lunes, 27 de marzo de 2017

La tarjeta postal

Norma Lazo


La tarjeta postal llegó la mañana invernal del 14 de enero. Iba dirigida a Eloísa Laffitte, anterior inquilina del departamento 3-C del edificio marcado con el número 238 de la calle Eugenio Sue. La tarjeta postal destacaba en el buzón de correspondencia porque lucía un toque antiguo: dos niños rubios, de mejillas abultadas y sonrosadas, señalaban hacia el cielo, a través de una ventana escarchada con nieve, a un trineo que se dirigía a la estrella más grande y brillante de todas. Al lado de los niños sobresalía un árbol de navidad cargado de esferas y moños rojos.
Eloísa Laffitte había vivido en ese departamento hacía casi dos años. El Nuevo Inquilino se sorprendió al recibir la tarjeta postal entre su correspondencia. Él vivía anteriormente en la planta baja pero siempre quiso mudarse al departamento de Eloísa. Envidiaba la pequeña terraza que da a la calle, pletórica de luz, con plantas exuberantes colgando de los barandales. El Nuevo Inquilino no recordaba en qué momento Eloísa había abandonado su departamento, sin embargo, tiene clara la mañana que vio al portero colgando el letrero de “Se renta” en los barandales de la terraza. Entonces le pidió que no lo colocara; él lo apartaría desde aquel instante.
La tarjeta postal contenía un mensaje personal: “Eloísa, hija mía, siento tanto remordimiento por todo lo que te hicimos, espero que algún día puedas perdonarnos. Feliz navidad”. Cuando el Nuevo Inquilino leyó la nota intentó recordar a Eloísa para así reconocer las cicatrices de eso que su madre, y alguien más, le habían hecho. Extrañamente sólo recordó una sombra: una silueta bajando las escaleras a toda prisa, regando las plantas de su terraza, entrando sigilosamente al departamento con las manos ocupadas con los bultos del supermercado, alejándose rápidamente en su automóvil compacto. Lo que el Nuevo Inquilino sí recordaba nítidamente eran las manos de Eloísa: pequeñas, de uñas cortas al ras de los dedos, de un blanco marmóreo que resaltaba con los vestidos oscuros y de manga larga que solía usar. Le vino a su mente la imagen de las pequeñas manos trabajando en las plantas de su terraza, acomodando hojas y flores con delicadeza.
El Nuevo Inquilino del departamento de Eloísa supuso que el mensaje de la tarjeta postal era importante y debía hacérsela llegar. Cualquier cosa que su madre le hubiera hecho, por grave que fuera, merecía el perdón. Se tomó como empresa personal que la tarjeta postal llegara a manos de Eloísa. El Nuevo Inquilino interrogó a la anciana del departamento 3-A, quien vive enfrente al que ahora es su departamento. La anciana jamás vio a su vecina. Salía muy temprano en la mañana y volvía ya entrada la noche. Luego, la anciana arrugó su rostro arrugado de por sí e intentó reconstruir un vago recuerdo. Alguna madrugada en la que no lograba dormir la escuchó llegar a su departamento, se asomó por la mirilla de la puerta y alcanzó a verla de espaldas. Eloísa tenía el cabello rubio –como los niños de la tarjeta postal– y le llegaba casi a la cintura.
El Nuevo Inquilino habló con el portero. Si alguien sabe todas las minucias y los rumores de los arrendatarios de un edificio, ése es el portero. A pesar de ello tampoco pudo contarle mucho respecto a Eloísa. Ella jamás dejó de pagar puntualmente el mantenimiento pero acostumbraba dejarle el dinero dentro de un sobre y arrojarlo por debajo de la puerta. Él hacía lo mismo con los recibos. En varias ocasiones el portero arregló los electrodomésticos de Eloísa. El voltaje del edificio cambiaba bruscamente y no era raro que los aparatos se descompusieran, no obstante, ella le encomendaba los duplicados de las llaves de la misma forma que el dinero del mantenimiento. El Nuevo Inquilino le preguntó al portero cómo lucía Eloísa en las fotografías que con seguridad tendría en la sala del departamento, cuando aún vivía allí. El portero, haciendo gala de buena memoria, le aseguró que no había un solo retrato en la estancia o en las