viernes, 10 de marzo de 2017

Magush

Silvina Ocampo


Una bruja tesálica adivinó el destino de Polícrates en los dibujos que al retirarse hacía el mar en la orilla de la playa; una vestal romana adivinó el de César en un montoncito de arena que rodeaba una planta; el alemán Cornelio Agripa se sirvió de un espejo para adivinar el futuro. Algunos brujos actuales leen el destino en las hojas de té o en la borra del café del fondo de una taza, algunos en los árboles, en la lluvia, en las manchas de tinta o en la clara de huevo, otros simplemente en las líneas de las manos, otros en bolas de cristal. Magush lee el destino en el edificio deshabitado que está frente a la carbonería en donde vive. Los seis enormes ventanales y las doce ventanitas del edificio vecino son como barajas para él. Magush jamás pensó en asociar ventanas y barajas: a mí se me ocurrió la idea. Sus métodos son misteriosos y sólo dan cabida a una relativa explicación. Me dijo que durante el día difícilmente puede sacar conclusiones, porque la luz perturba las imágenes. El momento propicio para realizar el trabajo es la caída del sol, cuando se filtran por las celosías de las ventanas interiores del edificio ciertos rayos oblicuos, que reverberan sobre los vidrios de las ventanas del frente. Por ese motivo siempre cita a la misma hora a sus clientes. Yo sé, lo he sabido después de muchas averiguaciones, que la parte más alta del edificio revela los asuntos del corazón, la parte baja, las cuestiones de dinero y de trabajo y la parte central, los problemas de la familia y el estado de salud.
Magush, a pesar de tener apenas catorce años, es amigo mío. Lo conocí por casualidad, un día que fui a comprar una bolsa de carbón. No tardé en intuir su genio adivinatorio. Después de algunas conversaciones en el patio de la carbonería (rodeados de bolsas de carbón, muriéndonos de frío), me hizo pasar al cuarto donde trabaja. El cuarto es una suerte de pasillo, tan frío como el patio; desde ahí, cómodamente, a través de una combinación de claraboyas con vidrios de colores y de una ventana angosta y alta, como para alojar una jirafa, se divisa el edificio de enfrente, con su fachada amarillenta marcada por las lluvias y el sol. Después de estar un rato en ese cuarto comprobé que el frío desaparecía y lo reemplazaba una agradable sensación de calor. Magush me dijo que aquel fenómeno se produce en los momentos de adivinación y que no es el cuarto sino el cuerpo el que absorbe aquellas irradiaciones tan benéficas.
Conmigo Magush tuvo deferencias extraordinarias. Me dejó mirar, personalmente, a la hora propicia, una por una, las ventanas del edificio. (A veces se veían escenas indescifrables; en ese sentido, al principio anduve con suerte.) En una de ellas vi, para mal de mis pecados, a la que fue después mi novia, con mi rival. Ella llevaba puesto el vestido rojo que me deslumbró y la cabellera suelta, retenida con un pequeño moño, sobre la nuca. Por haber visto ese detalle yo debía tener ojos de lince, pero la claridad de la imagen se debe a la magia que la rodea y no a mi vista. (A esa misma distancia he alcanzado a leer cartas o recortes de diarios.) Allí vi la escena penosa que después tuve que sufrir en carne propia. Allí vi aquel lecho cubierto de colchas rosadas y las señoras horribles que entraban y salían con paquetes. Allí, en los vidrios del poniente, vi los paseos al Tigre y al río Luján. Allí estuve a punto de estrangular a alguien. Después, cuando fui al encuentro de esos acontecimientos, la realidad me pareció un tanto descolorida y mi novia tal vez menos hermosa.
Pasadas aquellas experiencias disminuyó mi interés por llegar a mi destino. Consulté con Magush. ¿Era posible evitarlo? Abstenerse de vivir ¿era posible? Magush, que es inteligente, pensó en la conveniencia de intentar esto. Durante algunos días no me separé de su lado. Me entretuve viendo imágenes, absteniéndome de buscarlas y de vivirlas. Magush me dijo que por tratarse de nuestra amistad, que era de tantos años, hacía una excepción: que a nadie le hubiera permitido esa conducta. Me entretuve viendo mi destino en aquellas ventanas y las artimañas que empleaba Magush con clientes a quienes engañaba, entregándoles mi destino como si fuese el de ellos.
–Es más prudente que alguien viva tu destino inmediatamente, a medida que va apareciendo en las ventanas. No vaya a ser que después te busque: el destino es como un tigre cebado, que acecha a su dueño –me decía Magush, y para tranquilizarme agregaba–: Un día, tal vez, no haya más nada para ti en esas ventanas.
–¿Moriré? –interrogaba yo con cierta inquietud.
–Necesariamente, no –respondía Magush–. Puedes vivir sin destino.
–Pero, hasta los perros tienen destino –protesté yo.
–Los perros no pueden evitarlo: son obedientes.
Sucedió, en parte, lo que Magush había pronosticado y viví por un tiempo aburrido y tranquilo, dedicado a mi trabajo, pero la vida me atraía y la añoré, junto a Magush, contemplando el edificio. Aún no se habían extinguido las figuras dedicadas a esclarecer mi destino. En cada una de las ventanas nos sorprendieron a veces inextricables composiciones nuevas. Tétricas luces, fantasmas con caras de perros, criminales, todo indicaba que no convenía que aquellos cuadros que estaba viendo llegaran a ser reales.
–A quién le agradaría vivir estas desdichas –dije a Magush, que resolvió aquel día, para distraerme, hacer de consultante y de adivino a la vez. Empecé a ver luces de Bengala, títeres, farolitos japoneses, enanos, personas vestidas de oso y de gato. Con hipocresía le dije:
–Te envidio. Quisiera tener catorce años.
–Te cambio el destino –me dijo Magush.
Acepté, aunque su proposición me pareciera atrevida. ¿Qué haría con esos enanitos? Hablamos demasiado tiempo de las dificultades que podían acarrear las diferencias de nuestra edad. Perdimos tal vez la fe que necesitábamos.
Nuestro proyecto no se cumplió. Los dos perdimos la ocasión de satisfacer nuestra curiosidad.
A veces reincidimos en la tentación de intercambiar nuestro destino; hacemos algunas tentativas, pero siempre vuelve a ocurrir el mismo impedimento: si se piensa en las dificultades que Magush ha vencido resulta absurdo. No hace mucho estuve a punto de partir. Hice mis valijas. Nos despedimos. Las imágenes en las ventanas eran tentadoras. Algo me retuvo a último momento. Lo mismo sucedió a Magush; no tuvo valor para escaparse de la carbonería.
A mí me fascina siempre el destino de Magush y a él (por malo que sea) el mío, pero en el fondo lo único que deseamos los dos es seguir contemplando las ventanas de esa casa y regalar a otros nuestro destino, mientras no nos parezca extraordinario.


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