miércoles, 5 de abril de 2017

Seducción

Stephen Vincent Benet


En mis mocedades tuve siempre por costumbre leer una enorme cantidad de libros; hoy, sin embargo, éstos me irritan. Marian los sigue trayendo de la biblioteca y, una que otra vez, tomo alguno y leo unos cuantos capítulos; pero, tarde o temprano, me encuentro con cosas que simplemente me enferman. No me refiero a pasajes importantes, sino a la estupidez eterna de los personajes que, en los libros, actúan y viven distinto de como vive la gente de verdad. Mi mujer, por supuesto, lee de preferencia novelas de amor. A mí me parecen sencillamente detestables y del peor gusto…
Lo que se me antoja aún más difícil de comprender, es lo que en los libros se refiere al dinero. Es indudable que, para emborracharse, para salir de paseo con la novia, se necesitan monedas. Por lo menos, ésta ha sido siempre mi experiencia. La gente que vive en estos libros parece, sin embargo, haber inventado una clase de moneda especial que sólo se gasta en viajes o en saraos. Por lo que se puede colegir, el resto del tiempo estos personajes pagarán sus cuentas y sus gastos con conchitas de mar, como los pieles rojas.
En miles de ocasiones los personajes de las novelas son pobres, tan pobres que dan asco. Y en muchas ocasiones, cuando las cosas están de lo peor, surge de cualquier parte una pequeña herencia o legado y la vida se vuelve a abrir, nueva y gozosa, como un gran tulipán. En mi vida no tuve más que una herencia, y la manejé de tal forma, que por poco me arruina…
En 1924 murió en Vermont mi tío Barnard, y cuando se arregló lo de la herencia, nos tocaron, a mi hermana Lou y a mí, mil doscientos treinta y siete dólares sesenta y dos centavos a cada uno. El marido de Lou invirtió su parte en terrenos en Los Ángeles –viven todavía en California– y creo que les ha ido bien. Yo cogí mi dinero, presenté mi renuncia en la casa de Rosemberg y Jenkins –juguetes y novedades–, donde entonces trabajaba, y me trasladé a Brooklyn para escribir una novela.
Cuando vuelvo la vista atrás me parece esto una cosa fuera de razón, pero en aquellos días me hallaba totalmente “tocado” en lo que se refiere a leer y escribir. Con alguna suerte había preparado y escrito algunos anuncios para la casa donde trabajaba y era aquel el momento cuando todo el mundo estaba interesado “en los nuevos escritores americanos”. Escribir era, pues, en aquel entonces, trabajo de mucho porvenir. Yo no fui a la guerra; perdí la ocasión de ir al frente, pues cuando finalizó el conflicto tenía yo solamente diecisiete años. Tampoco logré terminar mis estudios, debido a la muerte de mi padre. Verdaderamente yo nunca había logrado hacer algo que satisficiera por completo mis deseos, desde que me vi obligado a abandonar la escuela para emplearme en la fábrica de juguetes. El trabajo era relativamente fácil; mas cuando llegó mi esperada oportunidad, no logré refrenarme y decidí cortar por lo sano.
Hice el cálculo de que podría vivir fácilmente un año con los mil doscientos dólares y pensé, al principio, marcharme a Francia. Pero existía la dificultad de tener que aprender “a hablar como rana”, sin contar el pasaje de ida y vuelta. Deseaba, además, vivir junto a una biblioteca pública de importancia. Mi novela tendría, por tema la revolución americana. Había leído Henry Esmond más de cien veces y quería escribir una novela así de fuerte.
Estoy seguro de que la mayor parte de mis antepasados –puritanos de Nueva Inglaterra– también habrían escogido Brooklyn. Eran éstos, atrevidos como buenos pioneers, pero no por ello dejaban de ser precavidos y los irritaba tener que exponer algo, siempre que no se hiciera en beneficio de alguna cosa grande. Yo soy como ellos, y cuando tomo alguna decisión, me gusta tener la mente bien ordenada y saber lo que estoy haciendo.
Me imaginé que en Brooklyn estaría tan solitario como lo hubiera estado en Pisa, y con más comodidades. Sabía con exactitud la cantidad de palabras que componían una novela –había contado y recontado muchas de ellas–, y en ese entendimiento compré la cantidad suficiente de papel, una máquina de escribir de segunda mano, lápices y borradores. Estos gastos, naturalmente, acabaron con todas mis economías, pero me juré no tocar un centavo de la herencia, hasta no comenzar mi trabajo. Me sentía satisfecho y fuerte “como un millón de dólares” y puedo asegurar que, aquel día luminoso de otoño, cuando tomé el metro en Nueva York y me dirigí al otro lado del Hudson, me pareció que iba en busca de un tesoro.
Posiblemente fueron mis antepasados los que inspiraron mi viaje a Brooklyn, mas no sé qué extraña fuerza me hizo detenerme ante el umbral de la casa de la señora Forge. Seguramente que, en Nueva Inglaterra, mi abuelo Wrestling Southgate –el perseguido por las brujas–, hubiera llamado a aquella casa “una trampa risueña del maligno”. Volviendo la vista al pasado, podría asegurar que mi abuelo no hubiera estado del todo en un error.
La señora, en persona, me abrió la puerta –Serena había salido y no estaba nadie más en la casa–. Un sinnúmero de veces se había discutido la posibilidad de poner un anuncio en los periódicos, pero aún no lo habían hecho y jamás se les había ocurrido colgar un letrero en la ventana. Si no hubiera sido porque al ver la casa me pareció del tipo y la clase que yo buscaba, nunca se me habría ocurrido llamar a la puerta del hogar de la señora Forge. Cuando ésta, después de repetidas llamadas, al fin abrió la puerta, me imaginé que me había equivocado y, lo primero que hice fue excusarme.
Se hallaba la señora Forge vestida con su traje negro de vuelillos blancos, como si fuera a salir de visita en su calesa.
