sábado, 29 de abril de 2017

Un cuento africano

Roald Dahl


Para Inglaterra, la guerra empezó en septiembre del año 1939. Los habitantes de la isla se enteraron enseguida y empezaron a prepararse. En lugares más apartados la gente tardó un poco más en oír la noticia y también empezó a prepararse.
En África oriental, en la colonia de Kenia, vivía un joven cazador blanco que adoraba las sabanas, los valles y las noches frescas en las laderas del Kilimanjaro. También él se enteró de la guerra y empezó a prepararse. Atravesó el país para llegar a Nairobi y alistarse en las fuerzas aéreas británicas. Les pidió que lo hicieran piloto. Fue aceptado y empezó su formación en el aeropuerto de Nairobi. Le dieron un pequeño Tiger Moth y se convirtió en un buen piloto.
A las cinco semanas casi fue llevado ante un consejo de guerra porque en vez de despegar y practicar picados y virajes, como se le había ordenado, llevó su pequeño avión hacia las praderas de Nakuru para ver los animales salvajes. En el camino le pareció ver un antílope sable y, como se trata de un animal poco común, se emocionó y voló más bajo para verlo mejor. Por mirar al antílope a su izquierda no pudo ver la jirafa a su derecha. El borde delantero del ala de estribor chocó contra el cuello de la jirafa justo debajo de su cabeza y lo seccionó limpiamente. Así de baja era la altura a la que estaba volando. El ala sufrió daños, pero el piloto consiguió volver hasta Nairobi. Y, como ya he dicho, casi le llevan ante un consejo de guerra, porque se puede explicar una abolladura en el ala por haber chocado contra un ave grande, pero no si hay pellejos y pelos de jirafa pegados en el ala.
Después de seis semanas le permitieron realizar solo el primer vuelo de larga distancia desde Nairobi hasta un lugar llamado Eldoret, un pequeño pueblo a dos mil cuatrocientos metros de altura en la montaña. Pero de nuevo tuvo mala suerte. Esta vez fue por una falla del motor durante el camino, ocasionado por el agua que había entrado en los depósitos de combustible. Conservó la cabeza fría e hizo un aterrizaje forzoso muy bonito sin dañar el avión, cerca de una pequeña casa en el altiplano, lejos de cualquier población. El altiplano es una tierra muy solitaria.
Se acercó a la casa y se encontró con un viejo que vivía solo, sin más posesiones que un pequeño terreno para plantar batatas, unas gallinas marrones y una vaca negra.
El viejo lo trató bien. Le ofreció comida y leche, y un lugar para dormir. El piloto se quedó dos días y dos noches. Después de ese tiempo, un avión de rescate de Nairobi descubrió su avión en el suelo, aterrizó a su lado, encontró la falla, volvió a marcharse y le trajo combustible limpio para que pudiese por fin despegar de nuevo y regresar.
Durante su estancia en la casa del viejo, que se sentía muy solo y no había visto a nadie en muchos meses, éste le agradeció mucho la compañía y la oportunidad de hablar con alguien. Él hablaba y el piloto escuchaba atentamente. Habló de la vida solitaria, de los leones que lo visitaban por la noche, del pícaro elefante que vivía al otro lado de las colinas al oeste, del calor durante el día y del silencio que llegaba con el frío de medianoche.
La segunda noche el viejo habló de sí mismo. Contó una historia larga y extraña y, mientras la contaba, el piloto tenía la sensación de que el viejo se estaba quitando un gran peso de encima. Cuando terminó su historia, dijo que nunca se la había contado a nadie y que jamás la volvería a contar, pero al piloto le pareció tan extraña que la escribió nada más volver a Nairobi. No transcribió las palabras del viejo, sino que utilizó sus propias palabras, como si estuviese pintando un cuadro y el viejo fuera un personaje dentro de él, porque ésa le parecía la forma más adecuada. Nunca antes había escrito ninguna historia, así que era natural que cometiera errores. No conocía ninguno de los trucos que utilizan los escritores, que los utilizan igual que los pintores utilizan trucos en pintura, pero cuando terminó, cuando dejó el lápiz sobre la mesa y se fue a la cantina de los aviadores para tomarse una pinta de cerveza, había escrito un cuento extraño y lleno de fuerza.
