miércoles, 26 de abril de 2017

El huésped

Luigi Pirandello


¿Será bastante?
Las tres hermanas Borgianni, Santa, Lisa y Angélica, se veían unas a otras con miradas interrogativas. Durante tres días se habían atareado preparando el opíparo banquete.
Santa, la menor, era más alta que Angélica, y ésta más alta que Lisa, la mayor. Las tres, fornidas y bien dadas, rivalizaban con sus hermanos, que eran de estatura gigantesca y de configuración hercúlea.
“¡La familia Borgianni; ocho columnas!”, como al hermano menor, Mauro, le gustaba exclamar.
Tres hermanas y cinco hermanos: Rosario, Nicolás, Titto, Lucas y Mauro, en orden cronológico.
Rosario y Nicolás trabajaban en el campo; Titto se encargaba de una planta de azufre cerca de Aragona; y Lucas era contratista de obras públicas en toda la región.
Mauro era un apasionado de la caza, la cacería era su única ocupación.
Rosario Borgianni tenía fama de carácter violento, se volvía una fiera cuando se enojaba. Contaban que había sido el protagonista de las más descabelladas aventuras en los días terribles de los contrabandistas; pero, naturalmente, con el tiempo, estos cuentos se habían ido elaborando de tal manera, que Rosario se había vuelto una figura legendaria.
Una de sus hazañas más célebres fue la vez en que había desafiado a doce de los más sanguinarios bandidos y acabó con ellos en un santiamén. ¡Un tanto exagerado! La verdad del asunto era que habían sido cuatro los bandidos; mató a dos cerca de su casa y, a los otros dos, por el camino que va de Aragona a Comitini.
También se contaban anécdotas divertidas de Mauro.
Un día, andando de caza, se cayó de la cima del Monte delle Forche y botó, como una pelota, tres veces sobre tres rocas y, cada vez, agitando su escopeta en el aire, exclamaba: “¡Qué bueno que soy bailarín!”
Los únicos daños y perjuicios que resultaron de este memorable suceso fueron la fractura de la pierna derecha y un ligero choque cerebral, aunque esto no dejó huella notable.
En otra de sus excursiones, divisó tres o cuatro gorriones posados sobre unas vacas que, sin cuidado, rumiaban en un pastizal.
Se agazapó y, sin hacer el menor ruido, se fue acercando a gatas; apenas llegó a buena distancia para tirarles, ¡zas!, les hizo fuego.
Al mismo instante, ¡quién había de saltar de una cerca, sino el infeliz pastor!
–¡Alto! –Ordenó Mauro con voz estentórea– ¡Si das otro paso, te mando muy lejos!
–Pero, señor Mauro, mi ganado…
–¿Qué no sabes, grandísimo tonto, que dondequiera que veo caza disparo?
–¿Aunque esté sobre las espaldas de mis vacas?
–Sí, aunque estuviera sobre la cabeza del Niño Dios, si tomo al Espíritu Santo por un pichón.