En el mismo momento en el que comenzó a hablar, me di cuenta de que era del Sur. Todos los del Sur poseen aquella dulce entonación tan difícil de describir. A pesar de eso no hay nada tan inaguantable como la gente del Sur, que habla por la nariz; estos nos dan cien y las malas a nosotros, los “yanquis” del Norte. La señora Forge, sin embargo, como todas las personas del Sur que tienen distinción, no hablaba por la nariz; su voz dulce y lejana hacía pensar en el sol, en tardes cadenciosas y ríos que corren con lentitud; y en el tiempo, el tiempo, el tiempo resbalando alegremente y sin dirección determinada.
Me pareció que mis excusas y mi cortesía deben haberle agradado, porque inmediatamente me invitó a entrar, y me ofreció un pedazo de pastel de frutas y un vaso de limonada. Al escuchar la voz cálida y armoniosa de la señora Forge, sentí de pronto como si hubiera estado congelado mucho tiempo y sólo entonces empezara a calentarme. Había siempre en la cocina una jarra de limonada guardada en el refrigerador, a pesar de que las “niñas” bebían, de preferencia, café helado. Muchas veces las vi llegar de la nieve y en lo más crudo del invierno y beberse su gran vaso de café helado. Nunca pensaban en el frío e imaginaban que éste no existía… Eran así.

***

La habitación era exactamente lo que yo buscaba. Grande y soleada, viendo hacia el patio de la casa, donde se advertían restos de flores y un pasto raquítico. Olvidé decir que la casa estaba en Prospect Park, pero en verdad, el lugar donde haya estado no tiene importancia, pues estoy seguro de que ni la calle ni la casa existen ya.
Tuve que hacer acopio de toda mi energía para preguntarle a la señora Forge por el precio de la habitación. Era tan distinguida, tan fina y educada que, más que como a un posible inquilino, me trataba como a un amigo que hubiera llegado a visitarla. No sé si ustedes podrán comprender esto, pero lo cierto es que, cuando después de mucho esfuerzo logré pedirle el precio de la renta, no pudo contestarme porque, sencillamente, no lo sabía.
–En estos momentos… señor Southgate –murmuró con esa voz suave y gentil, que saltaba sin esfuerzo y corría como el agua–, desearía con el alma que mi hija Eva estuviera aquí para recibirlo; pero desgraciadamente mi hija Eva se ha visto obligada a aceptar una posición comercial, desde que tuvimos que trasladarnos al Norte, con motivo de la educación artística de mi hija Melissa. Esta misma mañana, sin ir más lejos, le indiqué: Eva querida, suponte por un instante que Serena haya salido cuando alguien venga a inquirir por el cuarto. Yo posiblemente tendré que dar las indicaciones consiguientes y esto será para mí verdaderamente penoso; pero en aquel mismo momento pasaron unos chiquillos gritando por la calle y haciendo un ruido de los mil diablos y no pude escuchar lo que mi hija Eva respondió. De manera, señor Southgate, que si usted se encuentra apremiado, no sé exactamente lo que podamos hacer.
–Le podría dejar un depósito –indiqué, fijándome entonces que el traje negro de seda con vuelillos tenía un remiendo y que las zapatillas de baile, increíblemente pequeñas, estaban ya muy viejas. Pese a esto, la señora Forge conservaba, y lo conservó hasta el último día que yo la vi, su aspecto de duquesa.
–Sí, señor Southgate, me imagino que usted podría hacerlo –respondió con una falta total de interés–. Creo que esa deberá ser la fórmula comercial. Ustedes los hombres del Norte saben cómo hacer negocios. Yo siempre recuerdo que, algunos meses antes de morir, mi esposo, el señor Forge, me dijo: “Milly, los yanquis serán, si tú quieres, unos réprobos y unos ‘malditos’, pero después de todo, tenemos que convivir con ellos en un mismo país y puedo asegurarte que, en varias ocasiones, he encontrado muchos de ellos sin cuernos y sin rabo.” Usted comprende, el señor Forge era un sutil humorista. Hoy nosotras, después de varios años aquí, nos vamos acostumbrando a la gente del Norte. Y, dígame usted, señor Southgate, ¿está por casualidad emparentado con los Southgate de Mobile? Perdone mi curiosidad, pero observándolo me pareció ver cierta semejanza.
Sería inútil que tratara de explicarles cómo hablaba la señora Forge. No alargaba las “aes” y las “erres”, como la mayor parte de sus compatriotas del Sur. Su manera de hablar era aun más cálida e insinuante y la señora Forge hablaba continuamente. No era nerviosismo ni afán de impresionar a su auditorio. Era simplemente que hablar era para ella tan fácil y descansado como para nosotros permanecer callados. Todas ellas hablaban siempre. No importaba que la conversación no tuviera dirección ni motivo o que ésta no llevara a ninguna parte. Ellas esperaban que así fuera. Su charla era como una droga que convertía la vida en una cosa irreal… la vida que, por supuesto, no es eso.
Fui, finalmente, por mi equipaje y me instalé en la casa. No tenía la menor idea de cuánto me costaría el cuarto, ni cuáles ni cómo serían las comidas a las que tenía derecho, pero dentro de mí existía la certeza de que todas estas cosas se arreglarían satisfactoriamente a su debido tiempo.
Éste fue el resultado de una hora y media de charla con la señora Forge; éste, el resultado de su voz acariciadora. Abrigaba, sin embargo, el firme propósito de tener una explicación clara y concisa con “mi hija Eva”, quien, a juzgar por la misma señora Forge era “el hombre de negocios” de la familia.