Lo hallamos en su maleta dos semanas más tarde, al revisar sus pertenencias. Había muerto durante un entrenamiento y, como no parecía tener familia y era mi amigo, me he quedado con el manuscrito para hacerme cargo de él.
He aquí lo que escribió.

El viejo salió de la sombra de la puerta hacia el sol brillante y descansó un segundo apoyado sobre su bastón, mirando a su alrededor, guiñando los ojos debido a la fuerte luz. Inclinaba la cabeza un poco hacia un lado y miraba hacia arriba, intentando localizar el ruido que le parecía haber oído.
Era bajo, gordo y ya había pasado los setenta, aunque su aspecto más bien indicaba que estaba cerca de los ochenta y cinco. Tenía el cuerpo agarrotado y abultado por el reumatismo. Su rostro estaba cubierto por las canas y movía la boca sólo hacia un lado. En la cabeza, no importaba si estaba dentro o fuera de casa, llevaba siempre un sucio salacot que alguna vez había sido blanco.
Estaba totalmente quieto, entornando los ojos e intentando localizar el ruido.
Sí, lo oyó de nuevo. Giró bruscamente la cabeza para mirar hacia la pequeña cabaña de madera que estaba a unos cien metros, sobre la hierba de la pradera. Esta vez no quedaba duda: era el gañido de un perro, el gañido agudo y punzante de dolor que emite un perro al sentirse amenazado. Dos veces más lo oyó y la última vez era más un grito que un gañido. El tono era aún más agudo, más punzante, como si lo hubieran arrancado rápidamente de un rincón escondido del cuerpo.
El viejo se dio la vuelta y corrió cojeando a través de la hierba hasta llegar a la cabaña de Judson, empujó la puerta y entró.
El pequeño perro blanco estaba tumbado en el suelo y Judson estaba de pie por encima de él, con los pies separados y el pelo negro cayéndole sobre el alargado rostro rojo. Era alto, delgado y estaba allí, con la camisa grasienta mojada de sudor, murmurando en voz baja. Su boca estaba abierta de una manera extraña, sin vida, como si la mandíbula le pesara demasiado. La baba le resbalaba suavemente por la barbilla. Estaba allí, mirando al pequeño perro blanco tumbado en el suelo; con una mano se retorcía lentamente la oreja izquierda y con la otra sujetaba un pesado palo de bambú.
El viejo hizo caso omiso de Judson y se arrodilló junto al perro, pasándole suavemente la mano por el cuerpo. El perro se calló y le miró con los ojos húmedos. Judson no se movía. Estaba mirando a la vez al perro y al viejo.
El viejo se incorporó despacio, levantándose con gran dificultad, con las dos manos agarradas al bastón y haciendo fuerza sobre él para ponerse de pie. Paseó la mirada por toda la habitación. En la esquina vio un colchón sucio y arrugado sobre el suelo; al lado, una mesa fabricada con listones de cajas de madera y encima de ella, un hornillo Primus con una sartén de la que se desprendía el esmalte azul. El suelo estaba sucio de barro y plumas de gallina.
El hombre encontró lo que estaba buscando. Al lado del colchón, apoyada contra la pared, vio una pesada barra de hierro. Cojeó hacia ella, golpeando las tablas huecas del suelo con su bastón. Los ojos del perro seguían sus movimientos. El viejo se cambió el bastón a la mano izquierda, con la derecha agarró la barra de hierro, cojeó de nuevo hacia el perro y seguidamente levantó la barra y dio un golpe fuerte sobre la cabeza del animal. Tiró la barra al suelo y miró a Judson, que seguía inmóvil, con los pies separados, la baba cayéndosele y unas contracciones nerviosas en el rabillo del ojo. El viejo se acercó a él y empezó a hablar. Habló despacio y muy bajo, con una rabia terrible, y al hablar sólo se le movía un lado de la boca.
