lunes, 8 de mayo de 2017

La oración

Silvina Ocampo


Laura estaba en la iglesia, rezando:
Dios mío, ¿no recompensarás la buena acción de tu sierva? Comprendo que a veces no fui buena. Soy impaciente o mentirosa. Carezco de caridad, pero siempre trato de lograr tu perdón. ¿No he pasado horas arrodillada sobre el piso de mi cuarto, frente a la imagen de una de tus vírgenes? Este niño horrible que he escondido en mi casa, para salvarlo de la gente que quería lincharlo ¿no me traerá satisfacción alguna? No tengo hijos, soy huérfana, no estoy enamorada de mi marido, bien lo sabes. No te lo oculto. Mis padres me llevaron al casamiento como se lleva a una niña al colegio o al médico. Yo les obedecí, porque creí que todo iba a andar bien. No te lo oculto: el amor no se manda, y si tú mismo me dieras la orden de amar a mi marido, no podría obedecerte, si no me inspiras el amor que necesito. Cuando él me abraza, quiero huir, esconderme en un bosque (siempre imagino, desde la infancia, un bosque enorme, con nieve, donde me escondo, en mi desdicha); él me dice:
–Qué fría estás… como de mármol.
Me agrada más el boletero feo que a veces me regala plateas para que vaya al cinematógrafo con mi hermanita, o el vendedor, un poco repugnante, de la zapatería, que acaricia mi pie, entre sus piernas, cuando me prueba zapatos, o el albañil rubio de la esquina de 9 de Julio y Corrientes, junto a la casa donde vive mi alumna predilecta, ese que me gusta, el de ojos negros, el que come pan, cebolla y uvas con carne en el suelo; el que me pregunta:
–¿Usted es casada? –y sin esperar mi respuesta dice–: qué lástima.
El que me hizo pasar entre los andamios para ver el departamento que iba a ocupar una pareja de recién casados.
Visité cuatro veces el piso que estaba en construcción. La primera vez fui de mañana; estaban poniendo ladrillos en una pared medianera. Me senté sobre maderas apiladas. ¡Era la casa de mis sueños! El albañil (que se llama Anselmo) me llevó a la parte más alta de la casa, para que viera la vista. Sabes que tu sierva no quiso demorarse en la casa en construcción hasta tan tarde y que al torcerse el tobillo tuvo que quedarse, disgustada, un rato largo entre hombres, esperando que el dolor pasara. La segunda vez llegué por la tarde. Estaban colocando vidrios y fui a buscar el monedero que había olvidado. Anselmo quiso que viera la terraza. Eran las seis de la tarde cuando bajamos y todos los otros obreros se habían retirado. Al pasar junto a una pared me ensucié un brazo y la mejilla con cal. Anselmo con su pañuelo y sin pedirme permiso me sacó las manchas. Vi que sus ojos eran azules y su boca muy rosada. Lo miré, tal vez demasiado, pues me dijo:
–¡Qué ojos tiene!
Bajamos de la mano entre los andamios. Me dijo que volviera a las ocho de la noche del día siguiente, que uno de sus camaradas tocaría el acordeón y que la mujer de otro traería vino. Sabes, Dios mío, que haciendo un gran sacrificio fui por no ofenderlo. El camarada de Anselmo tocaba el acordeón cuando llegué. A la luz de una linterna se agruparon los otros alrededor de unas botellas. La mujer trajo en una canasta vasos para que bebiéramos, y bebimos. Me retiré antes que terminara la fiesta. Anselmo me condujo con una linterna hasta la salida. Quiso acompañarme una cuadras. No lo dejé.
–¿Volverá? –me dijo al despedirse–. Todavía no vio los mosaicos.
–¿Qué mosaicos? –pregunté riendo.
–Los del baño –contestó como besándome–. Vuelva, mañana vienen ellos.
–¿Quiénes?
–Los novios. Podemos espiarlos.
–No acostumbro espiar.
–Le mostraré un aviso luminoso, unos zapatos con alas. ¿No los vio nunca?