Cuando volví con mi equipaje, Serena me abrió la puerta. Para congraciarme con ella le regalé cincuenta centavos y ella me tomó una antipatía instantánea, de la cual nunca pude deshacerme. Serena era pequeña, arrugada y negra como el carbón y con un par de ojillos maliciosos y bailones. Nunca supe cuánto tiempo había servido a las Forge, pero sentí que había crecido con la familia, con la casa colonial del Sur, desde tiempo inmemorial, como una enredadera…
Cada vez que la oía cantar en la cocina, sentía que su voz y su intención iban dirigidas a mí. Me daba cabal cuenta de esto y, su maldición extraña, su exorcismo de esclava negra llegaba así: “Palomita mía, nadie habrá de llevarse volando a mi dulce palomita. El viejo gavilán ronda y bate sus alas… flap… flap… flap… mas mi hombre toma su rifle, lo dispara y el viejo gavilán… hi… hi… hi… no tocará ya nunca a mi dulce palomita…”
Yo me daba muy bien cuenta de quién era el viejo gavilán. Parece muy gracioso, pero para mí nunca lo fue. La voz de Serena siempre me infundió miedo, como si fuera la de un fantasma. Eva se rio siempre de mis prevenciones. Serena era para ellas parte de su vida, una molestia de la cual no podían deshacerse y que trataban como se trata a un niño caprichoso. Nunca, aun después de tantos años, he podido comprender la manera como la gente del Sur trata a sus sirvientes: cariñosa y adusta, al mismo tiempo severa y paternal.
A todo esto, parece como que yo no quisiera hablarles de Eva, la verdadera protagonista de esta historia; mas verdaderamente no sé por qué ha pasado así y por qué todavía no se las he presentado…
Desempaqué mis maletas y me sentí instalado. Mi cuarto quedaba en el tercer piso, pero desde allí pude oír el parloteo de las “niñas” que entraban exclamando todas, sin excepción: “Linda, estoy fatigadísima”, “amor, estoy tan cansada…” En tanto que la señora Forge respondía invariablemente: “Descansa, mi cielo, descansa…” Esta escena se repitió tres veces. No podía imaginarme por qué razón estaban todas las “niñas” tan cansadas, hasta que logré darme cuenta de que ésta era sólo una manera de hablar.
Tan pronto como la señora comenzaba a hablar, ya nadie se sentía cansado y se escuchaban risas a granel. Comencé a sentirme abandonado y solo, en mi cuarto del tercer piso; además, tanta charla y tanta risa empezaron a irritarme. Pensé en cambiarme de casa, pero luego decidí que si ya había rentado el cuarto, ahí permanecería hasta terminar mi novela.
De tal manera que cuando Eva llamó a mi puerta, mi estado de ánimo era de todos los diablos y le respondí en el mismo tono y con la misma altanería con la que se le responde a una sirvienta. “Adelante”, le grité, sin moverme de mi asiento.
Eva abrió y permaneció indecisa en el marco de la puerta. Supuse que si había venido era porque Melissa le había apostado a que no se atrevería a entrevistar al nuevo huésped…
–Es usted, si no me equivoco, el señor Southgate –dijo al fin, vagamente, como si su voz hubiera salido de un espejo o de uno de los cajones de la cómoda.
–Y usted será, probablemente, el doctor Livingstone –respondí, queriendo hacer un chiste y señalando el cartel colgado en la pared y en el cual dos ingleses se saludan formalmente en una selva africana. Eva sonrió y me dijo:
–Posiblemente hemos estado haciendo mucha bulla. Pero es Melissa la que hace más ruido… nunca la pudimos educar mejor. Le pedimos a usted que nos disculpe y que nos haga el honor de su compañía. No siempre somos tan locas… así lo parecemos pero en el fondo somos gente formal…
Eva era morena, de un moreno pálido y luminoso. Hay una flor que crece en el Sur y que se llama fresia. Los pétalos de esta flor tenían el color de su tez y, aún más extraño, el perfume, la dulzura fuerte y exótica de esa flor –esa cosa irreal que tiene algo de fantasmagórico– porque la fresia huele a primavera, pero a una primavera espectral cuando empieza a descender el crepúsculo y todas las cosas toman apariencias inquietantes… Eva era radiante y extraña y la palabra que mejor me parece definirla es “seductora”… Eva emanaba seducción…
Tenía labios muy rojos que al entreabrirse mostraban unos dientes blancos y chiquititos. En el nacimiento del cuello tenía una sola peca y nunca pude comprender por qué tenía sólo una… Luisa era la belleza de la familia y Melissa la artista. Así estaban arregladas las cosas. No me hubiera sido posible enamorarme nunca de Luisa o de Melissa; sin embargo, me gustaba ver a las tres hermanas juntas. Hubiera querido entonces vivir en una gran mansión colonial a la orilla de un río y allí pasarme la vida viéndolas siempre juntas. Qué sueños y qué ideas más absurdas se le ocurren a uno cuando se es joven. Sí, yo sería el primo del Norte que manejaría la plantación. En aquel entonces yo me dormía soñando todas las noches, por días y meses, en aquella lejana e imposible casa del Sur…
La señora Forge no vivía allí, ni Serena. El lugar era enorme y se extendía millas y millas. La mayor parte de la tierra no estaba trabajada y todos los negros colonos eran perezosos como ellos solos. Yo, sin embargo, los hacía trabajar. Me levantaba al rayar el alba y todo el día recorría la propiedad a caballo, planeando nuevas siembras y mejoras. Pero siempre regresaba en un caballo cansino, a través de la avenida floreada, desde la cual veía a las tres hermanas esperándome en la baranda de la casa, juntas y perfumadas como un ramillete de flores del Sur.
Todas ellas me cuidaban y me atendían porque sabían que venía cansado y yo me dirigía a mi cuarto, para cambiarme de ropa, tomar un baño caliente y mirar una vez más al río murmurador, que culebreaba a espaldas de la casa. Eva entonces me enviaba con uno de los sirvientes negros un gran vaso de mint-julep, la bebida deliciosa del Sur, hecha de whisky, bourbon y menta. Luego de tomarme la bebida reconfortante, sorbo a sorbo, bajaba a comer y, si después de la comida no tenía que revisar cuentas o planear alguna innovación en el terreno, jugábamos las tres hermanas y yo juegos de prendas o juegos de azar, con fichas de marfil antiguo…
Creo que todo esto lo debo de haber sacado de algún libro, pero para mí esto no era un sueño sino una realidad que yo efectivamente vivía. Muchas veces las tres hermanas y yo envejecíamos. Pero no cambiamos gran cosa. En repetidas ocasiones las otras dos hermanas se casaban con amigos míos y otras yo me casaba con Eva. Pero nunca teníamos hijos y ninguno de nosotros dejaba la plantación ni la casa. Yo seguía trabajando duro y todos parecían satisfechos con mis esfuerzos. Teníamos algunos vecinos, mas pronto me aburrieron y entonces trasladamos nuestra casa y nuestra plantación a una isla a la cual se podía llegar solamente en bote… Este ligero cambio me pareció muy satisfactorio…
Esto no era un sueño, ni una cosa irreal o tonta. Lo había yo fabricado en mi cerebro y la visión era real. Al fin del año me pasaba horas enteras despierto y soñando, cambiando, arreglando, pintando mi sueño, el cual era siempre el mismo y nunca me hostigaba. Eva nunca supo de mi sueño, ni aun cuando estuvimos comprometidos. Quizá si lo hubiese sabido, las cosas hubieran sido diferentes, pero no lo creo.
