníbal Celino; sería porque entré por la puerta principal. En las otras casas me tocaba entrar por la cocina. Guardo algunas cucharitas, algunos saleritos de plata, que sustraje de los cajones mientras las sirvientas buscaban dinero para pagar la cuenta, y que no me sirvieron para nada. La casa de Aníbal Celino era un palacio, ni más ni menos. La primera vez que me mandaron allí con un paquete de la farmacia Firpo, la puerta de servicio me pareció la principal y corrí en busca de la otra, creyendo que era la de servicio, porque estaba sucia. Conozco bien las casas de hoy. Casa muy lujosa, casa sucia. La puerta estaba cerrada y se abrió cuando moví el llamador, que era un león de bronce masticando un aro, también de bronce. Entré en la casa y no vi a nadie. Volví a salir y vi en el jardín las pelucas despeinadas de las palmeras. ¡Qué árboles! Ni a un perro le gustarían. Volví a entrar: no había nadie. La puerta se abrió sola. En seguida tropecé con la escalera de mármol que tenía una balaustrada lustrosa, como el león de la puerta. Di unos pasos y entré en una sala enorme, llena de vitrinas; aquello era una tienda o una iglesia. Por todas partes se veían estatuas, bomboneras, miniaturas, collares, abanicos, relicarios, muñequitos. Ya adentro de mi mano, porque soy distraído, vi una bombonera de oro con turquesas; la guardé en mi bolsillo; después guardé una estatuita que brillaba, sobre una mesa, en el otro bolsillo (mis bolsillos tienen doble fondo, por si acaso. Rosaura Pansi se ocupa de forrarlos. Le hago muchos regalos y la pobrecita es agradecida hasta decir basta). Cuando salí del salón oí un ruidito como de laucha, en la escalera. Se me detuvo el corazón, porque vi a una niña de poquísimos años, sentada sobre el último escalón, mirándome con cara de gitana. Me dio risa.
–Aquí traigo un paquete de la farmacia Firpo –le dije.
–¡Qué lástima! –me contestó–. Entonces usted no es el Señor.
–¿Que yo no soy ningún señor? ¿Qué soy, entonces? Traigo un frasco de alcohol, magnesia y polvos de arroz –dije, leyendo la boleta.
–Esta no es la puerta de servicio. Salga –dijo, arrancándome de las manos la boleta y mirándola–. Vaya hasta la esquina. Allí lo atenderán.
Me hubiera gustado estrangular a esa nena; era blanca y suave como un ángel de porcelana que una vez vi en el escaparate de una santería.
–¿No son todas las puertas iguales?
–Todas –respondió–, salvo la del cielo.
–¿Y entonces, por qué no recibe el paquete y lo paga?
–Porque no tengo plata para pagar cuentas. Tengo plata para regalar o perder.
–¿Regalar a quién?
–Regalar a cualquiera que no sea de mi familia ni de mis amistades.
–¿Perder cómo?
–¿Perder? De mil maneras.
Del bolsillo de su delantal sacó un monedero con plata, puso las monedas en fila sobre el escalón.
–Las monedas se pierden jugando para tirar a la suerte –me dijo–, en las fuentes o en cualquier parte, la cuestión es que se pierden. ¿Para qué sirven?
Me pareció un poco menos repelente y le dije:
–Adiós, Micifus.
–Me llamo Aurora —contestó con voz autoritaria.
–¿Qué culpa tengo yo si tiene ojos de gato? ¿Se enoja?
No me contestó y subió saltando la escalera.
Durante mucho tiempo no volví a ver a Aurora, por más que fuera de vez en cuando a la casa, a llevar mercaderías.