–Nunca.
–Se lo mostraré mañana.
–Bueno.
–¿Vendrá?
–Sí –contesté y me fui.
La tercera vez no había nadie en el edificio. Detrás de un cerco de madera, ardía un fuego; sobre unas piedras había una olla.
–Esta noche reemplazo al sereno –me dijo al verme llegar.
–¿Y la pareja?
–La pareja se fue. ¿Subimos a ver el letrero luminoso? –me dijo.
–Bueno –contesté, disimulando mi nerviosidad.
Dios mío, no sabía lo que me esperaba en aquel séptimo piso. Subimos. Creí que mi corazón latía porque subía tantos pisos y no porque estaba sola en ese edificio con ese hombre. Cuando llegamos arriba, desde la terraza, vi con alegría el aviso luminoso. Los zapatos iluminados con alas revoloteaban en el aire. Tuve miedo. Faltaba la baranda y retrocedí hasta el dormitorio. Anselmo me tomó de la cintura.
–No se caiga –dijo, y agregó–: Aquí van a poner la cama. Lindo casarse ¿no? y tener un nido.
Al decir estas palabras se sentó en el suelo junto a una valijita y un atado de ropa.
–¿Quiere ver unas fotografías? Siéntese.
Colocó un diario en el suelo para que me sentara. Me senté. Abrió la valijita y de su interior, Dios mío, sacó un sobre y del sobre unas fotografías.
–Ésta era mi madre –dijo acercándose a mí–. Ves qué bonita era –comenzó a tutearme–: Y esta es mi hermana –dijo soplando sobre mi cara.
Me acorraló y empezó a abrazarme sin dejarme respirar. Dios mío, sabes que intenté desasirme inútilmente de sus brazos. Sabes que fingí estar lastimada para hacerlo entrar en razón. Sabes que me alejé llorando. Yo no te escondo nada. Con el vestido roto llegué a mi casa, y a pesar de todo volví a verlo al día siguiente porque fui a buscar el monedero que siempre pierdo en alguna parte. Yo no te escondo nada. Comprendo que no soy virtuosa, pero ¿conoces muchas mujeres virtuosas? No soy de esas que usan pantalones muy ajustados y la mitad del pecho afuera cuando van al río los domingos. Es claro que mi marido se opondría a esas cosas, pero a veces podría aprovecharme de su distracción para hacerlas. No tengo la culpa si me miran los hombres: me miran como a una chiquilina. Soy joven, es cierto, pero lo que les gusta no es eso. A Rosaura y a Clara ni las miran cuando van por la calle: no ligan ni un solo piropo durante las vacaciones, estoy segura. Ni siquiera indecencias, que son tan fáciles de conseguir. Soy buena moza ¿acaso es un pecado? Peor es estar amargada. Desde que me casé con Alberto, vivo en esa calle oscura de Avellaneda. Sabes muy bien que no está pavimentada y que de noche me tuerzo los tobillos para llegar a casa, cuando llevo tacos muy altos. Los días de lluvia calzo botas de goma, que ya se han roto, y un impermeable que parece una bolsa, para ir a mi trabajo. Es claro que las bolsas están de moda ahora. Soy maestra de piano y hubiera sido una gran pianista si no fuera por mi marido, que se ha opuesto, y por mi carencia de vanidad. A veces, cuando invitamos gente a casa, insiste para que toque tangos o jazz. Humillada, me siento al piano y le obedezco con desgano, porque sé que le agrada a él. Mi vida no tiene halagos. Todos los días, salvo los de fiesta y los sábados, recorro la calle España, a la misma hora, para llegar a la casa de una de mis discípulas. En un trecho de camino de tierra, solitario, con zanjones, donde tantas veces pensé en ti, hará ya veinte días (que me parecen eternos), vi a cinco niños, jugando. Distraídamente los vi en el barro, en el borde del zanjón, como si se tratara de niños irreales. Dos de ellos reñían: uno le había arrancado al otro un barrilete amarillo y celeste, que apretaba contra su pecho. El otro lo tomó del cuello (lo hizo rodar por la zanja) y le metió la cabeza en el agua. Se debatieron un rato: uno por hundir la cabeza al otro, el otro por sacarla. Algunas burbujas aparecieron en el agua barrosa, como