Eva no era una persona a la que le pudiera contar mis sueños. Ella era el sueño mismo. No quiero decir con esto que fuera como un fantasma, pues yo la tuve en mis brazos viva y ardiente y, como las cosas son así, Eva era una mujer que, como todas, podría casarse y tener hijos. Pero lo importante no era eso, sino el sueño que era ella misma.
Eva ni siquiera tenía una gran imaginación. Ninguna de ellas la tenía. Solamente vivían, vivían como las flores, como los árboles. Nunca planeaban nada ni preparaban nada para el futuro. Me pasé horas enteras tratando de explicarle a la señora Forge que si usted tenía diez dólares, lo importante no eran solamente los diez dólares, sino que éstos significaban algo que se podría poner en el banco como un depósito. Ella me escuchaba con mucha amabilidad, pero los diez dólares para ella seguían siendo algo que debería gastarse. A ellas les parecía magnífico tener dinero, tal como les interesaba tener la nariz bonita. El dinero para ellas era como la lluvia –caía o no caía– teniendo la firme convicción de que no había manera alguna de hacer lluvia…
Estoy completamente seguro de que nunca hubieran emigrado al Norte si no hubiese sido a causa de una tragedia o secreto familiar. Una disputa, una tragedia que ni ellas mismas comprendían. Las oí hablar de esta rencilla más de una docena de veces, pero nunca supe exactamente de qué se trataba y sólo pude enterarme de que tenía conexión con dos cosas: una plantación y una prima Belle, que las había engañado. “La prima Belle se portó muy mal con nosotros: olvidó sus buenas maneras y sus buenos principios, no nos quedó otro recurso que irnos, no nos quedó otro recurso…”, y las tres hermanas coreaban: “Sí, Barnard, no nos quedó otro recurso…” Supongo que vinieron al Norte malvendiendo las propiedades que les quedaron, pero aun así no estoy seguro.
Seguían teniendo, pese a todo, visiones doradas. Luisa iba a ser una gran actriz y Melissa una gran artista; y Eva, no sé exactamente, nunca lo supe, lo que quería ser, pero era también algo muy grande. Todo esto iba a suceder sin tener que trabajar de verdad. Esperaban que todo les cayera del cielo. Es cierto que Melissa y Luisa estaban tomando clases y Eva trabajando, pero esto no significaba más que compases de espera, cosas que había que hacer en tanto se abría la nube que enviaría el maná del cielo.
Tengo que decir en favor de ellas que el fracaso de sus sueños dorados no parecía perturbarlas ni herirlas en lo más mínimo; el único que verdaderamente sufría con cada desengaño era yo…
Esto fue posiblemente porque al principio creí firmemente en ellas. ¿Cómo podría ayudarlas? Después de todo, mi sueño se empezaba a hacer realidad. Estábamos viviendo en una isla, en una isla en medio de Brooklyn, una isla que era un pedazo del Sur de donde ellas procedían. Mucha gente visitaba la casa. Estudiantes, artistas amigos de Melissa, etcétera, lo cierto es que siempre estaba llena de jóvenes amigos, que una vez dentro, tenían que someterse a las leyes de la isla. Serena, por ejemplo, servía jamón frío durante la cena y alguna ensalada y tenía uno que mirar por la ventana para asegurarse que afuera había nieve y que no se debía abrir para dejar que la noche cálida del Sur entrara en la habitación…
No tengo idea de quiénes fueron sus inquilinos antes de mí, pero cuando yo llegué, sólo tenían otro, un tal señor Budd. Era un hombre como de cincuenta años, gordo, pequeño, que era empleado en una casa comercial y vivía en la casa sólo porque le gustaba la comida de Serena, quien, como todas las cocineras del Sur, servía platos complicados y caros.
Y yo creí, creí en todo y en todos. Me hallaba como bajo la influencia de una droga, como la víctima feliz de un encantamiento… subyugado, seducido por el ambiente. Creía firmemente en esa irreal realidad y veía a las tres hermanas regresar a Chantry –el pueblecito del Sur– famosas y casadas con maridos ricos y distinguidos, terminando la aventura como los cuentos de hadas.

***

Todas las mañanas nos juntábamos, todos los de la casa, a tomar el desayuno; pero en estas reuniones matinales el único que abría la boca para decir algo era el señor Budd. Las Forge nunca estaban totalmente despiertas hasta ya muy entrado el día. A la hora del desayuno sólo se les veía como a través de un velo. Muchas veces sentí que el corazón me latía desbocadamente al contemplar a Eva desde su lejanía, como si fuera una flor en un invernadero, o ante la cual hubiera que guardar un largo silencio y contener la respiración esperando que abriera sus pétalos.
Cuando al fin las “niñas” se iban a la calle con el señor Budd, yo subía a mi cuarto a trabajar. No quiero impresionarlos contándoles de la novela, pero, en honor a la verdad, trabajé muy duro escribiéndola. Siguiendo mi costumbre de hacer las cosas sistemáticamente, preparé un gran cartón que dividí en 365 partes, donde marcaba el progreso diario.
Salía después a almorzar y a hacer un poco de ejercicio que nada me costaba. Trabajaba luego por la tarde hasta la hora en que comenzaban a regresar las “niñas”. Después me era imposible trabajar y toda mi vida se reducía a seguir ansioso el paso diminuto y caprichoso de Eva.