–Lo has matado –dijo–. Le has partido la columna.
Enseguida se le subió la rabia y encontró más palabras. Miró hacia arriba y escupió las palabras a la cara de Judson, que seguía con las contracciones en el rabillo del ojo e iba retrocediendo, hasta tocar con la espalda en la pared.
–Maldito cruel hijo de puta mataperros. Este perro era mío. ¿Quién diablos te ha dado el derecho de pegar a mi perro?, dime. ¡Contesta, loco baboso! ¡Contesta!
Judson se frotaba lentamente la palma de la mano izquierda contra la parte delantera de la camisa y ahora las contracciones se extendían por toda la cara. Sin mirar al viejo a los ojos, contestó.
–No dejaba de chuparse la pata. No soportaba el ruido. Usted sabe que no soporto ese tipo de ruidos, chupa, chupa, chupa. Le dije que lo dejara. Me miró y movió la cola, pero luego siguió chupándose. No lo soporté más y lo golpeé.
El viejo no dijo nada. Durante un instante parecía que iba a pegar al otro hombre. Levantó un poco el brazo, lo volvió a bajar, escupió al suelo, se dio la vuelta y salió cojeando por la puerta hacia la luz del sol. Atravesó la hierba hasta llegar a donde estaba una vaca negra rumiando a la sombra de una acacia. La vaca le miraba mientras el viejo se acercaba a ella cojeando desde la cabaña hasta el árbol. El animal seguía comiendo, rumiando, moviendo sus mandíbulas con gran regularidad, mecánicamente, como un metrónomo que va muy despacio. El viejo cojeó hasta llegar a su lado y empezó a acariciarle la nuca. Luego se apoyó en ella y utilizó el bastón para rascarle el lomo. Pasó un largo tiempo así, apoyado en ella y rascándole el lomo. De vez en cuando le hablaba, diciendo pequeñas palabras apenas audibles, casi susurrando, como si le estuviera contando un secreto.
Había sombra debajo de la acacia y el campo a su alrededor tenía un aspecto frondoso y agradable después de las largas lluvias. En las tierras altas de Kenia la hierba es verde y en esta época del año, después de las lluvias, está tan verde y frondosa como en cualquier otra parte del mundo. A lo lejos, en el norte, se veía el monte Kenia con su capuchón de nieve y una delgada pluma blanca donde los vientos habían soplado llevando el polvo blanco desde el pico a las cotas más bajas. En las faldas de la montaña había leones y elefantes, y a veces por la noche se oía el rugido de los leones que miraban a la luna.
Pasaron los días y Judson realizaba sus tareas en la granja de una forma silenciosa y mecánica, recogía el maíz, desenterraba las batatas y ordeñaba la vaca negra, mientras el viejo se escondía del agresivo sol africano dentro de su casa. Solamente al caer la tarde, cuando el aire empezaba a refrescar, salía cojeando y siempre se ponía al lado de la vaca. Pasaba una hora hablando con ella debajo de la acacia. Un día llegó a la hora habitual y encontró a Judson al lado de la vaca, mirándola de forma extraña y en una postura peculiar, con un pie adelantado, retorciéndose la oreja con la mano derecha.
–¿Qué pasa ahora? –preguntó el viejo al acercarse cojeando.
–La vaca no deja de comer –respondió Judson.
–De rumiar –le corrigió el viejo–. Déjala en paz.
–Es el ruido –dijo Judson–. ¿No lo oye? Cruje. Como si estuviera masticando piedras, pero no es eso. Sólo come hierba y babas. Mírela. No deja de masticar. Cruje, cruje, cruje y sólo son hierba y babas. Se me graba directamente en los sesos.