cuando sumergimos una botella vacía y hace glu glu glu. Sin soltar la cabeza, el niño seguía aferrado a su presa, que ya no tenía fuerza para defenderse. Los compañeros de juego aplaudían. Los minutos parecen a veces muy largos o muy cortos. Yo miraba la escena, como en el cinematógrafo, sin pensar que hubiera podido intervenir. Cuando el niño soltó la cabeza de su adversario, éste se hundió en el barro silencioso. Hubo entonces una desbandada. Los niños huyeron. Comprendí que había asistido a un crimen, a un crimen en medio de esos juegos que parecían inocentes. Corriendo, los niños llegaron a sus casas y anunciaron que Amancio Aráoz había sido asesinado por Claudio Herrera. Saqué del zanjón a Amancio. Fue entonces que las mujeres y los hombres del barrio, armados de palos y de fierros, quisieron linchar a Claudio Herrera. La madre de Claudio, que me quería mucho, me pidió llorando que lo escondiera en mi casa, lo que hice de buen grado, después de depositar al finadito en la cama donde lo amortajaron. Mi casa queda apartada del lugar donde viven los padres de Amancio Aráoz y eso facilitaba las cosas. Durante el entierro la gente no lloraba a Amancio, maldecía a Claudio. Caminando dieron la vuelta a la manzana con el ataúd. En cada puerta se detenían para gritar insultos a Claudio Herrera, para que la gente se enterase del crimen que había cometido. Estaban tan exaltados que parecían felices. Sobre el ataúd blanco de Amancio habían colocado flores muy vistosas, que las mujeres no se cansaban de alabar. Varios niños, que no estaban emparentados con el muerto, siguieron el cortejo, para entretenerse; hacían bulla y se reían, arrastrando los palos con que jugaban sobre el empedrado. Creo que nadie lloraba, porque la indignación no tiene lágrimas. Sólo una vieja, misia Carmen, sollozaba, porque no comprendía lo que había ocurrido. Dios mío, qué poca suntuosidad y qué poco lujo en ese entierro. Claudio Herrera tiene ocho años. No se puede saber hasta qué punto será consciente del crimen que ha cometido. Lo protejo como una madre. No me explico bien por qué motivo me siento tan feliz. Transformé mi salita en dormitorio, allí lo alojo: en los fondos de la casa, donde antiguamente estaba el gallinero, le hice poner un trapecio y una hamaca; le compré un balde y una pala para que haga un pequeño jardín y que se distraiga con las plantas. Claudio me quiere o por lo menos se conduce como si me quisiera. Me obedece más que a su madre. Le prohibí asomarse a los balcones y a la azotea de la casa. Le prohibí atender el teléfono. Nunca me desobedeció. Me ayuda a limpiar la vajilla, cuando terminamos de comer. Limpia y pela las verduras y barre el patio, por las mañanas. No tengo por qué quejarme; sin embargo, tal vez influida por la opinión de los vecinos, empiezo a ver en él al criminal. Estoy segura, Dios mío, que trató por diferentes métodos, de matar a Jazmín. Primero advertí que había colocado veneno para las cucarachas en el plato donde le poníamos la comida; después, que trató de ahogarlo debajo de la canilla o adentro del balde que usamos para lavar el patio. Durante unos días estoy persuadida de que no le dio agua, o si se la ofreció, fue mezclada con tinta, que Jazmín rechazó inmediatamente, después de ladrar. Atribuyo su diarrea a alguna mixtura diabólica que colocó en la carne que le damos. Consulté con la doctora, que siempre me aconseja. Sabe que tengo muchos remedios en el botiquín, entre ellos barbitúricos. Me dijo en la última visita que le hice:
–M’hijita, cierra el botiquín con llave. La criminalidad infantil es peligrosa. Los niños usan de cualquier medio para llegar a sus fines. Estudian los diccionarios. Nada se les escapa. Saben todo. Podría envenenar a tu marido, a quien, según me dijiste, lo tiene entre ojos.