La primera vez que besé a Eva fue en una fiesta de Año Nuevo. Uno de los amigos de Luisa había traído unas botellas de vino italiano y, festejando el nuevo año nos pusimos todos a beber y a cantar. Serena tenía la noche libre y Eva y yo andábamos por la cocina buscando vasos limpios. Ambos nos sentíamos contentos y nuestro beso fue la cosa más natural. De tal manera que yo no volví a pensar en eso hasta el día siguiente cuando, por la tarde, fuimos todos al cine. De momento me puse a temblar como si me hubiera dado un enfriamiento y Eva me preguntó, tomándome cariñosamente la mano: “¿Qué te pasa, amor, qué te pasa?”
Así fue como empezamos, y esa misma noche inventé la plantación a orillas del río murmurador y la casa colonial. No soy tonto y ya había conocido varias mujeres, pero durante los meses de enero, febrero y parte de marzo me contenté con estrechar las cálidas manos de mi novia y no pensé siquiera en besarla de nuevo. No sé cómo explicarlo, pues Eva no se oponía ni rechazaba mis caricias; era que íbamos como en un bote flotando en el río y era tan agradable contemplarla, tan dulce sentir su suave presencia y estar cerca de ella, que ya no necesitaba más. Todavía no comenzaban el desengaño ni la pena, pero durante todo aquel tiempo había algo en mi interior que luchaba por salirse del barco luminoso, por escaparse del río murmurador. No era aquel mi río y nunca lo fue y algo en mí lo sabía, pero cuando está usted enamorado, nunca tiene sentido común.
Hacia el final de marzo la mitad de la novela estaba terminada. Necesitaba como dos meses más para darle fin, revisarla y luego hacer las diligencias necesarias con periodistas, editores, etcétera, y una noche que hacía mucho frío, Eva y yo salimos a caminar por el parque. Cuando volvimos, la señora Forge nos preparó chocolate caliente y cuando lo estábamos tomando, ésta se fue quedando dormida en su mecedora. Pusimos las tazas sobre la mesa y, como siguiendo una señal preconcebida, nos dimos un prolongado beso, un beso que duró mucho tiempo y que en la casa silenciosa y dormida era como la continuación del sueño mismo. A la mañana siguiente, cuando me levanté, un viento tibio de primavera se coló por mi ventana y pude observar que en el patio los árboles mostraban un inicio de hojas. Durante el desayuno, Eva estuvo como siempre, cerrada y misteriosa; pero cuando subí a mi cuarto a trabajar me di el lujo de cerrar el puño a la memoria de mi abuelo, Wrestling Southgate –el perseguido por las brujas– decidiendo mandar al demonio toda su influencia y casarme con Eva.
Como antes he dicho, en aquella casa no se le daba ninguna importancia al futuro ni se planeaba nada y cuando le expliqué a la señora Forge cuál era exactamente mi estado financiero, no me hizo el menor caso, celebrando la ocasión de mi compromiso con Eva, no como una cosa seria en la cual estaba implicado el futuro de una hija, sino como una fiesta. Todos se pusieron muy contentos, excepto Serena. De plano se rehusó a creerlo y siguió desde su cocina cantando su misma tonada del gavilán. Esto me hizo sentirme muy raro, pues aunque yo sabía que Serena me odiaba, nunca pensé que iba a tomar la cosa de esa manera. Además, me parecía que Serena y yo nos podríamos entender; ella estaba más cerca de la tierra que los demás miembros de la casa. A los demás yo los quería sin comprenderlos y a veces hasta dudaba de su existencia real, tal como si fueran tan solo los habitantes de la casa colonial junto al río murmurador. Y así quise, intensamente, locamente a Eva, sin que tampoco ella me entendiera.
Podía besar a Eva muchas veces, cuantas quisiera, pero muchas veces cuando yo la besaba no estaba allí y la sentía lejana como la luna del Sur. No era frialdad ni desapego de su parte, era simplemente que ella vivía en otro clima. Durante horas yo le hablaba de nuestros proyectos de matrimonio y de nuestro futuro y siempre me interrumpía diciéndome:
–Sigue, mi amor, sigue hablando, me hace sentir tan tuya y tan a gusto tu voz…
Pero se hubiera sentido igual de contenta si yo le cantara una canción, en vez de hablarle de matrimonio. Dios sabe muy bien que yo no esperaba que ella pudiera interesarse en el negocio de los juguetes y las novedades y mucho menos en mi novela, pero yo sentía, honradamente, que no hablábamos el mismo idioma, lo cual era absurdo, siendo estadunidenses los dos. A pesar de todo, Eva continuó siendo una bella extranjera.
Recuerdo muy bien un día que me irrité mucho con ella cuando averigüé que le seguía escribiendo a un amigo suyo que había sido casi su novio y que vivía en el Sur. De esto no me había dicho nada; sin embargo, cuando le reclamé abrió mucho sus dormidos ojos y me dijo con sincera sorpresa:
–Pero mi amor, cómo quieres que así de pronto deje de escribirle a Furfew. Sabes que casi estuvimos comprometidos.
–Sí –le respondí–, pero ahora tú estás comprometida conmigo.
–Sí, mi amor, lo sé –respondió, convencida de que tenía la razón–, y esa es la causa por la cual no puedo dejar de escribirle. Lo heriría muchísimo que dejara de escribirle sólo porque estoy comprometida contigo.
–Pero comprende lo que te quiero decir –exclamé, pensando en cuál de los dos estaría loco–: ¿es cierto o no que nos vamos a casar?
–Por supuesto, amor.
–¿Entonces, qué? ¿Qué tiene que ver ese Furfew con nuestro matrimonio? ¿Estás comprometida con él o conmigo?
–No, mi amor, estoy comprometida contigo y nos vamos a casar, pero Furfew es mi amigo y ha sido siempre muy bueno conmigo y, además, estuvimos comprometidos muchos años. No me parece, pues, político ni generoso romper con él de esa manera…
–No lo creo –grité ya furioso–. No creo que exista ningún Furfew. Me parece una cosa de esas que en los laboratorios crecen dentro de un vaso. Cómo es, a ver, explícame, cómo es tu famoso amigo…
Se quedó pensando mucho tiempo y finalmente me contestó:
–Es muy simpático y muy agradable y usa un pequeño bigotito.
