martes, 4 de abril de 2017

El pulgar verde

Poul Anderson


I
Pete se sentía responsable de la muerte de Tobur y su preocupación era tan intensa que, al principio, tío Gunnar y tía Edith temieron que tendrían que llevarlo a un psiquiatra de Stallemont. Pero finalmente lograron tranquilizarlo.
–No fue culpa tuya, Pete –repitió tío Gunnar una y otra vez–. Tenía que ocurrir. ¿Cómo podías saber –cómo podía saber nadie– que aquellas inofensivas campanillas eran un cebo para atraer al animalito al pantano? Tal vez no debiste salir solo, pero también nosotros nos hicimos responsables al no vigilarte…
Y así días y días, para que la idea se grabara en la mente de Pete.
–No sabemos lo suficiente acerca de este planeta –insistía tío Gunnar–. La gente –se refería también a los no-humano-humanos como Tobur– muere a causa de tormentas, terremotos y animales salvajes; enfermedades y veneno; y continuarán muriendo de mil modos diversos, aquí en Nerthus y en otros mil mundos, hasta que consigamos conocerlos. Hasta que comprendamos la totalidad de una geología y de una ecología distintas de las de la Tierra, con las diferencias que dos mil millones de años de evolución separada pueden crear. Es el precio que tenemos que pagar. Gracias a la muerte de Tobur, ahora sabemos que las campanillas representan una amenaza, y podremos salvar a algunos de los chiquillos que han venido desapareciendo como hiciste tú, Pete, y estaremos un poco más seguros sobre este planeta. Desde luego lo extrañaré. Toda la vida voy a extrañar su feo rostro… pero su muerte ha servido para algo.
Resultaba duro pensar que un planeta tan bello como Nerthus podía matar a la gente. Nerthus era casi otra Tierra. La luz del sol se derramaba desde un alto cielo azul sobre llanuras y colinas y resplandecientes ríos; los bosques crujían y susurraban; los prolongados y tristes vientos soplaban sobre más kilómetros de soledad y de paz de los que un hombre podía imaginar. No había aún muchos colonos –Stallemont era el único pueblo–, y las granjas estaban muy esparcidas. Cuando se poseía un aeromóvil y un televisor no se estaba lejos de nadie en el tiempo, pero los vecinos se encontraban todavía lejos en el espacio y las noches eran largas y solitarias.
De modo que Pete quedó sorprendido cuando se presentó Joe, a pie.
Ocurrió una tarde cuando Pete estaba solo en aquellas cincuenta hectáreas de bosque y de césped a las que daban el nombre del patio delantero. Tía Edith se encontraba en la casa, la cual podía divisar Pete a través de los árboles; y tío Gunnar estaba en la parte de atrás, reparando una de las máquinas semirrobóticas. Pete se había cansado de mirar cómo trabajaba y había marchado al lugar donde se encontraba ahora: tendido boca abajo, contemplando una colonia de hormicoides que construía uno de sus enormes nidos.
Joe llegó muy silenciosamente. De pronto estuvo allí, una sombra alta, delgada e inmóvil. Peter levantó la mirada, tragó saliva y notó que su corazón palpitaba más aprisa. Aquél era un extranjero.
–Ho… hola –dijo, poniéndose en pie.
–¿Cómo te encuentras? –dijo el extranjero.
Hablaba el idioma terrestre con un academicismo que revelaba que lo había aprendido por medios psicofónicos; su único acento era el que la forma de su aparato vocal le obligaba a emitir, una especie de siseo apenas audible.
Pete lo contempló con curiosidad. No era humano, ni pertenecía a ninguna otra raza de la que Pete hubiera oído hablar. Pero existían tantas razas rondando por la galaxia en aquellos tiempos –y continuamente se descubrían otras– que nadie podía pretender conocerlas todas.
El extranjero era muy alto, casi dos metros y medio, con largas piernas y un cuerpo enclenque: clasificable como “humanoide”, excepto por el hecho de que tenía cuatro brazos; un par más pequeño encima, y debajo el otro par. Su cabeza era grande y redonda, con largas orejas puntiagudas y unos grandes ojos amarillos, entre los cuales se encontraban las fosas nasales sin nariz, y encima de los cuales se agitaban dos emplumadas antenas. Aparte de un abolsado cinturón, iba desnudo, pero una alisada piel verdosa cubría todo su cuerpo. Parecía un vashtrian o quizás un kennacor, pero no lo era.
–¿Quién eres? –preguntó Pete. Luego recordó sus modales –después de todo, iba a cumplir once años– y dijo: –Perdone. Soy Wilson Pete, de Sol, y este lugar pertenece a mi tío Thorleifson Gunnar. ¿Puedo servirle en algo?
–Es posible –dijo el extranjero–. Creo que tu tío está buscando un ayudante.
Tío Gunnar necesitaba a alguien imperiosamente. A pesar de los autómatas y semirrobots de que disponía, un hombre no podía trabajar por sí solo una hacienda de aquella extensión. Después de la muerte de Tobur, había puesto un anuncio en el teleprograma pidiendo un jornalero, pero no confiaba mucho en el resultado. El trabajo escaseaba todavía en Nerthus, y los recién llegados preferían quedarse en Stallemont, donde podían obtener un empleo mejor pagado. De modo que la presencia del extranjero era una verdadera suerte.
–Desde luego –dijo Pete–. ¡Venga!
Y echó a correr, seguido del extranjero, cuyas largas piernas le permitían seguir al muchacho sin apresurarse.
Encontraron a tío Gunnar sudando y sucio de grasa en el cobertizo de las máquinas. Alzó la mirada, se secó el sudor del barbudo rostro y saludó cortésmente al recién llegado. Cuando se enteró de que el extranjero quería trabajar para él, sus ojos se iluminaron; pero se limitó a inclinar la cabeza.
–Entremos en la casa y hablaremos del asunto –sugirió.
De modo que entraron en la vivienda, y tío Gunnar se quitó las grasientas ropas… como cualquier persona sensible hubiera hecho en un día tan cálido como aquél. Tía Edith se quedó sorprendida al ver al extranjero; no estaba acostumbrada a los no-humanos, como lo estaba un antiguo explorador del espacio como tío Gunnar, y no sabía qué actitud adoptar. Pero al extranjero no pareció importarle.
Tío Gunnar vaciló en el momento de las presentaciones.