–¡Fuera! –le dijo el viejo–. ¡Fuera de mi vista!

Al alba, el viejo estaba como siempre sentado frente a la ventana, observando cómo Judson atravesaba la pradera desde su cabaña para ordeñar la vaca. Esa mañana, observó cómo atravesaba la hierba, dormido, hablando consigo, arrastrando los pies, dejando una huella verde oscura en la hierba mojada y llevando en la mano una vieja lata de queroseno de quince litros que utilizaba para recoger la leche. En ese momento el sol se asomó por encima de las colinas y dejó unas largas sombras detrás del hombre, de la vaca y de la acacia. El viejo vio cómo Judson dejaba la lata en el suelo y se sentaba encima de la caja de madera que estaba al lado del árbol para ponerse a ordeñar. Vio cómo de repente se arrodilló para tocar la ubre de la vaca y en ese mismo momento el viejo se dio cuenta de que la vaca no tenía leche. Vio cómo Judson se levantaba y corría hacia la casa. Se quedó parado debajo de la ventana y miró hacia arriba, adonde estaba sentado el viejo.
–No hay leche –dijo Judson.
El viejo se asomó a la ventana abierta, apoyándose con ambas manos en el borde.
–Maldito hijo de puta, la has robado.
–Yo no fui –respondió Judson–. Estaba durmiendo.
–La has robado –repitió el viejo, hablando en voz baja moviendo sólo un lado de la boca y asomándose más–. Te daré una paliza por esto.
–Alguien la robó durante la noche –se defendió Judson–, un nativo, un kikuyu. O igual está enferma.
El viejo tuvo la impresión de que Judson decía la verdad.
–Ya veremos –dijo al final– si esta tarde tiene leche o no. Y ahora, piérdete, por Dios.
Por la tarde la ubre estaba llena y el viejo vio cómo Judson sacaba dos litros de buena leche.
A la mañana siguiente estaba vacía. A la tarde estaba llena. La tercera mañana estaba de nuevo vacía.
La tercera noche, el viejo se quedó vigilando. En cuanto cayó la noche se sentó al lado de la ventana abierta con su viejo rifle del calibre doce cruzado sobre los muslos, esperando al ladrón de leche que ordeñaba su vaca durante la noche. Al principio la oscuridad era tan densa que no lograba ver absolutamente nada, ni siquiera la vaca, pero pronto salió por detrás de las colinas una luna de tres cuartos que daba tanta luz que casi parecía de día. Pero hacía un frío terrible en las tierras altas, porque están a una altura de más de dos mil metros, y el viejo se estremeció en su silla y colocó la manta marrón más pegada a sus hombros. Ahora podía ver perfectamente la vaca, igual que bajo la luz del sol, y la sombra de la pequeña acacia se dibujaba perfectamente sobre la hierba, con la luna justo detrás.
Durante toda la noche el viejo aguantó en su puesto mirando la vaca, a la que no quitó ojo salvo durante el instante en el que se fue a la habitación para traer otra manta. La vaca parecía estar a gusto debajo del árbol, rumiando y mirando la luna.
Una hora antes del amanecer, la ubre estaba llena. El viejo podía verlo. La había estado observando continuamente y, aunque no había conseguido apreciar el aumento, igual que no se aprecia el movimiento de la horaria del reloj, sí que había sido consciente de cómo la leche había ido aumentando durante toda la noche. Ahora faltaba una hora para el amanecer. La luna estaba más baja, pero seguía iluminando mucho. Podía ver perfectamente la vaca, el pequeño árbol y el verdor de la hierba alrededor de ella. De repente giró bruscamente la cabeza. Había oído un ruido. Seguro que había oído un ruido. Sí, ahora se oía de nuevo, algo se movía en la hierba justo debajo de su ventana. Se levantó rápidamente para mirar por encima del borde de la ventana hacia el suelo.
