domingo, 16 de abril de 2017

La deuda

Juan Carlos Botero


Se oyeron los gritos y la conmoción en el corredor. En seguida, dos guardias entraron a la enfermería cargando de los brazos al preso apuñalado. Arrastraba los pies. Tenía el rostro contraído por el dolor; abría los ojos desorbitados y los volvía a cerrar apretando los párpados. Abría la boca como si se fuera a ahogar, pero no emitía sonidos. “¡Traigan al médico!”, gritó uno de los guardias, y recostaron al herido sobre una camilla. El joven sudaba. Le habían clavado un punzón junto al ombligo, levantando la piel hasta la tetilla. Se corrió la voz: era un faltón. No había cancelado su deuda semanal de bazuco. Soltó un alarido. Los guardias lo sujetaron. El médico entró corriendo. Se lavó de prisa las manos y examinó al muchacho. Negó con la cabeza. A los cinco minutos el preso murió. Le encontraron en el bolsillo de la camisa ensangrentada un trozo de papel con un mensaje escrito a lápiz que decía: Mamita, necesito 1.000 pesos porque me van a matar.


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