–Soy de Astan IV –dijo el recién llegado–. Mi nombre… bueno, llámenme Joe.
–Astan IV… Nunca he oído hablar de ese planeta –dijo tío Gunnar–. ¿Recién descubierto?
–No del todo. Hace varios años aterrizaron unos exploradores galácticos. Pero siendo, en conjunto, una raza sin demasiado interés por la tecnología ni por los viajes, hemos permanecido ignorados. Yo soy uno de los pocos que desean ver cómo son la galaxia y sus civilizaciones. De modo que me puse en camino, y me gano la vida trabajando. Es el mejor sistema para aprender.
La voz de Joe era muy suave y tranquila, y en sus ojos amarillos había algo que a Pete le gustó.
–¿Por qué no se ha quedado a trabajar en Stallemont? Allí hubiera ganado más dinero del que yo puedo pagarle –dijo tío Gunnar.
–Ya he visto otros pueblos coloniales; son muy parecidos. Esta vez deseaba contemplar la vida colonial desde dentro, por así decirlo… y al mismo tiempo evadirme un poco de unos contornos demasiado… mecánicos. Oí su anuncio y vine hacia aquí.
–¿Desde Stallemont? ¿A través del bosque inexplorado? Eso significa un viaje de varias semanas; y no hace tanto tiempo que puse el anuncio.
–¡Oh! Un colono me llevó en su aeromóvil parte del camino. Y el bosque no me asusta. Mi planeta natal está lleno de bosques.
–Bueno…
Tío Gunnar se rascó la cabeza. Era evidente que se preguntaba si podía arriesgarse a aceptar a un extranjero que a lo mejor no le resultaba útil… que incluso podía ser un fugitivo de la ley. Pero necesitaba ayuda imperiosamente, y Joe era tan agradable y tan bien hablado…
–Bueno… ¿por qué no? –Tío Gunnar sonrió–. Veremos cómo funciona, Joe. Siéntese y descanse un poco. Edith, ¿dónde diablos está aquel whisky?
El extranjero no empezaría a trabajar hasta la mañana siguiente, pero tío Gunnar dedicó la tarde a enseñarle su hacienda. Pete los seguía con los ojos abiertos como platos. Cuando regresara a la Tierra tendría algo que contarles a los muchachos. “Teníamos a un extranjero trabajando para nosotros. Venía de tan lejos, que ni siquiera mi tío había oído hablar nunca de su planeta. Tenía cuatro brazos, no tenía nariz, y lo llamábamos Joe”.
Fueron a ver los animales. Tío Gunnar sólo tenía unos cuantos de la Tierra: un par de vacas, varios cerdos y gallinas. Estaba más interesado en domesticar a los animales nativos, y no le había ido mal con un par de las especies de mamíferos de seis patas. Había allí algunos “novillos” que le proveían de carne y de cuero; algunas “jacas” que podían ser montadas a través de los bosques, en lugares que un automóvil o un tractor no podían cruzar; y ahora estaba trabajando con las aves de cuatro patas.
–Muchos colonos importan todos sus animales y plantas, y tratan de cultivarlos como si Nerthus fuera la Tierra –explicó tío Gunnar–. Es un error. No podemos encajarlos en una ecología completamente distinta sin un largo periodo de cuidadosa adaptación. Han de verse afectados por mil pequeñas cosas; las mordeduras de ciertos insectos los envenenarían; la hierba y el suelo no tienen la composición adecuada; faltan elementos esenciales… Mire aquellas vacas mías, por ejemplo. Están que da pena verlas, a pesar que importo forrajes de la Tierra para complementar su dieta.
En cambio, los novillos nativos están gordos y relucientes.
“Tendremos que hacer muchas pruebas, antes de descubrir las especies que serán más fáciles de domesticar. En la Tierra, al hombre le costó mucho tiempo descubrir que el caballo y la vaca salvaje podían ser domesticados, en tanto que el bisonte y la cebra no podían serlo; pero el resultado compensó con creces la espera.
Las vacas se removían, inquietas, en el establo; Joe las ponía un poco nerviosas. En cambio, los animales nativos permanecían tranquilos. Alguna pequeña diferencia en el olor, sin duda.
–¿Y puede el hombre, su raza, comer alimentos nativos sin padecer las mismas deficiencias? –preguntó Joe.
–Esa es una buena pregunta –dijo tío Gunnar–. Y corresponde a uno de nuestros mayores problemas. En primer lugar, desde luego, tenemos que descubrir qué plantas y qué carne son realmente nocivas para nosotros: es cuestión de análisis químico o de experimentación con animales de la Tierra. Luego tenemos que saber qué vitaminas, minerales y elementos básicos que necesitamos faltan en los alimentos que podemos comer. Actualmente complementamos nuestras dietas con pastillas que contienen los factores ausentes. Pero en definitiva tendremos que cambiar el ganado nativo –mediante mutaciones y crianzas selectivas–, y nosotros mismos tendremos que cambiar también hasta cierto punto. Esto último tardará unas cuantas generaciones en realizarse.
“Somos una raza adaptable, y todos los que nazcan aquí experimentarán una leve modificación debido a que las diferencias actuarán sobre ellos desde el momento mismo de la concepción. La selección natural cambiará la herencia… digamos en el curso de un millar de años, aproximadamente. Nadie morirá, pero las personas cuya herencia esté un poco mejor adaptada a Nerthus tendrán más hijos.
–De modo que al final se convertirán ustedes en… nerthusianos –dijo Joe.
–Exacto. Del mismo modo que los hombres que colonicen otros mundos se adaptarán a ellos. Del mismo modo que el hombre, en la Tierra, se ha adaptado racialmente a medios distintos. Los antiguos esquimales, por ejemplo, gozaban de una salud perfecta con una dieta exclusivamente cárnica. Los bosquimanos del Kalahari se adaptaron a beber agua salobre, y desarrollaron la capacidad de almacenar agua en su propio cuerpo para los periodos de escasez.
Tío Gunnar tenía toda una biblioteca sobre el tema de la adaptación.
–¿Y no existe aquí ninguna raza nativa? –preguntó Joe.
