lunes, 20 de marzo de 2017

Las joyas de la señora Mont

Manuel Ángel Echevarría


Los esposos Mont vivían con el sereno orgullo de un abolengo a conciencia, prestigioso y superior. El matrimonio era opulento. Residía en San Miguel, una vía que, a pesar de la democracia y el comercio en confundida vecindad, aún conserva un resto de la aristocracia habanera; un resto que subsiste a través de la política, el azúcar, el tabaco y otras industrias.
Juan Luis Mont, caballero de letras, negocios y salones, era generoso y honrado; celoso e irritable, si bien estos últimos extremos cobraban a su instancia gradual disimulo… Tenía una famosa distinción condicional, figura elegante y amplia actuación. Era inteligente y practicaba el bien… Clementina, su esposa, escala comparativa de virtudes, era bella y constituía por su gusto –bautizado como bueno en la pila de las apreciaciones más justas– una mujer tan elegante, que podía tomársela por patrón, y por sus maneras –ejemplarmente catalogadas por sus admiradores– como dama del todo imitable: “Tan refinada, preciosa, embriagadora e interesante…” Tenía la señora de Mont una famosa colección de joyas valiosísimas; los ojos claros como un amanecer primaveral, el cabello color de caoba, las manos finas, las carnes sólidas, la piel rosada y el andar sereno. Era apasionada y reflexiva, sonriente y delicada. Usaba en el baño perfumes ingleses. Tenía la boca ardiente; unas ojeras naturales de pasmante originalidad y –algo extraordinario, silenciosamente apreciado por su esposo– concepto del sacrificio y del honor…
Los esposos Mont pasaban el verano en Suiza y los calores de nuestro otoño en un hermoso chalet de “La Coronela”, con unos familiares de atracción intransigente y detonante.
Cuando empezaba el invierno, después de la apetitosa alegría de las Pascuas, los Mont se disponían al regreso a su casa, y coincidía su llegada a San Miguel con la iniciación del año.
La sociedad se movía en nuevas y vigorosas admiraciones hacia Clementina y sus ricas joyas. Aquello era regularmente de una impetuosidad incontenible… Se hablaba de esas alhajas, muestras de antigua y refinada orfebrería, como de un tesoro incomparable. Hombres y mujeres, al contemplar la colección, quedaban en un éxtasis especial. No se sabía a ciencia cierta si esto era obra de arrobadora contemplación o de generalizada envidia.
Una noche de persistente llovizna, cerca del alba, Juan Luis y Clementina volvieron a su casa de una fiesta a la cual fue ella con la seducción de todos sus primores. Juan Luis estaba irritado. Al entrar en la alcoba de su mujer, ésta se desnudaba ante un espejo. Penetró en la habitación con paso firme, y fue a sentarse en la banqueta del tocador.
Clementina se preparó a escuchar inquietantes palabras… Se acercó a su marido, aquel Juan Luis tan propicio a la fiereza cuando se le llenaba el espíritu de celos, y le pasó su sedosa mano por la cabeza, un tanto calva por su edad y la experiencia.
–¿Qué tienes? ¿Por qué te pones así, vida mía?
Juan Luis, silencioso como el enigma, se inclinó y puso la frente en las manos, apoyando los codos en las piernas. Clementina le bañó en ternuras.
–No seas cruel. Te adoro con todas las fuerzas de este pobre corazón mío, que vive en torturas… ¡Háblame! ¡Dime! ¿Qué tienes? ¿Qué quieres?
Y le besaba en los ojos y le apretaba contra su amoroso pecho.
Juan Luis se reanimó.
–Estoy harto, mi Clementina; harto de la admiración que te dispensan las gentes, del continuo requiebro de los hombres… Quisiera que nadie, viéndote mía, te dijera nada. Para eso estoy yo…
Clementina rio con el esfuerzo de ocultar unas lágrimas que despintaron sus mejillas.
–¡No dudes de mí, amor mío! ¡Estamos el uno para el otro!
Y la escena, muy repetida en la intimidad de los amantes, terminó como de costumbre. Se abrazaron en una inconsciencia de ensoñaciones y pasaron una noche muy feliz…
Por la mañana, Juan Luis estaba convencido y sonriente. Pero poco duró esta dicha. El señor Mont era supersticioso. Al salir de su casa se encontró con dos sacerdotes de La Salud y tuvo el presentimiento de una desgracia.
Anochecía cuando supo que estaba al borde de una ruina, y en la tarde del siguiente día quedó enterado de un gran desfalco en sus negocios y de otra pérdida, aún mayor, de intereses. Sólo fueron capaces de volverlo a la tranquilidad y a la esperanza las ternuras y los labios de su esposa, aquella Clementina, que era una Mujer.
Mas ya era comentario popular su estado. En sociedad, se decían muchas cosas. No faltó esposa o amante que pidiera a su hombre la adquisición de las joyas de Clementina. Una amiga de la señora Mont habló con ella y le hizo saber que era obstinado y común propósito –un propósito casi nacional– el obtener y lucir aquellas alhajas. Ella sonrió. Y objetó que el momento económico de su marido no afectaría ni superficialmente el estado de los Mont. “Se trata de unas pequeñas operaciones sin importancia”. “El mundo, desde la vida de Cristo hasta la caridad americana, lo multiplica todo… y ello por vicio e ignorancia más que por justa y oportuna apreciación de los sucesos…
