domingo, 30 de abril de 2017

Los expectantes

Ulises Paniagua


Cuando subí a la azotea a tender la ropa, me venció el asombro. A lo lejos, sobre el cerro (un poco más allá de la autopista), una serie de formas semihumanas acechaba. Supuse que se trataba de rocas, aunque me pareció extraño no haberlas notado antes. Después imaginé un derrumbe dando paso a una nueva morfología del cerro. No eran piedras. Eran seres gigantes. Debían medir entre cuatro y cinco metros de altura. Lo que me inquietó fue su inmovilidad. Permanecían, algunos de pie, otros en cuclillas, apenas cubiertos con taparrabos, observando la breve ciudad en la que vivo. Su piel tenía el color del tezontle. Era imposible no sentirse intimidado por su mirada. Qué esperaban, no pude descubrirlo durante los minutos que dediqué a contemplarlos, a tratar de capturar una buena foto a través de mi celular antes de marcharme al trabajo. Ahora ha oscurecido. Habrá que esperar a que amanezca para saber si los expectantes siguen allí; o escuchar gritos aterrados durante la madrugada, para certificar sus intenciones.


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