–¿Vida inteligente? No. Este planeta fue explorado a conciencia en busca de tales seres antes de quedar abierto a la colonización, con resultado negativo. No había aldeas; no había artefactos; ni siquiera herramientas de piedra. Sería muy agradable que hubiera nativos: podrían decirnos un montón de cosas que tendremos que descubrir por nosotros mismos. Claro que, en el caso de que hubiese habido aborígenes, la ley hubiera prohibido la colonización.
–Esa es una actitud… humana.
–Y también una actitud sensible. En épocas anteriores, los hombres se establecían en planetas en los cuales vivían razas indígenas primitivas. Ello provocaba numerosos conflictos en los cuales el hombre, aunque siempre vencedor, pagaba a menudo un elevado precio por su victoria. Y lo peor del caso era que una vez iniciada la colonización no podía ser interrumpida; no se puede evacuar a unas personas que se han creado una existencia en un determinado lugar. En consecuencia, la lucha tenía que continuar hasta que se llegaba a establecer una fórmula de compromiso… que por regla general dejaba insatisfechas a las dos partes.
Joe asintió, lentamente, sus ojos brillando en la semioscuridad con extraños reflejos amarillos.

II
En los días que siguieron se hizo evidente que Joe no era apto para tratar con máquinas. Lo intentaba, pero sólo conseguía embarullar las cosas. No pudo aprender los principios más sencillos de reparación y mantenimiento. Cuando conducía un camión o un tractor, su tensión era tal que parecía que iba a estallar, y la máquina gruñía quejándose de su manejo.
En cambio, con los animales y las plantas era otra cosa. Podía hacer que las jacas –todavía medio salvajes– hicieran cosas que nadie había soñado. Tirar de una carreta sin conductor, por ejemplo, y acudir cuando él silbaba, y permanecer quietas mientras él rascaba sus lustrosos flancos color gris-verdoso. Iba a los bosques y regresaba con una cesta llena de pasto que los animales devoraban golosamente. Cuando tío Gunnar le preguntó a Joe cómo sabía todo aquello, se encogió de hombros.
–En Astan IV vivimos más cerca de la naturaleza que ustedes –dijo–. Y conocemos instintivamente lo que puede ser nutritivo para los animales.
Estudió el jardín, la huerta y los campos, y un buen día se presentó con una pequeña flor azul.
–Plante unas cuantas con su cereal nativo –dijo–. Tendrá usted una cosecha mejor.
–¿Cómo es posible? –inquirió tío Gunnar–. No es más que un hierbajo.
–Sí, pero siempre se encuentra creciendo junto con los prototipos silvestres del cereal. Supongo que existe alguna clase de simbiosis entre ellos. Pruébelo, de todos modos.
Tío Gunnar se encogió de hombros, pero dejó que Joe plantara alguna de las flores en un campo. No pasó mucho tiempo sin que se diera cuenta de que el cereal era allí más sano que en ninguna otra parte.
–Joe debe pertenecer a una extraña raza –dijo tío Gunnar–. Son muy torpes en lo que respecta a las cosas mecánicas, pero poseen una sensibilidad para los sistemas vivientes que los humanos no tendremos nunca.
–Tal vez nuestra raza pudiera aprovecharse de ella –dijo tía Edith.
Se había encariñado mucho con Joe… especialmente cuando descubrió una mezcla de hierba y arcilla que podía ser utilizada para fabricar cacharros de alfarería. A tía Edith no le gustaban los objetos de plástico confeccionados en Stallemont, e importarlos de la Tierra resultaba demasiado caro.
–Todas las especies tienen su propia fuerza –respondió tío Gunnar–. He visto razas como la suya en diversos puntos de la galaxia, viviendo en una simbiosis tan estrecha con la naturaleza que nunca tuvieron que desarrollar ninguna tecnología mecánica. Pero no por ello eran las menos inteligentes. Sin embargo, las razas preocupadas por las máquinas, como la nuestra, tienen también su papel a desempeñar.
Pete había salido en busca del ayudante de tío Gunnar. Lo encontró plantando unas matas licopersiconoides en el jardín. Tenían unas bayas excelentes, pero los humanos no habían sido nunca capaces de hacerlas arraigar. Joe había traído algunas de los bosques, y crecían normalmente.
–Tiene un pulgar verde –decía tía Edith, sonriendo.
–Es posible –sugirió tío Gunnar– que una de nuestras hormonas, segregada en cantidades microscópicas a través de la piel, mate la simiente… y que el metabolismo de Joe no incluya esa hormona.
El extranjero alzó la mirada y su boca se contrajo en lo que quería ser una sonrisa.
–Hola, Pete –dijo.
–Hola –respondió Pete, agazapándose a su lado–. ¿No estás cansado?
–No –dijo Joe, continuando su tarea; sus manos eran ágiles y suaves entre los delicados tallos–. No, esto me gusta. Sol y aire, el dulce olor de la vida… ¿Cómo pueden cansarlo a uno? –Sacudió su redonda cabeza–. ¿Cómo es posible que los humanos se aparten deliberadamente de la vida?
Joe no entraba mucho en la casa, excepto a la hora de las comidas. Dormía fuera, debajo de un árbol… incluso cuando llovía.
–¡Oh! Una nave espacial es estupenda –dijo Pete.
Joe se estremeció ligeramente. Alzó de nuevo sus ojos, barriendo el amplio horizonte y el susurrante bosque bañado por el sol.
–¿De veras quieren acabar con este mundo? –preguntó–. ¿De veras van a cortar los árboles y herir a la tierra con minas, y ocultar el cielo con ciudades?
–Supongo que no –dijo Pete–. En la Tierra hay ahora también muchos bosques. Pero, desde luego, vendrá mucha más gente y tendrán que construir y edificar.
–Conozco un poco su espíritu –dijo Joe–. Es un espíritu mecánico, Pete, un espíritu matemático. ¿Se han preguntado alguna vez si pueden existir otros espíritus, si los antiguos espíritus de un territorio pueden tener algo que decir?
–No lo sé –murmuró Pete. A veces, Joe hablaba de un modo muy raro.
–En la fría oscuridad del espacio, entre los llameantes soles –dijo Joe– puede conocerse el cosmos. Espanto y maravilla y magnificencia impersonal… sí. Pero mis espíritus viven en los bosques, y en los ríos, y en los suaves vientos: espíritus de vida, Pete, no de llama y vacío. Pequeños espíritus, tal vez, relacionados con un árbol, o una flor, o un cerebro que sueña… no con la inmensidad sin sentido; no con un universo que en su mayor parte es gas incandescente. Pero continúo pensando que en el último día mis espíritus serán los que hablarán en voz más alta.