Cuando me despidieron de la farmacia Firpo, conocí a Cuchillito y a Torno. Nos entendíamos, no puedo decir como hermanos, dada la trifulca que tuve con los míos; nos entendíamos como amigos inseparables, eso quiere decir que a veces no nos mirábamos la cara delante de la gente sin reírnos como locos. La verdad es que todo era una diversión. No tardé en hablarles de la casa de Aníbal Celino y de Aurora, al pasar por la calle Canning. Les enumeré los objetos que yo había visto allí. ¡Fue un verdadero inventario! porque ninguna de las riquezas del palacio había pasado inadvertidas para mí. Cuchillito me miró sin ánimo:
–¡Cuánto cachivache! ¿Y para qué los queremos? –dijo.
Pero a Torno, que es más entendido, se le iluminaron los ojos y susurró, con esa voz que sonaba como un silbido en la noche:
–A cualquier hora, entraremos esta semana.
Comimos cada uno ocho helados y entramos en el Jardín Zoológico, a mirar los monos. El sol pelaba. Nos detuvimos a oír la musiquita de la calesita, porque a Torno le gusta cualquier musiquita. No es extraño: el padre tocaba el bandoneón. Planeaba, como pensando en otra cosa, el asalto.
Durante varios días, como era nuestra costumbre, anduvimos vagando por el barrio, donde queda la casa. Un día entero estuve sentado sobre los restos del paredón roto de un baldío viendo el movimiento de la gente que salía y entraba. No había vigilante en la esquina, por suerte. El único peligro, tal vez, era el silencio de esa manzana. El calor me obligó a quitarme la camisa: nadie me dijo nada, porque sudar vuelve distraída a la gente.
Por fin llegó la noche esperada. Yo tenía que entrar primero en la casa, porque la conocía y porque soy menos nervioso. Cuchillito y Torno quedarían afuera, escondidos detrás de las plantas, con una bolsa vacía, donde pondríamos los objetos adquiridos. Yo tenía que avisarles, con un chistido de lechuza, si convenía que ellos entraran. Comimos aquella noche a las mil maravillas, con vino tinto, y grapa al final. Nos costó cara la fiesta.
Después de algunas discusiones sobre la hora conveniente para entrar en la casa de Aníbal Celino, consultando el reloj cada cuarto de hora, nos encaminamos hacia la calle Canning y nos detuvimos frente al jardín de nuestra casa, como si nos hubiésemos perdido. Bruscamente Cuchillito y Torno saltaron la verja del jardín y se escondieron entre unas plantas. Yo me guarecí en la oscuridad de la entrada, con la ganzúa ya en la mano. La cara brillante del león que mascaba el aro me distrajo un instante de mi tarea; se abrió de improviso la puerta. Retrocedí de un salto y me escondí entre las plantas, pero la puerta permaneció abierta. Durante un tiempo larguísimo un reloj dio las horas con variadísimas campanadas, luego el cuarto y luego la media hora. Esperé, arañándome el tobillo, con una maldita rama, que algo sucediera. Nada sucedió; silencio tras silencio, carcomiéndome los ojos de sueño, hormigas subiéndome por las piernas hasta el ombligo. Esperé otro cuarto de hora y me acerqué a la puerta que permanecía abierta. Entré en la casa y encendí la linterna. Hice girar el redondel de luz a mi alrededor y lo detuve sobre la escalera: en uno de los escalones estaba sentada Aurora. Creo que fue la primera vez en mi vida que me asusté: parecía una verdadera enana, porque llevaba puesto un camisón largo y el pelo recogido en la punta de la cabeza. Como si me hubiera esperado, se me acercó y me dijo al oído:
–Usted es el Señor. Hace mucho que lo espero.
Empecé a temblar y le pregunté en secreto:
–¿A quién espera?
Entonces, como si no escuchara lo que yo le estaba diciendo, me dijo agitando una de sus patas que parecía de gato que se limpia la cara:
–Clotilde Ifrán me espera.
–¿Quién es Clotilde Ifrán? ¿Dónde está?