***

Uno pensaría que se preparaba un gran comelitón para treinta invitados, cuando menos; pero era solamente para uno y todavía ignorábase quién podría ser. Lo único que sabían era que llegaba a Comitini al día siguiente y que este agasajo se le debía por haber amparado a su hermano Lucas, el contratista, durante las dos semanas que permaneció oculto.
¿Por homicidio? Sí… mejor dicho, no; pero algo parecido. Sucedió de esta manera: Lucas Borgianni tenía el contrato para la construcción de la carretera entre Favara y Naro. Una tarde, después de la jornada, regresaba a su hogar, a caballo, cuando vio sobre la carretera, que iluminaba ya la luna, una sombra sospechosa. No cabía duda, allí estaba un individuo encapuchado. Afortunadamente, Lucas lo había visto a tiempo, o más bien, distinguido un capuchón. El pillo debería estar agazapado para evitar que le diera la luz de la luna que apenas aparecía tras la colina, a la izquierda.
–¿Quién vive?
Nadie respondió. Clic-clic; Lucas preparó su rifle para mayor seguridad. Un grillo comenzó su concierto nocturno. Volvió a enfrenar su caballo.
–¿Quién vive?
Silencio. El grillo seguía su canturreo.
–Contaré hasta tres –advirtió Lucas, poniéndose pálido–. Si no contesta, persígnese. Uno…
La figura ensombrecida no se movió.
–Dos…
La sombra permanecía inmóvil. El silencio no se rompía más que con el chirrido del grillo.
–Tres…
Se oyó un disparo. Algo saltó en el aire y Lucas huyó a todo galope.
Sus hermanos salieron a su encuentro, cuando llegó a la casa, lívido y jadeante.
–Escóndanme, escóndanme…
–¿Por qué, a quién heriste?
–No… no… lo maté.
–¿Mataste?… ¿a quién?
Sus hermanos lo llevaron casi en peso al sótano, mientras se aclaraba el asunto. Entretanto, salió Mauro para ver si no se había armado algún escándalo por el asesinato. Rosario y Nicolás esperaron con ansia, allí en el sótano, a que Lucas estuviera en condiciones para ser trasladado a un escondite más seguro; ya habían pensado en un lugar cerca de sus padrinos, en Comitini, adonde debería partir, a caballo, esa misma noche. Titto, armado hasta los dientes, salió al sitio descrito por su hermano, para ver de qué se trataba. Por fin, Lucas estaba listo para hacer el viaje; pero al siguiente día, al amanecer, apareció Titto.
–¿Qué pasó?
–¡Nada! No encontré más que una capa y un capuchón sobre el suelo. El hombre se ha de haber escapado, dejando su capa bien balaceada. ¡Lucas tira como un demonio! Pero debió haberlo herido de muerte, a juzgar por la capa. Pero no comprendo: dos agujerotes en el capuchón… Las balas deben haberle pasado por la cabeza… Entonces… ¿Cómo explicarse uno?
Pasaron tres días en angustiosa espera. Pero nadie en las cercanías supo dar razón del suceso; los vecinos no habían tenido noticia de que alguien hubiera sido herido, ni sabían de ninguna muerte violenta.
Hasta después de dieciséis días, para ser exactos, se supo lo acontecido. Un campesino, que trabajaba en las cercanías, había hecho uso de una mojonera para colgar su capa y su capuchón; pero al terminar la jornada, se olvidó de ellos, dejándolos allí. Esta roca cubierta era lo que Lucas tomó por un asaltante.

***

Ahora, he aquí el comelitón listo desde la noche anterior, luciendo sobre una enorme mesa en medio del comedor: las rosadas carnes de un lechón, criado con esmero, jugoso y bien sazonado, relleno de macarrón y listo para hornearse; seis liebres adornadas con perdices, que había cazado Mauro; dos soberbios pavos, menudo y salchichas, patas de ternera en gelatina, un imponente pescado en escabeche, un inmenso pastel, todo un regimiento de botellones repletos de ricos y añejos vinos, y un sinfín de varias frutas.
–¿Será bastante o no será?
Titto dijo que sí, Mauro que no; luego hicieron cuentas.
Somos ocho y el huésped nueve, con el mozo y la criada once. ¡Dios mío!, cada uno de nosotros come por cuatro y… y…
–No se apure –dijo Titto–, nuestro huésped no se quedará con hambre.
Esta conversación se oía a la  medianoche, alrededor de la mesa, porque los hermanos, los siete, guiados por el mismo impulso, habíanse levantado de la cama para ver cómo quedaba la mesa arreglada; entraron, uno por uno, como duendes, con sus blancos camisones, cada cual con una vela en la mano. Se había entablado una disputa entre Titto y Mauro; éste lo amenazó con una pata de liebre y el otro se le fue encima.
–¡Una serenata, una serenata! –exclamó Angélica oportunamente, porque su oído había captado las notas de unas mandolinas y una guitarra.
En efecto, se acercaba la música de una serenata callejera.
–¡Una mazurka, una mazurka! –aplaudió Santa al mismo tiempo. Cogió a su hermana del brazo, y las dos figuras, extrañas por sus largos camisones, empezaron a bailar.
Los otros siguieron el ejemplo. Lisa tomó a Titto, Rosario se emparejó con Nicolás, mientras Mauro, sin compañera, riéndose de buena gana, comenzó a hacer cabriolas con una liebre, cuyas orejas se agitaban al compás de la música.