Pasaron dos semanas. En la situación del matrimonio se acentuaba una catástrofe inevitable. La sociedad, ansiosa de ruinas, comentaba aquello entre lamentaciones que pudieron tomarse como una propensión a expectar ocurrencias satisfactorias… Pero ninguna ciudadana tuvo el placer de adquirir las codiciadas joyas de Clementina.
Juan Luis pasaba las noches en vela, hilvanando proyectos de amparo; calculándolo minuciosamente todo. Había celebrado unas entrevistas con personas de su mejor amistad, entre las que descollaba por fuerza de prestigio y discreción, amén de riquezas, un señor Muñiz, que pignoraba valores, se dolía de una arraigada nefritis y guardaba en el silencio de sus cosas íntimas una fogosa adoración, un amor añejo y santo hacia Clementina de Mont, cuyo cuerpo, de líneas perfectas y seducciones insufribles, contemplara en repetidos sueños.
Y la señora de Mont lo sabía, aunque sin darle importancia a la noticia. Muñiz le había confesado aquel fervor con la osadía de sus decisiones, de palabra y en cartas que el sonriente desprecio de una mujer honrada redujera a nada por el olvido y por el fuego.
En aquellas reuniones, celebradas con la orientación de un salvamento, si hubiera estado un fisiólogo de sutil observación, habría visto cómo por el organismo de Muñiz corría, produciendo grato escozor, la sensación de un ensueño…
Las entrevistas fueron buenas; pero los esposos Mont seguían teniendo una perspectiva lacrimosa.
Sin embargo, se presentó un día en que a las caricias del crepúsculo, Juan Luis pudo hablarle a su esposa de un negocio a celebrar ventajosamente en Camagüey, entre él y una firma importante; negocio que ya requería el complemento de un dinero que debía salir de la pignoración de sus joyas.
–Quiero que seas tú misma quien realice esa operación. Una mujer merece por sí mejores consideraciones que un hombre. Haz cuanto puedas por que de ello nadie sepa nada… Emplea todas tus condiciones.
Clementina aceptó y se apresuró a decir:
–Veré al señor Muñiz. Es persona discreta y nos distingue como buenos amigos.
Fue esta la única vez que Clementina pudo ver en Muñiz a un hombre atractivo, digno de toda estimación. A Juan Luis no le gustó aquello. Se mostró serio, preocupado. El momento era propio para las confesiones, y el señor Mont se confesó:
–Soy sincero al decirte que no me agradaría eso de ver a Muñiz. Francamente, alguna vez quise ver que ese hombre estaba enamorado de ti. Sólo esa confianza en que te envuelvo, sólo esa fe que en ti tengo, mi Clementina, borró de mi mente imágenes horribles. Pero…
Ella le acarició amorosamente:
–No seas malo, corazón. Que esa fe no muera. El señor Muñiz es quien más puede darnos por las joyas y quien más tiempo puede esperarnos para salir de ese empeño.
Hubo un largo beso y una sincera aprobación al claro de la luna.
Clementina de Mont vio al señor Muñiz con la facilidad y la prontitud que logran en los negocios las mujeres y volvió a su casa con una salvadora cantidad de dinero; era un capital…
Juan Luis pasó al par de la satisfacción que aquello le producía, por un instante doloroso, horrible. Pensaba con acierto que ante él su mujer valía por el valor de sus condiciones, pero que ante la sociedad, cuyas pupilas van al aspecto de las gentes y las cosas, su Clementina encantadora sólo valía por el valor inapreciable de sus joyas. Y le pidió a Dios con fervor y devoción inusitados que le ayudara a salvar a su esposa, salvando su prestigio y su dinero.
Dios, atento por costumbre a las más justas peticiones, le oyó sin vacilar…
Juan Luis Mont, henchido de gozo y consoladoras esperanzas, fuese a Camagüey con la perspectiva de un negocio magistral. Nunca habíase sentido más animado ni más dichoso con el amor de su mujer.
El señor Muñiz, ya un salvador, canonizable, soñador de gustos especiales, días después le suplicó por teléfono a Clementina el favor de una entrevista en su despacho. La señora acudió serenamente y recibió el testimonio de unas distinciones extraordinarias, bien merecidas. La entrevista no ocupó tiempo. Se trataron puntos concretos.
–Querida amiga mía –interesó sonriendo el señor Muñiz–: Usted puede, si su amabilidad lo quisiera, tomar hoy mismo sus alhajas, sin darme un solo centavo. Ya lo sabe usted: soy persona decente, discreta; un intachable caballero…
Le tomó una mano a la dama e hizo, entre aguzadas dulzuras, la proposición definitiva… Ella lo preveía todo. No se sorprendió. Pero sometió aquello a profundas consideraciones.
–Decídase, Clementina preciosa. Se trata de una cosa brevísima, disimulada, silenciosa… Esta tarde…
La señora de Mont, sentada casi enfrente de Muñiz, tenía la cabeza inclinada, viéndole al comerciante los enormes pies, probablemente descuidados. Bullían en su cerebro las apreciaciones más concretas de las cosas. Sus ojos claros, serenos, dulces como lagos en sueños, contemplaron aún más las extremidades del pignorador. Y cuando, pasados unos minutos, levantó aquella su hermosa cabeza de mujer excepcional, las pupilas codiciosas del señor Muñiz vieron en su boca una sonrisa…