Yo le respondí:
–Para que los seres vuelvan a ser buenos, hay que confiar en ellos. Si Claudio sospecha que no tengo confianza en él, será capaz de hacer cosas horribles. Ya le expliqué el contenido de cada frasco y le mostré los que llevan, en una etiqueta roja, la palabra VENENO.
Dios mío, no cerré el botiquín con llave, y lo hago deliberadamente para que Claudio aprenda a reprimir sus instintos, si es verdad que es un criminal. Las otras noches, durante la cena, mi marido lo mandó al altillo a buscar una caja, donde tenía sus herramientas de carpintero. Mi marido tiene afición a la carpintería. Como el niño no volvía bastante pronto, subió al altillo para espiarlo. Claudio, según me dijo mi marido, estaba sentado en el suelo, entreteniéndose con las herramientas, horadando la tapa de la caja de madera lustrada, que él tanto apreciaba. Indignado, le dio una paliza allí mismo. Lo trajo, de una oreja, a la mesa. Mi marido no tiene imaginación. Tratándose de un niño que sospechamos anormal, ¿cómo se atrevió a infligirle un castigo que a mí misma me hubiera enloquecido de ira? Seguimos la cena en silencio. Claudio, como de costumbre, nos dio las “buenas noches” y cuando nos quedamos solos, mi marido me dijo:
–Si este monstruo no se va pronto de la casa, voy a morir.
–¡Qué impaciente! –le contesté–. Estoy haciendo una obra de caridad. Tendrías que reconocerlo.
Y para impresionarlo más, invoqué tu nombre. Antes de acostarnos, del frasquito del botiquín tomamos píldoras para dormir, pues los dos sufrimos de insomnio, él porque no duerme y hace ruido con el libro o el diario que lee, con el cigarrillo que enciende, y yo porque lo escucho y espero que se duerma, temiendo no conciliar el sueño. Tuvo la misma idea que la doctora: que yo debía cerrar con llave el botiquín. No le hice caso, pues insisto que la confianza es el medio de conseguir el mejor resultado. Mi marido no lo cree. Desde hace unos días se ha puesto aprensivo. Dice que el café tiene un gusto raro y que después de beberlo siente mareos, cosa que jamás le ha sucedido. Para tranquilizarlo, en los momentos en que está en casa, cierro el botiquín con llave. Luego vuelvo a abrirlo. Muchos de mis amigos no vienen a mi casa: no puedo recibirlos, pues a nadie he dicho mi secreto, salvo a la doctora y a ti, que sabes todo. Sin embargo, no estoy triste. Yo sé que un día tendré mi recompensa y ese día volveré a sentirme feliz, como cuando era soltera y que vivía junto a los jardines de Palermo, en una casita que ya no existe sino en mi recuerdo. Es extraño, Dios mío, lo que hoy me pasa. No me iría nunca de esta iglesia y casi podría decir que lo he previsto, pues en mi cartera tengo unos bombones que traje para no desfallecer de hambre. Ya pasó la hora del almuerzo y desde esta mañana a las siete no pruebo bocado. No te ofenderás, Dios mío, si como uno de estos bombones. No soy golosa; sabes que soy un poco anémica y que el chocolate me da coraje. No sé por qué temo que algo haya sucedido en mi casa: tengo premoniciones. Esas señoras harapientas, con sombreros negros, con plumas, y el cura que entró en el confesionario, me las auguran. ¿Alguien se habrá escondido alguna vez en uno de tus confesionarios? Es el lugar ideal para que se esconda un niño. ¿Y acaso no me parezco yo a un niño, en estos momentos? Cuando salgan el sacerdote y las señoras cubiertas de plumas, abriré la puertita del confesionario y penetraré en él. No me confesaré con un sacerdote, sino contigo. Y toda la noche la pasaré en tu compañía. Dios mío, yo sé que recompensarás la buena acción de tu sierva.


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