Entonces la vio. Una larga serpiente negra, una mamba de dos metros y medio de largo y del grosor del brazo de un hombre, se deslizaba con gran velocidad por la hierba mojada derecha hacia la vaca. Levantaba ligeramente su pequeña cabeza con forma de pera y el movimiento de su cuerpo contra la humedad de la hierba producía un pronunciado silbido, como gas que se escapa de una válvula. El viejo levantó el rifle para disparar. Enseguida lo volvió a bajar, sin saber por qué, y se quedó sentado, inmóvil, mirando a la mamba acercarse a la vaca, escuchando el silbido de su movimiento, mirando cómo llegaba al lado de la vaca y esperando que la mordiera.
Pero no la mordió. Levantó la cabeza y la meneó suavemente durante un instante, luego levantó toda la parte delantera de su cuerpo negro para acercarlo a la ubre, se metió suavemente una de las tetas en la boca y empezó a beber.
La vaca no se movió. Ya no se escuchaba ningún ruido mientras el cuerpo de la mamba se arqueaba con elegancia entre el suelo y la ubre. La serpiente negra y la vaca negra se distinguían claramente bajo la luz de la luna.
Durante media hora el viejo se quedó mirando cómo la mamba bebía la leche de la vaca. Observaba los suaves empujones de la serpiente mientras extraía la leche de la ubre y cómo después de cierto tiempo se cambió de una teta a otra, hasta que por fin ya no quedó nada de leche. Entonces la mamba bajó suavemente la cabeza al suelo y se marchó en la dirección por la que había venido. De nuevo producía ese silbido al moverse por la hierba y de nuevo pasó por debajo de la ventana en la que el viejo estaba sentado, dejando una fina huella oscura en la hierba mojada. Finalmente desapareció doblando la esquina de la casa.
La luna se escondía lentamente por detrás de la cresta del monte Kenia. Casi en ese mismo momento salió el sol por el este de entre las colinas y Judson se asomó a la puerta de su cabaña con la lata de quince litros en la mano. Caminó despacio hacia la vaca arrastrando los pies, mojándolos en el pesado rocío. El viejo le vio acercarse y se quedó esperando. Judson se inclinó para tocar la ubre y, mientras lo hacía, el viejo le pegó un grito. Judson se asustó al oír la voz del viejo.
–Se la han llevado otra vez –gritó.
–Sí –respondió Judson–, está vacía.
–Creo –siguió despacio el viejo– que era un chico kikuyu. Me había quedado dormido y sólo lo vi cuando ya se iba. No pude disparar porque la vaca estaba en medio. Desapareció por detrás de la vaca. Lo voy a esperar de nuevo esta noche y esta vez lo voy a pillar.
Judson no dijo nada. Agarró la lata de quince litros y volvió a su cabaña.
La siguiente noche el viejo se sentó de nuevo detrás de la ventana vigilando la vaca. Esta vez la anticipación del espectáculo que iba a ver le provocaba cierto placer. Sabía que la mamba volvería, pero quería estar totalmente seguro. Cuando la gran serpiente por fin se deslizó de nuevo a través de la hierba hacia la vaca, una hora antes del amanecer, el viejo se asomó apoyándose en el alféizar para seguir sus movimientos mientras ella se acercaba a la vaca. La vio pararse un instante debajo de la tripa del animal y menear la cabeza unas seis veces hasta que por fin levantó la parte delantera del cuerpo para meterse la teta de la vaca en la boca. El viejo estuvo mirando durante media hora cómo se bebía la leche hasta que ya no quedaba más. Luego vio cómo bajaba el cuerpo y se volvía por el camino por el que había venido hasta doblar la esquina de la casa. Y mientras la miraba se reía silenciosamente con un lado de la boca.
Luego se asomó el sol por detrás de las colinas y Judson salió de su cabaña llevando la lata de quince litros, pero esta vez fue directo a la ventana de la casa donde estaba sentado el viejo envuelto en sus mantas.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Judson.