Pete no supo qué contestar. Pensó que tal vez Joe temía que los hombres se establecieran en Astan IV, de modo que se apresuró a decir:
–Tendrán su propio planeta; nadie va a quitárselos. El hombre no lo hará y no permitirá que otros lo hagan.
–Quizás no –admitió Joe–. Pero, aun con las mejores intenciones del universo pueden conquistar a otras razas: no físicamente, sino por medio de otra clase de dominación, obligándolos a imitar sus sistemas o a hacerse insignificantes. Si nosotros empezáramos a tener minas y fábricas en nuestro propio mundo –aunque las minas fueran nuestras–, nunca volvería a ser el mismo planeta, y nosotros no volveríamos a ser la misma raza. Habríamos escogido un destino extraño a nosotros.
–¿Qué aspecto tiene Astan IV? –preguntó Pete.
–¡Oh! Es como Nerthus… Selvático y abierto, y casi vacío. No somos muchos allí, pero nos gusta el espacio. No puedo explicarlo muy bien.
–¿Has estado alguna vez en la Tierra?
–No, ni en ninguno de los grandes mundos de la galaxia. Me he limitado a trabajar a lo largo de ignorados y lejanos planetas. Temo que tendría muy pocas cosas interesantes que contarte.
–¡Oh!
Pete estaba decepcionado. Tío Gunnar contaba muchas historias acerca de sus viajes, y lo mismo había hecho Tobur. Joe era simpático, pero no tan divertido como Tobur.
–En realidad, yo seré el único que haga preguntas –dijo Joe–. He venido a aprender, puesto que tengo tan poco que enseñar… o, mejor dicho, los hombres no escucharían nunca cualquier cosa que yo tratara de enseñar. ¿Cuántos humanos existen, en total?
–¡Uf! No lo sé. Ni creo que nadie lo sepa. Están extendidos por tantos mundos… Pero, vamos a ver…
Pete pensó en lo que había aprendido en la astrografía, en las películas y escuchando las conversaciones de los mayores. Al cabo de unos instantes le estaba diciendo a Joe todo lo que sabía, mientras el extranjero asentía y formulaba preguntas. Era la primera vez que Pete le explicaba cosas a alguien que no fuera un chiquillo más pequeño que él, y casi estallaba de satisfacción, sintiéndose un personaje importante.
–Comprendo –dijo Joe–. Los humanos están muy esparcidos, y Nerthus tiene poco contacto directo con la Tierra. Pero, dime, Pete: si la civilización de la Tierra es tan satisfactoria como dices, ¿por qué han venido aquí los hombres? ¿Qué pueden ganar con ello?
–¡Oh! Cosas distintas, supongo. Muchos de los colonos no han estado nunca en la Tierra; nacieron en otros planetas, y no han sido nunca acondicionados para establecerse en su verdadero mundo. No serían felices viviendo allí, hay que crecer en una civilización integrada para que a uno le guste.
–Esas son palabras muy elevadas para un chiquillo de tu edad –sonrió Joe.
–No las comprendo –confesó Joe–. Pero dicen que algún día las entenderé. Bueno, de todos modos, hay personas a las cuales les gusta disponer de mucho espacio, y personas que continuamente desean hacer algo distinto… y… bueno, toda clase de personas.
–Pero, ¿qué motivo económico puede haber aquí? Me has dicho que hay muy poco comercio exterior: las cosechas de avertigonita apenas compensan las importaciones que tienen que hacer. ¿Qué valor económico tiene para su civilización una colonia como ésta?
–Principalmente proporciona espacio vital a muchas personas. Tienen que ir a alguna parte, ¿comprendes? Y desean un hogar, unas tierras de su propiedad, un lugar al cual pertenecer. Dicen que… ejem… el valor social de una empresa tiene pri… prioridad sobre el valor económico. Eso significa que si la gente es feliz no importa que no hagan muchos créditos.
–Comprendo. Una actitud recomendable, supongo… aunque parece que a su raza le ha costado un tiempo muy largo descubrir un hecho tan evidente. Pero, ¿quieres decir que los colonos –aquí en Nerthus, por ejemplo– están dispuestos a quedarse a toda costa?
–Desde luego. ¿Qué clase de pioneros serían los que abandonaran el campo a las primeras dificultades? Joe sacudió la cabeza.
–Los humanos llegarán lejos –murmuró–. Son todavía animales de lucha. Luchan incluso por su felicidad.
–Se incorporó–. Bueno, por hoy basta de plantas. Vamos a echar un vistazo a los novillos, ¿quieres?

III
A veces, cuando las lunas estaban llenas, Pete no podía dormir.
Aquella noche se despertó y permaneció tendido unos instantes en medio de las sombras de su cuarto. La fría y extraña luz se filtraba a través de las ventanas y se extendía por el suelo, proyectando dobles sombras que eran tan agudas y negras como si alguien las hubiera cortado con un cuchillo. Por las ventanas abiertas penetraba una suave brisa, agitando los visillos como a pálidos fantasmas; Pete podía oír su quejumbrosa voz en los árboles del patio. Y había seres que hablaban y cantaban en la noche, pájaros e insectos desconocidos en la Tierra, un dulce trino, y una risa líquida, y el tintineo de unas campanillas de cristal. Pete permaneció tendido, muy quieto, escuchando.
Luego decidió levantarse y mirar al exterior mientras estuviera despierto. Se asomó a la ventana, y la luz de la luna era como un día frío y descolorido. Podía ver con gran claridad hasta el lindero del bosque.
De repente se quedó rígido. Una forma alta y delgada avanzaba sobre el césped, negra contra la claridad lunar. Sí, era Joe… Pero, ¿qué estaba haciendo?
El extranjero se detuvo antes de llegar a los primeros árboles y silbó, un suave trino musical. Tal vez silbaba aquella melodía para sí mismo, pensó Pete; tal vez le gustaba pasear solo bajo la luna y hablarle a la noche.
Súbitamente Pete pensó que sería divertido seguir a Joe sin que se diera cuenta, y aparecer de repente y decir “¡Buu!” Quizás después se sentaran bajo el árbol de Joe, con la luz de la luna salpicando las sombras a su alrededor, y hablarían de los planetas del espacio exterior. Hablar con Joe era muy interesante.