Más tarde pude averiguar que el tal Furfew era nada menos que el Rockefeller de Chantry, dueño de una gran fábrica de aguarrás. Estaba tan acostumbrado a que nadie tuviera dinero en Chantry, que este descubrimiento me causó una desagradable sorpresa. Después de esto, Furfew comenzó a visitar nuestra plantación y nuestra casa colonial a orillas del río murmurador. Se acercaba a nuestra isla en una lancha de motor, pintada de rojo y adornada con velas blancas y rojas… Siempre le salí al paso, amenazándolo con una escopeta vieja.
Para colmo de males, comenzaron a inquietarme los problemas de dinero. Cuando usted está enamorado le gusta regalarle cosas a su novia y le gusta hacer bien las cosas. Dios sabe que Eva no era interesada y que igual le contentaba que le ofreciera un refresco que un par de guantes importados. Por cierto, siempre pensé que le gustarían más los guantes…
No me había desviado ni un ápice de mi programa de trabajo, pero no había podido hacer lo mismo con el dinero. Cada semana me extralimitaba, pasándome de la cantidad que tenía presupuestada. Y repito lo que dije al principio, que la gente que escribe libros no sabe nada de dinero. Acaso algunos autores puedan escribir lo que es estar sin plata; pero no he encontrado todavía ninguno que sepa lo que es tener suficientes trajes y la comida asegurada y, sin embargo, saber que su novia depende de un dinero que usted no tiene.
Yo podía, naturalmente, volver al negocio de los juguetes y las novedades y Eva podía haber seguido trabajando. Esto es lo que hubieran decidido nueve de cada diez personas. Pero yo no podía hacer eso con Eva. Sencillamente no podía suceder así.
Yo quería llegar a ella como un salvador o como un príncipe. Ser el primo del Norte que rescata la plantación; yo quería todo o nada, lo mejor de lo mejor, y ante la sonrisa seductora de Eva yo me sentía valeroso y capaz de las mayores proezas.
Además había trabajado cerca de ocho meses, ocho meses de trabajo constante en mi novela y no me parecía inteligente abandonarla. Ésta sería, quizás, el peldaño para el éxito, mi iniciación en el mundo literario y luego el dinero y la gloria.
Eva nunca se quejaba, aceptaba la situación tal cual era, pero nunca la comprendió. Como salida final, me decía siempre que podíamos todos regresar a Chantry y vivir sin preocupaciones. Pero yo no pertenezco a esa clase de individuos: si siquiera hubiesen en verdad existido mi plantación y la casa colonial junto al río, pero yo sabía que en Chantry –lugar que ya conocía como mis manos– no tendría yo nada que hacer, excepto aceptar un empleo en la fábrica de aguarrás de Furfew, idea que no me agradaba lo más mínimo.
Poco a poco me fui dando cuenta de que las Forge estaban ya gastando su último centavo y que éste era el final de todas sus economías. Lo supe de casualidad, porque esta gente nunca hablaba de dinero. Mas cuando está usted gastando y gastando todo lo que tiene, llega un momento en que ya no tiene nada. Esto, sin embargo, parecía sorprender mucho a las Forge. En aquellos momentos angustiosos yo hubiera deseado ser tan inconsciente como ellas.
Eran más o menos mediados de julio y un sábado por la tarde llegó Eva con la noticia de que la habían despedido de su empleo, por un recorte. Acababa yo de revisar mis cuentas y cuando ella me espetó la feliz noticia, comencé a reírme, a reírme de tal forma que no podía callar.
Eva me miró al principio con gran sorpresa, y luego ella también se puso a reír.
–Mi amor –me dijo entre risa y risa–, eres lo más raro que he visto. Tú, que siempre tomas las cosas tan en serio, ahora te ríes y no le das a mi despido ninguna importancia…
–Es una antigua costumbre del Norte –respondí amargamente–. Ríe, payaso, ríe… En nombre del cielo, Eva, ¿qué vamos a hacer?
–Creo que podría conseguirme otro empleo, pero, mi amor, ¿tú crees que debo hacerlo? ¡Le he tomado un odio espantoso a esas oficinas tan aburridas y tristes! Mi amor, ¿en serio crees que deba sacrificarme y buscar otro trabajo?
–No importa, mi amor, no importa –le contesté, todavía riendo–. Nosotros somos los únicos que importamos…
–¡Qué lindo y qué bueno eres, mi dulce amor! –respondió, notándose en su expresión una sensación de descanso–. Así es exactamente como yo me siento. Y luego, cuando nos casemos, nos preocuparemos de que Melissa y Luisa tengan todo lo que necesitan, así como también nos haremos cargo de mamá… Sabes bien, mi amor, que ellas no podrían jamás regresar sin mí a Chantry y, además, sería injusto que tuvieran que aguantar las necesidades de mi prima Bella, con la que, como sabes, no nos llevamos…
–Por supuesto, por supuesto –le dije–, cuando nos casemos todo se arreglará–. Y salimos al jardín para empaparnos en aquella maravillosa luna de verano y para sentir las flores que bajo la caricia lunar eran luminosas, misteriosas y pálidas como la tez de mi amada. Sin embargo, aquella noche me di cuenta de que Furfew había acercado su canoa y anclado frente a nuestra isla. Desde las ventanas de nuestra casa colonial pude divisar su insignia.
No puedo describir con precisión los dos meses siguientes. Fueron una verdadera barahúnda, en la que estaban mezclados, unidos en íntimo consorcio, el sueño y la realidad. Melissa y Luisa tuvieron que suspender sus clases, de manera que, la mayor parte del tiempo estábamos todos en la casa. Muchísima gente llegaba. Unos eran visitantes, otros cobradores, lo cierto es que, fueran quienes fueran, por lo general se quedaban todos a comer. A Serena no le importaba, por el contrario, le encantaba que hubiera invitados que celebraran su comida. Me acuerdo muy bien que casi con el último de mis centavos pagué una cuenta de ocho jamones y no sé cuántas latas y kilos de café. Hacía ya meses que la cuenta no se pagaba.