El viejo le miró desde lo alto de la ventana.
–Nada –contestó–. No ha pasado nada. Me he quedado dormido otra vez y el hijo de puta vino y se llevó la leche mientras yo dormía. Escúchame, Judson –añadió–, hemos de pillarlo, porque si no, se te acabará la leche, aunque tampoco te vendría mal. Pero hemos de pillarlo. No puedo dispararle porque es muy listo. Siempre se pone detrás de la vaca. Lo vas a tener que pillar tú.
–¿Pillarlo yo? ¿Cómo?
–Pienso –dijo el viejo muy despacio–, pienso que tendrás que esconderte al lado de la vaca, justo al lado. Es la única forma de atraparlo.
Judson se enredaba el cabello con la mano izquierda.
–Hoy –continuó el viejo– vas a excavar una pequeña zanja al lado de la vaca. Allí te tumbarás y yo te cubriré de hierba y heno para que el ladrón no te vea hasta que esté a tu lado.
–Y ¿si lleva navaja?
–No, no tendrá ninguna navaja. Tú tráete tu palo. No necesitarás otra cosa.
–Sí –contestó Judson–, traeré mi palo. Cuando llegue el ladrón, me levantaré y le daré con el palo.
De repente, Judson pareció acordarse de algo.
–Pero ¿qué pasa con la vaca? –preguntó–. No soportaría sus ruidos toda la noche rumiando, masticando hierba y babas como si fueran piedras. No lo soportaría.
Comenzó de nuevo a retorcerse la oreja izquierda.
–Harás lo que te he dicho, maldito –replicó el viejo.
Y Judson excavó la zanja al lado de la vaca, a la que después se ató al tronco de la pequeña acacia para que no se alejara durante la noche. Cuando al caer la tarde se dispuso a tumbarse en la zanja, el viejo se asomó a la puerta de su casa y le llamó.
–No tiene sentido hacer nada hasta la madrugada. No vendrá antes de que se llene la ubre. Ven y espera aquí dentro. Hace menos frío que en tu asquerosa cabaña.
Era la primera vez que el viejo invitaba a Judson a entrar en la casa. Le siguió hacia dentro, contento por no tener que estar en la zanja toda la noche. Una vela iluminaba la habitación. Estaba metida en el cuello de una botella de cerveza que estaba sobre la mesa.
–Haz té –ordenó el viejo indicando el hornillo Primus que estaba en el suelo. Judson encendió el hornillo e hizo té. Luego los dos hombres se sentaron cada uno sobre una caja de madera y bebieron. El viejo se puso enseguida a beber el té caliente haciendo mucho ruido al sorber el líquido. Judson no dejaba de soplar el suyo, tomando pequeños sorbitos de vez en cuando y con mucho cuidado, observando continuamente al viejo por encima del borde de su taza. El viejo seguía bebiendo y haciendo ruidos escandalosamente hasta que de repente Judson habló.
–Pare –dijo en voz muy baja, casi como si le doliera, y al hablar le aparecían contracciones alrededor de los ojos y de la boca.
–¿Cómo? –preguntó el viejo.
–Pare ese ruido. Ese ruido que hace cuando está sorbiendo el té.
El viejo apoyó su taza sobre la mesa y miró al otro sin decir nada durante un momento. Luego volvió a hablar.
–¿Cuántos perros has matado en tu vida, Judson?
No hubo respuesta.
–¿Cuántos?, te he preguntado. ¿Cuántos perros?
Judson se puso a sacar hojas de té de su taza y a pegarlas en el dorso de su mano izquierda. El viejo se inclinó hacia delante sin levantarse de la caja de madera.
–¿Cuántos perros, Judson?
