jueves, 11 de mayo de 2017

El asco

Silvina Ocampo


Para cumplir con una promesa, durante la internación de Rosalía, se dejó crecer la barba. Gracias a esa circunstancia el fotógrafo Ersalis, sin cobrarle nada, para propaganda, lo fotografió y expuso en el escaparate de la tienda la fotografía cuya copia en un marco de madera, está colgada sobre la cabecera de la cama matrimonial. Cuando Rosalía, de noche, se arrodillaba a rezar, la presencia de ese cuadro le parecía un sacrilegio; ahora, como si el marido fuera un santo, la aceptaba como algo natural. Es claro que al rato de mirar el retrato, a pesar de la barba sedosa y negra que llama la atención como un adorno religioso, la mujer más desprevenida o depravada advierte que el barbudo tiene cejas de demonio y probablemente olor a sapo o a culebra.
Jamás comprendí por qué ese hombre gusta a las mujeres. Tal vez su cara de demonio, su habilidad para ganar dinero o aquel retrato que ha modificado, a mi juicio, la forma de su verdadera cara, lo vuelve atrayente.
Antes de casarse, Rosalía le tenía asco, y después de casada, parece mentira, aún más asco. No me lo dijo, pero yo lo sé de buena fuente. Creyó que nunca llegaría a soportarlo y a quererlo, pero a veces uno se engaña sobre las cosas que son o que no son posibles. Bien se dice “sobre gustos no hay nada escrito” y otras tonterías, siempre las mismas.
La casa de Rosalía es preciosa; queda frente a la peluquería donde yo trabajo. Dos rosales rojos que en primavera, de lejos, parecen manojos de uñas pintadas, una bignonia cuyas flores me recuerdan mi carpeta de paño, un jazmín del cielo que no tiene que envidiar a ninguna cretona floreada, llaman la atención de cualquier indiferente que pasa por la calle.
Nosotras, empleadas de la peluquería, sabemos todo lo que sucede en el barrio, las idas y venidas de la gente, cualquier cosa turbia que pasa. Somos como los confesores o como los médicos: nada se nos escapa. Pocos hombres y pocas mujeres pueden vivir sin nosotros. Cuando teñimos, ondulamos o cortamos el cabello, la vida de la clienta se nos queda en las manos, como el polvillo de las alas de las mariposas. ¡Con razón nuestros abuelos hacían cuadros tan memorables con las cabelleras de todos los miembros de la familia! Nada es más elocuente, más efusivo ni más confidencial.
El hecho de que la casa de Rosalía fuera preciosa y envidiada por todo el barrio no le servía de consuelo, sino más bien de mortificación. Tal vez pensaba que en esa casa tan bonita hubiera sido feliz con otro hombre y que las comodidades eran superfluas, un derroche de la suerte, para su vida de padecimientos.
Tenía una heladera donde cabían media docena de pollos, cualquier cantidad de frutas, manteca y botellas, una máquina de lavar importada, una máquina de coser eléctrica, con un mueble de madera clara, para adorno y entretenimiento tenía un televisor, una vajilla y una mantelería envidiable. En el patio, que en verano servía de comedor, por su frescura, había un sinfín de jaulas con pájaros como violinistas que cantaban en concierto. Pero todo esto no la satisfacía, porque una mujer debe amar a su marido por sobre todas las cosas, después de Dios, se entiende.
En los primeros tiempos de su vida de casada, Rosalía mantenía la casa como una casa de muñecas. Todo estaba ordenado y limpio. Para su marido, preparaba comidas muy complicadas. En la puerta de calle, ahí no más, se tomaba olor a frituras apetitosas. Que una mujer tan delicada como ella, sin mayor conocimiento de lo que es manejar una casa, supiera desenvolverse, causaba admiración. El marido embobado no sabía qué regalos hacerle. Le regaló un collar de oro, una bicicleta, un abrigo de piel y finalmente, como si no fuera bastante, un reloj, engarzado con pequeños brillantes, muy costoso.
Rosalía sólo pensaba en una cosa: en cómo perder el asco y la repulsión por el hombre. Durante días imaginó maneras de volverlo más simpático. Trataba de que sus amigas se enamoraran de él, para poder de algún modo llegar al cariño, a través de los celos, pero dispuesta a abandonarlo, eso sí, a la menor traición.