***

Entre los besos, abrazos, preguntas que le llovieron al hermano que llegaba (la columna más imponente de la familia), nadie se fijó en un hombrecito de edad incierta, cubierta la cabeza con un sombrero negro de descomunales proporciones, sumido hasta el cogote y sostenido de los lados por las orejas que se doblaban bajo el peso abrumador. El pobrecito parecía conmovido con la demostración de afecto por parte de las ocho columnas, que ni siquiera le habían dirigido una ojeada, y se sentía fuera de lugar, pues era tan chaparro que (con todo y sombrero) no le llegaba al hombro a Lisa, a pesar de ser ésta la más baja de las tres hermanas.
–¡Ah! Un momento, un momento. Déjenme presentarles a don Diego Filina, conocido por todos como Schiribillo.
Por fin, Lucas se había acordado del huésped y sonrió, mientras le puso una mano protectora sobre el hombro.
–¡Cielo santo, qué chaparrito es! –Exclamaron las tres en coro, al posar sus ojos sobre el diminuto personaje–. ¿Conque Schiribillo?
–Un apodo, un apodo señoritas –y don Diego se quitó el sombrerazo, sonriendo humilde y confuso.
Sus miradas se tornaron compasivas al verlo sin sombrero, ni un solo cabello en el cráneo apiloncillado, reluciente con la luz.
No sabían ni qué decir. ¡Y pensar que éste era el anticipado huésped! ¡Ah, si lo hubieran sabido antes!
–¿Por qué llora usted así? –le preguntó Angélica, después de una prolongada inspección, mezcla de compasión y náusea en su mirada.
–¿Estás llorando? –Lucas dio media vuelta, se agachó para ver al diminuto huésped cara a cara.
–No, no estoy llorando –contestó don Diego, tapándose el ojo derecho con un paliacate–. Es que en el camino se me metió una basura en el ojo; pero no estoy llorando…
–¡Ah! –y la asamblea de colosos quedó satisfecha.
Don Diego se dio maña para trasladar el paliacate de los ojos a la nariz.
–Sería bueno que se quitara el abrigo –sugirió Santa.
–No, no… por favor, ¡mejor me lo dejo puesto! ¡Dios me libre! Una vez que comienzo a estornudar no hay quien me detenga… Siempre conservo puesto mi abrigo. –Y suspiró, sí, sí, un par de veces, de modo de romper el silencio embarazoso que había caído sobre la reunión, y no cesaba de frotarse las manecitas, mientras clavaba la mirada en el suelo.
Parecía que nadie podía romper el silencio; todos estaban perplejos y su perplejidad crecía de momento a momento.
–Estamos grandemente obligados con don Schiribillo –dijo al fin Lucas– por el favor que nos ha hecho y por la finura con que me trató durante mi estancia en Comitini.
–Le damos las gracias de todo corazón –dijo Rosario, extendiéndole la mano a don Diego–. ¿Cómo dijo que se llamaba Schiribillo?
–No, si tuviera la amabilidad. Filinia, me llamo Filinia –replicó con humilde sonrisa.
–Recuerde que nuestra casa es la suya –añadió Nicolás, también estrechándole la mano, mientras veía a sus otros hermanos, como diciendo: “Ya ven lo que estoy haciendo, estaría bien que hicieran lo mismo”–. Titto y Mauro, uno tras otro, siguieron el ejemplo y dieron las gracias; cada uno dio un paso militar adelante y, con un cumplido verbal, apretaron fuertemente la mano a don Diego. El pobre no podía decir más que: “Por favor… por favor… les pido…”
Sólo fue imposible hacer que las tres hermanas decepcionadas le dieran la misma bienvenida.
Algo se dijo sobre el suceso que había originado el ocultamiento de Lucas.
–¡Cómo una piedra! –Dijo indignado– ¡Les digo que era un hombre de carne y hueso que estaba al acecho! Y cuando disparé, oí un grito, sí, con mis propios oídos… Quisiera saber quiénes son los bromistas que empezaron ese cuento. Yo les enseñaría a burlarse a espaldas de Lucas Borgianni.
–¡Basta, basta! –Dijo Rosario– Ya te dije quién había sido. Vamos a olvidarlo. Ahora, nada más pensemos en divertirnos.
Don Diego aprobó con una inclinación de cabeza, no porque pensara divertirse, ¡pobre hombre!, entre estos ocho gigantes, sino sencillamente porque estaba en contra de los argumentos.
Mientras esperaban la hora de la cena, Rosario y Nicolás conversaban con el huésped sobre asuntos campesinos, de las buenas y malas cosechas. Don Diego con la manera humilde tan propia de su persona, siempre decía de las cosas que “estaban en manos de Dios”; pero esta excesiva sumisión le chocó al fin a Nicolás y lo hizo violentarse.
