miércoles, 12 de abril de 2017

Una carta a Dios

Gregorio López y Fuentes


La casa –única en todo el valle– estaba situada en uno de esos cerros truncados que a manera de pirámides rudimentarias dejaron algunas tribus al continuar sus peregrinaciones. Desde ella se veían las vegas, el río, los rastrojos y, lindando con el corral, la milpa a punto ya de jilotear, y entre las matas del maíz, el frijol con su florecilla morada, promesa inequívoca de la cosecha.
Lo que estaba haciendo falta a la tierra era una lluvia, cuando menos un fuerte aguacero, de esos que hacen charcos entre los surcos. Durante aquella mañana, el viejo Lencho –conocedor del campo, apegado a las tradiciones y creyente a puño cerrado– no había hecho más que examinar el cielo por el rumbo del noreste.
–Ahora sí que se viene el agua, vieja…
Y la vieja, que preparaba la comida, le respondía:
–Dios lo quiera…
Los muchachos más grandes limpiaban de hierbas la siembra, mientras que los más pequeños correteaban cerca de la casa.
Como lo había augurado Lencho, comenzaron a caer gruesas gotas cuando la familia terminaba de comer y eran grandes montañas de nubes las que llegaban del noreste. El aire olía a jarro nuevo.
–Hagan de cuenta, muchachos –exclamaba el viejo mientras sentía la fruición de mojarse con el pretexto de recoger algunos enseres olvidados sobre una cerca–, que no son gotas de agua las que caen; son monedas nuevas: las gotas grandes son de a diez y las más chicas son de a cinco…
Y dejaba pasear sus ojos por la milpa a punto de jilotear, adornada con las hileras frondosas del frijol, y entonces toda ella cubierta por la transparente cortina de la lluvia. Pero, de pronto, comenzó a soplar un fuerte viento y con las gotas de la lluvia comenzaron a caer granizos tan grandes como bellotas. Esos sí que parecían monedas de plata nueva. Los muchachos, exponiéndose a la lluvia, correteaban por el patio recogiendo las perlas heladas más grandes.
–Esto sí que está malo –exclamaba el viejo–. Ojalá que pase pronto…
No pasó pronto: durante una hora el granizo apedreó la casa, la huerta, el monte, la milpa y todo el valle. El campo estaba tan blanco que parecía una salina; los árboles, deshojados; el maíz, hecho pedazos; el frijol, sin una flor, y Lencho, con el alma llena de tribulación.
Pasada la tormenta, en medio de los surcos, decía a sus hijos:
–¡Más hubiera dejado una nube de langostas! ¡Pero el granizo no dejó nada! ¡Ni una sola mata de maíz dará una mazorca! ¡Ni una mata de frijol dará una vaina!
La noche fue de lamentaciones:
–Todo nuestro trabajo, ¡perdido!
–¡Y ni a quién acudir!
–Este año pasaremos hambre…
En el fondo espiritual de cuantos convivían bajo aquella casa solitaria en mitad del valle, había una idea: la ayuda de Dios.
–No te mortifiques, viejo; nadie se muere de hambre.
–Nadie se muere de hambre… Dios… La Divina Providencia…
Lencho pensó mucho en lo que siempre había visto los domingos en la iglesia del pueblo: un triángulo, y en él un ojo, un ojo que parecía muy grande, un ojo que, según le habían explicado, lo miraba todo, hasta lo que había en el fondo de las conciencias.
El viejo era hombre rudo y él mismo solía decir que el campo embrutece, pero no lo era tanto que no supiera mal escribir. Con la idea de que hay quien vele por todos y aprovechando que era domingo y podía llevar la carta al pueblo para echarla al correo, se puso a escribir. Era nada menos que una carta a Dios.
“Dios –había escrito–, si no me ayudas pasaré hambre con todos los míos, durante este año: necesito cien pesos para volver a sembrar y vivir mientras viene la otra cosecha, pues el granizo…”
Rotuló el sobre “A Dios”, metió el pliego y, aún preocupado, se dirigió al pueblo. Ya en la oficina de correos, le puso un timbre a la carta y echó ésta al buzón.
Un empleado, que era cartero y todo en la oficina de correos, llegó riendo con toda la boca ante su jefe: le mostraba nada menos que la carta dirigida a Dios; nunca en su existencia de repartidor había conocido el domicilio. El jefe de la oficina –gordo y bonachón– también se puso a reír, pero, después, mientras daba golpecitos en su mesa con la carta, comenzó a hablar:
–La fe… ¡Quién tuviera la fe de quien escribió esta carta! ¡Creer como él cree! Esperar con la confianza con que él sabe esperar… Algo así como el poder de Moisés, único hombre que ha hablado cara a cara con Dios… Sostener correspondencia con Dios…
Y para no defraudar aquel tesoro de fe, descubierto a través de una carta que no podía ser entregada, el jefe postal concibió una idea: contestar. Pero, una vez abierta la carta, se vio que contestar necesitaba algo más que buena voluntad, tinta y papel. No por ello se dio por vencido: exigió a su empleado una dádiva, él puso parte de su sueldo y a varias personas les pidió su óbolo “para una obra piadosa”.
Fue imposible reunir los cien pesos solicitados y se conformó con enviar al campesino, cuando menos, lo que había reunido: algo más de la mitad. Puso los billetes en un sobre dirigido a Lencho y con ellos un pliego que no tenía más que una palabra a manera de firma: DIOS.
Al siguiente domingo Lencho llegó a preguntar, más temprano que de costumbre, si había alguna carta para él. Fue el mismo empleado de correos quien le hizo entrega de la carta, mientras que el jefe, con la alegría de quien ha hecho una buena acción, espiaba por un vidrio raspado.
Lencho no mostró la menor sorpresa al ver los billetes, tánta era su fe, pero hizo un gesto de cólera al contar el dinero… ¡Dios no podía haberse equivocado, ni negar lo que le había pedido!
Inmediatamente regresó a la ventanilla para pedir papel y tinta. En la mesa destinada al público, se puso a escribir, arrugando mucho la frente a causa del esfuerzo que hacía para dar forma legible a sus ideas. Al terminar fue a comprar un timbre, el cual mojó con la lengua y luego aseguró de un puñetazo.
En cuanto la carta cayó en el buzón, el jefe de correos fue a recogerla. Decía:
“Dios: del dinero que te pedí, sólo llegaron a mis manos sesenta pesos. Mándame el resto, que me hace mucha falta, pero no me lo mandes por conducto de la oficina de correos, porque los empleados son muy ladrones. –Lencho”.


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