A veces cerraba los ojos para no verle la cara, pero su voz no era menos odiosa. Se tapaba las orejas, como alisándose el pelo, para no oírlo: su aspecto le daba náuseas. Como una enferma que no puede vencer su mal, pensó que no tenía cura. Durante mucho tiempo, como pan que no se vende, anduvo perdida, con los ojos extraviados. Para sufrir menos, la pobrecita comía siempre caramelos, como esas criaturas que se consuelan con pavadas. Mi socia me decía:
–¿Qué le pasa a esa señora? El marido anda loco por ella, ¿qué más quiere?
–Ser amada no da felicidad, lo que da felicidad es amar, señora –yo le respondía.
Pero todo se logra cuando hay voluntad. A fuerza de proponérselo, Rosalía llegó a amar de verdad a su marido, más que la mayoría de las mujeres que pretenden ser fieles o virtuosas.
En el primer momento me pareció imposible verla libre de esa pesadilla que nos entristecía. Hasta el color de su cara cambió. Adiós píldoras para el hígado, adiós tisanas. Pero el alivio duró poco. Simultáneamente aquel barbudo que en verdad era un demonio, empezó a abandonar a Rosalía. Varias personas, principalmente nosotras, las empleadas de la peluquería, lo vieron en la calle, abrazado a una chica, que todos los días no era la misma. Algún mal intencionado, de los que no faltan, dijo que la chica era yo, pues suelo cambiar de peinado y de anteojos y que para algo me sirve ser peinadora y miope. ¡Qué desgraciados! No soy miope: tengo una pequeña desviación en un ojo.
El hombre entraba como un ladrón en su casa, a las horas más indebidas, con zapatos embarrados oliendo a tabaco y a alcohol como un marinero. No regalaba ni un alfiler a Rosalía. ¡Qué abandono! Ella, a su vez, empezó a descuidar la casa. Murieron los canarios y las plantas. Los celos la trabajaban todo el día, como ella a su costura, con puntadas largas y cortas, con pespuntes torcidos, pues era mala costurera.
Cada uno de los cabellos de mi clienta y amiga llevaba una etiqueta con estas interrogaciones: ¿Estará mi esposo? ¿Cuándo volverá? ¿En qué lugar de Buenos Aires citará a aquellas chicas?
La heladera dejó de funcionar. En los cuartos se amontonaban los trastos viejos, por los cuales Rosalía ya no se interesaba. Algo malo tenía que suceder.
Un día me enseñó un cuchillo que usaba en la cocina para deshuesar los pollos; blandiéndolo me dijo:
–Se lo clavaré, si seguimos así, con grasa y todo.
Creí que tenía fiebre, pero hablaba por amor. Le aconsejé que se acostara, pero no hubo forma de que lo hiciera. Durante todo el día, con los ojos clavados en la casa de enfrente, cumplí con mis tareas, esperando, de un momento a otro, que el desastre ocurriera. Las persianas estaban cerradas y parecía que alguien había muerto en la casa; no ocurrió nada.
–Tanto trabajo me dio amar a este hombre, para que ahora me cueste tanto dejar de amarlo –me dijo Rosalía al día siguiente.
Estaba cambiada. Como quien deshace un tejido o descose una costura comenzó a deshacer, a descoser su amor. Descubrir que le había repugnado en él aquello que más la seducía, la desanimó. Era difícil, casi imposible, verse libre de un sentimiento logrado a costa de tanta pena, pero todo se consigue con voluntad y tiempo.
Durante las comidas, la pareja no se hablaba. Dormían casi todo el tiempo los días de fiesta, cuando el sinvergüenza no salía a pasear o no pretendía salir conmigo. El colchón de la cama de bronce se había desformado por causa de los bruscos movimientos de odio de los cónyuges, que dormían dándose la espalda.
Tardó un tiempo, pero de nuevo la repulsión se apoderó de Rosalía. De nuevo la casa parecía una casa de muñecas, porque Rosalía no tenía preocupaciones; volvió a ordenarla y a limpiarla. Para conquistar de nuevo a Rosalía, el marido le regaló un anillo.
¡Qué anillo! Cualquier apretón de mano hacía sangrar el dedo que llevaba el anillo puesto. Hay que decir la verdad: el hombre era dadivoso y volvió a ser puntual para las horas de las comidas. No trasnochaba y nadie lo veía, en la calle, con chicas. Rosalía usa el anillo, que es de oro, con una aguamarina, cuando sale a pasear o cuando la invitan a una fiesta. Yo lo usaría siempre. Ella es parca en sus gustos. Ahora tiño el cabello de Rosalía: le salieron hebras blancas, a fuerza de querer amar, de no querer amar y de querer amar de nuevo. El barbudo, después de todo, no es tan malo. Es como todos los hombres.


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