–Está en el cielo. Es una adivina que me leyó las manos. Cuando murió estaba acostada en una cama preciosa, en su tienda. Era corsetera. Hacía fajas y corpiños para señoras y tenía los cajones de su cuarto llenos de cintas celestes y rosadas, elásticos y broches, botones y encajes por todas partes. Cuando yo iba a su casa con mamá y la esperaba, me dejaba jugar con todo y a veces, cuando yo no iba al colegio, y mamá iba al teatro o Dios sabe dónde, me dejaba en la casa de Clotilde Ifrán, para que ella me cuidara. Y entonces sí que me divertía. No sólo me daba bombones y me dejaba jugar con las agujas, con las tijeras y con las cintas, sino que me leía las manos y me tiraba las cartas. Un día, que estaba echada sobre la cama, pálida como un susto, me dijo: “El Señor vendrá a buscarme, también vendrá por ti: y entonces nos encontraremos en el cielo”. “¿Y nos divertiremos como nos divertimos acá?”, le pregunté. “Mucho más, me respondió; porque el Señor es muy bueno.” “¿Y cuándo vendrá a buscarme?” “No sé ni cuándo ni cómo, pero luego echaré las cartas para saberlo”, me respondió. Al día siguiente unos enormes caballos negros la llevaron a la Chacarita en un coche lleno de adornos negros, con flores y no la vi más, ni en sueños. Usted es el Señor del que ella siempre me hablaba, para el cual no había puertas. Usted quiso probar mi lealtad, ¿no es cierto?, cuando trajo aquel paquete de la farmacia Firpo. Usted es el Señor, porque tiene barba crecida.
–He de ser, si usted lo dice.
–Un Señor, al cual tenemos que dar todo lo que tenemos.
–Llevaremos cosas brillantes y bonitas, ¿no es cierto?
–Pondremos todo adentro de una canastita de picnic. Espéreme.
Aurora volvió con una canastita. Entramos en la sala. Aurora se subió a una silla y de arriba de un mueble buscó una llavecita. Abrió la vitrina y fue sacando objetos que iba mostrándome. Cuando la canastita estuvo llena, cerró la vitrina con llave.
–Ya está –dijo Aurora.
En ese momento Aurora elevó la voz. Con temor dije:
–Tenga cuidado. No haga ruido.
–Mamá toma píldoras para dormir y a papá no lo despierta ni un trueno. ¿Quiere que le eche las cartas? Haré con usted lo que Clotilde Ifrán hizo conmigo. ¿Quiere?
De un salto bajó la escalera y me trajo un mazo de naipes; se sentó en uno de los escalones.
–Así echaba las cartas Clotilde Ifrán.
Aurora mezcló las cartas, las colocó en fila, una por una, sobre tres de los escalones. El vaivén de sus manos empezó a marearme. (Temí dormir: es el peligro de mi tranquilidad.) Le propuse que fuéramos a la sala, pensando en los objetos que yo tenía que recolectar, pero no me escuchó; con su voz autoritaria, empezó a enseñarme el significado de las cartas.
–Este rey de espadas, con la cara muy seria, es un enemigo suyo. Lo está esperando afuera; van a matarlo. Este caballo de espadas, también lo está esperando. ¿Usted no oye los ruidos que vienen de la calle? ¿No oye los pasos, que van acercándose? Es difícil esconderse en la noche. Porque en la noche todos los ruidos se oyen y la luz de la luna es como la luz de la conciencia. Y las plantas. ¿Usted cree que las plantas pueden ayudarlo a uno? Son nuestras enemigas, a veces, cuando llega la policía, con las armas desenvainadas. Por eso Clotilde Ifrán quería llevarme con ella. Hay muchos peligros.
Quería irme, pero un sopor como el que siento después de haber comido, me detuvo. ¿Qué pensaría Torno, el jefe? Como un borracho me acerqué a la puerta y la entreabrí. Alguien hizo fuego; caí al suelo como un muerto y no supe más nada.


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