De modo que Pete descendió a la planta baja, abrió la puerta principal y salió de la casa sin hacer ruido. Ahora se sentía completamente despierto, pero de un modo raro, como si los rayos de la luna brillaran dentro de su cabeza. Se echó a reír, anticipándose al susto que le daría a Joe cuando él gritara.
Los árboles y los arbustos le ofrecían abundante protección. Pete se deslizó suavemente a través del húmedo césped, medio cegado por la luz de la luna, hasta que estuvo agachado a la sombra de un gran tronco a poco más de tres metros de Joe.
El extranjero era todavía una alta y delgada silueta con demasiados brazos, y por un instante Pete experimentó un leve temor. La noche estaba llena de voces, de ojos y de sombras fugaces, y la casa era únicamente un vago borrón entre los árboles.
Joe silbó de nuevo, y ningún humano podría haber silbado como él. Y unas alas descendieron del cielo.
Era un gran estrigiformoide nocturno. Pete lo reconoció: había oído su extraño huchear en los bosques, y había visto fugazmente sus enormes ojos amarillos reluciendo en la sombra. Aquel ejemplar descendió hasta posarse en una de las muñecas de Joe, el cual lo acarició con otra mano mientras le murmuraba cosas en un lenguaje gutural. Pete contemplaba la escena sin atreverse a hacer ningún movimiento. Apenas se atrevía a respirar temiendo que aquellos terribles ojos pudieran volverse y descubrirlo.
Joe rebuscó en una bolsa con sus otras dos manos, sacó un rollo de papel y lo ató alrededor de una de las patas del ave. Luego se rio, de un modo que no era humano, y lanzó su carga al aire.
Alas negras contra las estrellas. Luego, silencio.
Pete se movió, sin darse cuenta. Y Joe cayó sobre él de un gran salto.
Se irguió ante el muchacho con una cabeza que parecía rozar las lunas, y sus propios ojos ardieron con fuego amarillo. Pete se encogió todavía más.
–¡Pete! –Súbitamente Joe se echó hacia atrás, de modo que la luz de la luna cayó sobre su rostro. Sonrió forzadamente–. Pete, me asustaste. ¿Qué estás haciendo aquí?
–He… he salido… a dar un paseo –murmuró Pete, sin levantar la mirada.
–¿A estas horas de la noche? ¡Vaya, vaya! –Joe sacudió la cabeza–. A tus tíos no les gustaría eso, Pete.
–Vi que estabas aquí, y vine para hablar contigo…
–Puedes hacerlo siempre que quieras, Pete, excepto a estas horas. Tendrías que estar en la cama. Ahora, vuelve a la casa. No se lo diré a nadie.
–¿Qué estabas haciendo con aquel pájaro?
–¡Oh! Lo tengo domesticado. Acude cuando lo llamo.
–Creí que no podían ser domesticados. Tío Gunnar conoce a un hombre que intentó domesticar uno, para cazar… y no lo consiguió.
–Yo he tenido más suerte, Pete. Ahora, vamos. Joe posó una mano sobre el hombro de Pete y ambos echaron a andar hacia la casa.
Pete ya no tenía miedo, y volvió a la carga:
–¿Para quién era el mensaje que le ataste a la pata?
–No era un mensaje, sino un simple rollo de papel. Estaba experimentando para ver si el orvish… el estrigiformoide puede ser amaestrado para llevar cartas. Son unos pájaros muy inteligentes y creo que puede enseñárseles a ir de un lugar a otro.
–Pero, ¿quién necesita eso? Todo el mundo tiene un visor.
–Los televisores pueden estropearse.
–No, no se estropean nunca; y si se estropearan, vendría alguien en seguida a enterarse del motivo de nuestro silencio.
–Bueno, eso demuestra lo poco enterado que estoy de esos asuntos –rio Joe–. Pero es posible que me lleve algunos estrigiformoides a Astan IV cuando regrese allí, para utilizarlos como correos. Ya te he dicho que en Astan IV no queremos máquinas.
Habían llegado cerca de la casa y Joe se detuvo.
–Date prisa, Pete. Sécate los pies: los tienes empapados de rocío. Y si tú no le dices a nadie que has salido por la noche, yo tampoco lo haré –dio media vuelta–. Buenas noches Pete.
Cuando Pete despertó al día siguiente, pensó que tal vez había sido un sueño. Pero luego se convenció de que no había soñado: aún tenía manchas de hierba en los pies.
Joe se mostró tranquilo y agradable como siempre a la hora del desayuno. Terminadas sus tareas, volvió a sus libros. Le había pedido prestados muchos volúmenes a tío Gunnar –todos ellos sobre temas biológicos–, y aprovechaba todos sus momentos libres para estudiarlos. Estaba especialmente interesado en la bioquímica y la biofísica, las cuales le hablaban de cosas que nunca había sabido, a pesar de que su pueblo era tan bueno en las ciencias de la vida.
–¿Qué te pasa, Peter? –preguntó tía Edith. Siempre llamaba al muchacho sin recurrir al diminutivo–. Te noto un poco triste.
–Estoy pensando –dijo Pete.
Tenía muchas cosas en que pensar. No había llegado aún muy lejos en la materia de psicología, pero había aprendido las bases de la evaluación multiordinal, lo cual significaba que uno tenía que mirar las cosas dos veces y pensar en ellas por sí mismo, en vez de limitarse a aceptar la palabra de otra persona. De modo que Pete se estaba interrogando acerca de Joe.
Encontró su lugar favorito –una enorme roca musgosa calentada por el sol– y se sentó con la espalda apoyada en ella, dejando que su mente vagara. Pero no tardó mucho en incidir sobre lo que Joe había hecho y dicho.
Desde luego Joe era simpático, pero había en él un montón de cosas que no encajaban. Cosas sin importancia aparente. Como el modo que tenía de eludir la conversación sobre los planetas en los cuales había estado, incluso sobre su mundo natal. Como lo que había estado haciendo la noche anterior… Su explicación había sido absurda, si se pensaba en ella de nuevo: Joe no podía marcharse cargado con una jaula de estrigiformoides… Y, de todos modos, los habitantes de Astan IV debían disponer de unos medios de comunicación algo mejores que unos pájaros mensajeros.