Muchas veces nos apiñábamos en un Ford viejo de uno de los artistas amigos de Luisa y nos íbamos todos a la playa. A Eva no le gustaba mucho nadar, pero en cambio le encantaba tenderse en la arena. ¡Visión maravillosa que nunca se borrará de mi corazón! Cómo estaba Eva de inquietante y de hermosa entre los colores verdes del mar y el ocre de la playa, cómo se transparentaba su piel alabastrina bajo sol fuerte del verano. Y sin embargo, Eva se veía igual de arrobadora y bella cuando estaba sentada en la mecedora de su casa, bajo la lámpara verde que le daba una apariencia de irrealidad.
Cuentan que la época más alegre en Charleston fue durante lo más cruento de la guerra civil, cuando la batalla de Sunter. Todos los charlestonianos estaban reunidos y, con la amenaza de muerte encima, se divertían de lo lindo. Pude yo en aquel entonces, en la casa de las Forge, darme cuenta de que esto era muy posible y muy humano. Habíamos llegado al borde del precipicio y el destino ya no nos pertenecía.

* * *

Todo estaba enredado: mi corazón, mis sueños y la realidad. Muchas veces, sentado en la playa con Eva, recorría, al mismo tiempo, la plantación junto al río, recogiendo datos y dando órdenes a mi capataz y planeando cosechas venideras. Llegué a idolatrar nuestra casa colonial imaginaria y aún hoy la recuerdo con nostalgia. Furfew, por supuesto, comenzó a darnos guerra, se acercaba cada vez más a las orillas de nuestro río… y empezaba a inquietar a nuestros colonos… Entretanto, terminé la novela y comencé a revisarla. Muchas veces Eva me preguntaba por qué no nos casábamos inmediatamente, asentando que las cosas se arreglarían en el camino y que ésta sería la mejor solución. Pero yo sabía que esto sencillamente no podía ser, no se puede usted casar sin tener algún futuro. Empezamos, pues, a tener discusiones y esto vino a agriar nuestras relaciones…
Adoraba a Eva y, sin embargo, no me sentía capaz de algo grande. ¿Por qué no la seducía, como lo hacen los protagonistas de las grandes novelas de amor? Esto quizás hubiera sido para ambos la mejor solución. No me detenían prejuicios de orden moral, ni nunca he sido pusilánime con las mujeres, pero esto era imposible, porque es imposible seducir a un sueño.
Supe que Eva y Furfew se habían continuado escribiendo y esto me irritaba de tal manera, que no quise saber más del asunto. Sabía que el dinero de la herencia, el que me dejara mi tío Barnard, se acababa y que todos mis ahorros estaban corriendo el mismo riesgo y ya no importaba, sólo quería que las cosas siguieran como estaban, sentir la presencia de Eva todos los días, escuchar su voz y contemplar su piel de flor extraña del Sur…
Finalmente, un día me enteré de que Furfew venía al Norte. Al principio la noticia casi no tuvo importancia, por lo menos yo no comprendí su alcance. Andaba como sonámbulo y no comprendía bien las cosas. Pero luego me di cuenta, luego me di cuenta…
Estábamos un día Eva y yo sentados en el patio, una tarde llena de misterio, en la que mi amor se transparentaba en algo reverente y hondo. Eva, como siempre, muy cerca y muy lejos de mí. Serena, desde la cocina, cantaba: “El viejo gavilán se irá muy lejos… se irá ahora muy lejos el viejo gavilán…” La voz de Serena aquella tarde me pareció profética, yo sabía quién era el viejo gavilán… La cabeza de Eva reposaba sobre mi hombro y mis brazos se enlazaban alrededor de su talle, pero estábamos tan lejos como Brooklyn y Nueva York, bajados todos los puentes que los comunican. Alguien estaba haciendo el amor, alguien sintiendo cosas hondas, pero no éramos Eva ni yo.
–¿Cuándo llega? –pregunté.
–Salió ayer en su automóvil –me contestó fríamente.
–Llega el feliz caballero, el moderno Lochinvar trayendo en vez de escudo el parabrisas. ¿Tendrá, por supuesto, una gran máquina…?
–Sí, tiene un auto muy potente…
–¡Oh, Eva… Eva! ¿No se te destroza la vida? ¿No se te rompe el corazón?
–¿Por qué… por qué, amor mío? –respondió, atrayéndome hasta ella. Estuvimos abrazados mucho tiempo… mucho tiempo. Eva fue extremadamente gentil. Recuerdo bien aquel atardecer en que nuestro amor se ocultaba como el sol.
Yo me pasé la noche despierto, revisando mi novela. Y antes de que me durmiera llegó Furfew, llegó como el amo hasta la puerta de nuestra plantación y penetró en nuestro refugio. Se abrieron las puertas de la casa colonial junto al río murmurador y me di cuenta exacta de lo que iba a pasar.
En su flamante Packard llegó al día siguiente. No era antipático, viejo ni feo. Era un poco mayor que yo, con cabello muy negro, ojos soñadores, trajeado muy elegantemente y con una voz suave y lejana, del Sur. En el momento en el que lo vi cerca de Eva, supe que todo había terminado para mí. Bastaba verlos un instante para saber que pertenecían a una misma casta.
Furfew era un hombre de negocios, me di cuenta de ello inmediatamente; pero debajo de todas estas cosas externas, Eva y él eran lo mismo. Esto nada tenía que ver con fidelidad, amor o crueldad; ambos eran gatos del mismo tejado. Y si usted es un perro y se enamora de un gato, no es culpa del gato. Eso había pasado: ellos eran iguales y yo era diferente…
Furfew trajo unas botellas de licor de maíz elaborado en el Sur. Él y yo bebimos hasta entrada la noche. Ambos tratábamos de ser generosos y nobles y arreglamos todo en esa forma. Lo más chistoso es que Furfew me cayó muy bien. El caballero feliz, el triunfador, el Lochinvar que me traía la muerte y la destrucción, no fue para mí un hombre odioso y me simpatizó, a pesar mío Yo le permití la entrada a mi casa colonial, donde Eva y yo vivíamos juntos, casados, y él fue nuestro amigo y huésped… ¡Qué loco… qué loco estaba yo…!