–¡Qué manos de Dios ni qué ocho cuartos! ¡Aquí en la tierra lo que queremos son unos cuantos hombrones bien dados! Nada más mire éstos, Schiribillo – estirando el brazo con el puño cerrado mostró sus músculos hercúleos, como si cada año bastara darle a la tierra unos golpes con el puño para hacerla rendir lo que debiera.
–Y mire éstos, aunque ya estén viejos y gastados –dijo Rosario, mostrando en seguida su brazo.
Luego Titto y Mauro, no queriendo quedarse sin lucir los suyos, también se remangaron las camisas; el pobre don Diego, con una triste sonrisa, los miraba agobiado de congoja.
–Ya veo, ya veo…
–Toque, toque, hombre –le ordenaron los hermanos Borgianni.
Y el buen hombre, con una mano temblorosa tocó los músculos, mientras con la otra se ponía el paliacate en la nariz, de puro miedo.
–Está servida la mesa –anunció Santa, en tono placentero, interrumpiendo la conversación.
–¡La comida! Schiribillo –gritó Mauro–. Deje todo por nuestra cuenta, ya verá cómo crece un poco. Comerá tanto, que no podrá salir por la puerta. Lo despediremos por la ventana, bien barrigón.
–Soy de poco apetito –aventuró don Diego, pensando ser atinado.
–¿Dónde se sienta el huésped? –preguntó Titto a sus hermanas sotto voce.
–Entre Rosario y Lisa –sugirió Mauro; pero Lisa se opuso–: Nosotras las damas nos sentaremos juntas.
Así es que don Diego se sentó entre Rosario y Nicolás. No acababan de sentarse los ocho Borgianni, cuando empezaron a servirse copas desbordantes de vino.
–Así nos persignamos –explicaron a su huésped, que los contemplaba con asombro, y en un abrir y cerrar de ojos dieron fin a sendas copas.
–¿Qué le pasa, don Diego, no toma?
–No acostumbro tomar antes de la comida –fue su tímida respuesta.
–Tómelo –insistió Mauro–, es muy buen aperitivo–. Y obligó a don Diego a que cogiera una copa. Por cortesía, éste tomó un pequeño sorbo.
–Acábeselo, tómelo todo –insistieron los ocho.
–No puedo, gracias, no puedo.
Mauro se levantó de un salto. –Yo lo haré entrar en razón–. Y tomando un garrafón en una mano y la cabeza de don Diego en la otra, exclamó: “Déjeme ayudarlo”, y se lo vació en la boca, a pesar de los esfuerzos y contorsiones que hacía el infeliz.
–¡Dios mío! –sollozó el desgraciado, brincando de su silla.
Estaba medio sofocado, con los ojos llenos de lágrimas. –¡Dios mío!– Y se limpiaba el sudor de la frente, mientras la despiadada concurrencia prorrumpió en carcajadas.
Trajeron el lechón relleno y Rosario hizo los honores, sirviéndole a don Diego el trozo más suculento.
–Es mucho, es mucho –murmuró éste, deteniendo su plato.
–Cómo que es mucho –exclamó Nicolás– todavía ni empezamos.
–La mitad de eso, por favor –suplicó don Diego–; es imposible, soy muy moderado…
–Usted será parco, ¡pero esto es puerco! Cómaselo.
Y Mauro hizo como que se levantaba de su silla. El huésped, aterrorizado, inclinó la cabeza sobre el plato y empezó a comer, lo más discretamente posible.
La primera parte del banquete transcurrió en silencio, interrumpido solamente cuando el huésped, con disimulo, intentaba soltar el tenedor.
–¡Cómalo, cómalo! –Los colosos volvían a ordenarle–, hasta el último bocado, ¡cómalo!
–Ahora sí ya no puedo materialmente con otro bocado –protestó don Diego cuando por fin había terminado su porción, y lanzó un suspiro de alivio–. He comido por diez hombres.
–¿Qué está diciendo? –Y Mauro le arrebató la palabra–: Todavía ni comenzamos…
–¡Ah!, está muy bien para ustedes –dijo con amable sonrisa–. Ustedes tienen gran capacidad, Dios los bendiga, lo digo solamente por mí.
–¿Y qué se está usted creyendo que somos? –dijo Titto, frunciendo el entrecejo con gesto amenazante– ¿Piensa usted que traemos invitados a nuestra casa para que estén de melindrosos? Siéntese en paz y coma; cumpla con su obligación. Tendremos que insistir en eso.
–Pero si no quise ofenderlos –don Diego se apresuró a disculparse–, solamente decía que yo…
–Usted nada más coma –lo interrumpió Rosario–. Aquí está lo que cazó Mauro, ¡una liebre y cinco perdices! –Don Diego estaba horrorizado.