Bueno, la psicología de los extranjeros no era humana, y podían adquirirse hábitos y costumbres muy raras. Pero, incluso así…
Pensando en ello, Joe afirmaba que su mundo natal era muy parecido a la Tierra y a Nerthus. Pero la Tierra y Nerthus eran los terceros planetas de un sistema solar enano, y en ambos el cuarto planeta era muy frío. Los sistemas de estrellas similares eran muy semejantes. Astan podía ser una excepción, desde luego… pero…
Podía ser que Joe estuviese mintiendo. Podía ser que perteneciera a una civilización ajena a la humana. El hombre, y las razas aliadas con el hombre, no sabían en realidad demasiado acerca de la galaxia; era demasiado grande. El hombre había encontrado otras varias especies que habían desarrollado por sí mismas los viajes interestelares, y no había ningún motivo para suponer que las había encontrado todas.
Si una de aquellas posibles civilizaciones deseaba espiar a la humana sin darse a conocer –porque tuviera ideas hostiles o por simple precaución–, ¿qué es lo que haría? La respuesta era fácil; Pete había visto una docena de estéreo-films con aquel argumento. Enviar sus agentes a territorio humano para que se fingieran inofensivos turistas, estudiantes u obreros de alguno de los millares de planetas de los cuales nadie había oído hablar.
Joe podía haber llegado en una nave espacial que ahora estuviera oculta en algún lugar del inexplorado bosque. Podía estar transmitiendo información por medio de un pájaro, por temor a que una instalación de radio fuera localizada… o simplemente porque un vagabundo como el que Joe pretendía ser no era lógico que viajara con una emisora de radio. Y cuando poseyera toda la información que deseaba…
¿Sería Nerthus una buena base para los extranjeros? No poseía ninguna defensa; bastaría un acorazado espacial para tomarla.
Tal vez estaba haciendo una montaña de un grano de arena. Tío Gunnar se echaría a reír y le aconsejaría que dejara de leer novelas de misterio durante una temporada. Pero, de todos modos, un tipo no podía permanecer cruzado de brazos, aunque no estuviera seguro de sus sospechas.
Pete empezó a imaginar lo que haría un buen detective. Sus pensamientos le llenaron de excitación. Sería bastante fácil, además, y dejaría resuelto el problema poniendo sobre aviso a la gente.
Sí, era una idea muy buena. Sólo que… un momento. Tenía que obrar en secreto, porque sabía que los mayores le prestarían poco crédito. O, si le creían y le permitían hacer aquella llamada, Joe podía estar oculto en alguna parte y utilizar sus misteriosos poderes para detenerlos.
También podía ocurrir otra cosa: que lo dejaran poner en práctica su idea y que Joe resultara ser lo que había dicho que era… En tal caso, Pete haría el más espantoso de los ridículos. De modo que tenía que esperar hasta la noche.
Aquel día fue interminable; parecía como si el sol estuviera pegado al cielo y no fuera a hundirse nunca en el horizonte. Y Joe estaba alrededor de la casa, trabajando, sin decir nada, pero con los grandes ojos muy abiertos.
–¿Qué te pasa, Peter? –volvió a preguntar tía Edith a la hora del almuerzo–. Tienes muy mal aspecto.
–¡Oh! Me encuentro perfectamente –murmuró Pete–. De veras, tía Edith.
–¿Qué es lo que te preocupa, Pete? –inquirió Joe, que estaba sentado junto a él.
–Nada. Absolutamente nada –dijo Pete.
Joe untó de mantequilla un trozo de pan…, era extraño que hiciera aquello todos los días, mientras el recuerdo de soles lejanos ardía en su cráneo.
–Tendrías que ocuparte en algo para distraer tu mente –sugirió Joe–. ¿Por qué no vienes conmigo esta tarde? Voy a ir al bosque en busca de un poco de mantillo. Las caudatrémulas de tu tía no crecen como es debido, y sospecho que se debe a que la tierra es deficiente.
–¡Oh, no! No puedo –se apresuró a decir Pete, y su corazón pareció a punto de estallar a través de sus costillas.
–Desde luego que puedes –dijo tío Gunnar–. Un poco de ejercicio te sentará bien.
Pete luchó para no ponerse en pie y gritar que no podía acompañar a Joe; que no se atrevía a acompañarle; que Joe estaba enterado de sus sospechas y lo asesinaría en medio del verde silencio. Pero, tal vez Joe no lo hiciera.
–De acuerdo –dijo–. Pero antes tendrán que disculparme un momento.
Subió a su cuarto y garrapateó una nota, la cual dejó en su mesilla de noche, donde podría ser encontrada fácilmente.
“Joe es un agente extranjero. Si no regreso, será porque él no quiere que hable. Con afecto, Pete.”
Pensó lo que sus tíos sentirían al leer aquel valiente mensaje y unas lágrimas llenaron sus ojos. Luego recordó que, en el adiestramiento psíquico, se advertía contra tales pensamientos; bajó lentamente a reunirse con Joe.
De modo que se llevaron una jaca y una carreta y se dirigieron al bosque; no ocurrió nada toda la tarde. Joe habló como siempre lo hacía, en especial acerca de lo vergonzoso que era que la gente acudiera a perturbar los tranquilos bosques, y a cortar los hermosos árboles de las altas colinas. Y en un momento determinado miró a Pete con un aire extrañamente compasivo y sacudió la cabeza, muy lentamente. Pero aquello fue todo, y regresaron a casa a tiempo para la cena.
Pete se sentía más inquieto que nunca; y lo peor de todo era que ya no se sentía tan seguro de sus sospechas. Joe no actuaba del modo que se espera que actúe un espía no-humano. Pensándolo bien, ¿qué diablos había allí para espiar?
Sólo que… Joe continuaba sin parecer sincero.
El sol se hundió en medio de una neblina de fuego, y poco después Pete fue enviado a la cama. Permaneció tendido en el lecho durante otro interminable siglo, mientras sus tíos conversaban en el salón. E incluso después de que las luces se apagaron, esperó hasta que no pudo resistir más y se deslizó fuera de las sábanas.
Se arriesgó a mirar a través de la ventana hacia el césped bañado por la luz de la luna. Era todo blanco y gris y sombra negra deslizante, con el canto de la noche y el lejano brillo de las estrellas. No había señales de Joe; tal vez estaba dormido bajo su árbol.
¡Ojalá estuviera dormido!
