viernes, 26 de mayo de 2017

De nieve a lodo

Joseph H. Cole


Me acerqué a la taquilla. Había por lo menos seis personas en fila comprando boletos. Todas estaban muy bien vestidas y algo estiradas. En este elegante vestíbulo todo de mármol, yo pisaba gruesa alfombra, dándole gracias al cielo por el mal tiempo que me permitía usar mis cubrezapatos de hule, que estaban nuevos, y que cubrían mis zapatos ya bastante viejos.
Hacía mucho que mi esposa y yo no íbamos al teatro. Apenas llegábamos a ir de vez en cuando al cine. Los boletos para la función del sábado iban a ser mi regalo de Navidad para los dos. Los críticos habían calificado la obra como la mejor de la temporada, y el Times dedicaba una página entera a la crónica.
Como la Nochebuena caía en domingo, debía separar las entradas para la noche del sábado. Miré la lista de precios de las localidades. En la tarde, los asientos del segundo piso costaban dos dólares y medio. Preferimos el segundo piso porque se tiene una magnífica perspectiva del escenario y se puede oír perfectamente. No nos agradan las matinés, porque generalmente asisten en masa los clubes de mujeres. Opté por tomar dos asientos en el segundo piso para la noche del veintitrés.
Cierto que cinco dólares me parecieron mucho dinero para gastarlo en el teatro; pero se trataba de la Navidad y nosotros éramos jóvenes. Después de todo, teníamos derecho a divertirnos un poco. Sin embargo, cinco dólares significaban la renta de una semana. Había localidades más baratas, pero cuando voy al teatro quiero ver y oír con comodidad. Con cierta sensación de ahogo, decidí definitivamente pagar los cinco dólares.
Ya solamente faltaba un señor un poco viejo que daba la sensación de no saber si debería comprar un boleto para esa noche, del primer piso hacia el lado derecho, o uno para la tarde del siguiente día, en el segundo piso. Miré a la joven que vendía los boletos. Era rubia y discretamente bonita. Parecía impacientarse. Le sonreí pensando que yo sí sabía exactamente lo que deseaba. Dos localidades en el segundo piso, para la noche del veintitrés. Eso era. Saqué el billete de cinco dólares, nuestros ahorros de un mes, que deberíamos haber puesto en el banco, y volví a mirar a la joven con completa serenidad.
Llegó mi turno. Los ojos azules de la rubia me miraron con una interrogación. Yo estaba nervioso. No quería tartamudear ni ocupar mucho de su tiempo. Logré pedir los boletos sin manifestar demasiada nerviosidad.
–¡Es una bendición encontrar a alguien que sabe lo que quiere! –me dijo con una sonrisa.
Le di el billete y tomé los boletos que ella había puesto dentro de un pequeño sobre.
–Gracias –murmuré, y salí del teatro.
Agradecí la sonrisa y las palabras amables que borraron la inquietud que me embargaba. Normalmente, pasadas algunas horas, hubiera empezado a arrepentirme de gastar tanto dinero por apenas dos horas de diversión. Pero ahora no sucedió así. Cuando pensaba en la próxima representación, me acordaba de la joven rubia y bonita que me había sonreído. Aunque parezca una tontería, esa sonrisa de la cajera alegró cuatro semanas de mi existencia.
Mi esposa se burla de mí porque me preocupo mucho; ella es tan práctica, que ha eliminado el pensar demasiado acerca de las cosas. Simplemente las hace. Cuando le dije que había comprado los boletos, pensó que era una extravagancia; pero el dinero ya se había gastado y ella no permitiría que un arrepentimiento echara a perder el placer de asistir a la función. Grace ama el teatro aun más que yo; es demasiado realista para no obtener el máximo de rendimiento por su dinero.
Los dos queríamos que ésta fuera la Navidad más dichosa de nuestras vidas, porque sería la primera que pasaríamos juntos; todavía no cumplíamos el año de casados.
Leímos con profundo interés todas las crónicas de la obra, y aquellas que no eran decididamente entusiastas, me producían un malestar físico que ni el recuerdo de la sonrisa de la rubia cajera podía aliviar. Pero cuando algún crítico decía que era un éxito rotundo, y afirmaba que la comedia era una de las mejores del teatro americano, Grace y yo nos sonreíamos en silencioso placer.