Judson aceleró la operación de las hojas. Metió sus dedos con fuerza dentro de la taza vacía, sacó otra hoja de té, la estampó rápidamente contra el dorso de su mano y volvió enseguida a por otra. Cuando ya no quedaban muchas hojas en la taza y tardó en encontrar la siguiente, acercó la cabeza a la taza y buscó la hoja mirando concentradamente. El dorso de la mano que sostenía la taza estaba cubierto de hojas de té negro mojadas.
–¡Judson! –gritó ahora el viejo, y el lado de su boca se abrió y se cerró como si fuera unas tenazas. La llama de la vela se movió y volvió a calmarse.
Luego bajó la voz y siguió hablando despacio casi como si estuviera delante de un niño.
–En toda tu vida, ¿cuántos perros han sido?
–¿Por qué debería decírselo? –contestó Judson sin mirar al viejo. Se puso a retirar las hojas de té del dorso de su mano una por una para devolverlas a la taza.
–Quiero saberlo, Judson –dijo el viejo muy suavemente–. Me empieza a gustar la idea. Hablemos de ello y hagamos planes para divertirnos.
Judson le miró. Una gota de saliva le resbalaba por la barbilla, se quedó suspendida en el aire durante un segundo, se soltó y cayó al suelo.
–Sólo los mato por el ruido.
–¿Cuántas veces lo has hecho? Me gustaría saber cuántas.
–Antes, muchas veces.
–¿Cómo lo hacías? Dime cómo solías hacerlo. ¿Qué era lo que más te gustaba?
No hubo respuesta.
–Dime, Judson. Me gustaría saber.
–No entiendo para qué. Es un secreto.
–No se lo diré a nadie. Te lo juro.
–Bueno, si me lo promete –Judson acercó su caja de madera a la del viejo y habló susurrando–. Una vez esperé hasta que uno estuviera dormido. Levanté una piedra enorme y la dejé caer sobre su cabeza.
El viejo se levantó y se echó otra taza de té.
–Al mío no lo mataste así.
–Porque no me dio tiempo. El ruido era tan fuerte, chupándose, tuve que hacerlo rápido.
–Ni siquiera lo mataste del todo.
–Dejó de hacer ruidos.
El viejo se acercó a la puerta y miró hacia fuera. Estaba oscuro. La luna no había salido, pero la noche estaba despejada y fría, con muchas estrellas. En el este se veía una luz pálida en el cielo y, según seguía mirando, la luz aumentaba y se convertía en un brillo que iba cubriendo todo el cielo hasta reflejarse en las gotas de rocío sobre la hierba en las colinas. Y muy despacio salía la luna. El viejo se giró hacia Judson.
–Prepárate. Nunca se sabe, puede que hoy llegue antes.
Judson se levantó y los dos salieron de la casa. Judson se acostó en la zanja al lado de la vaca y el viejo lo cubrió con hierba hasta que sólo se veía la cabeza a ras del suelo.
–Estaré vigilando desde la ventana –dijo el viejo–. Si pego un grito, te levantas y lo atrapas.
Cojeó de vuelta a la casa, subió la escalera, se envolvió en las mantas y se sentó al lado de la ventana. Todavía era pronto. La luna estaba casi llena y seguía subiendo en el cielo. Su luz caía sobre las nieves del monte Kenia.
Una hora más tarde, el viejo gritó:
–¿Sigues despierto, Judson?
–Sí –respondió éste–, estoy despierto.
–No te duermas –dijo el viejo–. Hagas lo que hagas, no te duermas.
–La vaca no deja de rumiar –dijo Judson.
–Bien, si te levantas ahora, te pego un tiro a ti –anunció el viejo.
–¿A mí?
–Sólo si te levantas, he dicho.
Se oyeron unos suaves sollozos que salían de donde Judson estaba acostado, extraños ruidos de respiración sofocada, como si un niño intentase no llorar.
–Me tengo que mover –sonó de repente la voz de Judson–. Por favor, déjeme moverme. Es por el ruido.
–Si te levantas –amenazó el viejo–, te pego un tiro en la tripa.