recámaras. No podría describirla físicamente. Lo que sí podía decirle es que tenía un gato gris de nombre Carroll –lo que supo por la placa que colgaba del cuello de la mascota– y que jamás puso un árbol de navidad mientras vivió en el edificio. El Nuevo Inquilino receló de la certeza con la que el portero aseveraba que Eloísa jamás había puesto un árbol de navidad. Pese a la desconfianza, el portero tenía razones de peso para confirmarlo. Durante las fiestas decembrinas se recrudecen los problemas de voltaje por el exceso de guías con foquitos y adornos luminosos. La mayoría de las veces que el portero hacía arreglos en el departamento de Eloísa era a mediados y finales de diciembre.
El Nuevo Inquilino volvió a leer la tarjeta postal: “Eloísa, hija mía, siento tanto remordimiento por todo lo que te hicimos, espero que algún día puedas perdonarnos. Feliz navidad”. El Nuevo Inquilino sintió pena por no haber conocido a Eloísa. Le pidió al portero que investigara con el dueño del departamento si conocía alguna dirección donde localizarla o los datos del fiador que sin duda sabría su domicilio actual. El portero prometió hacer su mejor esfuerzo sin obligarse a nada.
El Nuevo Inquilino del departamento de Eloísa intentó imaginarla caminando por la espaciosa estancia. No pudo hacerlo. Lo único que logró fue dotar a la sombra de una cabellera rubia y de pequeñas manos níveas que acomodaban con delicadeza las plantas en la terraza. Cuando él ocupó el departamento estaba completamente vacío. Eloísa lo entregó limpio, en excelentes condiciones y sin ningún detalle que revelara su paso. El Nuevo Inquilino caminó por el departamento sin dejar de pensar que anteriormente fue el departamento de Eloísa. Observó cada habitación. Intentó adivinar dónde colocaba sus objetos personales. Seguramente acostumbraba guardar los cosméticos y la secadora de pelo bajo el lavabo del baño, junto a las toallas femeninas. Mientras fantaseaba en el cuarto de baño, el Nuevo Inquilino creyó verla cruzar el pasillo que conecta a la recámara del fondo con la estancia; aunque tampoco podría asegurarlo.
Pasaron varios días sin que la sombra de Eloísa dejara de perturbar al Nuevo Inquilino. Sujetaba por horas la tarjeta postal. Los niños rubios de mejillas abultadas y sonrosadas atisbaban con ilusión el trineo acercándose a la estrella más grande. Sus sonrisas emocionadas reflejaban la sorpresa de haber visto el transporte del huidizo San Nicolás. Pensó en Eloísa como uno de esos niños rubios que probablemente colgaron los adornos rojos en el pino natural. Se preguntó si Eloísa niña prefería los adornos rojos; él se inclinaba por los dorados aunque la estrella de la rama más alta siempre fuera plateada. El Nuevo Inquilino especuló que quizás, ya desde la infancia, Eloísa había perdido toda ilusión por los árboles de navidad.
El lunes 27 de enero el portero tocó a la puerta del departamento del Nuevo Inquilino. Éste, al reconocerlo por la mirilla, abrió emocionado. Estaba seguro que le traía noticias del paradero de Eloísa. El portero lo puso al tanto: había hablado con el propietario del departamento quien, en tono tajante, le había dicho que sólo vio a Eloísa la tarde que le entregó las llaves. Solamente recordaba su cabello, prematuramente canoso, cubriéndole la mayor parte del rostro mientras agarraba con timidez los juegos de llaves. Eloísa no dijo mucho. Quizás un “gracias” más bien murmurado. Tampoco aceptó una taza de café y estuvo en la casa del dueño sólo lo necesario.
El Nuevo Inquilino se dio por vencido. Decidió que era momento de seguir con su vida a pesar de que la sombra de manos blancas como la nieve siguiera deambulando por las habitaciones del departamento. No quiso conservar la tarjeta postal. La colocó en un sobre en el que anotó la dirección del remitente. Dentro puso una nota de su puño y letra: “Eloísa no los perdonará”. El Nuevo Inquilino caminó a la oficina de correos para enviar de regreso la tarjeta postal.


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