Por fin llegó el día veintitrés. Estábamos listos para nuestra gran noche. Un amable pariente me había obsequiado un traje suyo, algo usado, pero que mi sastre arregló de tal manera que me quedó bastante bien. El saco estaba un poquito largo y yo sentía un exceso de tela bajo los brazos; pero el aspecto general era correcto. Dediqué diez centavos a una boleada, más los cinco de propina. Quería hacer las cosas bien. Grace también se puso su mejor ropa, pero creo que sus zapatos, demasiado usados, me preocupaban más a mí que a ella. Ella apenas hizo un gesto, y levantó los hombros mientras decía que si uno se preocupaba por tales pequeñeces, no valía la pena ir.
Salíamos de la casa cuando empezó a nevar. Esto nos agradó. Sería una Navidad blanca. Antes de bajar al tren subterráneo tuve un último, magnífico gesto: compré para Grace un manojo de nomeolvides. Y hasta me puse en el ojal un botón de clavel blanco.
La representación empezaba a las ocho y media, pero nosotros siempre procuramos llegar, cuando menos, con media hora de anticipación. Nos gusta permanecer todo el tiempo posible en el ambiente tranquilo del salón de espera, con su media luz, sus ricos cortinajes y sus gruesos tapetes. Gozamos el momento de ser conducidos a nuestros asientos, y luego, salir de nuevo a los corredores, donde se puede fumar y charlar y mirar a la gente.
Esta noche el reloj de casa tenía diez minutos de retraso. Hice que Grace se apresurara, y llegamos al teatro a las ocho y cuarto. Los quince minutos perdidos me hicieron sentir como si me hubieran robado quince dólares. Cuando entramos al vestíbulo, yo le iba diciendo a Grace que era una lástima que en nuestra casa no pudiéramos saber la hora exacta.
Grace me miró con su modo especial, rió, y me dijo:
–Ahora deberías sentirte feliz, ya tendrás de qué preocuparte.
Reí también, pero realmente estaba molesto. Metí la mano en el bolsillo, buscando nuestros boletos.
–Perdone, ¿tiene usted buenas localidades para esta noche?
Sorprendido, me volví. Un joven alto, distinguido, me había hecho la pregunta. Vestía de impecable etiqueta, y vi que la dama que lo acompañaba era también alta, distinguida y de elegante figura. Usaba una diadema de brillantes y un ramo de tres preciosas orquídeas.
Sentí que mi cuerpo se erguía con orgullo.
–Sí; tenemos dos localidades, primera fila al centro, en el segundo piso.
Me produjo cierto placer decir aquello. Después de todo, no éramos pordioseros.
Ahora que lo recuerdo, seguramente fue tonto sentirme tan sensible, pero un hombre no puede evitar sus reacciones.
El joven elegante miró los precios de las localidades.
Le costaron a usted cinco dólares. Ni en la taquilla ni con los revendedores he encontrado ya boletos. Le doy veinte dólares por los suyos.
Pensé rápidamente que no se los daría. “Veinte dólares”, me dije mentalmente, “veinte dólares… ¡Qué diablos! No se los doy. ¿Qué se piensa este joven con su ropa elegante? Nosotros habíamos proyectado ver la representación. La podíamos ver después… Pero yo la quiero ver esta noche”, pensé. “No”, me insistí, “no se los voy a dar”.
–Bueno, ¿qué esperas? –dijo Grace–, dale los boletos.
–No, querida, no vale la pena.
–Le doy veinticinco –insistió el joven.
¡Dios mío, cómo lo odié! ¡Veinticinco dólares por dos localidades! Grace podría comprarse zapatos; yo podría comprar unas corbatas. Nuestra primera Navidad…
Grace me arrebató los boletos y se los dio.
–Gracias –dijo el joven, y le dio el dinero–, y ¡feliz Navidad!
Volteó hacia la dama elegante.
–¿No te dije que los podía obtener? –Estaba muy contento.
–¡A qué precio! –comentó ella.
–No significaba más para mí que los cinco dólares para ellos.
El joven reía al entregar mis boletos al acomodador.
Yo tenía ganas de llorar. Logré sonreír.
–Bien –dije a Grace–, obtuviste una ganancia de quinientos por ciento.
Me apretó la mano.
–Lo siento, querido, pero no era posible rehusar.
Entonces fue a la taquilla y compró unos boletos para la noche del dos de enero.
Afuera todavía nevaba. Una Navidad blanca. Miré a la gente que entraba, gente elegante. Sentí como un vacío en el estómago.
Fuimos a un cine. En la oscuridad hice algo verdaderamente melodramático. Saqué el botón de clavel del ojal de mi saco, y lo despedacé entre los dedos.
Después de la función, Grace notó que ya no tenía la flor. Dije que seguramente se me habría caído. Me miró fijamente un instante, y luego charlamos animadamente sobre la película absurda que acabábamos de ver.
Había dejado de nevar. En el suelo, la nieve, pisoteada por millares transeúntes, era una masa sucia que se desleía. Tuvimos que caminar con dificultad entre grupos de gente ruidosa hacia el tren subterráneo.


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