Los sollozos continuaron durante aproximadamente una hora. Luego, de repente, se hizo el silencio.
Un poco antes de las cuatro empezó a hacer mucho frío y el viejo se arrebujó en sus mantas.
–¿Tienes frío, Judson? –gritó el viejo.
–Sí –fue la respuesta–, mucho frío. Pero ya no me importa porque la vaca ha dejado de rumiar. Está dormida.
–¿Qué vas a hacer con el ladrón cuando lo pilles? –preguntó el viejo.
–No lo sé.
–¿Lo vas a matar?
Una pausa.
–No lo sé. Lo voy a atrapar.
–Estaré mirando –dijo el viejo–, será divertido.
Estaba asomado a la ventana, apoyando los brazos en el alféizar.
Luego escuchó el silbido debajo de la ventana, lo siguió con la mirada y vio la mamba negra deslizándose por la hierba hacia donde estaba la vaca, iba a gran velocidad y con la cabeza ligeramente erguida por encima del suelo.
Cuando la mamba estaba a sólo cinco metros, el viejo pegó un grito.
–Ya viene, Judson, ya está aquí. ¡A por él!
Judson levantó rápidamente la cabeza para mirar. Cuando vio la mamba, ella le vio también. Durante un segundo, o tal vez dos, la serpiente se detuvo, echó la cabeza hacia atrás y levantó la parte delantera del cuerpo. Enseguida mordió. Sólo hubo un rayo negro y un ruido seco cuando tocó el pecho de Judson. Le salió un grito, un grito largo y agudo que ni subió ni bajó de tono, sino que se mantuvo hasta que por fin se apagó gradualmente y se hizo de nuevo el silencio. Se puso de pie, se rompió la camisa, buscó el lugar de la mordedura y se puso a gemir en voz baja, quejándose y respirando con dificultad, con la boca muy abierta. Durante todo el tiempo, el viejo permaneció sentado en silencio al lado de la ventana abierta, asomándose sin apartar sus ojos ni un instante del hombre que estaba abajo.
Si una mamba negra muerde, todo va muy rápido y el veneno empieza a actuar enseguida. Judson se cayó al suelo y dio vueltas en la hierba con la espalda encorvada. Ya no emitía ningún ruido. Todo lo demás ocurría sumergido en un silencio total, como si un hombre con unas fuerzas extraordinarias estuviese luchando contra un gigante invisible y como si el gigante lo estuviese retorciendo, impidiéndole que se levantara, metiéndole los brazos por entre las piernas y tirándole de las rodillas hacia la barbilla.
Luego empezó a arrancar la hierba con las manos y enseguida se puso boca arriba dando patadas al aire. Pero no duró mucho. De repente, se estremeció, dio media vuelta encorvando otra vez la espalda y al final se quedó tieso, boca abajo y con la rodilla derecha doblada, metida debajo del pecho, con los brazos extendidos por encima de la cabeza.
El viejo seguía sentado al lado de la ventana, e incluso cuando todo se había acabado, siguió allí sin moverse. Una sombra se movió debajo de la acacia y la mamba avanzó despacio hacia donde estaba la vaca. Avanzó, se paró, levantó la cabeza, esperó, bajó la cabeza y avanzó el último tramo hasta colocarse debajo de la tripa del animal. Se irguió, se metió una de las tetas pardas en la boca y empezó a beber. El viejo observaba la mamba bebiendo la leche de la vaca y de nuevo veía los suaves empujones de su cuerpo al sacar el líquido de la ubre.
La serpiente todavía estaba bebiendo cuando el viejo se levantó y se apartó de la ventana.
–Quédate con su parte –dijo en voz baja–, no nos importa que te quedes con su parte.
Mientras hablaba se dio la vuelta y volvió a ver el cuerpo negro de la mamba arqueándose para engancharse a la otra teta.
–Sí –repitió–, no nos importa nada que te quedes con su parte.



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