Pete bajó al salón. La luz de la luna no iluminaba aquella parte de la casa; la habitación era un pozo de oscuridad a través de la cual avanzó a tientas hasta el televisor instalado en un rincón. En un momento determinado crujió algo, como bajo una pisada, y Pete se detuvo, temblando; pero el lugar continuó silencioso.
Manejó el luminoso disco produciendo el menor ruido posible. La pantalla se iluminó, proyectando su resplandor sobre los muebles, que hasta entonces se habían erguido como otras tantas fieras acechantes. Deseaba llamar a la oficina central del espaciopuerto de Stallemont. Ignoraba qué hora del día o de la noche sería allí, pero siendo el único espaciopuerto del planeta el servicio era permanente, desde luego.
Al cabo de un rato apareció en la pantalla el rostro de una joven.
–Estoy llamando en nombre de mi tío, Thorleifson Gunnar –dijo Pete.
–¿Cómo dice? –inquirió la joven, con una voz que pareció sacudir las paredes–. No le oigo. Aumente un poco el volumen, por favor.
Pete acercó una mano temblorosa al mando que regulaba el volumen. ¡Santo cielo! El aparato estaba haciendo el ruido suficiente como para despertar a todo el planeta.
–Mi tío desea una información –continuó–. Pero está muy ocupado y me ha encargado que llame en su lugar.
–Comprendo.
Todo el mundo, al parecer, conocía a tío Gunnar.
–Tienen ustedes un Catálogo Galáctico, ¿verdad? Una lista de todos los planetas conocidos, con descripciones.
–Naturalmente. Todos los espaciopuertos lo tienen.
–El que poseen ustedes, ¿está al día?
–Bueno, relativamente al día. Hace menos de un año que fue confeccionado. ¿Qué es lo que desea saber?
–Mire… ¿existe un planeta llamado Astan IV? Ese es probablemente el nombre nativo, aunque no estoy seguro.
–No importa; el catálogo incluye los nombres en todos los idiomas. Pero, ¿no puede usted decirme algo más acerca de él?
–Bueno, es semejante a la Tierra y fue descubierto hace varios años, aparentemente. Los nativos… –Describió a Joe lo mejor que pudo, finalizando con la observación de que su cultura era no-mecánica–. Mi tío también desearía saber si algún nativo de aquel planeta, o cualquier ser que responda a aquella descripción, ha llegado últimamente a Stallemont.
–Puedo revisar el registro de pasajeros. Pero, ¿puedo preguntar por qué desea su tío saber todo eso?
–Verá… está escribiendo un libro, y no está seguro acerca de ese planeta…
–Comprendo. Bueno, tenga la bondad de esperar unos minutos, mientras consulto los archivos-robot.
–¡Muchas gracias!
La cabeza de la muchacha desapareció de la pantalla. Pete miró a su alrededor, emitiendo un suspiro de alivio.
–¿No confías en mí, Pete? –preguntó Joe.
Pete se estremeció.

IV
La alta y delgada figura de Joe se recortó en el umbral de la puerta, con los cuatro brazos plegados y una sonrisa en el rostro que no era una sonrisa humana. Al leve resplandor de la iluminada pantalla, sus ojos eran como lunas ambarinas.
Habló en voz baja:
–¿Qué crees que soy, Pete?
–Yo… Yo…
De repente, Pete abrió la boca para gritar.
–No lo hagas –dijo Joe.
En una de sus manos brillaba ahora un arma.
Pete trató de dominar el febril temblor de su cuerpo.
–¿Qué estás haciendo aquí?
–Vi una claridad en el salón y pensé que lo mejor sería subir a echar una mirada –dijo Joe. Cruzó la habitación, en dirección a las estanterías de los libros–. ¿Por qué le hacías esas preguntas a la mujer?
–Eres un extranjero –dijo Pete a través de unos dientes castañeteantes–. Eres un espía enemigo…
–¿De quién?
La voz de Joe era tan suave y agradable como siempre. En el sombrío rincón donde ahora se encontraba apenas podía vérsele.
–No lo sé. Pero puedo demostrar…
–Sí. Los archivos dirán que no ha existido nunca un planeta llamado Astan IV, que ningún ser que encaje en mi descripción ha aterrizado en Stallemont; por lo tanto, soy un embustero. Pero, ¿significa eso que soy enemigo de ustedes?
Pete no contestó. De pronto, Joe suspiró.
–Apaga el televisor, Pete –dijo–. La mujer puede sospechar que sucede algo anormal, pero antes de que pueda ser tomada ninguna medida estaré fuera de aquí.
Empezó a coger libros de las estanterías con dos de sus manos.
–Temo que voy a convertirme también en un ladrón –dijo–, pero no puedo evitarlo. Necesito estos libros.
–¿Qué vas a hacer? –susurró Pete–. ¿Qué es lo que vas a hacer?
–No lo sé –Joe sonrió, y sus blancos dientes brillaron en la oscuridad. Sus ojos eran como doradas linternas–. Depende de mi naturaleza, ¿no es cierto? Si soy el monstruoso invasor que en tus fantasías has imaginado, tendría que matar a todos los habitantes de la casa, ¿no crees? Pero es posible que mi naturaleza no sea ésa. ¿Qué crees que soy, Pete? ¿De dónde he venido?
–No lo sé… ¿cómo puedo saberlo? Por favor, Joe…
–Dime lo que opinas de mí… ¡Rápido!
De modo que Pete se lo dijo, con palabras atropelladas.
Y Joe asintió.
–Eres un chico listo, Pete –dijo–. Sí, has acertado en tus sospechas. Sólo que nuestras intenciones no son perversas. Nos limitamos a estudiar su cultura desde dentro, antes de establecer un contacto directo.
“Ahora tengo que marcharme; mi nave espacial está esperándome en el bosque. Mi informe será uno de muchos, a base de los cuales nuestros jefes decidirán si conviene o no que establezcamos contacto con ustedes. Yo sugeriría que mantuvieras esto en secreto. Cuantas más posibilidades tengamos de estudiarlos sin miedo a ser descubiertos, más fácilmente podremos descubrir sus aspectos favorables. Yo he descubierto muchos durante mi estancia aquí… Y ahora adiós, Pete.
–¡No!
Joe se quedó muy quieto y sus ojos brillaron a través de la habitación. Tío Gunnar bloqueaba el umbral de la puerta, con un revólver en la mano.