***

Ya de noche, en su casa de San Miguel, Clementina halló en el “boudoir” un despacho telegráfico de Juan Luis. Había tomado el tren, rumbo a La Habana.
El telegrama no era más que la noticia de su precipitado regreso. En aquellas palabras sin cohesión gramatical no expresaba el señor Mont sus inquietudes. El negocio era bueno; pero no había sido terminado. Finalizaría en un mes. Juan Luis desesperaba, se hundía en preocupaciones. Las joyas de Clementina, retenidas en una caja fuerte, alejadas de la contemplación de sus amigos, anunciaban en público los efectos de una ruina indiscutible. Se decía el señor Mont: “Y que este dichoso negocio tarde en realizar… ¡Qué situación!” En el tren Juan Luis deseaba sinceramente que así como el convoy corría por los campos, pasara aquella depresión por su vida, sin causar estragos…
En la Estación Terminal, la noche siguiente, su Clementina, divina mujer, que tenía entre otras preciosidades el concepto de la exigente sociedad y del honor, le esperaba con un beso de nuevas dulzuras en los amantes labios.
A su arribo, el señor Mont no podía ocultar sus amarguras. Entre los viajeros que se apresuraban a tomar La Habana, la alegre y bulliciosa ciudad, llegaba Juan Luis pálido, presuroso, a encontrar a su esposa. La halló en el Gran Salón, radiante de belleza y elegancia, con su valioso y deslumbrante aderezo en envidiable exposición.
Juan Luis se lanzó a sus brazos. La pegó al corazón con la fuerza de una alegría insoñada, más bien una profundamente tranquilizadora felicidad.
Ella pudo haber estado avergonzada, pero él no lo notó lo suficiente para reprocharla… y sus labios trémulos, melosos, felices, pronunciaron su dicha:
–¡Mi adorada Clemen! ¡Eres la mujer superior por excelencia! ¡Y tus joyas: la salvación de mi vida! Hoy te quiero más…
Clementina finalizó el efusivo coloquio con verdadera sencillez:
–Fue una operación muy fácil, amor mío. Podemos pignorarlas otra vez…


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