Al día siguiente todos se fueron a un día de campo en el carro de Furfew y yo preferí permanecer en casa releyendo mi novela. La leí, la leí muchas veces y la encontré detestable. Quise hacer una heroína como Eva y fallé, fallé miserablemente. La novela no servía para nada. A veces pasa eso también en las fábricas de juguetes y novedades; cree usted que ha fabricado una maravilla y al final resulta que el juguete no pega y hay que destruirlo.
Así que cogí mi famosa novela y la eché al fuego. Una a una vi quemarse sus páginas y con ellas, todos mis sueños de autor. Esperé largo tiempo, porque quemar cuatrocientas páginas toma mucho tiempo…
Cuando terminé, pasé por la cocina y vi a Serena, que estaban cortando pan. Al pasar, me le quedé viendo y todo mi rencor me salió a los labios.
–Serena –le dije–, ojalá que te quemes en los infiernos…
Siempre, desde el primer día en que vine a casa de las Forge, le había querido decir eso. La negra se me quedó viendo y luego siguió cortando el pan, moviendo el cuchillo amenazadoramente. Subí enseguida a mi habitación, y sentí que el cuchillo de Serena me tocaba la espalda.
Cuando al fin me metí a la cama, permanecí mucho tiempo pensando que algo muy mío se había terminado, que se había muerto lo que yo más quería y que no resucitaría jamás. No era solamente el final de Eva y el final de mis ilusiones de autor, era algo más trágico, era el final de mi juventud. Esa cosa que todos, tarde o temprano, tenemos que perder, sólo que en otros se va desvaneciendo poco a poco y a mí se me terminó de golpe.
Permanecí despierto casi toda la noche y los oí regresar de su día de campo. Sentí que al poco rato Eva abría la puerta de mi cuarto muy despacio, pero me hice el dormido y no dije nada…
Ya no hay, después de esto, mucho que contar. Furfew arregló todo, y no me digan que los del Sur no se mueven rápido cuando quieren, lo cierto es que vinieron los empacadores y empacaron todo, muebles, etc., en un momento y, cuatro días después se fueron todos a Chantry en el automóvil de Furfew. Aparentemente, Furfew no quería por ningún motivo perder a Eva, pero a mí ya no me importaba, ya nada de ellos me importaba, ni siquiera saber que la prima Belle y la señora Forge habían hecho las paces.
Eva me dio un beso de adiós; todas me besaron, la madre y las dos hermanas. Se sentían tristes y alegres pensando en que regresaban al Sur, y quizás recordando algo de sus amigos de Brooklyn. Al verlas otra vez tan compuestas, nadie hubiera imaginado que habían visto en su vida a un cobrador. Pero así eran ellas…
–No me escribas –le dije a Eva–. No me escribas, señora Lochinvar…
Enarcó sus bellas cejas en un gesto de sorpresa:
–¿Por qué, amor mío? ¿Por qué no voy a escribirte?
Estoy casi seguro de que me escribió; puedo imaginarme el perfume de sus cartas y todo lo que decían, pero nunca las recibí, porque cuando salí de Brooklyn no dejé dirección alguna.
Quien estaba verdaderamente apesadumbrado era el señor Budd. Ambos permanecimos en la casa poco más de una semana, preparando nuestras propias comidas y durmiendo cubiertos con nuestros abrigos. El contrato no vencía hasta el primero del mes y Furfew arregló con el dueño de la casa que estuviéramos allí hasta el fin de mes.
Todos los días el señor Budd suspiraba:
–Siempre supe que esta gente estaba loca, pero qué comidas. Nunca volveré a encontrar otra parte donde se coma tan bien. Usted es joven y puede comer cualquier cosa, pero cuando uno ya está viejo, tiene que cuidarse…
El señor Budd estaba equivocado. Yo ya no era joven. Si lo hubiera sido, no me hubiera pasado toda la semana concibiendo, planeando dos o tres novedades y unos cuantos juguetes. Uno de estos era una muñequita que bailaba charleston, le puse Jiggetty Jane, y con ese nombre le dio la vuelta a Estados Unidos. Hice otra que tenía la cara de Serena, pero era tan parecida que se la cambié. Los que me compraron estos juguetes se enriquecieron y yo pude establecer mi negocio propio.
Ya nadie me pudo detener y hoy soy rico. Cuando se deshace uno de su juventud ya nada ni nadie lo puede parar.
Aquel mismo otoño conocí a Marian y nos casamos un año después. Ella tiene mucho sentido común y nos hemos entendido a las mil maravillas. Tuvimos hijos, quizás un poco temprano, pero Marian siempre quiso tenerlos. Me satisface que tenga niños y que le guste la vida del hogar; allí puede hacer lo que quiera, incluso leer novelas de amor.
Nunca, en ningún diario o revista, he visto el nombre de Eva o el de Furfew. Me imagino que Chantry, el pueblecito del Sur, nunca sale en los periódicos. Creo que seguirán allí, pues no puedo imaginarme que alguno de ellos se haya muerto. Me parece que vivirán eternamente.
Pese a todo, me daría gusto volver a ver a Furfew. El hombre me simpatizaba; lo único que tengo que reprocharle es que se haya llevado a Eva tan pronto, antes de que se terminara el contrato de la casa. Con el contrato se terminaba el año, y Eva y yo hubiéramos cumplido un año de conocernos.
Ahora me acuesto y siento que Marian está a mi lado y ya no pienso en Brooklyn ni en la novela ni en la casa colonial junto al río murmurador. Sólo una vez que fui a Chicago a una convención y tomé más de la cuenta, pensé que estaba del otro lado del río, desde donde podía ver la plantación y la casa colonial; pero que en la casa no vivía nadie y que ni Eva ni nadie salió a la ventana ni abrió la puerta.


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