–Llevo un rato escuchando –dijo tío Gunnar–. No se mueva, Joe.
–No pienso obedecerle –replicó Joe en tono tranquilo–. Antes de que pueda usted matarme, podría disparar mi arma, alcanzándolos a usted y al niño. Déjeme salir.
–Ni pensarlo. Este revólver produciría en usted un choque hidrostático antes de que pudiera apretar el gatillo de su arma. Y yo no puedo permitir que una amenaza potencial ande suelta.
–Olvida que hay una nave espacial armada esperando mi regreso –dijo Joe, sin perder la calma–. A mis camaradas no les gustará enterarse de que me han asesinado. Ahora… permítame salir.
Echó a andar a través de la habitación, sin levantar el arma que sostenía en una mano pero manteniendo un dedo curvado sobre el gatillo.
–Tal vez pueda usted alcanzarme primero –dijo–. Pero, ¿arriesgará la vida del niño en el intento?
–Seamos razonables –dijo tío Gunnar–. Le acompañaré hasta esa nave y hablaré con sus amigos.
–No –dijo Joe–. Vamos a marcharnos esta misma noche.
Había llegado casi a la altura de tío Gunnar. Y repentinamente saltó, una gran mancha oscura en movimiento. Se produjo una breve lucha, y luego tío Gunnar salió rodando hacia el centro de la habitación, en tanto que Joe cruzaba la puerta.
Tío Gunnar salió corriendo detrás de él. Joe disparó su arma –un intenso relámpago de luz y un estruendoso ruido–, pero fue contra la cerrada puerta principal. La hizo volar de sus goznes y se abrió paso.
El revólver de tío Gunnar ladró, pero Joe había desaparecido ya entre las sombras del bosque.
Pete lloraba, en brazos de tía Edith, mientras tío Gunnar acariciaba sus cabellos y le decía que se había portado como un valiente.
–Pero, debiste decírmelo –murmuró–. Debiste decírmelo. Oí ruidos en el salón y me levanté… pero si me lo hubieras dicho antes…
De modo que Pete contó toda la historia de cómo había llegado a sospechar de Joe, y al final tío Gunnar asintió con una dura expresión en los ojos.
Tía Edith estaba muy pálida.
–De modo que Joe ha regresado a su nave espacial –susurró–. Y se marchará a su planeta.
–Tal vez –dijo tío Gunnar, en tono dubitativo–. Pero, ¿por qué se ha llevado mis libros? Miró los lugares vacíos en las estanterías–. Textos biológicos… la aplicación de la ciencia física a la biología… Sin embargo, Joe sabía más que cualquier hombre acerca de los seres vivientes. Se rascó la cabeza.
–No acierto a comprenderlo, Edith. Supongo que deseaba llenar las lagunas en su conocimiento. Eso demuestra que su raza está atrasada en química y en física… Pero, ¿cómo es posible que una raza sin tales conocimientos haya podido construir naves espaciales?
–Tal vez alguna otra raza las haya construido para ellos –sugirió tía Edith.
–Tal vez –admitió tío Gunnar, sin demasiado convencimiento–. Pero hay algo…
Se interrumpió, y permaneció inmóvil largo rato, al tiempo que su rostro iba palideciendo.
–¡Oh! –exclamó finalmente–. Esa es la respuesta.
–¿Qué respuesta? –inquirió ávidamente tía Edith.
–Joe… Joe… mintió. ¡Cómo mintió! Y cuando su primera mentira se derrumbó, utilizó otra… ¡Ese ser es un genio!
–¿A qué te refieres? ¿Quién es? ¿Qué es? Tío Gunnar luchó para recobrar el dominio de sí mismo. Luego dijo:
–Todo encaja. La mayoría de los seres vertebrados de este planeta poseen seis extremidades. Los mamíferos tienen una piel verdosa. Lo mismo que Joe.
–¿Quieres decir…? ¡Oh, no!
–Sí, querida. Por eso nuestros animales nativos no se alarmaban al olerlo. Por eso sabía tanto de botánica… botánica nerthusiana… el pulgar verde, como tú decías. Joe es un nativo de este planeta.
Se produjo un silencio muy largo. Luego, tío Gunnar rio roncamente y continuó:
–Deben ser unos seres que habitan en los bosques, de cultura no-mecánica… pero no salvajes. Todo este asunto era demasiado complicado para un salvaje. Nuestros primeros exploradores no los descubrieron porque sospecharon de nosotros y se ocultaron. Y todo este tiempo, cuando creíamos estar solos, nos han estado espiando…
“Les habrá sido relativamente fácil robar cosas: televisores, equipo psicofónico, libros… lo suficiente para hacerse una idea de nuestra cultura y aprender nuestro idioma. Y finalmente enviaron a un agente para que viviera con nosotros y pudiera conocernos a fondo… Joe.
Rio de nuevo.
–¡Oh! Fue una idea brillante. Y su resultado no lo ha sido menos. Joe se ha escapado con toda la información que deseaba. Y se ha llevado mis libros, los cuales enseñarán a su gente la suficiente biología adicional como para colocarlos unos siglos por delante de nosotros. Y, entretanto, seguimos sin saber nada acerca de ellos. Ni cuántos son, ni dónde viven, ni cómo piensan, ni lo que quieren… ¡Nada!
Tía Edith atrajo a Pete un poco más hacia ella.
–Pero Joe era tan… agradable… –susurró.
–¡Oh! Desde luego –admitió tío Gunnar–. Desde luego. Un tipo simpático, aunque no sabemos hasta qué punto pudo haber estado fingiendo. De todos modos, se ha marchado.
–Su raza se encuentra ahora en una envidiable posición con respecto a nosotros. Trataremos de darles caza, naturalmente, pero han tenido mucho tiempo para prepararse.
–Supongo que no se decidirán por la guerra –dijo tía Edith–. Saben que no podrían ganarla contra toda la galaxia.
–No. Pero pueden obtener toda clase de concesiones de la galaxia, amenazando con declararles la guerra a los colonos establecidos aquí.
Se encogió de hombros, con aire desalentado.
–Tal vez sus intenciones no sean malas; tal vez decidan colaborar con nosotros. Entre el hombre y los nerthusianos, este planeta podría ser un paraíso para todas las razas. Pero no sabemos cómo son, Edith, no lo sabemos…


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