–Se ha equivocado, mi buen señor, sobre mi apetito. Escúcheme un momento, por favor. Cómo piensa que yo…
–Déjese de charlas, déjese de charlas –dijo Nicolás con impaciencia.
–Pero mírenme siquiera una vez… ¿Ustedes creen que es posible? ¿Dónde puede caberme tanto? ¿Qué no van a permitir que deje el pellejo?
–¿Cuál pellejo? No va usted a dejar nada, esta liebre no tiene ningún pellejo.
–¡Digo el mío, el mío! ¿Dónde voy a dar cabida a una liebre?
–¡Pues le hemos apartado cinco perdices!
–¡Cinco perdices, además! Sólo comeré lo que tengo, con eso me basta –replicó don Diego.
–¡Ándele! –Estalló Mauro, agitando una pata de liebre–. Yo mismo vine cargando con esa caza. Expuse mis huesos por su culpa. Si no lo come todo, lo tomaré como un insulto personal.
–Pero no se enoje, no se enoje, por Dios; haré lo posible.
Y no hubo más remedio. El huésped, resignado, se encomendó a la merced de Dios.
Mientras comía, el sudor brotaba de su frente. Cuando alzó los ojos, vio que los ocho demonios, como escapados del infierno, no cesaban de engullir vino, vino y más vino.
–¡Que Cristo me auxilie! –lamentó entre dientes.
La comida parecía interminable. Don Diego hubiera querido dar de gritos, revolcarse desesperado en el suelo, rasguñarse la cara, morderse los labios como maniático. ¿Qué clase de martirio era este? ¡Nerones… eso eran, unos Nerones!
Pero ya no tenía la suficiente fuerza de voluntad para rechazar su plato.
Montañas de cuchillos, tenedores, garrafones, botellas, se alzaban ante sus ojos, zumbaban sus oídos, sentía los párpados pesados, los ojos se le cerraban, mientras los ocho Gargantúas gritaban, gesticulaban como furias, rebotando en las sillas, derramando imprecaciones a diestra y siniestra.
Si don Diego trataba de hacer a un lado su plato, murmurando “ya no puedo más”, los ocho gigantes se levantaban en masa, cuchillo en mano, y los dos más cercanos lo amenazaban con degollarlo, vociferando: “Coma, don Minchione. Es por usted por quien hemos hecho este gasto”.
Ya el pobre hombre no era de este mundo… cuando, con los ojos entreabiertos, vio aparecer sobre la mesa algo que se le figuró una enorme piedra de afilar; fue entonces cuando hizo un vano esfuerzo por emprender la fuga. ¡Dios mío!, ¡me han atado a la silla! Y se puso a llorar como un niño.
No lo habían atado, pero así le parecía al infeliz huésped.
Rosario, cuchillo en mano, se puso de pie, irguiéndose hasta no poder más, y don Diego, con la vista turbada, se imaginó que su cabeza topaba con el techo y que tenía en la mano un hacha de verdugo.
–La mitad, don Diego –rugió Rosario, dividiendo de una cuchillada el enorme pastel, que era lo que el pobre diablo había tomado por la piedra.
–Y la otra mitad para los vecinos –propuso Angélica.
–¿Y nosotros? –Protestó Mauro– ¿A nosotros no nos toca nada? Yo no me quedo sin lo que me corresponde.
Lucas se paró para hacerle segunda a la propuesta de Angélica.
–¡Para los vecinos –vociferó–, para los vecinos!
–Pues primero tomaré lo mío, les guste o no –y Mauro se abalanzó sobre el pastel; pero Lucas se lo arrebató, y seguido de toda la familia, jalando, arrastrando, gritando a todo pulmón, llegó a la ventana para arrojar el pastel. Siguió una lucha desenfrenada; los hermanos y hermanas, tirándose de los cabellos, rugiendo, golpeándose, cacheteándose, volteando sillas, botellas, platos, vasos, haciendo añicos todo y derramando el vino sobre el mantel; un verdadero pandemonio.
Rosario brincó sobre una silla y gritó con voz estruendosa:
–¡Qué vergüenza… qué desorden… acuérdense que tenemos visita!
A esta elocuente exhortación, las ocho furias, como por encanto, se apaciguaron. Voltearon a ver al huésped. Pero, ¿dónde estaba? ¿Dónde se había escondido?
Sobre la silla estaba su capa, debajo de la mesa sus zapatos. El desventurado se había escapado descalzo, para así correr más aprisa.
“Pues, a pesar de todo”, decían los Borgianni más tarde, cuando habían reparado los estragos de la batalla, “a pesar de todo, no quedamos tan mal con el huésped”.
–Sí, todo estuvo muy bien –afirmó Mauro–; pero no se esperó a la fruta.


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